¿Qué es lo que hace que exista lo verdadero?

    Llamamos filosofía a esta peculiar forma de pensamiento que se plantea la pregunta no sólo, por supuesto, por lo que es verdadero y lo que es falso, sino también por aquello que hace que exista y que pueda existir lo verdadero y lo falso. Llamamos filosofía a una forma de pensamiento que se plantea la cuestión de cuáles son las mediaciones que permiten al sujeto tener acceso a la verdad. Filosofía es una forma de pensamiento que intenta determinar las condiciones y los límites del acceso del sujeto a la verdad. Si denominamos a todo esto filosofía creo que se podría denominar espiritualidad a la búsqueda, a la práctica, a las experiencias a través de las cuales el sujeto realiza sobre sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad. Denominaremos por tanto espiritualidad al conjunto de estas búsquedas, prácticas y experiencias entre las cuales se encuentran las purificaciones, la ascesis, las renuncias, las conversiones de la mirada, las modificaciones de la existencia que constituyen, no para el conocimiento sino para el sujeto, para el ser mismo del sujeto, el precio a pagar para tener acceso a la verdad.

    (…)

    Para la espiritualidad, la verdad no es en efecto simplemente aquello que le es dado al sujeto para recompensarle en cierto modo por el acto de conocimiento y para completar este acto de conocimiento. La verdad es lo que ilumina al sujeto, lo que le proporciona la tranquilidad de espíritu. En suma, existe en la verdad, en el acceso a la verdad, algo que perfecciona al sujeto, que perfecciona el ser mismo del sujeto o lo transfigura.

    Para la espiritualidad un acto de conocimiento en sí mismo y por sí mismo nunca puede llegar a dar acceso a la verdad si no está preparado, acompañado, duplicado, realizado mediante una cierta transformación del sujeto; no del individuo sino del sujeto mismo en su ser de sujeto. La gnosis es en suma lo que tiende siempre a transferir, a trasladar al propio acto de conocimiento, las condiciones, las formas y los efectos de la experiencia espiritual.

    Digamos, esquemáticamente que, desde la Antigüedad, la cuestión filosófica de ¿cómo tener acceso a la verdad?, y la práctica de la espiritualidad, en tanto que transformación necesaria del ser del sujeto que va a permitir el acceso a la verdad, constituyen dos cuestiones que pertenecen al mismo registro…

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    En el año 2005 escribí un pequeño texto, para una materia de la carrera de Letras en la UBA, sobre el cuento de Borges “la biblioteca de Babel“. Por devenires del taller literario del que formo parte, estamos leyendo Borges, y recordé este trabajo.

    Lo releí ayer, y francamente no entendí nada. Pero me gusta cómo desde hace años vengo reflexionando sobre las mismas cosas, y más me gusta todavía esa tesis super jugada e injustificada sobre la ficción que de pura caradurez me animé a tirar ahí adentro.

    La respuesta a cualquier interrogante sobre la Biblioteca de Babel se encuentra en la Biblioteca misma. Y la Biblioteca es, curiosamente, el universo.

    Una de mis preguntas fundamentales al leer fue: ¿por qué Biblioteca? ¿Por qué no Feria, o Zoológico, Colmena, Tren, o Río? ¿Por qué exactamente Biblioteca? ¿Por qué no otra cosa?. Es natural que no haya llegado a ninguna conclusión. Pero este trabajo toma como base, ya que lo es, qué implica este detalle (en mi opinión retórico).

    Y más tarde, la segunda pregunta, evidente y necesaria: ¿Por qué Babel?. La mecánica fue la misma; sin logros en encontrar respuestas, me topé con el hecho: sea por lo que fuera, era Babel. Y eso también me implicaba algunas cosas.

    La idea de la biblioteca como metáfora o representación de un universo me lleva a preguntarme sobre cómo influye o qué función cumple el conocimiento en la literatura, el dato y su orden. Y es que durante todo el relato se sigue aplicando y planteando la posibilidad de una reducción, de una comprensión de un universo, o hasta esquematización o diagramación y, por ende, duplicación, recreación; predicción y manipulación. Ciencia. Escucho conocimiento cuando leo Biblioteca en este cuento (no placer, por ejemplo, ni belleza). Leo una búsqueda constante por una certeza en algo que, caótico o no, excede las posibilidades de control por parte del aparentemente pobre bibliotecario, aparentemente víctima o esclavo de algo que no entiende (¿qué es toda esa locura, toda esa enfermedad y suicidio como característica pertinente o destacable en ese, al fin y al cabo, universo?).

