Otro texto del taller de escritura. En esta ocasión, la consigna era “Escribir un acontecimiento desde diferentes puntos de vista”. Lo escribí en 40 minutos.


1)

    No se puede escribir cualquier cosa en 40 minutos. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. No pueden ser cortas, no pueden ser instrascendentes: tienen que durar en tu cabeza, y tenés que aprender a tener cosas para decir.

    Es también una cuestión de gimnasia, está claro. Mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Uno se sienta a escribir, y el modus operandi es siempre más o menos el mismo; ya tenés trucos, mañas, ya no hay tantas sorpresas, ya recordás otros momentos en los que estuviste trabado y lo gambeteaste (o no) y pudiste ver, en el momento o eventualmente, que si hacías tal o cuál otra cosa diferente a la que ya hiciste, encontrabas un camino totalmente distinto. Y eso cuando tenés todo el tiempo del mundo vaya y pase; cuando tenés deadlines, tenés que escribir, no hay tu tía. Y cuando morfar depende de eso, creeme que escribís; no te tirás en posición fetal a dar vueltas por el piso, ni te ponés a mirar videos pelotudos en internet, ni te ponés a jugar jueguitos o leer cosas que nada qué ver: te ganás el mango, te ganás el plato de comida. ¿Querés además saber hasta dónde escala eso cuando también alimentás a tu familia?

    Así que no podés tomarte la escritura como una especie de juego pasional que podés hacer en tu tiempo libre y que no importa cuánto tarde ni a dónde vaya. Hay reglas. Sentás el culo en la silla, y movés los putos dedos hasta que lo que hace falta escribir esté escrito.

2)

    A mí me das 40 minutos y te escribo cualquier cosa. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Y esas experiencias pueden ser cortas, o incluso hasta intrascendentes: pueden no durar un carajo en tu cabeza y encima podés tardar meses hasta que realmente tenés algo para decir al respecto. Si pasa por eso, no hacemos nada. Lo que sale sale.

    Es también una cuestión de gimnasia, está claro. Mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Y me chupa un huevo si me dicen que es serio o en joda, que lo tengo que presentar a Cadorna o a Montoto, que tengo que prestarle atención a nosequé porque sino me pegan una patada en el culo y me tengo que buscar otro laburo… Yo soy escritor, yo soy el que decide cuándo escribo, cómo escribo, cuánto tardo, y me chupa la pija si a Cadorna o a Montoto no le gusta cómo carajo hago o dejo de hacer mi vida: si creen que pueden escribirlo ellos, que lo escriban ellos y se dejen de patalear. ¿No llegué con el deadline? Que sirvan para algo y se pongan a negociar uno nuevo. ¿No les gustó el producto final? Que lo vendan como material para entendidos y listo. Si prefiero cagarme de hambre o tirarme en posición fetal a llorar en el piso en lugar de escribir lo hago y nadie puede venir a decirme un carajo.

    Así que no podés tomarte la escritura como una especie de actividad profesional que tenés que hacer de 9 a 18 y donde lo más importante es tener las cosas a horario. No hay reglas. Vos tenés que escribir, y después trabajar lo que escribiste, y lo entregás cuando lo entregás, y si es en 40 minutos bien y sino también, y si quieren algo en 40 minutos que se hagan cargo de lo que piden, y al que no le gusta que se vaya a la puta madre que lo parió.

3)

    En 40 minutos podés escribir cualquier cosa. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Pero lo cierto es que lo que sale sale, y en 40 minutos sale algo, y en 9 horas sale otra cosa, y eso que salió primero le guste a quién le guste es algo al fín y al cabo.

    Y no es tanto una cuestión de gimnasia. No es tan cierto que mientras más lo hagás, más rápido te sale. Imaginate un profesional que tienen que hacer esto varias veces por semana o hasta por día. Uno se sienta a escribir, y el modus operandi es siempre más o menos el mismo; ya tenés trucos, mañas, ya no hay tantas sorpresas, ya recordás otros momentos en los que estuviste trabado y lo gambeteaste (o no) y pudiste ver, en el momento o eventualmente, que si hacías tal o cuál otra cosa diferente a la que ya hiciste, encontrabas un camino totalmente distinto. Entonces te confiás de esa clase de cosas, y te das cuenta de que pasás más tiempo lidiando con tus herramientas de siempre que con lo que se supone que tenés que estar escribiendo, que querés jugar a copiar y pegar algún pedazo de otra cosa y cambiarle las palabras, y así ves pasar el día, y terminás con un trabajo que no te gusta ni a vos ni a nadie, y te empiezan a decir que te copiás a vos mismo, y te decís a vos mismo que cumpliste con lo que te pidieron… y terminás tirado en posición fetal dando vueltas por el piso, o te ponés a mirar videos pelotudos en internet, o te ponés a jugar jueguitos o leer cosas que nada qué ver, porque de repente no podés vivir con vos mismo. Así terminás con un bloqueo de la concha de la lora, pasás más tiempo dudando de qué está bien o mal hacer en lugar de simplemente hacerlo, y todo gracias a tus años de gimnasia. ¿Y cuando morfar depende de eso? ¿Querés además saber hasta dónde escala eso cuando también alimentás a tu familia?

    Así que podés tomarte la escritura como una especie de actividad profesional que tenés que hacer de 9 a 18 y donde lo más importante es tener las cosas a horario, pero no podés dejar de tomártela también como un juego pasional que podés hacer en tu tiempo libre y que no importa cuánto tarde ni a dónde vaya. Hay reglas, pero sólo a veces. Y cuando hay reglas simplemente sentás el culo en la silla y movés los dedos hasta que lo que hace falta escribir esté escrito, y cuando no hay reglas vos sabrás que será lo que te salve el alma.

4)

    No se puede escribir la verdad. Ni en 40 minutos, ni en 9 horas. Escribir exije un montón de dedicación y concentración. Especialmente cuando tenés que ponerte en la piel de otro, y entender lo que está pasando desde su punto de vista, y analizar, sentir, que lo que está pasando te pasa a vos, y que vos de repente sos otro, y que tu cabeza está en un lugar diferente al de todos los días, aunque normal para ese que estás imaginando, y entonces todo lo que estás haciendo son experiencias más bien nuevas. Saquémonos cinco minutos la careta: eso es absolutamente imposible. Lo que podés hacer es pilotearla, y cumplir con los demás o con vos mismo, pero con una mano en el corazón no podés decir nunca que lo que escribiste es verdadero: no son más que una sarta de mentiras, incondicionalmente.

