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Sentimentalidad artificial

| October 14th, 2017

    La semana pasada escribía sobre algunas preguntas, indagando acerca de la posibilidad de mecanismos intuitivos, primitivos, que operaran sobre el sujeto antes que el lenguaje formal y determinaran su juicio.

    Esta línea de pensamiento evidentemente me lleva a discutir con el psicoanálisis y sus constructos teóricos sobre el aparato inconsciente. Pero no son ellos con los que tengo intención de discutir hoy; el psicoanálisis tiene su lugar en todo esto, pero no acá, no a este nivel. Lo que pasa en estos casos es que entra el psicoanálisis y nadie entiende una sola puta palabra de lo que está diciendo, buena parte de sus interlocutores lo menosprecian, lo ignoran, se burlan de él, y cuando se empieza a entender un poquito y se van tanteando las consecuencias de tales planteos empieza una reacción brutal con el sólo fín de seguir haciendo pié en el mundo como se lo conoce; para cuando alguien sobrevive a todo eso, siguen siendo apenas un puñado tal y como éramos antes, y entonces nada cambió; así tenemos 100 años de psicoanálisis y todo sigue más o menos igual, cuando no peor. Además, debatir con el psicoanálisis exige mucha mejor preparación de la que estoy dispuesto a exigirme en estos pocos minutos semanales que el régimen de trabajo asalariado me permite dedicar a la intelectualidad, y no me gustaría que tal debate pecara de pedorro. Así que lo dejo para un mejor momento, y acá voy a contrastar contra algo que tengo más a mano.

    Hecha esa salvedad, quiero arrancar con una pequeña frase de Marie-Laure Ryan, en su libro Possible worlds, artificial intelligence, and narrative theory, que resume muy bien el camino que estoy siguiendo:

    “Thinking is not only methodical but also intuitive, not only logical but also analogical”.

    Es interesante la elección de palabras. Me interesa el planteo “analógico”. Verán, cuando nos enseñan electrónica arrancamos con la electrónica analógica (contrapuesta a la llamada digital), donde una de las principales herramientas al caso son las matemáticas, y concretamente el álgebra de funciones. Sucede que a partir de que se involucran las frecuencias en la electrónica, los comportamientos de los sistemas pasan a medirse en curvas cartesianas en lugar de en valores escalares, todo pasa por comprender variaciones en el tiempo, y allí las funciones matemáticas son la norma. Es notable que la primer función que se nos enseña es la función lineal: la más fácil de entender, y que no requiere mucha abstracción qué digamos. Inmediatamente después, en la misma clase, se nos explica lo siguiente: “la linealidad no existe en la naturaleza“. Y a partir de ese punto todo el estudio de los fenómenos eléctricos y los sistemas electrónicos pasa a tratarse sobre cómo linealizar aquello que no es lineal, de modo que sea comprensible por herramientas analíticas rápidas y que pueda cuantificarse. De esta manera se pueden reducir comportamientos sumamente complejos a otros sumamente simples: unos y ceros, que luego nos permiten articular sistemas digitales.

    Traducido al castellano: “es un quilombo, así que lo hacemos más simple porque sino no entendemos nada”. Y con esa herramienta vemos tranformaciones tecnológicas revolucionarias década a década, en un registro absolutamente innegable de espectacular productividad. Pero así y todo, seguimos trabajando con modelos que activamente recortan complejidad. Si quisieramos agregarla, sería sólo para lograr mecanismos más eficientes de reducción de complejidad: sería para entender aquello que todavía no entendemos, de modo que lo que sí entendemos pueda abarcar todavía más casos. Y sólo una vez cada tanto, en muy raras ocasiones (incluso con nuestros tiempos modernos), esto se traduce en una tecnología realmente nueva. Mientras tanto, el trabajo del investigador es adecuar métricas a herramientas ya disponibles. ¿Querés controlar cosas con la mente?, es tan simple como desarrollar sensores que obtengan métricas serializables de operaciones mentales; todo lo demás es una pavada. ¿Querés predecir comportamientos de la sociedad?, es tan simple como desarrollar sensores que obtengan métricas serializables de operaciones sociales; todo lo demás es una pavada. ¿Querés hacer cualquier otra cosa digna de ciencia ficción?: ya sabés por dónde viene la mano. Vamos a reutilizar los mismos planteos metódicos y tecnológicos hasta que algo incuestionablemente más eficiente lo reemplace. Y esa incuestionabilidad va a ser mucho más intuitiva que política, moral, o ética.

    El sentido común en buena medida funciona también así. Parte por economía de recursos, parte también porque, siguiendo esta vía, empíricamente se cumple con los objetivos. Y curiosamente acá los logros son el problema: porque esconden la realidad de que todo es mucho más complicado de lo que parece, y siempre lo fué, aún cuando tengamos razón. Es uno de los tantos aspectos de las intuiciones que me propongo plantear.

    El pensamiento crítico es un paliativo; el famoso “abre tu mente” que se propone desde lugares como la ilustración y la modernidad. Pero es problemático este juego entre la constante reducción de la complejidad de la realidad y la necesareidad operativa de tal reducción. Esa relación tan íntima entre realidad y praxis, esa distancia, opera inevitablemente en todos los niveles de nuestro día a día, y es muy fácil de abusar.

    Permítanme ilustrarlo mejor con un ejemplo. ¿Sabén quién más dice “abre tu mente”, además de los planteos de la ilustración y la modernidad? Las bandana. Cito, textual:

(…)

Dance, dance, dance,
hoy tu sueño es real,
dance, dance, dance,
abre tu mente.
Dance, dance, dance,
hoy tu sueño es real,
dance…

Uh, ah, Guapa, eh, ah, eh!
Si tú quieres bailar,
querrás, sabrás
que este es el momento, guapo,
querrás bailar.

Abre tu mente,
sientes libertad ¿Lo quieres?
Vive el presente, tú querrás bailar,
sí, tú suelta tu cuerpo, déjate llevar,
vamos, cariño, ven, disfruta el dance.

(…)

    Esa bestialidad que podemos leer ahí se permite discutir con toda línea de la filosofía desde antes de Sócrates hasta acá, y le vá mucho mejor en términos de popularidad. Y si bien Las Bandana no sean precisamente el mejor ejemplo de éxito en términos comerciales, habiendo tantos otros mucho mayores que se dedican a lo mismo, un avispado comentarista en youtube supo resumir con precisión la experiencia de esta línea de pensamiento:

    Patacones, crisis, club del trueque Y BANDANA. Qué épocas.

    Otro se pregunta cómo fue que llegamos a lo que tenemos ahora, dando a entender que Las Bandana eran mejores. Y otro más nos explica cómo es que Las Bandana son el mejor grupo pop que dió la Argentina, lo cuál se mide en reproducciones en youtube. Y podemos estar un rato largo leyendo un montón de planteos diversos acerca de características especiales que constituyen virtudes en Las Bandana.

    Es muy fácil burlarse esa clase de planteos: pero desde lejos, en tu casa, atrás de una computadora. Te quiero ver burlándote frente a una horda de fanáticos empoderados por la masa y con su sentimentalidad a flor de piel. Por mucha burla que uno pueda elucubrar, Las Bandana tienen mucho más poder real que cualquiera de nuestras ideas personales. Y lo lograron diciendo tres o cuatro sobresimplificaciones, y cumpliendo con una serie de normas que ya estaban dadas; así planteado, algo no muy diferente al inmaculado método científico que nos permite estudiar la electricidad y la electrónica. ¡Las matemáticas!. Y ya pueden ir imaginando los órdenes de magnitud de los mismos fenómenos leidos en otras figuras culturales mucho más significativas que Las Bandana.