    Pero Babel me lleva a otra cuestión. ¿Babel como Biblioteca? ¿El Caos de la incomprensión como Literatura? ¿Es posible comprender en “La Biblioteca de Babel” una perspectiva de la literatura?

    Curiosamente, mi pregunta más inmediata fue, entonces, si era posible siquiera comprender algo en la biblioteca de babel. Y me dije que…

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    Desde hace algunos meses, estoy manejando algunas ideas insistentes sobre el concepto de tradición, que necesito empezar a dejar anotadas. Y, como siempre, el trabajo ante esa situación es darle forma a todas esas sensaciones.

    En líneas generales, siempre le escapé a la tradición como a alguna especie de peste. Y es que siempre tuve, incluso en la más plena ignorancia sobre el asunto, un espíritu incuestionablemente moderno. Desde chiquito renegué de la religión y el comportamiento acrítico, y nada me parecía más espectacular que las vanguardias. Con el paso de los años me fui encontrando con conceptos mucho más sofisticados, como la idea del dogma, o la idea misma de la ciencia en términos técnicos. Allí, me sentí como en casa. Pero frente a innumerables eventos y fenómenos contemporáneos o tal vez recientes de orden político y social, me veo en la necesidad de repensar mi posición al respecto de la tradición.

    Lo primero que me interesa marcar es la relación entre tradición y modernidad. Como en muchas otras oportunidades, hago mías palabras de Foucault, trayendo este pequeño extracto de Wikipedia:

(…)

    In the view of Michel Foucault (1975) (classified as a proponent of postmodernism though he himself rejected the “postmodernism” label, considering his work as a “a critical history of modernity”—see, e.g., Call 2002, 65), “modernity” as a historical category is marked by developments such as a questioning or rejection of tradition; the prioritization of individualism, freedom and formal equality; faith in inevitable social, scientific and technological progress, rationalization and professionalization, a movement from feudalism (or agrarianism) toward capitalism and the market economy, industrialization, urbanization and secularization, the development of the nation-state, representative democracy, public education (etc) (Foucault 1977, 170–77).

(…)

    Allí, como primer ítem, se menciona a la modernidad como un momento histórico de cuestionamiento y rechazo hacia la tradición. En parte por el ímpetu del constante cambio, de la mano del progreso científico y tecnológico, y en parte por el diagnóstico de que la religión era responsable de una importante porción de los problemas sociales, la tradición era de repente vista como una expresión de cosmovisiones primitivas, cuando no directamente de dogmas, los cuales debían ser superados en el imparable camino del progreso. La religión era una cosa irracional, incompatible con el nuevo mundo de los hombres, y un lastre de la historia que irremediablemente iba a ser eliminado con el curso de los años. Y la tradición,…

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    Hace algunas semanas atrás publiqué Feels Theory y, debido a que lo escribí con mucho apuro (aprovechando mis vacaciones), una de las cosas que sacrifiqué fueron muchas explicaciones. Una de ellas es la razón misma del nombre que planteo para esa línea de investigación o pensamiento que desarrollé en el libro. Y hoy puedo aprovechar otro feriado para dejar anotada una breve explicación.

    En Internet, se acuñó el término “feels” como una representación genérica que engloba sensaciones y sentimientos. Parte de la definición implica que frecuentemente esos sentimientos no se pueden explicar, o muestran dificultades para hacerlo, y de hecho que también pueden llegar a sobrecargar la capacidad sensorial de una persona. Así, se vuelven fácilmente algo que nos somete, y que no podemos evitar.

    No estoy seguro si primero fue el huevo o la gallina, pero eventualmente se estandarizó de facto que la imagen universal para los feels es Wojak, el tipo que puse en la tapa de mi libro, en diferentes situaciones. Esto es fácil de curiosear, haciendo una simple búsqueda de imágenes.

