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    Este texto lo escribí para la materia Historia de la Ciencia, del Doctorado de Epistemología e Historia de la Ciencia de la UNTREF, a finales del 2020. Versión PDF, aquí.


    Episteme y tecné, fundamentos elementales e históricos de lo que hoy llamamos ciencia y tecnología, son dos conceptos de límites difusos y profundamente debatidos. Y por supuesto que los anacronismos no van a ayudar a definiciones más precisas, pero eso no quita que si rastreamos la moderna y vigente distinción entre ingenieres y científiques, dos roles que se encarnan alrededor de la idea de conocimiento y dos labores críticas en la construcción de las sociedades contemporáneas, se llega sin muchas dificultades hasta los orígenes mismos de ambos conceptos en la antigua Grecia. Lo cuál constituye una extraña constante en la historia de la ciencia: si une presta atención, en realidad no se entiende del todo sobre qué está fundada.

    Algunas partes de episteme y tecné son más fáciles de distinguir que otras. Al caso, cualquier diccionario o enciclopedia nos va a saber explicar cómo episteme refiere a cierto modo del conocimiento vinculado a generalidades y causas últimas, lo cuál vendrían a ser nuestras modernas leyes científicas, y que en la antigüedad estaba más ligado a un conocimiento elevado o hasta un componente de la sabiduría; mientras que tecné refiere a saberes más acotados y vinculados a quehaceres concretos, como el conocimiento vinculado a las profesiones y las artes. Y hasta ahí, no parece haber problemas demasiado grandes.

    Pero también es cierto que tan frecuentemente coinciden aspectos de ambas que cabe la pregunta de si no son más parecidas que distantes. Y esto no es ninguna idea novedosa. Se puede apreciar, por ejemplo, en la enciclopedia de filosofía de la universidad de Stanford, en su artículo referido a la historia de ambos conceptos, que los mismos no están tajantemente separados sino hasta Aristóteles, y que incluso el Sócrates de Jenofonte casi hasta activamente despreciaba una categorización como esa; episteme y tecné estaban todo el tiempo mezcladas, incluso en la antigua Grecia. Pero así y todo, pareciera haber hasta hoy reglas que rigen el trabajo epistemológico y el tecnológico por separado, llegando al punto que hacemos epistemología les filósofes, y tecnología básicamente todes les demás.

    Los problemas arrancan fundamentalmente a la hora de pretender lidiar con la tecné; o, para ser más precisos, con qué no lo es. Al caso, Eric Schatzberg, en su obra “Technology, Critical History of a Concept”, se pregunta un poco cómo puede ser que un concepto tan heterogéneo en sus características formales no sea más frecuentemente problemático para quienes lo articulan en sus reflexiones. “Tecnología”, para Schatzberg, es un concepto “marginal” en la reflexión teórica en general, en el sentido de que mucho más frecuentemente que analizarlo se lo dá por entendido. Y plantea un argumento (que, a su vez, tomó de Serafina Cuomo) para comprender el fenómeno:

    (…) The marginal status of technology as a concept isn’t the result of historical accident. Instead, this marginality is rooted in a fundamental problem. In the division of labor that accompanied the rise of human civilization, people who specialized in the use of words, namely scholars, grew distant from people who specialized in the transformation of the material world, that is, technicians. Our present-day concept of technology is the product of such tensions between technicians and scholars. Since the time of the ancient Greeks, technicians have fit uneasily into social hierarchies, especially aristocratic hierarchies based on birth. (…)

    O sea, algo que hoy por hoy nadie negaría: un problema político. El término “tecnología” en Schatzberg, más tarde aclara, en realidad es un fenómeno de finales del siglo XX, y toda la historia de occidente antes de eso más bien se refería a la idea de “arte”; término que comenzó a restringirse en “lo artístico” al mismo tiempo que “tecnología” crecía, pero que en principio refería a “los quehaceres” y “lo material”: tecné, básicamente. Pero la distinción también era política en su contraste con “la ciencia”, independientemente de qué forma particular de tecné estuviéramos hablando, o del momento histórico.

    Esto ya quedaba claro en el contraste entre Sócrates y Aristóteles, cuando el primero, según Jenofonte, desconfiaba de la idea de ponerse a estudiar el cosmos, y decía que estudiar geometría estaba muy bien siempre y cuando llegara hasta el conocimiento de medir la parcela de tierra que uno pretendiera comprar; mientras que Aristóteles pretendía separar “los razonamientos acerca de lo que no puede ser de otra manera”, y a distinguir niveles de virtudes más elevadas que otras, cuando pretendía separar la paja del trigo entre quienes debían o no gobernar.

    Pero antes que concentrarme en cualquier idea aristotélica o socrática, la mención a lo político la quiero utilizar para explorar algunos aspectos más de esta “competencia” entre tecné y episteme por la calidad, utilidad, y nivel, del conocimiento. Porque “lo político” (otra categoría sobre la que podríamos hablar años sin ponernos de acuerdo en su alcance, especialmente en sus contactos con “lo cultural”) no se reduce a lo que dijera tal o cual pensador en algún lugar alguna vez, sino que a mi juicio la relación es más bien al revés: esas ideas se sostienen porque tienen lugar entre una sociedad que las hace sobrevivir al paso del tiempo y que les da centralidad. Una persona, por incisivas que puedan ser sus reflexiones, difícilmente pueda decir cosas sobre el universo que duren más allá de los pocos minutos que toma el enunciarlas si no cumple con una serie de normas determinadas por la sociedad de ese momento histórico. En la propia historia de la ciencia podemos encontrar muchos ejemplos de cánones milenarios erróneos, al mismo tiempo que periferias de muchísima menor trascendencia historica aunque de conclusiones acertadas: es el caso de Aristóteles mismo, frente al modelo geocéntrico de Aristarco.

    Sostengo entonces que las condiciones de una verdad relevante están en la cultura misma sobre la que se pretende tener relevancia. Y uno de los aspectos tal vez más lejanos para nosotres con otros momentos históricos es el rol del relato mítico encarnado en lo religioso como rector de una sociedad. Los dioses griegos, básicamente, con todas sus aventuras y desventuras, constituían mucho más conocimiento de los fundamentos detrás de cómo funciona el universo que cualquier idea de Aristóteles, o Platón, o Sócrates, o quien fuera; en todo caso estos últimos debían fundamentar sus hipótesis en lo divino, y allí es donde cualquier cosa que dijeran podía conseguir o no aceptación social general. Y sucede que la tecné tiene un curioso lugar en el panteón del Olimpo.

    El canon mitológico puede ser caótico y permitir muchas interpretaciones. Pero en todo caso, la representación de la tecné en ese relato fundacional de nuestro universo brilla más por sus defectos que por sus virtudes. Hefesto, el dios griego de la tecné, pareciera ser el único que no estaba físicamente idealizado; léase, era feo. Ciertamente, toda una anomalía frente a la gloriosa belleza general de sus colegas. Pero esa anomalía va mucho más allá que simple “fealdad”.

    Hefesto era aparentemente un dios de bien (al menos para los estándares de esos dioses), apasionado por su trabajo, generoso, que no parecía tener tanto interés en hacer travesuras como sí demostraban muchos otros dioses, que parecía tener muchos más problemas con otros dioses que con nosotres mortales, y que incluso cumple roles muy importantes en nuestra historia. Por ejemplo, el fuego que Prometeo robara de Olimpo para más tarde compartir con los hombres, era precisamente el fuego del taller de Hefesto. Y Zeus mismo, con malas intenciones, y probablemente también de malas maneras, ordenó a Hefesto la creación de la primer mujer humana: Pandora. Y además de nuestra historia de origen, Hefesto participó constantemente en las historias de tanto dioses como héroes por igual, mediante el uso de sus habilidades: forjando items mágicos y artefactos de diversa importancia.

    Pero Hefesto era curiosamente feo, independientemente de sus virtudes o trascendencia. Concretamente, tenía una cojera, que depende quién lo cuente tenía diferente alcance (llegando hasta el enanismo) y diferente origen. Pero es una particularidad que ha llamado la atención de más de un estudioso. Por ejemplo, existen trabajos que vinculan esa cojera a un simbolismo relacionado a enfermedades frecuentes entre quienes trabajaban el metal por aquel entonces, e incluso debates entre quienes lo consideran una representación de enfermedades congénitas (ejemplo #1, ejemplo #2).