    No me quejo de Las Bandana, pero me llevan a otros problemas con los que sí me fastidia vivir, y que considero batallas que hay que dar. Concretamente, la semana pasada, en un momento escribí la siguiente expresión: “inyectar a la intuición”. Y todavía me duele que la expresión original fuera “inyectar al corazón”. Lo cambié adrede, porque no quería quedar pegado a Las Bandana y toda esa escuela de sentimentalismo berreta; no quería que mi texto fuera leido en joda, como alguna forma pecaminosa y tardía de reflexión adolescente: porque ese es el lugar del corazón en la intelectualidad moderna. Y eso último sí es un problema que considero serio.

    Vengo hablando de sensibilidades, vengo hablando de determinismos anteriores a la razón; lo hago pensando en política y en inteligencia artificial, usando a los medios como vector y a fenómenos culturales como la llamada posverdad. Pero en definitiva vengo hablando de los sentimientos, y de cómo son terriblemente trascendentes para nuestras estructuras sociales. Que las Bandana tengan millones de seguidores sólo habla de que estamos cediendo esos espacios al enemigo. La ciencia ha logrado instalarse como un pilar de la sociedad contemporánea, pero no ha logrado (ni pretende hacerlo) reemplazar aquellos vinculados a la sentimentalidad y a la fé. Y todo lo que no sea dominio de la acción humanitaria, es espacio enteramente del mercado. Así resulta que hoy, incluso nuestras Universidades, la institución que gestiona el conocimiento universal, es un mero espacio donde uno va para eventualmente conseguir un mejor trabajo; en ese mundo la sentimentalidad queda en manos de sobresimplificadores seriales que compiten por repetir siempre las mismas cosas hasta el infinito, y la fé en un futuro mejor se la lleva un esperitualismo también comercial cuando no directamente oscurantista. Así leemos, con estadísticas y números metodológicamente censados, que los humanismos han fallado, y que su lugar en nuestra sociedad es la chiquilinada inverosimil; y además no leemos que el mercantilismo haya fallado en nada, sino que sólo nos trajo beneficios. Eso es Trump. Eso es el Brexit. Eso es Macri. Somos nosotros no pudiendo hablar del corazón, y dejándole ese rol a Las Bandana.

Teoría del odio

| October 7th, 2017

    ¿Se puede hacer cambiar de opinión a alguien?
    Mi experiencia personal me indica que que sí, aunque no sin un importante trabajo mediante.

    Hay quienes dicen que para ello la persona tiene que estar dispuesta, que debe haber algún grado de voluntad anterior. Otros dicen que es absolutamente imposible, y que en todo caso es la persona la que cambia de opinión, no alguien que la llevó hacia tal cosa. A mí me parece que hay diferentes casos de “cambio de opinión”, no solamente diferentes personas, y al problema se puede entrar de varias maneras.

    Sucede que el proceso de cambiar de opinión es sumamente íntimo, y los cambios en ese plano tienen un efecto masivo en la cosmovisión de un sujeto. Es recién a partir de allí que se cambian las opiniones, y no al revés; la razón en estos casos es poco más que una forma ordenada del espíritu. Y con esa hipótesis me vengo preguntando hace tiempo acerca de la sensibilidad por la verdad y algunas otras cuestiones.

    Lo que me pregunto es, ¿se puede manipular realmente esa sensación de que las cosas tal vez no sean como anteriormente creí, de que algo en realidad es cierto o en realidad es falso? ¿Se puede inyectar un “tal vez” directo a la intuición? Cuando reflexiono sobre la idea de aleteistesia, me pregunto por las cosas anteriores a la razón que determinan lo que considero verdadero o falso. Y si esa sensación puede manipularse, explotarse, entonces se pueden determinar cambios de opinión en los demás (o, a la inversa, restringirlos).

    Lógicamente estuve googleando al respecto. Así pude llegar hasta el prestigioso sitio lostopos.net donde, con imágenes misteriosamente similares aquellas que nos tiene acostumbrados wikihow, nos cuentan acerca de un informe que la Cornell University realizó sobre un subreddit. De allí obtenemos algunos tips de orden estadístico, como “tener gente de nuestro lado”, “no irse por las ramas”, y “cuidar el lenguaje”.

    Está lleno de cosas de esas. “Cómo hacer que una chica cambie de opinión sobre tí”, “cómo cambiarte a tí mismo”, “7 tips para convencer a los demás de [inserte aquí su objetivo]”… todos se basan en estadística rudimentaria (también conocido como sentido común), o en técnicas de persuación y/o retórica que ya discutían los presocráticos. En esos términos, es fácil pensar que cualquier interacción dependerá de la postura inicial del interlocutor, y que allí radica cualquier posibilidad de acción, de acceso al otro. Son en definitiva verdades más o menos innegables, aún cuando contingentes o cuando su rango pueda ser bastante escueto. Cosas como que una persona a la defensiva es infinitamente más fácil de fortalecer en su opinión que de cambiar, lo sabemos todos, y con esto en cuenta es completamente lógico que se pretenda predisposición ante cualquier iniciativa de cambio como condición básica.

    Pero también está lleno de herramientas, muy fáciles de encontrar, que tienen el poder de traspasar esas barreras. Se vé en el deporte, en el nacionalismo, en algunas épicas detrás de logros científicos; un sentido de pertenencia, de ser parte de algo más grande, más importante que uno y que las guerras personales que se es capaz de vivir en el día a día. Cosas como que derecha e izquierda estén en vilo juntos, compartiendo la misma mesa y la misma sensación ante una final de un mundial; cosas como que ricos y pobres pasen días celebrando en un carnaval para luego volver a sus diferencias. A mí, los que más me interesan de todos estos fenómenos tan frecuentes, son aquellos directamente vinculados al arte. Me interesa cómo es que podemos agruparnos, escudarnos, embanderarnos, detrás de frases o canciones o incluso hasta actuaciones que son más o menos universalmente aclamadas o despreciadas y que nos determinan aún sin entender una sóla palabra de lo que están diciendo (cuando siquiera dicen alguna). Trato de ver mecanismos primitivos, un contacto con la gente de más bajo nivel que el lenguaje como lo entendemos en el uso cotidiano. ¿Meta-lenguaje? ¿Proto-lenguaje? No creo que sean términos adecuados para esto, sino que llamo a fenómenos de la percepción y la adecuación. Lo que busco es algo todavía más poderoso que las mentiras.

    Todas esas ideas llevan hacia un concepto central: la estética. Y mis indagaciones siempre están orbitando alrededor de la política. Así fue que hace algunos días traje un fragmento de Walter Benjamin donde nos dice que “la estetización de la política necesariamente lleva siempre a la guerra”. Una cruda advertencia sobre dónde me estoy metiendo, pero también una profecía sobre los usos de lo que estamos viendo, sobre lo que venimos viendo desde el día cero del siglo XX; no por nada, en el mismo sentido, ya había traido antes a Žižek hablándonos sobre los pormenores del carnaval entre ricos y pobres, donde nos advertía que “el trabajador está bailando sin leche, mientras que el banquero está bailando sin crema”. De lo que estoy convencido es de esto: los sentimientos son a la retórica lo que el átomo es a la pólvora, y lo que vemos en los medios a diario es nada menos que la armamentización sentimental.