Otro texto para el taller de escritura.
Esta vez la consigna fue: Combinar la repetición y el contraste. “Las costumbres de una comunidad”.

    Escondidos entre los pilares de los pequeños grandes placeres humanos, se encuentran la satisfacción del secreto prejuicio y la activa discriminación. Tanto es así que dividir a la gente en grupos resulta una actividad irresistiblemente encantadora, aún cuando privada de su esporádica y contingente justificación científica; es tanto un juego hipócrita como un goce moderno el disponer de incontables categorías que nos permitan distinguir entre adecuados y no adecuados, entre aptos y todo lo demás, lo que ande por ahí, lo que sobra. Pero no es ni tabú, ni pecado, ni está mal visto siquiera para las sensibles almas de los refinados que manejan tanto conocimiento y saben percibir con brillante precisión al universo. Con este texto pues seguimos los pasos de estas grandes personas, nos unimos a ellos, explorando los vericuetos de una comunidad tan ancestral como vigente: el mersa.

    Boludo y de mal gusto, el mersa sobrevive desde que la gente es gente. Allá por el año quichicientos, en las cuevas esas con los dibujos esos, ya se encuentran los cazadores con sus lanzas, las presas que alimentarán la tribu, y los pelotudos inverbes que corren para cualquier lado con los brazos en alto, sin armas, y sin aparente virtud de la que se pudiera dejar constancia, amén de su evidente presencia.

    Uno que no entiende mucho podría decir que aquella persona tendría un rol, que daría algo a cambio del ser; que forma parte, pensando un poco, de una larga cadena de sucesiones y conexiones que llevó a la humanidad a sobrevivir a tamaña adversidad: catástrofes naturales, enfermedades, depredadores más hábiles, fragilidad; que es un eslabón en el contínuo de nuestro conocimiento, y nuestro crecimiento, y nuestra cuestionablemente infinita actualidad. Pero no: hoy sabemos que tenemos satélites, y entendemos al átomo, y entendemos la luz, y mandamos cosas a otros planetas, y ese tipo ahí sin armas al lado de un buey que está siendo cazado, lo podemos visualizar muy bien, de tener nuestras herramientas estaría sacándose selfies y mandando besitos y escribiendo “jajaja” en alguna red social mientras los demás se rompen el orto laburando por un plato de comida. Y sabemos que si lo criticamos somos unos intolerantes y no entendemos nada de la vida porque no estamos en la onda. Y que, “la verdad”, diría, “tendrían que buscarse otra manera de ganarse la vida porque eso que hacen es muy violento y el pobre animalito no tiene la culpa de nada; fíjense a quién votan, jajaja, besitos”.

    Ese tipo es mersa. La cabeza le da hasta por ahí nomás y para algunas pocas cosas. Siempre fue así. Y los hay de todos colores, y los tienen junados en todos lados. En Grecia nos consta que los estudiaban; eran el corpus de tanto filósofos como sofistas. En Roma eran una preocupación incesante; “Aut Caesar, aut mersa”, decía Borgia; “Si vis pacem, para mersum”, decía Vegecio. Estuvieron en Constantinopla y en Turquía, y propagaron la peste con un ímpetu imparable, y cazaron infieles y herejes, y cabalgaron y zarparon hacia nuevos continentes a donde llevaron nuevas enfermedades, y formaron felices colonias, y lloraron independencias, y trataron una y otra y otra vez por todos los medios posibles de reinstalar antiguas dependencias (de monarquías, de paises, de iglesias) porque todo tiempo pasado fué y será siempre mejor, y así continuaron hasta hacer posibles dos guerras mundiales y cincuententa años de guerra fría; en el interín pudieron deleitarse con enormes maravillas como la batimanía o los campeones del yoyó. Y hoy se conglomeran unidos en redes sociales, donde pueden compartir lo mejor de sus mejores momentos, mientras tienen siempre disponibles aplicaciones para ver si cojen o tests de inteligencia en infobae. Mersas. El más gigantezco y espeluznante desperdicio de energía jamás imaginado. La proporción, la magnitud de su accionar, lo terrible de su fuerza, serían dignos de canciones épicas si no fueran tan condenadamente marmotas. Y con el paso de las eras (y hay que hacerse cargo que se ha intentado), los conoció Mohamed, y los conoció Jesús, y los conoció también Buda, y así y todo no parecen tener solución alguna: los tipos dale que dale con el tiki-taka, los consejos antiestrés, las ideas brillantes y fáciles para hacerse unos mangos, las polémicas, las minas en pelotas en todos lados, los autos caros y ruidosos, la pasión exacerbada por los deportes, la opinión sobre todo, las citas a pensadores que después se revuelcan en sus tumbas y de los que no saben ni escribir bien el nombre, los emoticons, los memes que no son graciosos, hablar de lo que pasa en la televisión, creer que decir “son todos chorros” es tener pensamiento crítico, las promociones de los bancos, la tecnología al pedo, el hit del momento, la nostalgia, los trending topics, el dólar, las vacaciones, y la autoayuda.

    Todo aquello a nuestro alrededor, miremos donde miremos, está imbuido en la esencia mersa; pensado en lo mersa, adecuado a lo mersa. Y así planteado resta la pregunta de cómo se puede tomar esta distancia que un humilde servidor y sus lectores están tomando. ¡Pues si lógicamente no la hay! ¿Por qué habría de haber tal cosa? Si lo mersa bien puede ser cuestión de grado, o incluso hasta una sana normalidad; pero además tenemos vínculos incuestionables con el mersa, que no podemos romper. Nos une la especie, nos une la masa; nos une el hambre y la deriva existencial. Podemos fantasear con un mundo futuro donde la gente ya ha hecho cosas como conectarse todos el cerebro entre sí y finalmente tener un poco de compasión por el otro, pero no podemos imaginar un mundo sin siquiera una parte de nosotros mismos; no sin caer en lo mersa una vez más, y así formar parte de esa interminable cadena de la estupidez humana, que no se entiende bien si estaría mejor representada con una orgía o con una picadora de carne, o si es una cuestión de perspectiva, o si simplemente habría que dejarse llevar por algunas cosas y entender un poco menos y entonces, tal vez, sólo tal vez, el pánico de la escena del buey que no tiene muchas ganas de ser achurado y te está mirando fijo y te está apuntando con los cuernos, sólo tal vez decía te inspire a sacarte una selfie y cagarte de la risa celebrando que esa ahora la podés contar incluso después de muerto. Quien sabe, quizás la mersada original está en aquellos dibujitos en aquellas paredes de aquella cueva de sabrá dios cuándo.