    Y su fealdad le traia problemas a Hefesto; no era algo simplemente pintoresco o menor, sino un rasgo central de su historia, especialmente en lo que respecta a sus relaciones amorosas y sexuales. Por ejemplo, Zeus le arregló un matrimonio con Afrodita, quien luego no le fue fiel, lo cuál llevó a que más tarde Hefesto terminara armando toda una escena cuando la encontró “in-fraganti” con Ares. También hay un relato muy importante en la historia de Hefesto vinculado a Atena, donde básicamente esta última lo rechaza categóricamente, en un contexto que dependiendo la línea canónica podía ir desde un maltrato de Atena hasta un intento de violación por parte de Hefesto. Incluso una de sus historias de origen plantea que su madre lo tiró del Olimpo cuando nació, por ser “feo”. Pero el detalle de las muchas historias de este dios de la tecné excede por mucho el objeto de este texto; me interesa concentrarme en el detalle de que la fealdad le traia problemas notorios, y eso no era un tema recurrente entre los dioses sino una cosa que más bien le pasaba a él sólo.

    De una manera u otra, todo indica que en líneas generales era un dios querido por la población en general, y muy relevante en la cultura ateniense. Los himnos de Hefesto que nos llegaron hasta nuestros tiempos básicamente agradecían las cosas que el dios había enseñado a los hombres. Y es que ese fue uno de sus roles centrales: divulgar el conocimiento de “las artes” (en sentido amplio). Sin embargo, Hefesto nunca dejó de ser una figura menor en relación con Atena, quien también se encargó de divulgar conocimiento, pero que curiosamente este otro conocimiento tenía un estatus superior. Precisamente, a Atena se la relaciona más bien con la sabiduría que con las artes.

    Teniendo todo eso en cuenta, es interesante considerar que las historias de Hefesto parecen vincular con frecuencia y claridad las dos figuras menores de la sociedad griega: las mujeres, y los esclavos. Hefesto era un dios mucho más sometido que libre, que frecuentemente realizaba sus tareas manuales de la misma manera que cualquier esclavo en cualquier polis (bajo órdenes), y que dependía también frecuentemente de sus habilidades prácticas para salvar situaciones generadas por su condición física y social. Pero nótese incluso la problemática relación entre esta representación de la tecné y las mujeres: todos los dioses griegos parecen mostrar un historial sexual nutrido en violencias contra las mujeres y abusos de poder de todo tipo, pero aparentemente las únicas historias donde las mujeres tienen poder para rechazar o siquiera evitar el deseo sexual de un dios son las de Hefesto. Y esto pareciera estar justificado unánimemente en su “fealdad”, pero sin embargo Hefesto demostró en múltiples oportunidades disponer de la pericia técnica para someter a cualquiera si lo deseara, e incluso demostró también pericia diplomática para convencer hasta a Zeus. ¿A qué viene la “fealdad” entonces?

    Sostener cualquier tesis al respecto de estos comentarios con un mínimo de rigor requeriría mucho más trabajo que aquel puñado de párrafos, y ciertamente es algo que le queda muy grande a este texto: porque no sólo se requiere un análisis pormenorizado de los mitos en diferentes momentos históricos, sino que incluso la “cultura griega” en realidad no era tal cosa y estamos hablando de muchas culturas organizadas de muchas maneras tanto en el tiempo como en el espacio. Pero igualmente parece pensable interpretar la existencia de cierto sesgo con respecto a la tecné instalado ya directamente desde el mito fundacional, anterior a Aristóteles: como si la tecné fuera conocimiento de segunda, una cosa de gente a la que le faltan otras virtudes.

    Y sin embargo, esta “cultura griega” que supo comenzar a distinguir entre tecné y episteme de manera aparentemente tan sesgada, terminó construyendo maravillas tecnológicas como el mecanismo de Anticitera. Recordemos, estamos hablando de lo que se considera la primer computadora analógica de la historia de la humanidad, utilizada para predecir fenómenos astronómicos con admirable precisión incluso para nuestros estándares. Y si uno se pone a curiosear los pormenores detrás de construir un dispositivo como ese, tiene por lo menos tanta episteme como tecné. De nada hubieran servido las grandes investigaciones y teorías de prestigiosos astrónomos para construir un dispositivo como ese sin el conocimiento técnico de materiales ni la pericia para manejarlos con la precisión requerida; de nada sirve para esta tarea un maestro artesano que pretendiera no tener contacto alguno con las matemáticas de los engranajes diferenciales ni los complejos problemas a resolver para calcular la información deseada. Toda esta tarea, a su vez, escaso uso tendría si el dispositivo no fuera posible de ser utilizado por un tercero, alguien incalificado para la construcción o configuración de semejante aparato, pero que de una manera u otra requiere utilizarlo; tal y como cualquier computadora moderna, que uno no se pone a construir ni necesita entender mucho qué digamos, sino que uno simplemente utiliza. Y esto último implica otro nivel agregado de tanto tecné como episteme, que conocemos hoy en los ámbitos academicos y técnicos bajo conceptos como “ergonomía” o “interfaz de usuario”, y no pasa tanto por entender ni los planetas ni los engranajes. No se trataba, en definitiva, ni una tarea de algún genio, ni la intervención de ninguna musa, sino que dispositivos como ese son el fruto de un trabajo colectivo y organizado entre diversas formas coordinadas de conocimientos y disciplinas, muy probablemente incluso durante generaciones; y donde además se agregan les usuaries de dichos desarrollos, con otras necesidades epistémicas y técnicas, construyendo de esa manera un entramado social de conocimientos complejo en muchos niveles. Llegar a semejante desarrollo es difícil de imaginar con la idea de “tecné como conocimiento de segunda”: para esta gente, la tecné era claramente muy importante.

    Si revisamos un poco la cronología hipotética de hechos alrededor del mecanismo de Anticitera, lo primero que encontramos es que se especula date del período Helenístico del desarrollo científico griego; es decir, los tiempos posteriores a Alejandro Magno, que arrancan por el siglo III AC. Para ese entonces Aristóteles ya podría ser una autoridad, pero también fue un momento histórico de mucha influencia intercultural con Persia, Egipto, y partes de Asia, así como también de pérdida de relevancia de Grecia propiamente dicha: Atenas, Sparta, y el resto de las ciudades estado que constituían “Grecia” ya no era las capitales ni culturales, ni científicas, ni militares, que pudieron haber sido en siglos anteriores, y esos roles se desplazaron hacia ciudades como Antioquía o Alejandría. Esta última, famosa a su vez entre otras cosas por haber sido sede de dos grandes maravillas de la antigüedad: el faro, y la biblioteca. Y podríamos dedicar amplios párrafos a comparar ciudades y buscar datos, pero apresurando nuevamente una tesis que no será posible sostener con adecuado rigor diría que el mecanismo de Anticitera se explica mejor por las diferentes políticas de financiamiento científico y tecnológico de Alejandro Magno en adelante, mucho antes que por la sabiduría, órdenes sociales, o la aparición de grandes genios; es decir, nuevamente, política antes que naturaleza del conocimiento.

    Pero la figura de Alejandro Magno abre también la puerta para otra arista frecuentemente mencionada cuando uno repasa la historia del desarrollo científico, que es el ámbito militar, dominios de Atena y de Ares. Muches de nosotres modernes nos formamos en un sentido común que relaciona el financiamiento militar con el desarrollo científico, dada la experiencia de las dos grandes guerras, y la posterior guerra fría. Sin embargo, parece ser aceptado que el financiamiento formal a la ciencia para la guerra es algo más bien novedoso del siglo XX, y que los hitos de tal relación en la antigüedad son esporádicos cuanto mucho. Por ejemplo, Barton Hacker, en su trabajo “Greek Catapults and Catapult Technology”, escribe lo siguiente:

    (…) Why, for example, were catapults so successful, so widely adopted? What role, if any, did Greek science play in the development of catapults? What were the consequences of a highly developed catapult technology? (…) The earliest catapults were the product of relatively straightforward attempts to increase the range and penetrating power of missiles by strengthening the bow which propelled them. Since such a reinforced bow could not be spanned in the ordinary way, mechanical ingenuity supplemented human muscle. (…) Thus the archer could use not only his arm muscles but his more powerful back muscles as well. (…) What did catapults contribute to the highly efficient siege craft of Alexander and his successors? Clearly catapults were not powerful enough to batter down the walls of a well-fortified town. But they could, and did, provide the covering fire that enabled attackers to approach the walls, where other techniques could be brought into play in order to breach or surmount them. (…)

    Las innovaciones tecnológicas eran frecuentemente pequeñas modificaciones vinculadas a la optimización de algún mecanismo, usualmente realizado por técnicos. O hasta directamente provenían de origen civil, desde donde se desarrollaban soluciones a problemas primero, y luego se buscaba financiamiento. Precisamente, lo que sí era frecuente en la guerra era el financiamiento tecnológico, no el científico. Pero además, tales “innovaciones tecnológicas” eran apenas un complemento del desarrollo tradicional de las prácticas de guerra, donde se observaban como “innovaciones” o “tecnología” a las estrategias, los diversos órdenes de acción militar, o hasta el origen de los soldados e incluso del oro para financiar la campaña: todas técnicas mucho antes que “leyes”. La pericia marcial, dicho sea de paso, era una forma de técnica antes que una sabiduría. Les generales debían ser sabios, sin duda; pero de la misma manera, una guerra sin tecné resulta inimaginable, y más bien pareciera que la episteme fuera la secundaria en este campo de la praxis humana con tantos problemas prácticos qué resolver.