    Consideren la siguiente escena. Un señor en un medio masivo de comunicación dice que otro señor es un corrupto. Lo acusa de haberse robado dinero que pertenece a la gente haciendo uso indebido de los poderes de funcionario público. Esto desata una polémica. Gente afín al acusado dice que son obviamente mentiras y que al señor del medio masivo de comunicación habría que echarlo y meterlo preso. Gente contraria al acusado dice que son grandes verdades o hasta obviedades, y que al acusado habría que echarlo y meterlo preso. Ambos se dicen unos a otros que son los otros quienes están ciegos y no ven la realidad. Eso los lleva a reflexionar cómo puede ser: son idiotas, está claro, pero incluso tal vez sean gente incapacitada para entender lo que sucede, ya sea por falta de educación o por algún otro defecto; quizás son enfermos. Esa línea de razonamiento los lleva eventualmente a que, entonces, han de estar haciéndolo a propósito, que no hay otra explicación: son unos miserables que disfrutan destruyendo lo bueno del mundo, y lo que hacen es incuestionablemente indignante. Antes de poder reflexionar ninguna otra cosa, otro señor en otro medio de comunicación dice que otro señor diferente al anterior es un corrupto.

    Esta escena, que fue planteada de manera deliberadamente exagerada, es preocupantemente verosimil. Y no es tanto una cuestión de época como algo que se viene repitiendo desde tiempos inmemoriales. Tal vez la magnitud pueda entenderse como novedad, pero sólo si aceptamos “novedoso” a un mecanismo del que se tienen registros desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX. Hay algo con las mentiras, las verdades a medias, y la retórica, que está muy en boga y está siendo explotado hasta sus últimas consecuencias; y ese algo viene operando desde hace rato.

    Filósofos, historiadores, antropólogos, y muchos otros estudiosos y pensadores de la cultura y del ser humano pueden explicar con precisión los pormenores históricos y detalles importantes detrás de qué cosa pueda estar sucediendo; pueden mostrarnos otros tiempos donde las sociedades se manejaban distinto, pueden hablar de cuándo y cómo las cosas fueron cambiando hacia algo más emparentado a lo que conocemos, pueden esclarecer puntos claves de nuestro desarrollo que hayan modificado sociedades enteras, o pueden incluso contarnos un relato que nos ayude a ver en diferentes perspectivas. Lo concreto es que acá y ahora la corrupción indigna, y parece absolutamente inevitable que una acusación de corrupción, de deshonestidad, de farsa, genere de inmediato un juicio de valor no sólo explosivo sino viralizado. Empiricamente, decir de alguien que está en falta genera alguna forma de desaprobación inmediata, sea contra el acusado o contra el acusador. Y pasan cosas como que el desinterés es entendido como inmoral, y la neutralidad es rigurosamente juzgada como complicidad; y ahí va a parar el último atisbo de presunción de inocencia o cualquier otro constructo ilustrado o moderno que se inventara para salvarnos de la barbarie: existe gente que engaña a los demás, somos susceptibles de ser engañados, y día a día nos vemos obligados a renovar votos de fé para con la sociedad y hasta con nosotros: de un tiempo para acá tenemos hasta prohibido el mentirnos a nosotros mismos. Todos somos potencialmente uno de ellos, un enemigo, y sea lo que sea que está pasando nos lleva a vivir de facto bajo presunción de culpabilidad. Así nuestra realidad se vuelve rápidamente una esquizofrenia epistémica o un pandemonio jurídico, donde cabe la pregunta de cómo puede ser que un mecanismo tan imbécil como un tipo diciendo cosas por televisión nos pueda seguir afectando después de la segunda, tercera, cuarta, quinta vez…

    Fue reflexionando sobre aquella escena de la corrupción y la posverdad que en un momento me hice esta pregunta: ¿y si lo que pasa es que somos demasiado sensibles a la verdad? Entonces busqué algo al respecto en internet, y encontré solamente algunos ensayos de religiosos hablando sobre religión; lo cuál podría servirme, pero no es precisamente el objeto de mi estudio. A mí acá me interesa el fenómeno de que, en la práctica, la mentira duele; y no sólo eso, sino es que capaz de hacer destrozos enormes en las sociedades. Así como duele la mentira, también duele la verdad. Y no es que simplemente estamos engañados: somos una parte activa del supuesto engaño; es otra cosa lo que sucede acá. En esa reflexión, no supe responder sobre la supuesta demasía, pero sí creo poder hablar sobre la sensibilidad.

    Permítanme traer algunas otras escenas más o menos heterogeneas a colación de esta idea. Siguiendo con los medios, ¿qué está pasando últimamente con la idea del spoiler? Uno puede entrar por internet en cualquier comunidad de seguidores de alguna serie audiovisual. Mientras todavía están emitiendo los episodios semanales, en internet hay gente que por diversas razones tiene acceso al episodio más reciente antes que otras personas. A estos privilegiados súbitamente se les restringen o hasta censuran los mensajes, en virtud de proteger a otros miembros de la comunidad contra los efectos indeseados del spoiler. ¿En qué consiste el spoiler? En enterarse de cualquier posible sorpresa que pudiera deparar el próximo episodio de la serie, antes de efectivamente ver el episodio. Incluso se vive a menudo la situación inversa: ver gente que se “desconecta del mundo” temporalmente hasta no ver la serie, como modo de protegerse a sí misma contra el terrible y amenazador spoiler. Y pareciera ser hasta un hecho chistoso, pero uno puede ver acalorados debates subidos de tono entre gente sumamente apasionada al respecto del tema. No sólo eso, sino que es un fenómeno tan poderoso entre la gente que hasta existe toda una industria multimillonaria del hype alrededor de eso: se generan espectativas, que deben ser protegidas cual inversión riesgosa, y más allá del resultado una y otra y otra vez se va a volver a repetir el ciclo de generar espectativas para luego volver a generarlas y más tarde hacerlo una vez más, sin límite aparente. Esto es algo también sumamente arraigado en el mercado tecnológico, con cada nuevo modelo de teléfono celular. Creo recordar a Henry Miller diciendo a principios del siglo XX: “puedes ir a por la gran novela norteamericana; hay una nueva cada semana, todas la misma”; hoy tenemos grandes blockbusters norteamericanos en los cines de todo el mundo, semana a semana, mes a mes, todos ligeras variaciones los unos de los otros, y todos se proponen grandes eventos cinematográficos, grandes experiencias. ¡Y cuidado con corromperlas con un spoiler!

    Continúo con otro planteo. Hay algunas formas de verdades que no se pueden tocar. No se deben tocar. Estas son las verdades de orden religioso usualmente, aunque también algunas otras cuestiones que con el paso de los años se instalan como tabúes o principios a defender en las sociedades y terminan tomando una forma parecida (como ser los casos de la pedofilia, el aborto, o la pena de muerte). Son verdades dadas, aceptadas en comunidades, y basadas en principios que no se cuestionan; no sin considerable conflictividad. Otra situación: la pasión por el deporte. Algunas de las imágenes más violentas de nuestra sociedad contemporánea las podemos ver en el mundo del fanatismo deportivo (extraño concepto de por sí; como si el deporte estuviera en la misma posición fenomenológica que la religión). Allí, uno sigue a su equipo porque sigue a su equipo porque sigue a su equipo; no existe tal cosa como “cambiarse de equipo”, y perderle interés significa inmediatamente dejar de formar parte de una comunidad de selectos seguidores que se llaman a si mismos “verdaderos hinchas”. Están en las buenas y en las malas, y para ellos cada evento deportivo es una demostración más de la valía del equipo; estos fanáticos eligieron al mejor equipo que existe, por razones cuya cuota metafísica es directamente proporcional a la cantidad de encuentros en los que son derrotados. Siempre, incuestionablemente, son los mejores, y las razones son lo de menos: salvo a la hora de defenderse de todos aquellos que cuestionen al equipo, en cuyo caso es válido hasta el asesinato. Y, nuevamente, esto mueve millones y millones: de personas, de dólares, de megawatts…