    Anteayer escribía algunas reflexiones sobre cómo ciertos determinismos anteriores al uso de la razón operan con mucha más fuerza que cualquier posible argumento, y observaba cómo la derecha explotaba esta cualidad de la gente. En esa aventura pasé fugazmente por Henry Miller, Michel Foucault, y Slavoj Žižek.

    Una reflexión me quedó en la cabeza: “hoy tenemos duranes barbas contando los pormenores de su trabajo en entrevistas como si mentir fuera lo más natural del mundo“. Y es que mentir es efectivamente lo más natural del mundo; fue una queja tonta de mi parte. Patalear por esas cosas es un desperdicio de energía. De una manera u otra, quedarme con esa idea me sirvió para pescar otras cosas dando vueltas por ahí, directamente vinculadas a aquel post de los otros días.

    En primer lugar, un artículo en ars technica. Allí se afirma lo siguiente: “When it comes to controversial science, a little knowledge is a problem“. Cuando se trata de controversia científica, tener sólo un poquito de conocimiento sobre el tema es un problema. Y se cuenta sobre un informe y algunas de sus conclusiones. Efectivamente, notan cómo el conocimiento es utilizado para defender postura mucho más que para cualquier forma de objetividad. Esto por diferentes razones. Y la única buena noticia en la cuestión parece ser que hay temas en los que la polarización todavía no se percibe mucho qué digamos.

    Un segundo artículo, esta vez de opendemocracy.net se pregunta: “¿la electricidad como requisito para la democracia?“. Este artículo plantea al acceso a la información como una de las condiciones elementales para la democracia, y explora un poquito los pormenores de ese acceso, algo que desde hace años forma parte de mis principales intereses. Esto también surge en el contexto caliente de la neutralidad en internet; algo de lo que en Argentina prácticamente ni se habla, pero básicamente consiste en que los proveedores de internet puedan dar mejor y peor internet para diferentes sitios web (por ejemplo, que canal 13 te ande bien pero c5n te ande como el culo).

    Ambos artículos los ví publicados hoy en mi feed de noticias gremial de cabecera. Son temas sumamente calientes, en todo el mundo; no exagero cuando hablo de “mi generación” post tras post. Con el posmodernismo en primera plana, aparece la urgencia intelectual como una avalancha; y mientras más se oculta, más Trumps y Macris terminan apareciendo por todos lados. Es fundamental estudiar todos los pormenores de la verdad para desarrollar armas eficientes contra esta monstruosidad.

    Esos artículos son interesantes para pispear la actualidad de estas cuestiones. Pero otro artículo me terminó de cerrar hoy la voluntad de postear: nuevamente, Žižek, casi random, esta vez en Página/12. En este, que recomiendo curiosear, Žižek reflexiona sobre la actualidad de la izquierda internacional, pasando por fenómenos como Trump, Venezuela, y algunas anécdotas históricas. Parte de este problema, que es el mismo que vivimos acá y en todos lados:

(…)
Sin embargo, incluso si es cierto que la catástrofe económica en Venezuela es en gran medida el resultado de la acción conjunta del gran capital venezolano y las intervenciones de Estados Unidos, y que el núcleo de la oposición al régimen de Maduro son las corporaciones de extrema derecha y no las fuerzas democráticas populares, esta visión sólo plantea cuestiones aún más problemáticas. En vista de estos reproches, ¿por qué no había una izquierda venezolana que proporcionara una auténtica alternativa radical a Chávez y Maduro? ¿Por qué la iniciativa en la oposición a Chávez quedó en la extrema derecha que triunfantemente hegemonizó la lucha de oposición, imponiéndose como la voz de (incluso) la gente común que sufre las consecuencias de la mala administración chavista de la economía?
(…)

    Nuevamente, vá al hueso: la gente prefiriendo la derecha, como si fuera a cambiar algo. A la izquierda, pareciera ser, no se le puede pedir que sea demasiado revolucionaria, pero tampoco se le puede pedir que sea poco revolucionaria. La razón de lo primero, afirma Žižek, es que no alcanza una revolución que rompa con un status quo, sino que se necesita una que además establezca uno nuevo; y la razón de la segunda es que todos estos mecanismos de los que vengo dejando notas acá lo que hacen es percibirse con negación, a la defensiva: como fracasos, lo sean o no.

(…)
La diferencia entre “café simple” y “café sin leche” es puramente virtual, no hay diferencia en la taza real de café – la falta en sí funciona como una característica positiva.
(…)
O piense en el Brasil contemporáneo donde, durante un carnaval, la gente de todas las clases bailan juntos en la calle, olvidando momentáneamente su raza y las diferencias de clase , pero obviamente no es lo mismo si un trabajador desempleado se une a la danza, olvidando sus preocupaciones sobre cómo cuidar a su familia, o si un banquero rico se deja ir y se siente bien de estar uno con la gente, olvidando que acaba de negarle un préstamo a un pobre trabajador. Ambos son iguales en la calle, pero el trabajador está bailando sin leche, mientras que el banquero está bailando sin crema. De manera similar, los europeos orientales en 1990 querían no sólo democracia sin comunismo, sino también democracia sin capitalismo.
(…)

    Ahora me pregunto cuáles serán los juegos epistemológicos que resolverán estos problemas de lingüística demoníaca.

    Hace un par de días, escribí algo que de ninguna manera pretende ser tomado en serio, y lo publiqué recién acá. Es un simple ejercicio para un taller de escritura, con una consigna difusa y no mucho más que eso. Como me gusta escribir usando nombres pedorros, arranqué escribiendo “Pepe”, eso me llevó a 4chan, a la dinámica de /b/, y lo demás es anecdótico; redacté algunas escenas más o menos arbitrarias de un día cualquiera en ese lugar, y cumplí con lo que me pedía el taller, nada más. La consigna pedía “describir una imagen a partir de la siguiente premisa: un sujeto se encuentra con un objeto que no conoce; en ese objeto hay un contraste entre cualidades, valores o conceptos“. Creo haber fallado miserablemente, en tanto que me concentré en simplemente escribir algo para no caer el sábado ahí sin nada escrito; no le dí mucha bola a la consigna. Pero intenté: pretendí que Pepe se cruzara con algo raro en su actividad habitual, y eso lo llevara a una serie de acciones y reflexiones. Después me di cuenta que curzarse traps en /b/, o cualquiera de las situaciones que vivió Pepe en ese texto, no tiene nada de raro. Pero bueno, eso es otra historia. Lo que intenté hacer en un ratito que tenía libre es explorar toda la diferencia explosiva que se plantea activa y violentamente en /b/ y jugar un poco con los pormenores de la tolerancia. Precisamente, como no logré decir nada sobre la tolerancia más allá de apenas mencionarla, al final del texto digo que la misma se volvió difusa, y con eso puedo hacer trampa y decir que estoy planteando algo en el texto. Final felíz.