    Es irónico que tanto Ares (avatar de la violencia en la guerra) como Atena (de la sabiduría en la acción militar, entre otras cosas) hayan tenido tan peculiares problemas con Hefesto, cuando todo indica que más bien deberían ser buenos amigos. Lamentablemente llegamos tarde a esta conclusión como para salvar el vapuleado prestigio del pobre Hefesto entre sus pares. Pero me atrevo a especular si no serán por razones emparentadas a esas injusticias para con el prestigio del dios de la tecné, que hoy conocemos muchos más grandes pensadores de por aquel entonces, e incluso grandes héroes de guerra, que grandes artesanos o trabajadores.

    Hoy en día, la filosofía de la tecnología se ha desarrollado como disciplina, y desde allí tenemos herramientas y colegas con los cuales pensar nuestras relaciones posibles con qué tecnés para qué sociedades. Otras relaciones con la tecné, menos despectivas, son posibles.

    Al caso, por ejemplo, Leonardo Ordóñez, en su trabajo “El desarrollo tecnológico en la historia”, sostiene que “la organización social incide en el desenvolvimiento de la técnica, y esta, a su vez, ayuda a modelar aquella, en una constante retroalimentación mutua”.

    En ese mismo trabajo, Ordóñez nos cuenta acerca de Michel Serres, que desarrollara un modelo explicativo para el desarrollo histórico de la técnica, y en el mismo se “reivindica” (observación mía) a Hefesto como avatar de la revolución industrial.

    U obsérvese también otro trabajo, esta vez de Guido Nicolosi, donde se explica lo siguiente:

    (…) The body is the first instrument of man, his first technical object. The primary form of technique is therefore that of the body. (…) These elements will thus reappear frequently during this reflection: analyzing technique, as I see it, means starting off from these. Highlighting the relationship between these phenomena and technique in itself involves a demonstration that technique and society are not separate entities. Indeed, technical skills are not the property of any single body, but are qualities arising from the entire system of relationships that constitutes the presence of an agent in an extensive and structured physical and social environment.

    El trabajo de Nicolosi está adecuadamente titulado “Tras las huellas de Hefesto: habilidades, tecnología, y participación social”.

    Para finalizar entonces este repaso por algunos contrastes entre las ideas de tecné y episteme, como conclusión, quiero plantear que: si bien es absolutamente innegable el valor del trabajo vinculado a la episteme, percibo también un sesgo anti-técnico desde el origen mismo de tales conceptos, que sospecho ha tenido un profundo impacto en el desarrollo de la ciencia en occidente. Tanto es así que, hasta la revolución industrial, o incluso tal vez recién muy entrado el siglo XX, no se revalorizó a la tecné; y es posible que en muchos ámbitos académicos aún siga siendo vista como conocimiento de segunda. Y considero esto cuanto menos un despropósito. Porque la tecné forma parte de nuestros rasgos constitutivos más elementales en tanto que especie misma, y alrededor de nuestras tecnés es que también organizamos nuestras vidas, nuestras sociedades, y cualquier futuro posible.

    Tuve acceso a una copia de Multiversos, el recientemente publicado libro del grupo Luthor, y lo terminé de leer hace un par de días. El libro es excelente, y lo considero una lectura recomendada si no fundamental para cualquier persona que se interesa por entender a la ficción en tanto que objeto de manera rigurosa, contemporánea, y comprometida.

    Sin embargo, mucho más que una reseña (que francamente no sabría cómo escribir), me queda en el tintero una crítica, que me viene genial para mis propias teorías. Así que voy a aprovechar el envión de tener la lectura fresca y el tiempo libre de Enero, para dejar anotada mi línea de lectura de un problema que percibí. Sucede que en el capítulo 6 del libro, se habla sobre el concepto técnico de “saturación” en la ficción. Y mientras lo explicaron, dos puntos claves me resultaron disonantes. Se trata de apenas una diferencia de interpretación en un fenómeno, pero que cambia cierta carga de responsabilidad de mecanismos de bajo nivel, y entonces explica el fenómeno de otra manera, llevando tal vez a otros conceptos diferentes para entender la ficción.

    (…) Nuestra percepción de lo real parte de una saturación completa y de la negociación constante entre nuestros sentidos, es decir, del recorte que nuestra psique necesita hacer de la información proporcionada por ellos para organizar la experiencia y no colapsar en la hiperestesia. (…)

    Este es el primer punto donde empecé a sospechar de lo que leía, de modo que voy a detenerme a investigarlo. Hay algo aquí que me parece… confundido entre el sentido común de lo que se afirma. Es decir: cualquiera estaría de acuerdo sin grandes debates en que la realidad se constituye de aquello saturado en conjunto con aquello percibido. Pero hay detalles.

    En primer lugar, el límite de la hiperestesia. Hiperestesia es hipersensitividad: sentir demasiado, sentidos saturados (en la acepción coloquial del término). Esto se puede imaginar fácilmente con ruidos tan fuertes que aturden, luces tan brillantes que nos hacen doler la cabeza, etc. Y es interesante pensar los pormenores de esas operaciones físicas, biológicas, aún siendo legos en el asunto (es decir, sin ser médicos, ni estudiosos del cuerpo humano).

    Piensen un segundo en esos ejemplos: ruido muy fuerte, luz muy brillante. “La psique” a la que se hace referencia en la cita anterior no puede hacer absolutamente nada contra eso: no le pone un límite a los decibeles del tímpano ni a los lúmenes del ojo; la psique no calibra los sentidos, que a su vez no negocian entre ellos: en la hiperestersia, los sentidos se padecen, y punto. Y la hiperestesia, al menos en esas escenas que yo planteo, se produce por causas ajenas al funcionamiento de la percepción de lo real: fuerzas hostiles, desestabilizadoras de ese mecanismo. Hay otros ejemplos pensables, como ser condiciones del cuerpo que lo llevan a fenómenos similares: configuraciones que lleven algún sentido a ser vivido con mucha más intensidad que la de alguna forma de normalidad deseable. Piensen en alguna alergia en la piel, que te hace sentir demasiado cuando tocás algo, y “pincha” o “quema”.

    Aquí parece asumirse que el recorte de “la información proporcionada por los sentidos” tiene el doble fín último de “organizar la experiencia” y de “no colapsar en la hiperestesia”; pero en esos ejemplos inmediatos que introduzco yo, para nada extraños, no parece tener mucho qué ver la hiperestesia. Asumo que se está sosteniendo una hipótesis como la siguiente: “si no recortáramos nuestros sentidos, nos quemarían la cabeza”. Y coincido. Pero eso no es “hiperestesia”, y el detalle es absolutamente clave.

    Esa “cabeza quemada” no sería el efecto de “un sentido (o más) que sintió demasiado”, sino de una percepción intentando abarcar más de lo que puede. Y ese “recortar” y “hacer de intermediaria entre los sentidos” que parece ser la función de la psique, hoy por hoy se puede llamar sin grandes polémicas “procesar”. Como decía antes, la psique no calibra los sentidos: están siempre sintiendo a pleno. Siempre están a su 100% biológico de rendimiento. Lo que la psique sí puede hacer en situaciones normales es administrar el valor de lo que le brindan esos sentidos: recortar, valorizar, enfocar, etc. La “cabeza quemada” entonces se daría en la psique: con lo cuál no se le puede asignar a los sentidos la responsabilidad del problema. Y si el problema está en la psique, y es problema a la hora de procesar, de lo que estamos hablando es de, básicamente, de un problema de “ancho de banda” de la cabeza.

    Hasta aquí, apenas un detalle menor, mañoso, que en definitiva cambia poco o nada: casi que se termina diciendo lo mismo con otras palabras. Pero más adelante aparece la siguiente segunda cita:

    (…) podemos no haber viajado jamás a China, pero vivimos en la certeza de que no por eso los teatros de Shangai dejan de tener un número determinado, que podríamos averiguarlo, y que pueden ser visitados en direcciones verificables.
    (…)
    En cambio, por definición todo mundo ficcional es un mundo incompleto. (…) No podemos afirmar ni negar la existencia de la localidad de Aldo Bonzi en los mundos ficcionales en los que transcurre el Ulysses de Joyce, el Grand Thief Auto, o Seinfeld. Al menos no hasta que una expansión de esos mundos ficcionales llegue hasta allí,
    (…)
    La saturación del mundo ficcional, entonces, jamás supone la amenaza hiperestésica de lo real, sino que es una selección de escorzos y una gradual distribución de ausencias, dependiente, por principio de divergencia mínima, del marco de referencia de la realidad en la que se insertan.
    (…)

    Y aquí ya se asumen muchas cosas, que implican divergencias importantes entre lo que yo sostengo y lo que el capítulo ofrece. Vamos a tener que ir por partes.