    Voy a ir al grano, para no extenderme demasiado. Todas estas escenas tienen en común una relación muy particular con la verdad y la falsedad. En todos esos casos reaccionamos de manera casi hasta explosiva frente a planteos que nos muestran una verdad. Elegí esos ejemplos precisamente porque no son sutiles: es fácil ver la reacción desmesurada, las consecuencias indeseables, el caracter pasional del juicio involucrado y las pésimas generalizaciones que de él se obtienen. Así y todo, ese juego de reacciones y consecuencias constituye verdades para la gente, que por cuestionables que puedan ser a su vez constituyen empirias: y allí ya se ve en jaque incluso la objetividad misma. Y es que se trata de una relación con la verdad que tiene poco o nada qué ver con la objetividad. Sé que esto es algo muy actual en el planteo de la posverdad, donde se pretenden explicar muchos fenómenos masivos contemporáneos en una sobrevalorización de la experiencia subjetiva por sobre la objetividad; pero yo apunto a otro lado. Mi hipótesis está más emparentada con aquellos planteos críticos de la objetividad que se pudieron ver durante todo el siglo XX; en esa serie, tan sólo vengo a traer un detalle. Yo creo poder dar cuenta de un mecanismo que opera en la gente, en todas las personas en general, vinculado a cómo se percibe lo verdadero y lo falso. Algo entonces del orden de la percepción, que las medicinas y filosofías de la psiquis podrán justificar de muchas maneras. Somos sensibles a la verdad; reaccionamos a la verdad como reaccionamos cuando nos pincha un alfiler, cuando vemos una luz muy brillante, cuando tenemos frío o calor. Tenemos un metasentido de la verdad, una sensibilidad de la verdad. Temo que llamarlo “sentido de la verdad”, darle el caracter pleno de “sentido”, me lleve a problemas como la comparación contra el gusto o el tacto; si bien mi intuición me dice que tal vez estén sumamente emparentados, se trata de un problema que no me interesa: sólo me interesa dar cuenta de que somos sensibles a la verdad en tanto que fenómeno humano (y no como idea, ni como consecuencia lógica, sino algo anterior).

    Cabe aclarar que en adelante en este texto pretendo manejar verdad y falsedad como dos valorizaciones, dos formas de procesar el mismo objeto, la misma percepción: una con valor positivo y otra negativo si se quiere, pero en ambos casos el producto del mismo proceso y el mismo fenómeno, la misma función devolviendo su resultado que más tarde es procesado por algún otro componente del sistema.

    Repasemos un poco aquellas escenas. Volvamos a las acusaciones de corrupción. Podemos imaginar, en cualquier posición del plano político donde nos sintamos más cómodos, cómo es que podemos ser interpelados por algunas de esas situaciones, cómo es que nosotros podemos ser uno de los que nos encontramos defendiendo a un candidato o cuestionando a un periodista. Tal vez no con la virulencia que yo planteara, pero definitivamente con algunos fenómenos similares. Lo más probable que nos encontremos de repente incurriendo en falacias, seguramente ad verecundiam o ad hominem, donde tan sólo el quién dice lo que se dice es suficiente para tomarlo como verdad o falsedad. Ya no podemos volver de eso; a partir de ese punto ya estamos en razonamientos inválidos para cualquier forma de objetividad. Entonces tratamos de recurrir a los hechos, y nos damos cuenta de que no los tenemos: tenemos más discursos; alguien dice que vió algo, hay un testimonio, hay documentos que así y todo están sujetos a interpretación. No tenemos caso, no hay situación concreta de corrupción, sólo hay hipótesis cuanto mucho: pero así y todo no podemos ignorar el asunto, no podemos simplemente borrarlo de nuestra mente. Tiene consecuencias. Vamos a culpar a nuestros rivales políticos de jugar sucio, y vamos a decir que nuestros avatares de la verdad son los más adecuados para interpelar la realidad. Ya mismo, en este punto, cabe una pregunta: ¿Por qué no simplemente nos es indiferente la hipótesis misma, y dejamos que sean los mecanismos institucionales al caso quienes se encarguen de confirmarla o refutarla? ¿A qué viene que nosotros nos enteremos de tales hipótesis? ¿Cómo es que nosotros somos partícipes de esa investigación, de ese juicio?

    Un periodista diría una obviedad: que la vida en democracia implica decisiones informadas, que el conocimiento de los actores políticos es clave para una sociedad sana, que ese conocimiento es importante para nosotros, que es necesario que alguien lo difunda, porque se está develando una estafa al pueblo todo, y eso constituye no sólo un acto de justicia sino de amor a la patria. Pero rara vez será hecha esa pregunta, y menos veces lo será con ánimos legítimos de tratar de comprender algo: en casi todos los casos será una pregunta retórica. Y luego de esa pregunta sin responder y sin plantear, nosotros vamos a comportarnos de esa manera que ya venía contando: nosotros los que incluso reflexionamos al respecto de todo esto. No vamos a poder ser neutrales ni aunque hiciéramos el esfuerzo: porque más tarde nos conectamos a internet, o vamos a nuestro trabajo, o salimos a la calle en cualquier lado, y todos nuestros pares no están ejerciendo ninguna forma de neutralidad de nada, y entonces vamos a tener que adecuarnos, en nuestro discurso, en nuestro comportamiento, en las muecas que ponemos frente a diferentes comentarios, y un poco ya teníamos más facilidad para adecuarnos a un lado o al otro, y eso constituye el día a día al que tenemos que adaptarnos para sobrevivir en sociedad: ya no es alguna forma de ficción sobre la verdad, o algún consumo de información para tomar decisiones o pasar el rato, es la vida misma, es el mismo acto de continuar viviendo lo que está mediado por todo este fenómeno. No es trivial para nosotros, es fundamental, es necesario. Y no lo podemos evitar. Luego, con tedio o con bronca, vamos a entregarnos al juego de acomodarnos en el espectro político de turno, vamos a publicar links a notas en las redes sociales cualesquiera de las que participemos, vamos a opinar sobre las cosas que dicen otros, y así vamos a ser parte grupos que nos permitan mantener en cierto grado lo que denominamos cordura.

    Hay algo así como un círculo vicioso operando allí. Hay mecanismos vinculados a la condición social del hombre, mecanismos lingüísticos en el uso de la palabra, uso de posición dominante del discurso y retórica en los medios de comunicación masivos… de todo un poco. Hay, de hecho, un importante popurrí de trabajos que se pueden leer sobre el tema. Mi hipótesis va hacia un inicio de todo eso. En aquellas escenas, lo que me interesa rescatar es la sensación. Afirmo que la razón por la que esas acciones son exitosas en términos de afectar a la gente, es por cómo se sienten. En toda esa escena de la denuncia mediática, la reacción se vive con indignación. Que X diga que Y es corrupto es indignante; ya sea porque Y ofende alguna moral al ser corrupto, o porque Y lo hace al difundir mentiras. La intervención de la moral es clave, pero es algo que me interesa retomar más adelante; aquí quiero ir hacia la indignación en tanto que reacción. Lo que planteo es que hay una reacción sensible mucho antes que una explicación racional: ya estaba la reacción programada, del mismo modo que ya estaba programada la atención misma al tipo y contenido del discurso en cuestión. Ya estábamos predispuestos a que, si alguien dice algo como eso, no sólo le prestamos atención sino que además nos indignamos. No es posible que el tema “no nos interesa”: y en los casos que así fuera, sería visto también como algo indignante, como una forma incorrecta de llevar la vida en sociedad y directamente hasta como una ofensa, porque estaríamos ante la encarnación de un ciudadano irresponsable.