    No es tan así, me temo. La tolerancia es un clavo en mi cerebro desde hace tiempo. Buena parte de mi día a día, de mi energía, consiste en un aparentemente infinito ejercicio de tolerancia. Y en muchos aspectos puedo ver que una diferencia fundamental entre mis pares y yo al respecto de esto, es que yo me hago cargo de la cuestión. Desde planteos filosóficos que generalizan la sociedad y la humanidad, hasta las cuestiones más mundanas del día a día como ser la tapa del inhodoro o los platos sucios, la tolerancia insiste instancia tras instancia, todos los días, sin siquiera amagar a pretender aflojar. En mi cabeza no hay opción a tal cosa; los hechos de “intolerancia” que se denuncian de tanto en cuando, desde peleas verbales hasta atentados terroristas, no me parecen más que fluctuaciones entre diferentes posibles status-quos, que en definitiva llevarán a nuevos modelos de tolerancias posibles pero tolerancias al fín y al cabo, como si la misma idea de una adecuación felíz al otro fuera un oximorón.

    En paralelo a esto, de la mano, llevo un par de años reflexionando sobre algunos determinismos de la ideología; cómo puede ser que tanta gente parezca amar ideas políticas que me parecen aberrantes, cómo puede ser que la derecha sea tan poderosa y popular, y cosas de esas que en el día a día exigen una cuota especialmente tortuosa de tolerancia. Y es que hay fenómenos políticos operando absolutamente transversales a la racionalidad y nadie sabe a quién echarle la culpa. O, si se quiere: está claro que la culpa es nuestra, de todos, pero nadie sabe decir exactamente qué es lo que se está haciendo mal. Te van a decir cosas de la educación, de la honestidad, del curso del mundo, pero van a ser todas justificaciones que gracias si con esfuerzo logran salir de lo obvio y recontra revisado y aún así absolutamente estéril: cosas que ya venimos aceptando desde hace décadas y no nos están llevando a ningún buen puerto.

    Durante buena parte del siglo XX y hasta la acualidad se escucha el clamor de que “los medios forman opinión”, y la contrapartida de “eso es subestimar a la gente”. Y es un nudo sin solución. ¿Cómo se puede decir que los medios forman opinión, sin decir entonces que la porción del pueblo que defiende esos intereses tienen el cerebro lavado? ¿Cómo se puede decir que esa gente tiene capacidad de pensamiento libre, cuando no existe una sola premisa que no se sostenga en un discurso impermeable a la verdad y cualquier planteo epistemológico de cualquier orden disciplinario, y cuya única supervivencia sólo puede ser unívocamente justificada mediante la repetición mediática? Me ilusiona pensar que estamos en una época donde este mecanismo se pueda finalmente destruir, aunque sé que no se trata más que de lo que en Estados Unidos llaman whishful thinking.

    Es un misterio, muy a flor de piel, muy urgente para mi generación. Nuestros hijos y nietos van a leer estos años en libros de historia. En Estados Unidos les van a hablar de Trump. A diferencia de otras generaciones, con un poco de suerte ellos van a tener todos los videos de todas las discusiones llenas de interlocutores a favor y en contra de, por ejemplo, Trump, y van a poder ver cómo el mundo ya era ese manicomio que a ellos les tocó vivir, de manera mucho más eficiente que andar desempolvando oscuros librotes de cuestionable credidibilidad en sótanos y bibliotecas a costa de un enorme ejercicio intelectual para visualizar una sociedad anterior, diferente. Pero es una trampa más pensar que por tener esa tecnología la racionalidad va a estar… ¿cómo decirlo? “Optimizada”. Ese es uno de los trágicos descubrimientos de mi generación, y es una reflexión que me gustaría dejar anotada en esta entrada de blog.

    Recuerdo a Henry Miller hablar en alguno de sus textos (no recuerdo cuál, no encuentro la cita) sobre la televisión, cuando esta apenas apareció en la sociedad, y él contaba (mis palabras):

(…)
Cuando apareció la tele, todos dijimos “¡Genial! ¡Vamos a poder ver imágenes de todo el mundo! ¡Vamos a poder explorar lugares desconocidos, y culturas extrañas, y vamos a poder ver cómo son las cosas en otros lugares!”. En lugar de eso, vemos siempre la misma mierda, y se la pasan diciendo que a la vuelta de la esquina matan gente, y cosas de esas.
(…)

    Insisto: no son las palabras de él, son las mías; no recuerdo dónde habló de eso. Sólo recuerdo que eran palabras de notoria actualidad, aún cuando fueran escritas hace más o menos 100 años atrás. Mucho más recientemente, en 1976, en una conferencia en Bahía, Michel Foulcault, respondiendo una pregunta sobre las cárceles, decía este otro comentario:

(…)
Podemos desvelar fácilmente la utilidad económico-política de la delincuencia: primero, cuantos más delincuentes haya, más crímenes habrá, cuanto más crímenes, más miedo habrá en la poblacíón, y cuanto más miedo haya, más aceptable, e incluso deseable, será el sístema de control policial. La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de este sistema de control, lo que explica por qué en los periódicos, en la radío, en la televisión, en todos los países del mundo sin excepción alguna, se dedica tanto espacio a la criminalidad, como si cada día se tratase de una novedad.
(…)