    Mis ideas sobre la verdad me llevan a plantearla en el plano de los sentidos, como un elemento básico para la supervivencia y la adaptación al mundo; y que, precisamente, no podemos evitar. No podemos apagar la vista: apenas sí podemos cerrar los ojos; podemos taparnos los oidos, pero no dejar de escuchar; no podemos apagar la piel, no podemos apagar la lengua, y en todo caso si algo de eso sucediera estaríamos hablando de lo que llamamos enfermedad o discapacidad: una forma de lo excepcional, no de la norma, y en términos despectivos. Se supone que no podamos apagar nuestros sentidos, se supone que así funcionemos; se supone que si explicamos a alguien que no podemos apagar nuestros sentidos, fácilmente ese otro nos entiende, porque también vive la misma situación. Es una condición perfectamente explicada en los mismos términos que los “feels” de Wojak.

    Pero desde los sentidos, también paso a los sentimientos. Porque, si bien le otorgo a un aspecto de la verdad el caracter de “sentido”, también lo hago en términos un poco más sofisticados que el tacto o la vista. En mi libro, esbozo brevemente y sin mucho detalle un mecanismo de la percepción que afecta directamente a la sentimentalidad, y donde la verdad en tanto que fenómeno…

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    Me tomo unos pocos minutos para dejar una pequeña reflexión, apenas como nota.

    En el libro que publiqué recientemente, en varias oportunidades pido disculpas por vaguedades, a sabiendas de que aquél concepto que trato es mucho más complejo de lo que planteo, como un gesto de buenos modales y una anotación al caso de que mi teoría apenas roza ese lugar que se encuentra atravesando. Pero lo cierto es que esas disculpas tienen también como fundamento el miedo que me da el lector.

    Un día me encontré a mi mismo escribiendo filosofía. Es algo a lo que la vida me llevó y recién comienzo a hacerme cargo. Y sucede que no tengo ninguna formación al caso: trabajo de devops, y estudié Letras y Robótica. En ningún caso siquiera se insinúa “filósofo”. Entonces me imagino que de repente a mi libro lo lee algún filósofo en serio, alguien realmente preparado para las aventuras en las que yo me metí sin saber mucho lo que estaba haciendo, y la idea me genera una profunda y aterradora vergüenza.

    Tengo dos cosas para decir al respecto de ese miedo.

    La primera, una que comenzara como nota al pié en un capítulo que ya no recuerdo, de la que Rodrigo Baraglia más tarde me dijera “esto tiene que salir de nota al pié, y tiene que estar bien central en el cuerpo”. Se trata del párrafo que dejé anotado en la página inicial del libro, antes del índice, y que habla sobre mi compromiso ético con la voz del trabajador.

    Y es que reniego de las condiciones que las academias y nuestras culturas modernas nos han impuesto a la hora de abrir la boca sobre lo que pensamos. Básicamente, se nos exigen credenciales para poder pensar, o defender nuestras ideas, en temáticas de orden académicas: porque en los medios o el discurso popular se trata de temas periféricos (por más centrales que puedan ser para la humanidad en general), y porque las academias se convirtieron en una especie de trituradora de gente que mezcla lo peor del elitismo, una falsa e hipócrita meritocracia muy de moda entre el discurso que proponen los ricos para las sociedades, y el aislamiento de cerrar los ojos a los problemas reales del contacto entre la academia y el pueblo por el hecho cruel de que los académicos necesitan también ganarse el plato de…

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    ¡Publiqué un libro! 😀

    Se llama Feels Theory, y le hice una página web para que lo pueda descargar cualquiera y gratis, acá: https://www.canta.com.ar/feels_theory.

Tapa del libro, hecha más o menos con los dientes y con los pies.

    El libro toma los temas que comenzara a trazar en aquel post sobre aleteistesia, los expande, y encara formalmente una línea de investigación, o una corriente epistemológica, o no se muy bien qué. La cuestión es que logré escribirlo durante mis vacaciones, y logré plantear una idea concreta a partir de mis intuiciones sobre la verdad.