    Recién esquivaba a la moral. Permítanme mostrar por qué. Volvamos a otras escenas. En este momento me interesa la del deporte. Esta es particularmente productiva porque es la más difícil de defender en términos morales. Dos hinchadas se pelean. Es algo que está mal visto en todo contexto, excepto en el ámbito del fanatismo deportivo; allí es hasta celebrado. Las peleas se entienden como batallas, de las mismas hasta se cantan canciones, y se vive así una forma de épica cuyo único lugar posible en nuestra sociedad es ahí. Incluso los apasionados por el deporte más racionales, aquellos que ven el tema desde cierta distancia y no se prestan a los episodios más explosivos del fanatismo o hasta los critican, también ellos están dispuestos a hacer sacrificios (económicos, sociales) para formar parte de esa épica, o están más que dispuestos a formar parte de sesudas polémicas con discursos mayoritariamente incontrastables con la realidad que en cualquier otro ámbito sería inmediatamente tildado de poco serio. Y así y todo es, sin embargo, uno de los pocos ámbitos donde se puede explícitamente encontrar un perfil de mi tesis: “es un sentimiento”. Es uno de los pocos espacios donde la sensibilidad y la pasión justifican el accionar ya no sólo irracional sino hasta violento, y es algo celebrado por millones; “pasión de multitudes”. Acá, no se explican las cosas, sino que se sienten; y todo lo demás es secundario, es algo adecuado a ese sentimiento. Es así que un comentario, una mueca crítica siquiera, puede desatar una polémica exacerbada o incluso hasta peleas a muerte. Aquí hay verdades que no se cuestionan: tal equipo es el mejor, porque se siente el mejor, y no hay ninguna otra cosa qué entender al respecto. Aventurarse en una aventura crítica constituye la renuncia inmediata a la pertenencia de grupo. El fanatismo deportivo tiene sus morales y sus códigos de ética: correr está mal, tirar piedras está mal, ser amigo de la policía está mal; pero si matás algunos rivales no hay mucho problema qué digamos, más bien es algo para celebrar durante años. Y la información aquí no puede distinguirse del ruido: en las buenas y en las malas, se gane o se pierda, siempre se está alentando al que siempre será el mejor de todos; estamos ante la más absoluta impermeabilidad para con la objetividad.

    Allí, entonces, tenemos una ética que muy difícilmente pueda adecuarse a ningún régimen constitucional republicano de esos que requieren ciudadanos informados para poder tomar decisiones racionales. Y sin embargo tenemos una relación absolutamente pasional con la verdad, del mismo modo que lo teníamos antes, cuando los ad hominems proliferaban más que las preguntas. Veamos otro aspecto más: la gente spoiler. En tiempos de fanfictions, uno podría hablar de crísis de los cánones; pero muy por el contrario nos encontramos con sucesivas reivindicaciones de los mismos. Es cierto que los fanfictions han ganado mucho espacio dentro de la cultura, pero no por ello parecen haberse visto debilitados los mecanismos que sostienen cánones desde hace siglos. Y, convengamos, cualquier hipótesis sobre qué sucede próximamente en nuestra serie favorita es necesariamente una forma del fanfiction. O sea que el fanfiction no es ni más ni menos que el estado natural de las cosas en la ficción, y las conclusiones canónicas son un mero cierre editorial sin más trascendencia que la que se le quiera dar en una comunidad dada. Así y todo, vemos peleas infinitas sobre cuál debería ser tal canon en tal historia; cuál debería ser la verdad. No me interesa tanto la relación entre canon y verdad como la relación entre fanfiction y spoiler. Sucede que necesariamente los fanfictions han de existir, y aparentemente también de manera necesaria han de existir los desenlaces canónicos (algo mucho más cuestionable en mi opinión); pero hay un juego de espectativas por ver cuál es el verdadero final que por momentos se muestra francamente virulento. Gente indignada por la opinión de los demás sobre tal o cuál posibilidad de desenlace, gente agrupada clamando finales para tramas, internet llena de imágenes e historias futuras mostrando finales o hasta reinterpretaciones de eventos pasados, todo mediado por el fantasma del spoiler. Están quienes los aman y quienes los odian, pero aparentemente no se puede ser muy indiferente hacia la idea del spoiler. La experiencia de la revelación debe ser cuidada y medida por los agentes mismos del canon; otras formas de revelación constituyen un acto sucio y hasta ilegal. Luego de la revelación existe un momento de confirmación o no de fanfictions, y de aceptación o no de la verdad revelada, con diferentes impactos emocionales en diferentes personas. Ciertamente no son impactos tan explosivos como los de pueblos divididos en bipartidismos electoralistas o centenas de personas en batallas campales a muertes por banderas deportivas; pero son de una manera u otra un mecanismo de cautivación de espectadores que insiste en ser explotado con una rigurosidad metódica; luego de la enésima serie y el millonésimo plot-twist, uno podría estar más bien acostumbrado a la experiencia, y podría tener una gimnasia tal que opere como paliativo para cualquier forma de sorpresa. Pero no parece ser el caso, sino más bien lo contrario. Al punto tal que estos mecanismos propios de la ficción ya directamente se instalan en otros mercados, como ser el de la tecnología: hoy tenemos presentaciones en directo para todo el mundo de los nuevos productos de Apple, que consisten lisa y llanamente en un teléfono celular, con el cuál uno hace las mismas cosas que haría con otro teléfono celular anterior o posterior a ese: así y todo el evento es una gran revelación. No sólo eso: hay “filtraciones”; aparecen antes de tiempo imágenes que no deberían haber sido publicadas, y constituyen noticia. Entonces, tenemos revelaciones que no son tales, sino casi más bien un trámite burocrático, y spoilers que constituyen diferente grado de ofensa de acuerdo al contexto: a veces hasta ofensas legales. Aprovechando este apartado, me gustaría mencionar que en el mundo de la tecnología acuñaron un concepto maravilloso: “experiencia de usuario”. Es algo absolutamente inmedible que determina absolutamente todos los proyectos actuales de tecnología. Y aquí me gustaría hacer otra comparación: la gente spoiler y los fanáticos deportivos tienen otra cosa en común. Cuando un equipo gana, el hincha dice que él ganó. Cuando un seguidor de una saga confirma una teoría como canónica, lo vive como un triunfo personal. No sé si decirle a eso “experiencia de usuario”, pero ciertamente es una experiencia en tanto que partícipe de algo, y es una experiencia muy emparentada con lo que estoy rastreando. Y todo esto, cabe nuevamente dejar anotado, para que no se me acuse de divagar en cosas sin importancia, es una dinámica de miles de millones de dólares y miles de millones de personas involucradas, en todo el mundo.

    ¿Qué verdad busca esa gente? ¿Confirmar que su marca de celular es la mejor o su teoría es la única legítima? ¿Cuál es el problema con que le digan otra cosa, o que se lo digan antes de los tiempos canónicos? Aquí es donde se puede involucrar a la verdad religiosa. Todos sabemos que los principios religiosos son incuestionables: son dogma, son verdades a priori y no son objeto de crítica. Cualquier posible análisis es sólo en condición de reafirmar lo que sostienen y ejercitar alguna forma de crecimiento personal, pero nunca de contradecir o criticar. Si así fuera el caso, incluso, el objeto de la crítica sería alguna que otra persona involucrada en algún momento histórico que hubiera alterado con sus interpretaciones o sus actos el correcto camino de la fé en tanto que institución; pero jamás se cuestionaría la fé religiosa. Es que no hay manera: es lo que es, y lo entiende quien lo entiende como lo entiende. ¿A qué viene no-ser, ser-otra-cosa, si la verdad de la fé ante todo es y es todo? Sólo puede venir a colación de la equivocación, o de la mala fé: exactamente las mismas conclusiones a las que llegáramos en la escena de la denuncia mediática. Y aquí pueden entrar otras comparaciones, como la impermeabilidad para con los datos empíricos, la negacion para cualquiera que traiga otra verdad, la apocrificidad de todos los textos no canónicos, las masas inconmensurables de gente congregada en eventos religiosos, la violencia justificada, etc, etc, etc. Este texto ya es suficientemente largo como para necesitar entrar en esos detalles más bien evidentes.