    Mi generación respondería a esas cosas: “¡Pero ahora los medios somos todos!”. “¡Ahora tenemos internet, y ahí podemos publicar lo que queramos, y las cosas quedan registradas, no se olvidan!”. Y hay dos fenómenos trágicos que vemos en esa mecánica tan optimista: uno de ellos, del que no me interesa hablar acá, es que aunque internet sea descentralizada, constantemente los pueblos de todo el mundo terminan sometiéndose a centralizaciones que sostienen las mismas marginalidades y exclusiones de siempre: teniendo el mp3 para compartir cualquier música por internet, lo que comparten es Shakira y Metallica: lo mismo que suena en las radios de los grandes monopolios, y así se secan y desintegran y pasan incluso al olvido muchos espacios tecnológicos y artísticos que se ven obligados a nadar contra la corriente, sólo porque la gente elige lo que elige. Eso por un lado, respondiendo al “podemos publicar lo que queramos, que las cosas quedan online y no se olvidan”. Pero por el otro lado, hay otro fenómeno tristísimo para quienes tenemos sensibilidad por la verdad, y que los medios explotan activamente y a conciencia. Es la fantasía de que no se va a poder mentir teniendo contradicciones en la cara. Eso no es más que una trampa de la racionalidad. Y es una que el enemigo conoce bastante bien. Fíjense sino este ejemplo, planteado por el mismísimo articulador de triunfos de la derecha contemporánea argentina, Jaime Durán Barba.

    Los tipos lo saben. No es evidente el cómo para muchos de nosotros, pero esta gente sabe que puede decir lo que quiera y se va a salir con la suya. Porque quienes votan eso, quienes eligen eso, lo van a elegir independientemente del valor de verdad objetiva que pueda tener lo que están diciendo. Hay mecanismos anteriores al valor de verdad, o determinantes si se quiere, que constituyen piedras fundamentales para que estas cosas se puedan decir a viva voz sin terminar en la absoluta nulidad que le corresponde. Estos días vengo pensando algunas cosas acerca de la ideología, y aquel ejercicio donde quise contrastar la tolerancia contra alguna otra cosa me llevó a pensar por un minuto: “¿Contra qué verdad se contrastan todas estas mentiras, si ninguna verdad parece ser suficientemente eficiente para descalificar estos discursos frente a aquellas personas que los eligen como verdaderos?”.

    Slavoj Žižek tiene una película dedicada a la ideología, que recomiendo a todos: The Pervert’s Guide to Ideology. Allí, Žižek explica de manera muy didáctica cómo la ideología, que uno por sentido común podría imaginar como a alguna forma de imposición sobre nuestra percepción para forzar ideas (un par de anteojos, por ejemplo, o por qué no una televisión constantemente encendida y emitiendo mensajes doctrinarios), es sin embargo más bien al revés: requiere de algún factor externo para que uno se de cuenta de cómo es que lo que está percibiendo es ideología, que ya estaba allí desde el momento cero de la percepción. Lo cuál tampoco tiene nada de nuevo: la idea de mecanismos inconscientes está desde principios del siglo XX y junto con la bomba atómica entre otros es uno de los ejes de discusión en los cuestionamientos a la modernidad. Lo que pasa, como con tantos otros planteos, es que a veces hace falta que el mundo se adecúe también un poco a algunas ideas que de otra manera serían demasiado disruptivas; hoy tenemos duranes barbas contando los pormenores de su trabajo en entrevistas como si mentir fuera lo más natural del mundo, y tenemos también posverdad en el diccionario.

    Así fue que reflexionando sobre todo eso llegué hasta un video de Žižek, donde plantea la siguiente tesis: “We have culturalize politics, invented the category of tolerance in place of equality”. “Hemos reemplazado la idea de igualdad por la idea de tolerancia, culturalizando la política”. Plantea un constraste muy útil a mi juicio para entender un poco el rol de la tolerancia hoy en día: “sería hasta obsceno hablar de tolerancia en gente como Martin Luther King, como si pelearan para que los blancos toleraran a los negros” (mis palabras). Muchos conflictos políticos son vistos como conflictos de cultura; un planteo muy emparentado a lo que en la calle vemos a diario cuando alguien no quiere a alguien, y dice cosas sobre su contrario tales como “no quieren trabajar” o “no tienen sensibilidad social”; más para oirlas ellos mismos que debatiendo nada, como manotazo de ahogado. Y es que otro de los rasgos de la actualidad política es la desesperación, la exasperación frente a la diferencia: la emergencia de la tolerancia. En esos mecanismos es que la razón polémica prolifera sin nada que la detenga, y los medios se dan panzadas. Y en el mismo video, luego de desarrollar varias ideas, Žižek también afirma: “(…) por eso no importa qué tan espantosa sea tu política, siempre vas a poder contar alguna historia para que quede linda.”

    No sé cómo vamos a salir de este barro, si es que alguna vez lo hacemos. Lo que sé es que hay un juego con la tolerancia y la mentira que hace estragos explotando determinismos psicológicos o culturales muy anteriores a problemas concretos y reales de orden político o económico. Hay grados, pero todos en definitiva nos movemos en el espacio que sabemos crearnos entre nuestras propias protoideas primitivas preconcebidas y lo que sea que nos llega de la realidad y del mundo. Lo que pareciera dar la sensación es de que estamos llegando a alguna forma de límite entre lo que podemos o no defender, o el por qué habríamos de hacerlo. Y uno de los aspectos que me parecen centrales en este problema, es que el mecanismo que juega en contra en este proceso es la propia inteligencia; seguramente estamos a diario tentados de calificar a quienes tenemos en la vereda política de en frente como unos imbéciles y descerebrados, ciegos de una realidad que nosotros sí sabemos ver, cuando sucede que se encuentran en exactamente las mismas condiciones epistemológicas que nosotros y se trata seguramente de gente con pleno uso de la razón cuando no gente sumamente inteligente. Esto es parte de la crisis moderna: la inteligencia nos ha fallado. Somos mucho más inteligentes para justificar lo injustificable que para aceptarnos derrotados. Somos al menos tan inteligentes para mentir que para encontrar cualquier verdad. La inteligencia no nos va a salvar de las mentiras, sino que nos va a hundir todavía más en ellas, como si pataleáramos en la arena movediza. Porque la inteligencia es un mecanismo que opera recién después de otros, y son esos otros los que nos están diciendo qué creer, qué defender como verdad, y qué repudiar como mentira; incluso, a qué mentira tolerar.