    Cuando logre hacerme más tiempo, iré dejando notas al respecto de esos temas, y cosas que quedaron pendientes, y recortes, y otros etcéteras. Hasta entonces, puedo dar por inaugurada la teoría de los feels.

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    Estoy fascinado con el trabajo de Geoff Knorr. Escuchen, por ejemplo, este elemento de la cultura cristiana clásica:

    Ahora, escuchen qué hace Knorr cuando toma eso y lo pretende convertir en un ícono de la devoción y la gloria en el imperio bizantino:

    Tomen, si gustan, este otro ejemplo. Un villancico japonés que, según cuenta la historia, las madres le cantaban a los niños en un pueblo de gente pobre, marcado por una sangrienta derrota en una guerra entre clanes:

    Knorr lo convierte en este otro trabajo, para escenificar la entrada de Japón en la era industrial:

    O este otro ejemplo, por qué no: Kalinka, una conocida canción popular rusa.

    Knorr la toma como símbolo de la cultura rusa, y la transforma de la siguiente manera para contarnos lo que significa que Rusia entre en la era atómica:

    Se me hace difícil imaginar un trabajo más respetuoso. Si se ponen a revisar, hay decenas de versiones de canciones trabajadas por Knorr, y cada una de ellas tiene una historia para contar. Observen, si dudan, lo que eligió para representar al pueblo de Alejandro: el epitafio de Seikilos. Búsquen su historia en internet, entéresen de lo que están escuchando. O como sucede con Temujin: Urtiin Duu, nada menos que una obra declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. O lo que dedicó a Atila: Li Ling Si Han. Vayan a comparar contra sus originales, a leer lo que esas canciones están contando.

    Pero como si fuera poco, Knorr las convierte deliberadamente en himnos épicos, cuando no directamente en odas al optimismo y la maravilla por la civilización. En apenas un par de minutos, el tipo es capaz de devolverle a uno la fé en la humanidad, y con su trabajo es imposible no emocionarse.

    Precisamente, ese último detalle me tiene hipnotizado, como ya me pasara hace tantos años atrás. Por aquellas épocas, mis intuiciones y elucubraciones me decían que era posible comprender los secretos de cómo funciona la verdad, para finalmente automatizar el entendimiento. Knorr me hace sentir que hay poderosas…

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    (…)

    El filósofo George Santayana afirmó que la superstición es la confusión de un ideal con el poder, es creer que cualquier ideal debe estar en cierto modo fundado sobre algo ya existente, sobre algo trascendente que postula este ideal ante nosotros. Lo que el papa define como estructura de la existencia humana es un ejemplo de este tipo de entidad trascendente.

    Santayana sostenía, y yo concuerdo con él, que la única fuente de ideales morales es la imaginación humana;

    (…)

    Los relativistas como yo concordamos en que el derrumbe del marxismo nos ayudó a comprender por qué la política no debería intentar ser redentora. Y no porque se tenga a disposición otro tipo de redención, aquella que los católicos creen factible encontrar en la Iglesia, sino porque la redención siempre fue — ya desde el principio — una mala idea.

    Los hombres necesitan que se los haga más felices, no que se los redima, porque no son seres degradados, almas inmateriales apresados en cuerpos materiales, almas inocentes corrompidas por el pecado original.

    (…)

    Suele decirse que a quienes disienten con Platón — como los filósofos que hice referencia y yo mismo — les falta el sentido de lo espiritual. Si por espiritualidad se entiende una aspiración a lo infinito, esta acusación está perfectamente justificada; pero si en cambio se considera espiritualidad en sentido elevado de nuevas posibilidades que se abren a seres finitos, entonces no lo es. La diferencia entre estos dos significados del término espiritualidad es la diferencia entre tener la esperanza de un mundo donde los seres humanos lleven vidas largamente más felices que aquellas que viven en la actualidad.

    (…)

    Para quienes adoptan el ideal utilitarista de maximización de la felicidad, el progreso moral consiste en ampliar la franja de personas cuyos deseos tomar en consideración. Todo estriba en hacer lo que el filósofo estadounidense contemporáneo Peter Singer define como “ampliar el círculo del nosotros”, aumentando la cantidad de personas que consideramos parte de nuestro grupo.