    Fíjense, por ejemplo, esa última mención a la hiperestesia, y compárenla con lo que yo expliqué antes; aquí sí se vuelve importante la diferencia entre los sentidos y la psique. En el planteo de Luthor, esto no es menor: para elles, “inmunidad a la hiperestesia” se muestra como un razgo constitutivo de lo ficcional, mientras que desde mi punto de vista no existe tal inmunidad: la ficción te puede comer todo el ancho de banda de la cabeza sin mayores problemas.

    La clave está en el orden de los factores. Recordemos, si la responsabilidad no es de “los sentidos”, entonces es de “la psique”; y la psique “procesa”, y tiene un problema de “ancho de banda”. Claramente la analogía inmediata es con una unidad central de proceso típica de computación básica, y al problema aquí podemos llamarlo más específicamente “capacidad de cómputo” o “de proceso”. Todes sabemos que las computadoras pueden tener “el cpu al 100%”, y entonces “ponerse más lentas”, ¿verdad? O también “tildarse”. Todas esas cosas suenan bastante parecidas a aquél “colapso” del que la psique se protege al cortar la información. Pero ese colapso no sería porque el mouse o el teclado “se volvieron muy sensibles” (en cuyo caso la computadora es simplemente más difícil de usar), sino porque el CPU no tiene más capacidad, y se calienta, y demás fenómenos conocidos. Así entendido, la naturaleza de lo que procesa el CPU no hace ninguna diferencia, sino cuánto puede procesar y en qué tiempo.

    Y lejos de ser gratuita o lúdica, o siquiera didáctica, esta comparación viene al caso de introducir una cuestión que Luthor no toma en su libro: la ficción en tanto que problema computacional. Lo cuál es especialmente llamativo teniendo en cuenta que uno de sus principales intereses es abarcar a los video-juegos como género legítimo de ficción, y teniendo también en cuenta que en todo caso Luthor siempre reconoce los pormenores técnicos y operativos de cada medio (cine, literatura, etc) como condiciones de análisis. Sucede que los video-juegos introducen su propia especificidad en la cuestión computacional o informática; y tal y como sucediera con otras “nuevas artes” de tiempos anteriores (claramente pienso en el cine), este nuevo aspecto permite entender detalles de la ficción que de otras maneras serían escurridizos.

    Pero definitivamente lo más llamativo de esta ausencia de lo computacional en el texto de Luthor es que uno de los mecanismos más trabajados en el ambiente computacional, precisamente, es la saturación, en todas sus acepciones: porque el problema del CPU que planteo no es alegórico sino real, literalmente hay industrias enteras empedernidas en resolverlo, y durante décadas los video-juegos vienen siendo uno de los campos principales de batalla.

    Dejo apenas un ejemplo, ilustrativo de los contactos que hay entre la saturación de Luthor y la informática. Piensen en el desarrollo de los video-juegos 3D en primera persona. ¿Alguna vez se pusieron a curiosear cómo funcionan? ¿Intentaron tal vez programar alguno? Tienen a su disposición un mundo ficcional, y necesitan buscar estrategias eficientes de interacción con el mismo. “Eficientes” significa varias cosas, y entre ellas se encuentra “que no se bloquee el CPU tratando de procesar todo al mismo tiempo”: es decir, aquella “hiperestesia” que amenazaba desde lo real. Literalmente las ficciones ahora padecen esa hiperestesia, y literalmente quienes desarrollan video-juegos tienen que buscar estrategias para trabajarla o caso contrario el video-juego no existe. De ninguna manera la ficción está libre de esa “hiperestesia”, y cabe preguntarse seriamente cuáles son las diferencias entre esa “optimización necesaria” del problema computacional y aquel riesgo “sensorial” que Luthor describe como uno de los límites que separa ficción de realidad.

    Otro ejemplo de problemas en aquel planteo de Luthor. Se trata de una experiencia personal. Hace algunas semanas, distendiéndome luego del trabajo y el año académico, me puse a ver por internet el video-juego “Half Life: Alyx“. El cuál, debo decir, es una maravilla de la tecnología. Sin embargo, tuve la muy triste experiencia de padecer un efecto colateral de ese modo particular de video-juego: me generó nauseas. No pude seguir mirándolo, aunque me encantara. ¿Y por qué no pude? Literalmente por hiperestesia. En este caso, mi sentido del equilibrio se vió afectado por estar viendo en pantalla completa un juego VR en dos dimensiones. Y eso sucedió sin que yo me “tildara” ni “me pusiera más lento”: mi capacidad de cómputo estaba intacta. Es un ejemplo de cómo la hiperestesia efectivamente es otra cosa distinta de la que habla Luthor, y entonces no es ahí donde está ese límite de la ficción que busca. Y que claramente hay hiperestesia en la ficción.

    El juego VR literalmente exige calibrar la experiencia sensorial; ya no estamos hablando de estrategias discursivas sujetas a interpretaciones, o referencias que requieran un nivel de entrenamiento cultural determinado para poder percibir con plenitud el recurso literario, sino de efectos biológicos directos. Y el caso particular del sentido del equilibrio es paradigmático: un problema también de la robótica y la cibernética. Sucede que (y esto también fue una experiencia personal, porque yo estudié robótica y quise programar inteligencias artificiales desde muy jóven), cuenta la leyenda, en la medida que se pretendieron hacer robots autónomos y/o humanoides, quienes los desarrollaban, al intentar copiar las características humanas, se fueron dando cuenta de que en realidad tenemos otros sentidos sumados a los cinco canónicos, siendo el del equilibrio uno de ellos. ¿Quién no vió algún video de un robot humanoide, siendo torpe y cayéndose sin poder demostrar el menor atisbo de equilibrio? Es típico que tomamos conciencia de estos sentidos sólo cuando los perdemos, y mientras tanto continúan operando “en segundo plano”, sumando datos para ser procesados, sin que nos demos cuenta. Y es difícil pensar cómo “la psique” regularía esos sentidos si ni siquiera nos damos cuenta que existen; entraríamos en el terreno de lo inconsciente.

    Pero no es todo. Otras cosas se pueden obtener de esos ejemplos. Los juegos 3D se la pasan haciendo “recortes” de “lo que se percibe”. En realidad, lo que hacen es recortes de lo que se procesa, y de cómo se visualiza. Y es muy importante prestarle atención a los algoritmos utilizados al caso, para entender la clase de problemas puntuales que se solucionan. Por ejemplo, siendo que la generación de imágenes es uno de los procesos más costosos (¿lo será también para el ser humano?) sólo aquello que está dentro del rango de visión se debe enviar a procesar para ser generado como imagen; la memoria volatil es más rápida que el disco rígido, de modo que todo aquello que pueda guardarse en memoria se pretende mantenerlo allí para poder ser accedido rápidamente, de modo que el CPU no deba quedarse esperando al disco rígido para poder terminar alguna operación (allí ya estamos hablando de interdependencia articulada temporal y secuencial entre diferentes componentes de un sistema); los espacios tridimensionales pueden ser muy grandes y tener muchos componentes para procesar en simultáneo, de modo que todo ese proceso (así como también la ya mencionada generación de imágenes) se acelera con hardware ad-hoc para que no “colapse” el CPU, y diferentes algoritmos permiten cargar en memoria diferentes fragmentos del mundo con diferente criterio, para no necesitar cargar todo junto; etcétera. Si bien claramente la materialidad es muy distinta, no parece haber grandes diferencias conceptuales con aquel “necesita hacer de la información proporcionada por ellos para organizar la experiencia y no colapsar” de Luthor. Y así planteado, se nubla mucho la diferencia entre lo que Luthor propone que hace la gente para acceder a la realidad y lo que las computadoras hacen para generar la ficción.

    Computacionalmente, los algoritmos de optimización de capacidad de cómputo, u otras optimizaciones, no sólo los implementan los video-juegos, sino que toda la informática está plagada de ellos. Por ejemplo, los videos que consumimos por internet tienen un grado tal de optimización que podemos ver cosas de altísima calidad transmitiendo un porcentaje fraccionario de los datos totales de tal visualización: se utilizan algoritmos predictivos, y de variaciones mínimas, calibrados para obtener calidades suficientes, que reconstruyan la imagen a partir de menos información de la que se disponía originalmente, y permitan un balance entre cantidad de datos que se transmiten y calidad del producto final. Literalmente se calibra si se usa más CPU, más internet, placa de video, etc. Y siempre con el horizonte de que “no colapse”.