Otro ejercicio del taller de escritura de Rodrigo Baraglia al que estoy concurriendo los sábados. Esta vuelta la consigna venía por el lado de los contrastes:

    Pepe vió algo medio raro, hasta que llegado un punto se avivó lo que pasaba: la enésima mujer desnuda de la lista tenía pene. Era una trampa. Entonces Pepe de inmediato cerró esa filmación sin terminar de verla y continuó con la siguiente, sin mayor comentario, sin chistar; era la norma y Pepe era un tipo ético. La extraña rueda de la tolerancia en internet maneja sus propia ética desde hace ya más de una década, y sabemos que hay trampas, y sabemos que no podemos hacer nada al respecto. Pero más abajo otra persona comentaba indignada, que por qué no se iban a una isla y dejaban en paz a la gente normal, que ojalá volvieran los nazis y corrigieran todo eso que estaba mal, y acompañaba su discurso con un video de una mujer blanca y rubia y de ojos claros, de veintipocos años, con una vincha de motivos alemanes, y unos aros con parafernalia del eje, teniendo sexo con un tipo del que no se viera mucho salvo que también es blanco. Varios respondieron a ese que sí, que había que matarlos a todos a esos, acompañando sus discursos con imágenes de gente aplaudiendo o señores levantando el pulgar. Otra persona publicó otro video también adhiriendo: otra mujer, más blanca y más rubia que la anterior, tal vez incluso más jóven, teniendo sexo con otro señor; pero este señor a diferencia del otro era de piel negra. Entonces muchos usuarios denigraron a ese, tildando a la escena de “bestialismo”, acompañando su discurso con imágenes de monos. En el medio de ese frenesí ajusticiador, empezaron a aparecer muchos videos de “bestialismo”. Entonces empezaron también a aparecer videos de señores de piel negra siendo asesinados de maneras moderadamente espectaculares, en su mayoría sangrientas y en su totalidad reales, no ficcionales, junto con muchos otros videos de señoritas de piel negra siendo sexualmente torturadas y en ocasiones también asesinadas. Entre ellos pudieron verse varios videos de chicas jóvenes rubias teniendo sexo que sólo a partir de cierto momento mostraban también tener un pene. Todo esto derivó en videos de gente con rasgos físicos menos idealizados, como obesos o enanos o viejos, teniendo sexo con animales, o con objetos culturalmente humillantes como podrían ser una fruta o una caja con una fotografía. Esos también tenían banderas de paises y gente con piel de diferentes colores. Y también involucraban escenas sangrientas y espeluznantes. Ninguna de estas imágenes y videos y comentarios eran pertinentes para Pepe, y todo eso continuó hasta que el amistoso vecino Spiderman entró al lugar para salvar la situación aún a costa de terminar con cancer.

    Luego de ese evento, Pepe se sintió incómodo sin tener mucha idea de por qué, y reflexionó sobre lo que había vivido. Reflexionó fundamentalmente sobre aquella idea de tolerancia silenciosamente aceptada que lo llevó a cerrar la imagen de aquella primera trampa. Tildó intuitivamente a los reaccionarios de novatos, y se dijo a sí mismo que había reglas claras aún cuando implícitas. Se dijo que eso era tolerancia.

    Pero a continuación se preguntó: ¿cómo sería esa tolerancia si Pepe mismo tuviera más opciones sobre esas filmaciones? Si pudiera hacer algo más que ignorarlas cuando no le gustaban. Si pudiera clasificarlas, para separar a la gente de acuerdo a sus gustos personales, para que no hubiera más trampas. O, más contundente aún, qué pasaría si no pudiera ignorarlas.

    Estas ideas se mostraron profundas para Pepe, y lo llevaron a un lugar de tanta incertidumbre como curiosidad. Pepe sentía que aprendía algo, que estaba en las puertas de algo nuevo para su vida, algo importante. Así fue que Pepe volvió a aquél primer video de aquella primera trampa, y lo vió completo. No lo entendió. Se preguntó cómo sentiría placer esa trampa. ¿Como una mujer? ¿como un hombre? Algo había de tabú en esa reflexión, pero tampoco veía nada que la impidiera formalmente. Volvió a mirar el video completo, que en seguida tuvo gusto a poco. De esa manera fue que Pepe entró a otro sitio de videos, y buscó videos de trampas; había miles. Y miró algunos, y un montón de gente dejaba comentarios, y recomendaba otros videos afines o mejores, y Pepe siguió esas discusiones y esas recomendaciones hasta quedar satisfecho.

    Minutos más tarde Pepe se asustó por esta experiencia. Algo había en ella que era incómoda. Pero como con tantas otras incomodidades, continuó con su vida, tolerándola.

    Al otro día Pepe volvió a buscar videos de trampas. Pero ya no le generaban la misma satisfacción que antes; ya no resolvían nada, no respondían a ninguna pregunta. Eran tediosos, banales, insoportablemente normales. Así que Pepe volvió a donde viera aquella trampa original, y pudo ver el resto de los videos publicados. Vió el video de la chica nazi, que lo llevó a buscar videos nazis, y lo llevó por comentarios nazis, recomendaciones nazis, a comunidades nazis, hasta nuevamente quedar satisfecho. Esto volvió a suceder, pero ya los nazis no tenían el mismo atractivo; así Pepe exploró la interracialidad. Y más tarde los enanos. Y más tarde los viejos. Y terminó en videos de gente sin pedazos, de gente teniendo sexo con muertos, de gente matando o muriendo, de gente haciéndole cosas a cosas. Pepe era extrañanente felíz en ese frenesí exploratorio, pero su motivación por la normalidad decaía a una velocidad preocupante. Así fue que la pregunta por la tolerancia, con el paso de los días, se volvió más y más difusa.

Esto a las 12 del mediodía:

    Está claro que la mayor crisis política de la generación vigente se vive en todo el mundo no tanto en el plano formalmente político ni el económico, que ya bastante tela tienen cortada por mucho que el sentido común patalee, sino en el jurídico. El poder judicial, acá y en la China, es visto como un apéndice cancerígeno de organizaciones de poder externas (usualmente, pero no necesariamente, el ejecutivo de turno). Y esto es un problema gravísimo: porque extinta la ficción de la justicia, sólo queda el mecanismo de la violencia.