    (…)

    Si se considera a la filosofía como un llamado a la razón, y a la historia como un llamado a la experiencia, entonces podría recapitularse lo que dije hasta ahora en una afirmación: ni la razón ni la experiencia pueden hacer mucho para ayudarnos a decidir si estamos de acuerdo con Benedicto XIV o con Santayana, James, Stuart Mill y Habermas. No hay tribunal de apelaciones neutral que pueda ayudar a la elección entre estas dos…

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    Algunas notas para arrancar el año:

    – Como hablar de verdad es básicamente bañarse en nafta, el giro más potente que tenemos a mano es la narratividad. Ya que no tenemos más opción que permitirnos pensar disparates, por lo menos no tratemos de hacerlos pasar por objetividad o, peor, como ideas definitivas. La narratividad opera tanto como espacio para alguna forma de la verdad, como también alivio para tanta burocracia epistemológica y política; es una forma de la libertad.

    – Lo cuál no quiere decir que debamos apostar a un subjetivismo marmota donde cualquier cosa da exactamente lo mismo. Ese es el uso principal que le da el enemigo al relativismo. Dicho en castellano: que la verdad sea subjetiva no quiere decir que los mentirosos no existen. Estamos rodeados de chantas jugándola de señorías, pero no podemos simplemente salir a colgarlos de las pelotas con rastrillos y antorchas si es que decidimos también hacernos cargo de nuestro siglo XX.

    – Entonces, la estrategia es hackearlo todo: entender, destruir, y crear. Tenemos, si, que encontrar vulnerabilidades y explotarlas; pero también tenemos que ir pensando en el mecanismo que va a reemplazar ese armatoste poroso que pretendemos penetrar. Porque el solamente romper nos convierte en criminales, y lo mejor que vamos a terminar encontrando por esa vía es nuestro propio reflejo en el espejo.

    Hoy creo que lo demás son puros detalles.

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En el apogeo de las hazañas tecnológicas, perdura la impresión irresistible de que algo se nos escapa; no porque lo hayamos perdido (¿lo real?), sino porque ya no estamos en posición de verlo: a saber, que ya no somos nosotros quienes dominamos el mundo, sino el mundo es el que nos domina a nosotros.

 

    No sé de qué otro momento histórico pueda estar hablando Baudrillard cuando se refiere a que ya no dominamos el mundo (como si alguna vez lo hubiéramos hecho), pero la cuestión tecnológica definitivamente es clave en nuestra era. Precisamente, quiero improvisar una reflexión acerca de algunas cuestiones que se viven en mi gremio.

    Finalmente, después de tener que fumarnos por décadas que tipos como Bill Gates o Steve Jobs sean propuestos como íconos populares y campeones de la virtud, no estoy seguro si por el hecho de haber conseguido enormes cantidades de dinero o por haber logrado instalar un revisionismo histórico digno de provocarle erecciones a los negacionistas, el mundo del IT está en niveles tan bajos de popularidad que las consecuencias empiezan a sentirse en la calle.

    Cuenta un señor en una entrevista, “yo nunca diría que trabajé en Facebook”.

(…)

“We have this habit of highlighting and celebrating brilliant assholes like Steve Jobs and Travis Kalanick, when the reality is they are awful human beings,” said Greg, head of technology at e-commerce startup Brandless, adding that it is women and people of colour who tend to bear the brunt of their behaviour.

“It reminds me of stories that came out of Wall Street in the 1980s, when sexism was part and parcel of the culture,” he added. “Stories like that become public very quickly and people find out and paint tech with one brush.”

Some of this behaviour stems from the hubris that positions profit-seeking corporations as benevolent forces in the world.

“You are selling ads, you’re not really making the world a better place,” noted the former Facebooker. “But most people drank the Kool-aid.”

(…)

    Lo que está pasando es que, como pasó en los ’80 con las corporaciones bancarias y la gente de la bolsa en aquel momento histórico de “greed is good”, el mundo del IT está siendo visto como parásitos de la sociedad y gente de mierda. Este año salieron un montón de notas sobre cómo Google y Facebook pretenden cosas como hackear el comportamiento humano o cómo…

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