    Otro detalle. Luthor dice que “por definición todo mundo ficcional es un mundo incompleto”, y contrasta eso con la verificabilidad de lo real. Pero esto es profundamente problemático. En primer lugar, se habla de manera inocente de verificabilidad con el ejemplo de los teatros de Shangai, intentando sostener esa idea con la expresión “vivimos en la certeza”. Frente a esto, me permito recordarle a Luthor que vivimos en un momento de la historia de la humanidad donde existe más información que nunca, más accesible que nunca, más fácil de compartir que nunca, y con un desarrollo de la ciencia y la técnica absolutamente estremecedor y maravilloso, pero así y todo fragmentos significativos de la sociedad mundial te discute que la tierra es plana. “Vivimos en la certeza” no da cuenta de lo complejo que es el problema de la verificabilidad de la realidad; más bien dá cuenta de sus límites, y convierte a la realidad en un caso particular de la ficción: algo con lo que estaría plenamente de acuerdo, pero que no creo sea lo que Luthor pretendía decir.

    Y no tan curiosamente los video-juegos también tienen cosas para decir al respecto. Quizás lo que dice Luthor con respecto a los límites de la ficción sea aplicable para la literatura o el cine, pero en los video-juegos existe la posibilidad de la generatividad: se vá generando, sin más límite que el que resistan los servidores y el software. Eso coincide con el universo real, donde el límite lo pone la física universal. Y, además, en un mundo de un video-juego uno puede ir a ver al código y a la memoria qué existe y qué no: algo bastante más eficiente y preciso que la verificabilidad de la realidad. Está claro que Luthor se concentra más bien en la idea del canon y el relato concreto; pero el canon es errático cuanto menos, y la ficción no se reduce al relato: dos aspectos que también coinciden con lo que llamamos “realidad”.

    Eso último es importante. Porque claramente se pueden hacer interpretaciones de a qué llamamos “límites de la ficción”. Y Luthor se amparó en un sentido común de verificabilidad para hablar de realidad, cuando a todas luces es un concepto en absoluta crisis, en todo el mundo, de la mano de fenómenos como la posverdad y los infinitos negacionismos reaccionarios de toda índole. Pero al mismo tiempo, Luthor se permitió sostener “no podemos afirmar ni negar la existencia de la localidad de Aldo Bonzi en los mundos ficcionales”, poniendo diferentes ejemplos, entre ellos Senfield: una sitcom que no pretende plantear ningún universo distante ni extraño, y de hecho transcurre en Nueva York. Luthor va a tener que hacer serios esfuerzos para convencer a cualquier persona poco comprometida con la crítica literaria de que “en realidad no existe Aldo Bonzi en el universo Senfield”; porque es el más elemental sentido común que sí existe. Y cierra esta propuesta afirmando que no se va a poder sostener la hipótesis Aldo Bonzi “hasta que una expansión de esos mundos ficcionales llegue hasta allí”. ¿Por qué lo menciono? Porque estas expresiones son claramente mucho más normativas que descriptivas de la ficción: si no un síntoma de que algo no anda bien con la teoría, al menos un pedido de concesión.

    “Vivimos en la certeza” se aplica perfectamente al decir “Aldo Bonzi existe en el universo de Senfield” para cualquier hije de vecine. Aquí, en esta dimensión del problema que se plantea para explicar el concepto de saturación, tampoco percibo ninguna diferencia entre “la percepción de lo real” y “acceso a la ficción”. Ni tampoco en la idea de “selección de escorzos y una gradual distribución de ausencias” (casi una descripción de lo que hacen los motores 3D de video-juegos), en especial teniendo en cuenta que en todo caso se depende siempre de una “enciclopedia personal” y una “divergencia mínima”: ambas cosas necesarias para entenderse a une misme y a les demás en la realidad.

    Etcétera. Esos son algunos puntos disonantes en el planteo del capítulo de Multiversos sobre Saturación. Puntos que, admito, recorto y focalizo para poder hacer mis propias interpretaciones sesgadas e interesadas. Y digo esto porque en líneas generales el capítulo es sólido, y el concepto de saturación es cuanto menos productivo. A mí me hace ruido porque es básicamente mi tema de estudio, y puedo afirmar con plena seguridad que caso contrario no tendría nada qué reprocharle al capítulo. Y me parece que todas estas divergencias pueden entenderse tirando del hilito de la “hiperestesia”. De hecho, me parece muy lúcido que hayan planteado esa barrera. Mi recorrido teórico fue similar, pero con la divergencia mínima de considerarlo problema computacional. Y así, para estos problemas, yo desarrollé otras herramientas, que no creo que compitan con el concepto de saturación sino que sirven más bien para integrar aquello que no queda satisfecho en las presentes críticas.

    Decía, yo partí también del problema de lo sensible, como Luthor pensó a la hiperestesia como peligro de lo real y límite distintivo de la ficción. Pero yo invertí la carga de responsabilidad del problema poniéndola en “la psique”, y no en “los sentidos”. De esa manera, en Feels Theory, interpreté a los sentidos como el input de un segundo componente de nuestra subjetividad, y pensé un poco en qué hace ese otro componente. Pero también pensé en qué hacen los sentidos, qué son. Mi objetivo fue lograr una teoría que explique algunos fenómenos contemporáneos y urgentes de disonancias para con la realidad (o sea, ficciones): en concreto, la posverdad. Por eso mi lectura está calibrada para percibir cosas como “verificabilidad ingenua” o “sentidos y capacidad de cómputo”. Sucede que interpretando a los sentidos como un input de otra cosa, puedo pensar problemas de esa otra cosa, en lugar de ponerme a pensar en las infinitas materialidades de cada posible vector de influencia (un trabajo análogo a la búsqueda de especificidad de Luthor en la ficción, separándola del medio puntual). Pero también partí de otros conceptos, basados en experiencias personales, y francamente pasionales. Y sucede que, si separo los sentidos del cómo se procesan, y los interpretos como inputs de ese procesador, en realidad ese procesador tiene capacidad para tomar muchos inputs diversos, y no necesariamente son sólo los cinco sentidos canónicos. En ese nivel, ¿qué diferencia hay entre los sentidos canónicos y cualquier otro input de ese “procesador”? Tal y como fuera el caso del equilibrio, que constituye “un sentido de segunda línea”, pueden existir muchos otros “sentidos”, entendiéndolos como inputs. Y como si fuera poco, este modelo también permite una recursividad: el output del procesador puede volver a ser input en un segundo tiempo. De esa manera experimentamos, vivimos, sentimos, a la ficción; y allí ciertamente hay lugar para “hiperestesia”. Y, como si fuera poco, un pilar de mi teoría es la idea de la verdad como sentido: algo que explica mucho mejor al “vivimos en la certeza” de Luthor que la verificabilidad de la realidad.

    Hay mucho para decir, y no lo voy a hacer en este texto. Pero puedo adelantar que a los algoritmos para procesar información los llamo “sesgos”, a lo pre-procesado guardado en “base de datos” los llamo “prejuicios”, hablo de “experiencias cognitivas”, separo las nociones de “información” y de “dato”, entre otras cosas más. Yo abracé el aspecto computacional para encarar a la ficción, al mismo tiempo que abracé a sentimentalidad, para buscar explicaciones nuevas a qué pasa con las personas en el mundo que conocemos, y poder desarrollar tecnología vinculada a ello. Por eso el subtítulo de mi libro es “desde la posverdad, hacia la sentimentalidad artificial”. Y desde ese lugar entonces pretendí introducir una lectura crítica de apenas unos pocos renglones, disonantes para mi paladar, del reciente trabajo de Luthor.

Smells like teen spirit

| January 3rd, 2021

    Hace algunas semanas atrás escuchaba decir a Victor Hugo Morales, en una de sus editoriales, la siguiente frase: “nos encanta tener razón”. Le dediqué un par de horas a buscarla para linkearla, pero lamentablemente sin éxito: se perdió entre los infinitos videos de youtube que consumo a diario, y que no tienen desgrabaciones que luego faciliten sus búsquedas.