    Como dijera antes, busqué algunas pocas escenas más bien cotidianas donde se pudieran ver algunos contrastes claros, pero los mecanismos de los que hablo se pueden ver en diferente grado y constantemente en todas las esferas de la acción humana. Se puede ver que hay una reacción ante manifestaciones de lo verdadero/falso, que usualmente (pero no siempre) toma la forma de una moral, que más tarde se justifica en alguna forma de ética o estética ad-hoc, y que eso está siendo sistemáticamente explotado en diferentes espacios considerados “industrias”. Pero que desde el vamos es algo que arranca siempre por esa reacción, esa percepción de algo que nos genera una respuesta, y no es exactamente “información”. No es lo mismo la información que nos indica que mañana va a llover, que aquella que nos indica que mañana nuevamente va a llover, como viene lloviendo sin parar desde hace dos semanas, y que eso confirma nuestras sospechas de que estamos viviendo un cambio climático a nivel mundial. No es sólo información que procesamos: es una de las funciones por las que la pasamos. Uno de los mecanismos en el sistema de procesamiento de información que poseemos todos tiene como efecto una reacción vinculada a nuestras sospechas, nuestras intuiciones, nuestros deseos, de una verdad ya sea oculta o evidente pero que declaramos nuestra. Es un mecanismo muy primitivo que opera en la frontera de nuestra psiquis y el momento de relacionarnos con los demás. Nos permite distinguir quienes somos, diferenciarnos, agruparnos. Y sí, es algo de orden psicológico, muy probablemente inconsciente, y también es algo muy emparentado con otros mecanismos de la conciencia, la percepción, y la comunicación; pero afirmo que se trata de un mecanismo particular e individualizable. Lo que digo es: al momento de determinar si una información, un conjunto de datos que percibimos, constituye verdad o falsedad, nosotros sentimos algo. Así como podemos sentir con los dedos, por separado aunque al mismo tiempo, temperaturas y texturas, así nosotros, entre todas las cosas que sentimos, sentimos verdad o falsedad en la información; y es algo absolutamente inevitable para nosotros. Esa inevitabilidad es lo que justifica la explotación; esa sensación tan íntima es lo que justifica la instalación exitosa de algo como la posverdad, la famosa “experiencia subjetiva” que tendría prioridad por sobre la verdad objetiva. Y, que yo sepa, no es algo que esté conceptalizado formalmente.

    Decidí llamar “aleteistesia” a este concepto de “sensibilidad por la verdad”. Originalmente lo pensé como “veristesia”, pero me presentó dos problemas. El primero y más inmediato, “veritas” es latín y “estesia” es griego; está simplemente mal usada la terminología culta. Pero el segundo problema es mucho más interesante. Resulta que la palabra en griego para verdad es Aleteia, pero no significa lo mismo que el latín Veritas. Aparentemente Martin Heidegger trabajó esta cuestión y fue central para él: veritas da cuenta de verdades en términos de lo verificable, mientras que aleteia da cuenta de otra cosa. El “a” de aleteia significa “sin”, en el sentido de “desprovisto de”, y “leteia” significa “ocultamiento”. Aleteia es entonces una forma de verdad en tanto que desocultamiento, mostrar algo que antes no se veia, develar, hacer visible lo que está oculto; incluso, lo evidente. Y me parece un concepto mucho más adecuado para lo que trato de conceptualizar rápidamente en este post. Sucede que la sensibilidad, la susceptibilidad exacerbada que se puede percibir siguiendo la línea de aquellas escenas anteriormente mencionadas, está muchísimo más vinculada a una relación con la idea de una verdad evidente, o con una verdad que debe permanecer oculta, antes que con cualquier material empírico o dato contrastable.

    Quedan muchas cosas para decir al respecto, pero serán en todo caso temas para otros posts. Por las dudas, voy dejando algunas notas:

       * Se pueden mencionar muchas cosas sobre el proyecto moderno y sus ideas de verdad al respecto de esto.

       * Hay una relación con las mentiras que a veces opera de manera recursiva. Zizek plantea esto de manera muy clara en uno de sus videos. De allí se pueden articular cosas vinculadas a la aleteistesia.

       * Hay muchos autores, tanto teóricos como de ficción, que critican el impacto de las mentiras difundidas en los medios de comunicación. Se pueden discutir cosas con muchos de ellos.

       * No llegué a hablar sobre la alethephobia y la mythophobia, que son el miedo a la verdad y la mentira, respectivamente. Explorar los miedos puede dar muchas conclusiones sobre cómo opera el sentir de las cosas.

Otro texto del taller de escritura. En esta ocasión, la consigna era “Escribir un acontecimiento desde diferentes puntos de vista”. Lo escribí en 40 minutos.


1)

    No se puede escribir cualquier cosa en 40 minutos. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. No pueden ser cortas, no pueden ser instrascendentes: tienen que durar en tu cabeza, y tenés que aprender a tener cosas para decir.

    Es también una cuestión de gimnasia, está claro. Mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Uno se sienta a escribir, y el modus operandi es siempre más o menos el mismo; ya tenés trucos, mañas, ya no hay tantas sorpresas, ya recordás otros momentos en los que estuviste trabado y lo gambeteaste (o no) y pudiste ver, en el momento o eventualmente, que si hacías tal o cuál otra cosa diferente a la que ya hiciste, encontrabas un camino totalmente distinto. Y eso cuando tenés todo el tiempo del mundo vaya y pase; cuando tenés deadlines, tenés que escribir, no hay tu tía. Y cuando morfar depende de eso, creeme que escribís; no te tirás en posición fetal a dar vueltas por el piso, ni te ponés a mirar videos pelotudos en internet, ni te ponés a jugar jueguitos o leer cosas que nada qué ver: te ganás el mango, te ganás el plato de comida. ¿Querés además saber hasta dónde escala eso cuando también alimentás a tu familia?

    Así que no podés tomarte la escritura como una especie de juego pasional que podés hacer en tu tiempo libre y que no importa cuánto tarde ni a dónde vaya. Hay reglas. Sentás el culo en la silla, y movés los putos dedos hasta que lo que hace falta escribir esté escrito.

2)

    A mí me das 40 minutos y te escribo cualquier cosa. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Y esas experiencias pueden ser cortas, o incluso hasta intrascendentes: pueden no durar un carajo en tu cabeza y encima podés tardar meses hasta que realmente tenés algo para decir al respecto. Si pasa por eso, no hacemos nada. Lo que sale sale.

    Es también una cuestión de gimnasia, está claro. Mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Y me chupa un huevo si me dicen que es serio o en joda, que lo tengo que presentar a Cadorna o a Montoto, que tengo que prestarle atención a nosequé porque sino me pegan una patada en el culo y me tengo que buscar otro laburo… Yo soy escritor, yo soy el que decide cuándo escribo, cómo escribo, cuánto tardo, y me chupa la pija si a Cadorna o a Montoto no le gusta cómo carajo hago o dejo de hacer mi vida: si creen que pueden escribirlo ellos, que lo escriban ellos y se dejen de patalear. ¿No llegué con el deadline? Que sirvan para algo y se pongan a negociar uno nuevo. ¿No les gustó el producto final? Que lo vendan como material para entendidos y listo. Si prefiero cagarme de hambre o tirarme en posición fetal a llorar en el piso en lugar de escribir lo hago y nadie puede venir a decirme un carajo.