    Uno podría decir, sí, está en boga esta cuestión, pero no por eso es ningún tema nuevo. Coincido. Pero algunas particularidades de lo que está sucediendo desde la caida de la unión soviética dejan de manifiesto algunos mecanismos que no estaban claros en otros momentos del mundo. Y quizás una segunda objeción con la que también coincidiría es que siempre estuvieron los que denunciaron estas cosas; pero el orden de magnitud, la presencia, la centralidad de la cuestión, me parece una novedad. Toda la cuestión de la posverdad es apenas uno de estos temas; que en las academias lo sabemos desde siempre, pero en el sentido común parece ser descubrir el fuego. Los marxistas hace 100 años por lo menos vienen hablando de “justicia burguesa” mientras de la vereda de en frente se les cagan de risa y los tildan de monigotes. El poder judicial es una organización política al servicio de intereses corporativos y coyunturales, cuya única neutralidad está en los libros de educación elemental y en los medios de comunicación; exactamente igual que sucede con la ciencia.

    Particularmente, viéndolo desde afuera, la cuestión se muestra entre mis pares como un fatalismo más, de esos para los cuales el consumo siempre sabe inyectar un paliativo; “son todos chorros”, “no tienen vergüenza”, y después a seguir con la vida, mirando el partido o comprando porquerías. No parece haber instalada una crítica pormenorizada, como sí tal vez tienen el plano económico (donde cualquier hijo de vecino se te puede poner a discutir la definición del estado de bienestar o las dinámicas macroecoonómicas de la segunda guerra para acá) o político (que agarrás alguien por la calle y le preguntás qué onda, y te dice un montón de condiciones históricas y sociales que determinan un presente trágico, a diferencia de en algún lugar fantasioso al que deberíamos aspirar); los jueces tienen huevos o son cagones, son honestos o son corruptos, apenas sí se animan ahora a decir “son oficialistas” o “son kirchneristas”; en el más generoso y exagerado de los casos, eso sólo sirve como un comienzo de una crítica adecuada para la magnitud del problema. Y por esto me parece llamativo el caso particular del poder judicial.

    Yo, que soy un zurdo tibio y un intelectual menor, y que laburo manipulando abstracciones, siempre que reniego del poder judicial me meto con la idea de la persona. Una idea clave del derecho tal y como lo conocemos son todas esas posibles “personas jurídicas”, que hasta donde estoy al tanto acá conocemos solamente a las empresas y tal vez algunas organizaciones sin fines de lucro, pero que extendiendo el concepto podemos facilmente llegar a definir a cualquier cosa como “persona”. Seguro que escarbando entre los textos de los que saben, encuentro toneladas de material sobre esto. Pero, como decía, a mí me toca vivirlo desde afuera, y el sentido común todavía no llegó tan hondo. Hay, decía, una noción de “persona”, que pareciera adecuar conceptos diversos a la legislación que claramente fuera pensada para las personas, así, sin comillas. Por ejemplo las empresas. Y estas “personas” son lógicamente sujeto de derecho, aún cuando no humanos. Lo cuál me parece una adecuación excelente de las abstracciones del sistema, pero que tiene ese code smell típico de los agujeros de seguridad: “esto te lo van a explotar en 15 minutos”.

    Estoy al tanto de que las “personas” tienen excelentes casos de uso. Por ejemplo, aplicar personería para los animales, o abstracciones de más alto nivel como “el país” o “la patria”; mi favorito de los que estoy al tanto son los recursos o paisajes naturales (por mencionarlos de maneras vulgares, más vinculado a un esfuerzo por plantear mi punto que por entrar en detalle, dado que la definición precisa de las abstracciones en cuestión me excede). Pero las empresas o corporaciones, a esta alturas todas de entramado multinacional, tienen derechos que parecieran ser muy anteriores a los de las personas sin comillas; “porque sino no vienen las inversiones”, “porque así funciona el mundo de hoy”, etcétera. Y a eso hay que adecuarse. Desde el sentido común, claro está.

    Hoy me crucé en Página/12 con un artículo que precisamente trae a colación todas estas cuestiones, mucho mejor de lo que yo podría plantearlas, y por eso lo dejo anotado acá. Copio y pego un par de párrafos.

(…)

El actual totalitarismo plutocrático corporativo aspira a que las sociedades toleren un 70 por ciento de excluidos. Como para contenerlos no es suficiente el formateo de los monopolios mediáticos, apela a la represión, que legitima confesando su ideal totalitario en una distopía de orden : una sociedad con seguridad total, libre de toda amenaza, con prevención extrema, tolerancia cero, supresión de la privacidad, vigilancia y control con cámaras, escuchas y drones, desconfianza al extranjero y al extraño, estigmatización de la crítica y prisionización masiva.

El actual totalitarismo se vale de ficciones inventadas por el derecho, como las personas no humanas (jurídicas), que hoy son los monstruos imaginarios que manejan la política, conducidos por tecnócratas en pos de una acumulación indefinida de riqueza. En este mundo ficcional desapareció el empresario persona humana del capitalismo productivo, y el propio dinero se maneja por computadora (salvo el destinado a coimas groseras); todo es virtual e inventado mediante racionalizaciones jurídicas.

(…) el derecho siempre es lucha y es político y, si bien la paz no se gana con guerras, no es menos cierto que se gana con luchas, que no tienen por qué ser violentas, sino también jurídicas, como la denuncia, pues nuestra herramienta es el discurso, al que todas las dictaduras temen y por eso lo reprimen.

Tampoco tengamos miedo de que el carácter político de la lucha jurídica nos enmugre degradándonos al nivel de los contendientes, puesto que desde nuestra acera nunca podríamos caer en la actual invención de disparates desopilantes, dado que nuestro objetivo político no depende hoy de una arbitraria elección subjetiva y ni siquiera supralegal, sino que lo señala el propio derecho positivo: la lucha por el derecho no puede tener otro objetivo político –hoy y aquí– que empujar el ser (la realidad) conforme a un deber ser que manda que todo ser humano sea tratado como persona.

(…)

    Dejo el link al artículo completo: El totalitarismo corporativo plutocrático.

El pasado año 2016, con mi esposa y Juán, hicimos un scanner robot para libros completamente automático.
Acá dejo un video:

Acá dejo también el trabajo práctico, donde contamos cómo fue el desarrollo del proyecto: http://canta.com.ar/ifts14/laboratorio_3/final.pdf

Acá se pueden ver también otros videos del proceso (pruebas, experimentos, y demás): https://www.youtube.com/user/FerminGitorio/videos?shelf_id=0&view=0&sort=dd

    Agregando un item más a la lista de proyectos que jamás voy a terminar: quiero hacer un sistema de generación de historias. Ya deben existir un montón de estos; no podría importarme menos, quiero hacer el mío. Básicamente un motor de escritura parametrizable. La idea es implentar diferentes niveles de modelos de la lengua, y articular todo eso con lineamientos de escritura a más alto nivel. ¿Con qué objeto? Trollear a la literatura, no mucho más que eso; me gustaría poner bots a escribir textos a nombre de diferentes usuarios, que cada uno tenga “personalidades” diferentes, y que publiquen historias. En mis fantasías más sádicas, me daría por satisfecho cuando aparezca algún perejil a quejarse de que uno de esos usuarios boteados le está plagiando una historia.