    Pero no importa, la frase persiste: “nos encanta tener razón”. Victor Hugo se refería, creo recordar, a cómo a veces nos ponemos criticones llegando hasta la obstinación, y de hecho cerraba la reflexión con el siguiente consejo: “el límite es cuando se comienza a criticar a la selección”. Dado que él hizo su carrera como periodista deportivo, frecuentemente hace analogías desde ese lugar, y esta vez le hablaba a sus colegas. Decía que en su experiencia con el mundial ’86 pudo ver periodistas incapaces de disfrutar el triunfo porque habían sido críticos de la selección nacional durante toda su campaña mundialista; necesitaban que perdiera, que le vaya mal a la selección, para justificar su postura. Y entonces utilizó eso como metáfora, como línea en la arena, de un límite que no hay que cruzar en pos de tener razón. Y digo metáfora porque, en realidad, hablaba de otro tema de actualidad, ya no me acuerdo cuál, pero uno de los tantos que nos cruzan en estos últimos meses: cómo comportarnos con la pandemia, qué hacer con las vacunas, y por supuesto qué pretendemos que suceda en el país y cómo nos llevamos con el gobierno.

    Siendo un tema que yo trabajo, eso de tener razón me quedó en la cabeza, pero sin darle mayor importancia, apenas como nota de color. Y pasó que, mucho más cerca del ahora, en un breve debate entre Navarro y Lijalad en El Destape, los escuché charlar precisamente sobre qué hacer con la gente que no se cuida durante la pandemia: que cómo puede ser, que si son los medios o no, que si habría que instalar más miedo al virus entre la gente, que si se puede o no hacer algo. Otra vez, el diálogo se perdió entre centenas de videos, pero los temas están claros y de hecho se repiten frecuentemente; confío en que todes puedan imaginar de qué les hablo sin grandes esfuerzos.

    En sintonía, ayer escuché una editorial de Ronaldo Graña, donde hablaba sobre la actualidad del covid y lo que se viene, y donde supo decir alguna frase que viene también al caso de todo esto, sea lo que sea:

    (…) En los ámbitos políticos, y en los ámbitos médicos, la preocupación es grande; en el único lugar donde no hay preocupación es en la esfera social, en la esfera pública: cuando uno vé los comportamientos de la gente pareciera que ya pasó (…) Por lo que sea, pero siempre por comportamientos sociales (…) Se saben algunas cosas sanitarias del coronavirus: se sabe cómo prevenirlo en la vida cotidiana. No se saben muchas. Pero lo que nadie logra descifrar ni acá, ni en Europa, ni en Estados Unidos, ni en ninguna parte de occidente, es por qué las sociedades llegan a un punto donde se hinchan las bolas, y dicen “bueno, que sea lo que Dios quiera”. Este es el verdadero enigma de lo que pasa hoy con el coronavirus (…) Nadie sabe por qué: si es como dicen los psicoanalistas por la pulsión de muerte, si es como dicen los economistas por la necesidad, si es como dicen los sociólogos por la necesidad de transgredir que tienen determinados sectores de la sociedad… nadie sabe a ciencia cierta por qué vastos sectores de la sociedad juegan a la ruleta rusa con este virus, del cual se sabe tan poco, y que ha matado a tanta gente.

    Y todas esas reflexiones están constantemente mediadas por la posverdad y las noticias bizarras: conspiranoia antivacuna, rebeldía intransigente, y furia ideológica. Y está claro que también es muy fácil rastrear sentidos comunes vinculados a derechas e izquierdas, que ya estaban instalados y militados desde hacía rato en las sociedades, y que no dejan de operar por estar viviendo en pandemia. Pero así y todo, hay fenómenos que se espaban entre los dedos, como bien reflexionaban Graña, Navarro, Lijalad, y tantas otras personas. ¿Cómo puede ser que todavía haya TANTA gente negando la pandemia? ¿Cómo logra ser TAN permeable la resistencia a la cura? ¿TANTO les cuesta cuidarse a quienes no se cuidan?

    Nótese que mi énfasis en esas preguntas viene al caso de la cantidad, la magnitud: no es un fenómeno marginal, ni en Argentina ni en ningún otro lugar de occidente (oriente no tengo la menor idea). Si fueran dos o tres gatos locos, vaya y pase. Pero hablamos de centenas de millones de personas, cuando no miles.

    Uno de los detalles ciertamente más pintorescos es el nivel de resistencia a la autoridad: algo que desde las izquierdas históricamente solíamos celebrar por nuestra posición de minorías, pero de lo que esta vez preferimos tomar distancia. Y me refiero en este caso no sólo al discurso de las autoridades, como ser un ministro o un presidente diciendo que por favor nos comportemos de X o Y maneras, sino incluso a la autoridad de la ciencia como verdad legítima y canónica.

    Pero no quiero extenderme demasiado en todos los detalles que se me ocurre plantear alrededor de estas escenas, aburriendo a cualquier lectora o lector; voy al grano. Esos niveles de rebeldía, de resistencia al cuidado, y de obstinación, que bordean lo caricaturezco, los encuentro también en otras dos situaciones: la adolescencia, y la adicción. De modo que me puse a pensar un poco en esos dos estados posibles de las personas, a traves del eje de su relación con la verdad.

    ¿Consideraron alguna vez la posibilidad de que podamos ser adictos a la verdad? Es raro, pero concédanme por favor algunos minutos para dedicarle a la idea. Hace varios años ya me preguntaba: “¿y si lo que pasa es que somos demasiado sensibles a la verdad?“. Esto es apenas un paso más en esa línea, nada que deba asustarles.

    Piensen unos segundos. ¿Qué es eso que menciona Victor Hugo de que “nos encanta tener razón”? ¿Qué es esa sensación? Supongo que todes la habremos vivido, ¿verdad?. La considero innegable. Y, sin embargo, no parece un elemento escencial en ningún análisis. A veces lo encaran por el lado de la “certeza”, como característica subjetiva, pero analizando si algo es “correcto” o “equivocado”, y no si “nos encanta”; a veces le dicen “verosimilitud”, lo cuál es una propiedad de los objetos (el discurso, por ejemplo), y el asunto ya pasa mayormente por la postura política, efectiva y activamente desvalorizando cómo pueda sentirse. Y me pregunto, ¿qué tan importante puede llegar a ser esa sensación?

    Recordando mi adolescencia, puedo decir que la sensación de tener razón ranqueaba bastante alto. No estoy seguro de si pueda ser el caso para todo el mundo, pero sí puedo dar fé de que efectivamente sucede. Y diría que no menos del 90% de mi rebeldía estaba amparada en esa sensación de que les demás no tenían razón y yo sí. Pero no era algo divertido o liviano: la sensación era insoportable, infuriante, desesperante. Por aquel entonces no tenía la idea clara, pero hoy puedo decir sin grandes dudas que en esa rebeldía se ponía en juego mi identidad. Y bueno… la primera en ligarla era la autoridad, cual fuera. De hecho, no lo había pensado antes, pero viví una larga adolescencia con una constante e infinita sensación de soledad, y es posible que buena parte de ello tenga qué ver con que no tuviera ninguna figura de autoridad legítima: ningún camino a seguir, ninguna referencia positiva… sólo sentía el deber de defenderme frente a un mundo que estaba equivocado.

    La adolescencia se caracteriza por un aprendizaje compulsivo de las emociones, fundamentalmente de cara a los cambios biológicos del cuerpo, y los cambios sociales de cara a nuestras nuevas responsabilidades. Coherentemente, que yo sepa, los dos grandes ejes de formación cultural para la adolescencia están puestos en la sexualidad y la inminente adecuación al mercado laboral (al menos para mi clase social; supongo que algo más general sería la frase “fijate qué vas a hacer con tu vida”). Pero más allá de qué tan bien planteado pueda estar aquello, en mi experiencia la relación con la verdad (y por lo tanto con aquella sensación de tener razón, que tan intensamente vivimos en la adolescencia) se reducía a la obligación de aceptar el canon de turno, y las figuras que se pretendían autoridades no parecían tener ningún interés en ganarse mi respeto: parecían creer que con fuerza les alcanzaba. La cuestión, para hacerla corta, es que, por ese camino, en mi caso particular, aprendí muchas cosas de mierda. Hasta eso de los 25 tranquilamente tuve que convivir con muchas ideas mal aprendidas de mi adolescencia sin nada que las contrastara, y me costó años sacármelas de encima cuando muy intuitivamente me iba dando cuenta de que algo no estaba muy bien qué digamos. Cosas vinculadas al sexo, a la autoridad, al trabajo, a la sociedad… todas fueron posibles de ser reformuladas y transformadas, pero no antes de prestarle atención a esa sensación incómoda e infelíz de que algo andaba mal, de que no tenía razón. De modo que, yo diría, aún sin ser adolescente, es bastante importante esa sensación.