    Así que no podés tomarte la escritura como una especie de actividad profesional que tenés que hacer de 9 a 18 y donde lo más importante es tener las cosas a horario. No hay reglas. Vos tenés que escribir, y después trabajar lo que escribiste, y lo entregás cuando lo entregás, y si es en 40 minutos bien y sino también, y si quieren algo en 40 minutos que se hagan cargo de lo que piden, y al que no le gusta que se vaya a la puta madre que lo parió.

3)

    En 40 minutos podés escribir cualquier cosa. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Pero lo cierto es que lo que sale sale, y en 40 minutos sale algo, y en 9 horas sale otra cosa, y eso que salió primero le guste a quién le guste es algo al fín y al cabo.

    Y no es tanto una cuestión de gimnasia. No es tan cierto que mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Uno se sienta a escribir, y el modus operandi es siempre más o menos el mismo; ya tenés trucos, mañas, ya no hay tantas sorpresas, ya recordás otros momentos en los que estuviste trabado y lo gambeteaste (o no) y pudiste ver, en el momento o eventualmente, que si hacías tal o cuál otra cosa diferente a la que ya hiciste, encontrabas un camino totalmente distinto. Entonces te confiás de esa clase de cosas, y te das cuenta de que pasás más tiempo lidiando con tus herramientas de siempre que con lo que se supone que tenés que estar escribiendo, que querés jugar a copiar y pegar algún pedazo de otra cosa y cambiarle las palabras, y así ves pasar el día, y terminás con un trabajo que no te gusta ni a vos ni a nadie, y te empiezan a decir que te copiás a vos mismo, y te decís a vos mismo que cumpliste con lo que te pidieron… y terminás tirado en posición fetal dando vueltas por el piso, o te ponés a mirar videos pelotudos en internet, o te ponés a jugar jueguitos o leer cosas que nada qué ver, porque de repente no podés vivir con vos mismo. Así terminás con un bloqueo de la concha de la lora, pasás más tiempo dudando de qué está bien o mal hacer en lugar de simplemente hacerlo, y todo gracias a tus años de gimnasia. ¿Y cuando morfar depende de eso? ¿Querés además saber hasta dónde escala eso cuando también alimentás a tu familia?

    Así que podés tomarte la escritura como una especie de actividad profesional que tenés que hacer de 9 a 18 y donde lo más importante es tener las cosas a horario, pero no podés dejar de tomártela también como un juego pasional que podés hacer en tu tiempo libre y que no importa cuánto tarde ni a dónde vaya. Hay reglas, pero sólo a veces. Y cuando hay reglas simplemente sentás el culo en la silla y movés los dedos hasta que lo que hace falta escribir esté escrito, y cuando no hay reglas vos sabrás que será lo que te salve el alma.

4)

    No se puede escribir la verdad. Ni en 40 minutos, ni en 9 horas. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Saquémonos cinco minutos la careta: eso es absolutamente imposible. Lo que podés hacer es pilotearla, y cumplir con los demás o con vos mismo, pero con una mano en el corazón no podés decir nunca que lo que escribiste es verdadero: no son más que una sarta de mentiras, incondicionalmente.

Otro texto para el taller de escritura.
Esta vez la consigna fue: Combinar la repetición y el contraste. “Las costumbres de una comunidad”.

    Escondidos entre los pilares de los pequeños grandes placeres humanos, se encuentran la satisfacción del secreto prejuicio y la activa discriminación. Tanto es así que dividir a la gente en grupos resulta una actividad irresistiblemente encantadora, aún cuando privada de su esporádica y contingente justificación científica; es tanto un juego hipócrita como un goce moderno el disponer de incontables categorías que nos permitan distinguir entre adecuados y no adecuados, entre aptos y todo lo demás, lo que ande por ahí, lo que sobra. Pero no es ni tabú, ni pecado, ni está mal visto siquiera para las sensibles almas de los refinados que manejan tanto conocimiento y saben percibir con brillante precisión al universo. Con este texto pues seguimos los pasos de estas grandes personas, nos unimos a ellos, explorando los vericuetos de una comunidad tan ancestral como vigente: el mersa.

    Boludo y de mal gusto, el mersa sobrevive desde que la gente es gente. Allá por el año quichicientos, en las cuevas esas con los dibujos esos, ya se encuentran los cazadores con sus lanzas, las presas que alimentarán la tribu, y los pelotudos inverbes que corren para cualquier lado con los brazos en alto, sin armas, y sin aparente virtud de la que se pudiera dejar constancia, amén de su evidente presencia.

    Uno que no entiende mucho podría decir que aquella persona tendría un rol, que daría algo a cambio del ser; que forma parte, pensando un poco, de una larga cadena de sucesiones y conexiones que llevó a la humanidad a sobrevivir a tamaña adversidad: catástrofes naturales, enfermedades, depredadores más hábiles, fragilidad; que es un eslabón en el contínuo de nuestro conocimiento, y nuestro crecimiento, y nuestra cuestionablemente infinita actualidad. Pero no: hoy sabemos que tenemos satélites, y entendemos al átomo, y entendemos la luz, y mandamos cosas a otros planetas, y ese tipo ahí sin armas al lado de un buey que está siendo cazado, lo podemos visualizar muy bien, de tener nuestras herramientas estaría sacándose selfies y mandando besitos y escribiendo “jajaja” en alguna red social mientras los demás se rompen el orto laburando por un plato de comida. Y sabemos que si lo criticamos somos unos intolerantes y no entendemos nada de la vida porque no estamos en la onda. Y que, “la verdad”, diría, “tendrían que buscarse otra manera de ganarse la vida porque eso que hacen es muy violento y el pobre animalito no tiene la culpa de nada; fíjense a quién votan, jajaja, besitos”.

    Ese tipo es mersa. La cabeza le da hasta por ahí nomás y para algunas pocas cosas. Siempre fue así. Y los hay de todos colores, y los tienen junados en todos lados. En Grecia nos consta que los estudiaban; eran el corpus de tanto filósofos como sofistas. En Roma eran una preocupación incesante; “Aut Caesar, aut mersa”, decía Borgia; “Si vis pacem, para mersum”, decía Vegecio. Estuvieron en Constantinopla y en Turquía, y propagaron la peste con un ímpetu imparable, y cazaron infieles y herejes, y cabalgaron y zarparon hacia nuevos continentes a donde llevaron nuevas enfermedades, y formaron felices colonias, y lloraron independencias, y trataron una y otra y otra vez por todos los medios posibles de reinstalar antiguas dependencias (de monarquías, de paises, de iglesias) porque todo tiempo pasado fué y será siempre mejor, y así continuaron hasta hacer posibles dos guerras mundiales y cincuententa años de guerra fría; en el interín pudieron deleitarse con enormes maravillas como la batimanía o los campeones del yoyó. Y hoy se conglomeran unidos en redes sociales, donde pueden compartir lo mejor de sus mejores momentos, mientras tienen siempre disponibles aplicaciones para ver si cojen o tests de inteligencia en infobae. Mersas. El más gigantezco y espeluznante desperdicio de energía jamás imaginado. La proporción, la magnitud de su accionar, lo terrible de su fuerza, serían dignos de canciones épicas si no fueran tan condenadamente marmotas. Y con el paso de las eras (y hay que hacerse cargo que se ha intentado), los conoció Mohamed, y los conoció Jesús, y los conoció también Buda, y así y todo no parecen tener solución alguna: los tipos dale que dale con el tiki-taka, los consejos antiestrés, las ideas brillantes y fáciles para hacerse unos mangos, las polémicas, las minas en pelotas en todos lados, los autos caros y ruidosos, la pasión exacerbada por los deportes, la opinión sobre todo, las citas a pensadores que después se revuelcan en sus tumbas y de los que no saben ni escribir bien el nombre, los emoticons, los memes que no son graciosos, hablar de lo que pasa en la televisión, creer que decir “son todos chorros” es tener pensamiento crítico, las promociones de los bancos, la tecnología al pedo, el hit del momento, la nostalgia, los trending topics, el dólar, las vacaciones, y la autoayuda.