    Decidí llamar a este proyecto Propp, en nombre del legendario lingüista ruso que quiso hacer una morfología de los cuentos de hadas.

    Acorde a la etiqueta de formalización de proyectos, le creo un repo: https://github.com/Canta/Propp

    Hay unos cuantos problemas con las historias buenas, mas allá de la cuestión elemental de la definición. A mí me preocupan hoy por hoy las grandes historias reales que, por diferentes razones, incluso en esta era actual donde lo que más abunda son historias, no salen de círculos dolorosamente marginales. Y es que llegamos a una verdadera economía de las historias, un mercado de historias donde sabrá Dios cuál será el valor de cada cosa pero donde existe una incesante demanda de popularidad, un constante énfasis de los centros y periferias que se arman alrededor de absolutas ficciones, al punto tal de que los espacios más usualmente reacios al discurso académico terminaron sin mas remedio o sin mejor herramienta que instalar en horario central la idea de “posverdad”. Y es que del giro lingüístico para acá, sin necesidad siquiera de ponerse a hablar de siglos de epistemología, ya pasó suficiente tiempo como para un reconocimiento.

    Pero reflexionémoslo por un minuto. Pensemos un poco la cantidad de vidas y de historias que existen detrás de que, de repente, como si nada, la modernidad se muestra manifiestamente en jaque en el mismo lugar y a la misma hora que tenés minas en pelotas bailando con Tinelli o célebres y populares atletas cumpliendo por enésima vez proezas dignas de memoria y celebración hasta dentro de una semana cuando se deban repasar las próximas proezas deportivas dignas de memoria celebración que reemplazan a las anteriores, y así aparentemente hasta el fín de los tiempos. O en el mismo lugar donde florece la razón polémica, esa de la cuál jamás se obtuvo una sóla idea productiva. O en el mismo lugar donde se instala y pone en marcha el sentido común, ese con el que las academias se vienen peleando desde hace incontables generaciones. Ahí, hoy, se habla de “posverdad”.

    Si yo me basara en el mismo material que el más exitoso y revolucionario experimento epistemológico jamás creado, que es toda la parafernalia actual del big data y sus algoritmos de selección de “trascendencia” o “importancia”, si yo usara el mismo corpus digo, tendría que decir que una gran historia tiene cosas como magia, profecías, y alguna forma de maldad sobrenatural. Estoy pensando en Game of Thrones, Harry Potter, Star Wars, y tantos demases. Los juicios sobre tales grandes historias rondarían acerca de personajes mejores o peores, hablarían de circunstancias más o menos épicas, y darían lugar a infinitos debates sobre las condiciones cualitativas que hacen o dejan de hacer a esos trabajos marcas monumentales en el panteón de las ficciones. Hay cosas más periféricas; aquellas que cuentan cuentos sobre sentimientos, como puede serlo la cuestión Twilight, pueblos que se liberan en esa eterna lucha entre civilización y barbarie, como lo puede ser Hunger Games, cosas más vinculadas a sectores particulares de la ciencia ficción, como las Transformers o las cosas de superhéroes, e incluso tenemos lugar para lo que conocemos más formalmente como historia en cosas como los cuentos bélicos o de grandes héroes cual Braveheart; más entramos en detalle, más hacia las periferias nos adentramos, menos popular es nuestra gran historia, menos grande, y menos vale: menos se elige, menos trasciende, menos aparece al lado de las minas en pelotas, los Tinellis, los partidos de futbol, las polémicas, y ahora, como novedad, la posverdad.

    No tengo una idea clara acerca de esta reflexión. Sólo sé que cuando repaso la historia del pensamiento crítico vinculado a las historias como lo conozco, como me lo contaron, como lo sé ir a revisar, el cuál arranca casi arbitrariamente en el formalismo ruso de principios del siglo XX, el cuál arranca con Schlovsky yéndole con los tapones de punta al simbolismo y cagándosele de la risa, bardeándolo, agitándole el rancho con una legitimidad únicamente pensable en un momento histórico como el que le tocó vivir, repaso entonces algunas de esas historias que apenas conozco en detalles y me cuesta creer que el título de “grande” pueda caberle a dragones y varitas mágicas y peleas con espadas en el espacio con todo lo que eso implica. O peor aún: destinos y profecías. Mientras tanto, más y más derechos de todas las personas se ven sometidos día a día en virtud de privilegios para los que fabrican todo ese material tan amigado con las minas en pelotas y los combates retóricos a muerte: la privacidad, el acceso a la información, la libertad por sobre mi computación, la propiedad privada sobre las cosas que compro… todo parece absolutamente secundario para el consumidor con tal de estar al día con el capítulo de la serie del momento, o con tal de ver la última superproducción megamillonaria. Mi única certeza en todo esto es que las historias están ocupando un lugar de incuestionable centralidad en nuestra sociedad, mas allá de que la única novedad es el orden de magnitud en el que ese mecanismo se manifiesta.

    Es extraño… una marca de los tiempos que corren es que, habiendo tanta literatura de aventura desde tiempos inmemoriales, que operan como documentos históricos sobre otros momentos del mundo, es raro saber que incluso en el tedio mismo de la rutina voy a poder llegar a viejo y contar la cantidad de cosas espectaculares que me ha tocado vivir, tal y como le pasara a Shlovsky, sin tener que ir a buscar ninguna aventura a ningún lado. No parece haber historia más épica que la historia de la civilización. Es gracioso ver en comparación la cantidad de historias menores a las que necesitamos inflar para poder hacer pié entre tanto vértigo, entre tanta insignificancia del propio destino y tanta trascendencia del ser testigos en este evento revolucionario que es nuestro día a día contemporaneo, que ya tenemos hasta ciencias ficciones vanguardistas obsoletas en lapsos de treinta, veinte, o hasta diez años. Quién sabe hasta dónde nos veremos forzados a fantasear para poder seguir manteniendo esta economía de las grandes historias y de las marginales periferias.