    Pero eso son cosas mías, y no se supone que esto sea un diario íntimo ni nada parecido; pondría más ejemplos si los tuviera a mano, ya los buscaré por internet con tiempo. Continuemos por favor. Lo que me interesa dejar en claro es que se trata de una sensación. Victor Hugo dijo “nos encanta”, pero ese es un aspecto felíz del asunto. Otras cosas también nos encantan, y no por eso dejan de volverse algo bastante problemático y oscuro en nuestras vidas. El comer o el tener sexo pueden ser dos ejemplos inmediatos, pero que forman parte de una constelación de experiencias sensoriales que eventualmente pueden derivar en un estado, digamos, indeseable: la dependencia, o bien la adicción.

    Quiero ser respetuoso, y por eso no quiero hacer de cuenta que soy experto en estas cosas, así que permítanme ser categórico antes de continuar: no sé una mierda ni de adolescencia ni de adicciones. Estoy apenas improvisando reflexiones, que las dejo anotadas para aclarar mis ideas y compartirlas fácilmente. Por favor, permítanme pensar estas cosas aún siendo un ignorante. Lo digo por si alguien se siente mal por estar metiéndome en temas sensibles de una manera desprolija o desubicada: francamente ni sé medirlo.

    Sigo. “Desorden biopsicológico”. Eso dice la entrada de wikipedia en inglés “addiction”, arriba de todo, al principio nomás. Díganme ustedes si “desorden biopsicológico” no se parece bastante a la situación con la que les periodistes se rascan incrédules la cabeza sin saber qué hacer. Y esto lo digo, un poco como chiste irónico, y otro poco como legítima preocupación. U observen esta otra línea descriptiva: “Habits and patterns associated with addiction are typically characterized by immediate gratification (short-term reward), coupled with delayed deleterious effects (long-term costs)“. Díganme ustedes si eso no se parece bastante a cualquier comportamiento random que uno pueda tildar de “adolescente”.

    Pero estoy agarrando algunas poquitas palabras del artículo, y usándolas de manera bastante más libre de lo que corresponde. El artículo básicamente plantea que hay un modelo canónico para la definición de adicción, de orden cerebral (biológico) y conductista (psicológico), que si bien tiene críticas también es el punto de partida de cualquier diagnóstico. Y ese modelo plantea la idea de la relación adictiva en términos de acción-recompensa, que no tan sesgadamente me animaría a interpolar como “costo-beneficio”: algo mucho más cercano al canon económico, político, y ético, de nuestras sociedades contemporáneas, y que coincidentemente son tres ejes en absoluta crisis. Pero, en el caso estricto de la adicción, la “recompensa” parece estar planteada como enteramente “biológica”; es decir, sensacional.

    El tema es inmenso, y me rehuso a divagar durante párrafos y párrafos; podría estar semanas escribiendo. Así que voy a intentar cerrarlo de prepo, para continuar cualquier otro día y de cualquier otra manera. Y lo cierro entonces con una reflexión. Esa “sensación” que menciona Victor Hugo, afirmo yo, no es ninguna joda: es importante para las sociedades. Especulo que sea clave en la posverdad, en el control social, y en la discordia imperante a nivel mundial. “Demasiado sensibles a la verdad” es un poco eso: volvernos dependientes, adictos, a esa cosa que nos alivia la incertidumbre y nos aclara el horizonte de acción; eso que nos dice que somos normales, que no estamos loques, que no somos idiotas, que hay una explicación clara para lo que está sucediendo. Y ni hablar si justo vos resultás ser alguien dedicade a tomar decisiones importantes para les demás. NECESITAMOS eso: así de importante es. Y a todas luces los medios nos están engordando con las versiones industriales y procesadas de esa sustancia tan necesaria; como si nos vendieran agua u oxígeno pero, encima, mezclados con porquerías. En esos términos, diría que estamos dejando en manos del mercado algo mucho más cercano a lo que debe ser un derecho humano.

    Como dije tantas otras veces, uno de los problemas más importante de la verdad, y tal vez el menos estudiado de todos, es cómo se siente. Y especulo ahora que en el dominio de la formación de identidades y sujetos, mezclado con el de la dependencia y la adicción, podemos encontrar algunas respuestas al qué hacer de cara al caótico presente de nuestras sociedades, y de cualquier futuro mejor posible.

    Hace un mes atrás, David Teller publicó una entrada en su blog explicando con tranquilidad y en detalle el polémico proceso detrás de la deprecación de XUL+XPCOM, el mecanismo que utilizaba Firefox en su interfaz de usuario hasta su versión 57, de Noviembre del 2017.

    Aquella decisión, decía, fue polémica, porque implicó perder el enorme ecosistema de agregados (“addons”) que tenía Firefox, y que constituía una de las razones principales para usar ese browser en lugar de Google Chrome. Y tan polémica fué que todavía hay gente enojada al respecto, además de gente que directamente dejó de usar Firefox. En mi cámara de eco prácticamente todes vieron a la iniciativa como un tiro en el propio pié de Mozilla. Y las razones detrás de esa iniciativa fueron aquellas a las que ya nos tiene acostumbradas la informática contemporanea: “velocidad”, “seguridad”, y “lo que quieren les usuaries”.

    Eso último quizás sea un poco injusto, porque buena parte de las justificaciones para el cambio estuvieron también sostenidas en las muchas dificultades de Mozilla para continuar sosteniendo Firefox. Pero mi punto es que esas dificultades van a existir elijan el camino que elijan, razón por la cuál las excluí de la lista. Quizás haya otro debate en esto, que no es el que me interesa en este momento, así que lo dejaré apenas en esta mención.

    El post de Teller relata detalles históricos de XUL+XPCOM, cosas que fueron sucediendo alrededor de la web, y los problemas que enfrentó Mozilla a la hora de sostener Firefox, frente a lo cuál se terminó decidiendo migrar hacia otro sistema conceptualmente diferente. El post es excelente, y de lectura recomendada: tanto es así, que se hizo popular y objeto de discusión, llegando a que la sección de comentarios en la entrada fuera todavía más interesante que el post mismo. Y hace varias semanas quiero tomarme el tiempo de escribir acerca de esas discusiones.

    Para no hacer un texto infinito, voy a ir al grano: Teller habló de “competir con Chrome” en su publicación, y diferentes personas aparecieron a discutir contra eso. Tanto es así que eventualmente Teller terminó editando el artículo (con una mención explícita a este hecho como nota al final) para reemplazar “competir con Chrome” por “tan rápido, estable, y seguro, como Chrome”. Y es que, me parece, esa cuestión dá en el punto neurálgico de un problema muy generalizado.

    Se puede observar, por ejemplo, que el primer comentario es de Jeremy Andrews, que se ocupa del mantenimiento de Pale Moon (un fork de Firefox pre-57) para el sistema Solaris. Y, debatiendo con el artículo, y precisamente contra la idea de “competir contra Chrome”, plantea un argumento respondiendo a la pregunta “por qué alguien haría algo como esto”, en el sentido de “por qué alguien haría otra cosa que no sea competir contra chrome”. Y dice lo siguiente:

(…) I’m doing it for the people that have been left behind since about 2007 when the iPhone and Facebook changed the world. The people that still mostly use their desktop PCs and like being able to tweak or customize everything. People who largely feel that they’re being asked to accept that the freedom and choice of the early Internet is being phased out in favor of security, top-down decision making, centralization, and lack of real choices. (…)

    Daniel Eriksson le responde esto otro:

(…) Up until 2010 I was always excited about new technology since it always gave me new possibilities and made it possible to do more in a way that suited me, and then that changed. Now I worry about new releases of software, fearing what useful function or option might have been taken away this time. (…)

    Eso se parece mucho a lo que comenzó a suceder en el ecosistema Windows a finales de los ’90. ¿Quién no comenzó a guardar instaladores de versiones anteriores, o incluso versiones portables de algún programa (que por aquel entonces era simplemente copiarse el directorio de instalación), porque las nuevas versiones eran contraproducentes en muchos sentidos? Todavía debo tener un Winamp 2 en algún CD, configurado como a mí se me antojara, porque las versiones posteriores se colgaban y pedían más recursos. Y esta práctica comenzó a entrar en crisis cuando mil cosas pasaron a tener dependencias online, y entonces los chequeos de versión o los cambios de protocolos hacían que simplemente dejaran de funcionar, dejando ninguna otra opción más que instalar versiones nuevas. Y son cosas que están sucediendo en el mundo del software libre, hoy mismo: Gnome cada día más “user friendly” y con interfases o hasta nombres de programas más y más tontas, dependencias demoníacas inesquivables inyectadas en el corazón de los sistemas más grandes (te estoy mirando a vos systemd), QT volviéndose privado, x86 siendo deprecado por todos lados como si ya no se usara… y, lógico, una web obesa que ya no permite ni leer blogs en una netbook de tanto javascript de notificaciones y trackeo.