    Todo aquello a nuestro alrededor, miremos donde miremos, está imbuido en la esencia mersa; pensado en lo mersa, adecuado a lo mersa. Y así planteado resta la pregunta de cómo se puede tomar esta distancia que un humilde servidor y sus lectores están tomando. ¡Pues si lógicamente no la hay! ¿Por qué habría de haber tal cosa? Si lo mersa bien puede ser cuestión de grado, o incluso hasta una sana normalidad; pero además tenemos vínculos incuestionables con el mersa, que no podemos romper. Nos une la especie, nos une la masa; nos une el hambre y la deriva existencial. Podemos fantasear con un mundo futuro donde la gente ya ha hecho cosas como conectarse todos el cerebro entre sí y finalmente tener un poco de compasión por el otro, pero no podemos imaginar un mundo sin siquiera una parte de nosotros mismos; no sin caer en lo mersa una vez más, y así formar parte de esa interminable cadena de la estupidez humana, que no se entiende bien si estaría mejor representada con una orgía o con una picadora de carne, o si es una cuestión de perspectiva, o si simplemente habría que dejarse llevar por algunas cosas y entender un poco menos y entonces, tal vez, sólo tal vez, el pánico de la escena del buey que no tiene muchas ganas de ser achurado y te está mirando fijo y te está apuntando con los cuernos, sólo tal vez decía te inspire a sacarte una selfie y cagarte de la risa celebrando que esa ahora la podés contar incluso después de muerto. Quien sabe, quizás la mersada original está en aquellos dibujitos en aquellas paredes de aquella cueva de sabrá dios cuándo.

Otro ejercicio del taller de escritura de Rodrigo Baraglia al que estoy concurriendo los sábados. Esta vuelta la consigna venía por el lado de los contrastes:

    Pepe vió algo medio raro, hasta que llegado un punto se avivó lo que pasaba: la enésima mujer desnuda de la lista tenía pene. Era una trampa. Entonces Pepe de inmediato cerró esa filmación sin terminar de verla y continuó con la siguiente, sin mayor comentario, sin chistar; era la norma y Pepe era un tipo ético. La extraña rueda de la tolerancia en internet maneja sus propia ética desde hace ya más de una década, y sabemos que hay trampas, y sabemos que no podemos hacer nada al respecto. Pero más abajo otra persona comentaba indignada, que por qué no se iban a una isla y dejaban en paz a la gente normal, que ojalá volvieran los nazis y corrigieran todo eso que estaba mal, y acompañaba su discurso con un video de una mujer blanca y rubia y de ojos claros, de veintipocos años, con una vincha de motivos alemanes, y unos aros con parafernalia del eje, teniendo sexo con un tipo del que no se viera mucho salvo que también es blanco. Varios respondieron a ese que sí, que había que matarlos a todos a esos, acompañando sus discursos con imágenes de gente aplaudiendo o señores levantando el pulgar. Otra persona publicó otro video también adhiriendo: otra mujer, más blanca y más rubia que la anterior, tal vez incluso más jóven, teniendo sexo con otro señor; pero este señor a diferencia del otro era de piel negra. Entonces muchos usuarios denigraron a ese, tildando a la escena de “bestialismo”, acompañando su discurso con imágenes de monos. En el medio de ese frenesí ajusticiador, empezaron a aparecer muchos videos de “bestialismo”. Entonces empezaron también a aparecer videos de señores de piel negra siendo asesinados de maneras moderadamente espectaculares, en su mayoría sangrientas y en su totalidad reales, no ficcionales, junto con muchos otros videos de señoritas de piel negra siendo sexualmente torturadas y en ocasiones también asesinadas. Entre ellos pudieron verse varios videos de chicas jóvenes rubias teniendo sexo que sólo a partir de cierto momento mostraban también tener un pene. Todo esto derivó en videos de gente con rasgos físicos menos idealizados, como obesos o enanos o viejos, teniendo sexo con animales, o con objetos culturalmente humillantes como podrían ser una fruta o una caja con una fotografía. Esos también tenían banderas de paises y gente con piel de diferentes colores. Y también involucraban escenas sangrientas y espeluznantes. Ninguna de estas imágenes y videos y comentarios eran pertinentes para Pepe, y todo eso continuó hasta que el amistoso vecino Spiderman entró al lugar para salvar la situación aún a costa de terminar con cancer.

    Luego de ese evento, Pepe se sintió incómodo sin tener mucha idea de por qué, y reflexionó sobre lo que había vivido. Reflexionó fundamentalmente sobre aquella idea de tolerancia silenciosamente aceptada que lo llevó a cerrar la imagen de aquella primera trampa. Tildó intuitivamente a los reaccionarios de novatos, y se dijo a sí mismo que había reglas claras aún cuando implícitas. Se dijo que eso era tolerancia.

    Pero a continuación se preguntó: ¿cómo sería esa tolerancia si Pepe mismo tuviera más opciones sobre esas filmaciones? Si pudiera hacer algo más que ignorarlas cuando no le gustaban. Si pudiera clasificarlas, para separar a la gente de acuerdo a sus gustos personales, para que no hubiera más trampas. O, más contundente aún, qué pasaría si no pudiera ignorarlas.

    Estas ideas se mostraron profundas para Pepe, y lo llevaron a un lugar de tanta incertidumbre como curiosidad. Pepe sentía que aprendía algo, que estaba en las puertas de algo nuevo para su vida, algo importante. Así fue que Pepe volvió a aquél primer video de aquella primera trampa, y lo vió completo. No lo entendió. Se preguntó cómo sentiría placer esa trampa. ¿Como una mujer? ¿como un hombre? Algo había de tabú en esa reflexión, pero tampoco veía nada que la impidiera formalmente. Volvió a mirar el video completo, que en seguida tuvo gusto a poco. De esa manera fue que Pepe entró a otro sitio de videos, y buscó videos de trampas; había miles. Y miró algunos, y un montón de gente dejaba comentarios, y recomendaba otros videos afines o mejores, y Pepe siguió esas discusiones y esas recomendaciones hasta quedar satisfecho.

    Minutos más tarde Pepe se asustó por esta experiencia. Algo había en ella que era incómoda. Pero como con tantas otras incomodidades, continuó con su vida, tolerándola.

    Al otro día Pepe volvió a buscar videos de trampas. Pero ya no le generaban la misma satisfacción que antes; ya no resolvían nada, no respondían a ninguna pregunta. Eran tediosos, banales, insoportablemente normales. Así que Pepe volvió a donde viera aquella trampa original, y pudo ver el resto de los videos publicados. Vió el video de la chica nazi, que lo llevó a buscar videos nazis, y lo llevó por comentarios nazis, recomendaciones nazis, a comunidades nazis, hasta nuevamente quedar satisfecho. Esto volvió a suceder, pero ya los nazis no tenían el mismo atractivo; así Pepe exploró la interracialidad. Y más tarde los enanos. Y más tarde los viejos. Y terminó en videos de gente sin pedazos, de gente teniendo sexo con muertos, de gente matando o muriendo, de gente haciéndole cosas a cosas. Pepe era extrañanente felíz en ese frenesí exploratorio, pero su motivación por la normalidad decaía a una velocidad preocupante. Así fue que la pregunta por la tolerancia, con el paso de los días, se volvió más y más difusa.