    Pero la mención a “competir contra Chrome” suscitó un debate largo, lleno de intercambios, que les recomiendo revisar. A mí me interesa la justificación detrás del “competir contra Chrome”: telemetría. Es el nombre, no sé si técnico o comercial, para “los datos de actividad del usuario”. Descartemos la cuestión de la privacidad, que me parece secundaria para mi planteo (alguien ya dice en los comentarios “ningún power user tiene eso activado”): acá hay un tema político y epistémico.

    Epistémico, porque los criterios para evaluar la realidad están siendo constantemente constrastados con nubes de datos que la reemplazan. Político, porque sospecho que esto está en el corazón de todos los cambios para mal en las comunidades de software en general, y software libre en particular.

    Como programador, y persona de ciencia, entiendo el valor de los datos. Pero como activista, y persona de arte, también entiendo sus límites. Los datos son apenas un ingrediente a la hora de construir un mapa de una realidad. Hay otros, y cualquier proyecto requiere tenerlos en cuenta al menos con la misma prioridad. Hoy, en todo ámbito de la tecnología, e incluso de la ciencia, estamos viendo una tendencia espiralada y recursiva entre el acto de recopilar datos y de generar cualquier idea de futuro mundo posible alrededor de ellos. Y esto es seductor, no sólo por ser un recurso poderoso y una novedad de época, sino porque cura y hasta revive nuestra desvastada búsqueda moderna de objetividad: aquella seguridad en alguna verdad incuestionablemente legítima que pudiera guiarnos en ese océano de incertidumbres que es el futuro. En los datos hay una forma muy particular de verdad, que es especialmente estimulante: la aleteia.

    Pero es un espejismo, que generaciones anteriores ya conocieron, al mismo tiempo que supieron redescubrir cómo los mundos y futuros posibles también pasan por las esperanzas, las éticas, o los principios, que bien pueden tomar distancia de esos datos en lugar de abrazarlos. Ahí es donde la política y el arte tienen lecciones qué enseñar.

    Está el tema del sesgo. Pero, frecuentemente, el sesgo es evaluado como “un defecto”, que tiene como consecuencia “alejarse de la objetividad”; y yo más bien pretendo reivindicarlo. Pero para eso primero hay que comprenderlo. El sesgo existe, y si bien tiene paliativos, eso no se traduce en una objetividad plena ni mucho menos. Cuando a esa situación le sumamos que quienes hacen software no necesariamente hacen ciencia, cabe ciertamente la pregunta de a qué viene la pretensión de objetividad en los datos, o incluso los datos a secas.

    ¿Qué hace Mozilla? Con su software, con sus usuaries, con sus datos. ¿Para qué quiere una “telemetría”? Y mirando aquella situación de “competir contra Chrome” desde esta perspectiva, mucho más que “lo que quieren les usuaries”, lo que se desprende es que las respuestas a las preguntas iniciales de este párrafo se responden con “Mozilla pretende comportarse como Google”. Y esto es muy preocupante. Pero no por “la seguridad de los datos” (el cuco del progretariado informático contemporáneo), sino porque resulta políticamente aberrante para la historia de Mozilla.

    Mozilla se supone que sea una fundación sin fines de lucro, que supo ser campeona de una web libre y empoderadora de usuarios. Mozilla fue quien se levantó y peleó contra Microsoft, logrando el por aquel entonces improbable triunfo que hoy es absolutamente invaluable: hacer que la web no quede centralizada alrededor de Microsoft. Firefox luchó contra Internet Explorer, dando una batalla de resistencia durante una década entera, hasta que la injerencia de Apple y de Google terminaron por enterrar las esperanzas de Microsoft por controlar internet. Y, recordemos, cuando todos debíamos hacer nuestras páginas web compatibles con IE6, cuando nuestros bancos y organismos estatales exigían IE para realizar operaciones, cuando buena parte de internet no funcionaba sin plugins dependientes de Windows, lo cerca que estuvo de suceder ese final tan nefasto, lo lunático que parecía plantear cualquier otro futuro. A Mozilla le debemos nuestra eterna gratitud y respeto por haber dado esa batalla de la manera que lo hizo.

    Al principio (y ese “principio” duró años), Google recomendaba usar Mozilla Firefox en sus sitios web, des-recomendando así internet explorer. Eventualmente surgió Google Chrome, basado en el código de Safari, para después basarse en su propio código algunos años después. Los negocios de Google llevaron a centralizar más y más sus operaciones en el uso de Google Chrome, siendo hoy el nuevo internet explorer de-facto. Pero hoy en día, a diferencia de lo que sucedió con Microsoft, Mozilla parece querer seguir los pasos de Google en lugar de combatirlo: toma a su browser como una referencia en lugar de con una postura crítica. Y en el centro de ese fenómeno se encuentran los datos: algo que en su pelea anterior no existía como hoy lo conocemos.

    Y es que los datos, efectivamente, indican que les usuaries prefieren Google Chrome. Pero eso es así de la misma manera que hace 20 años los datos hubieran indicado lo mismo sobre Internet Explorer. Muy probablemente también hubieran recopilado datos que indicaran a Internet Explorer siendo más rápido en algunas tareas (como el startup, por estar integrado al sistema operativo), o incluso que los infinitos problemas técnicos de Internet Explorer no podrían importarle menos a la gente (ya que lo siguieron utilizando por muchísimo más tiempo del que debió tolerarse, y no precisamente por “la experiencia de usuario”). Seguramente todos tenemos amigues que utilizan internet sin adblocker, y que esa internet la viven como el estado natural de las cosas, del mismo modo que utilizan para ello Google Chrome. Y, claro, eso genera datos.

    Sin embargo, mi problema con esos datos no es que puedan ser sesgados, en el sentido de “interpretados de diferentes maneras”: mi problema es la interpretación actual que hace Mozilla. Porque hace 20 años, Firefox hubiera interpretado “tenemos que hacer algo contra Google Chrome, porque caso contrario va a centralizar la web imponiendo su cultura”, mientras que hoy interpreta “tenemos que ser como Google Chrome”.

    Y aquí es donde tenemos que ver a Mozilla tomando un poco más de distancia. Porque aquella entrada de blog apareció en la misma semana que Mozilla anunciaba cientos de despidos, del mismo modo que esta entrada mía de blog aparece la misma semana que Mozilla anuncia la desactivación de servicios. Y esto, por supuesto, está profundamente relacionado con los costos de desarrollo y mantenimiento que se mencionan en el blog de Teller.

    Mozilla se está comportando mucho más como un negocio que como organización sin fines de lucro. Mira a los datos de la misma manera que cualquier empresa: buscando réditos económicos. Su sesgo interpretativo se parece tanto al de los privados porque está siguiendo la línea de dónde se puede obtener dinero, y esa lógica siempre apunta a las hegemonías y en detrimento de las periferias (con la notoria excepción de las elites).

    Y es que el problema es real. Este problema del financiamiento, y los costos que surgen una vez alcanzada cierta escala de operación, no son un problema exclusivo de Mozilla. Es el mismo problema que lleva Canonical a hacer tratos con Microsoft, a RedHat a venderse a IBM, y al deplorable estado actual de la Fundación Linux. Todas las comunidades de software libre se encuentran cada vez más asediadas por cuestiones de financiamiento, debido a que creció enormemente su escala de operación. El software libre ha ganado batallas y hasta guerras enteras, y este es el costo de esos triunfos: esta es la lógica de la centralidad en el capitalismo, que las comunidades de software libre en general no parecen querer enfrentar formalmente.

    Sin embargo, de Mozilla espero un poco más que esto, y ahí es donde empiezo a preocuparme en serio. Porque Mozilla es un referente, y claramente no le está encontrando la vuelta al asunto. Permítanme desviarme unos segundos, para dar algunos ejemplos de lo que estoy hablando.

    No conozco a nadie que apague su modem de cable o adsl durante la noche. Es decir que, aunque no se esté utilizando, a diferencia de con el dial-up de antaño, nuestras casas están todo el día conectadas a internet. O sea que son, básicamente, un pequeño datacenter en potencia. ¿Qué nos impide servir contenidos desde nuestras casas? Tecnológicamente es una tontería que requiere muy poco trabajo agregado a las cosas que ya existen; la limitación es enteramente cultural. Y esa cultura nos lleva a que el común de la gente, e incluso usuaries avanzades, hoy no tengan una idea clara de a dónde ir si quisieran levantar un sitio web en algún lado. Del mismo modo, frecuentemente se argumenta que la “internet gratis en realidad no es gratis”, y se habla de todos los costos de infraestructura que tiene la internet que conocemos: rápida, 24/7 online, accesible desde todo el mundo, etc. ¿Y por qué tiene que ser así internet? ¿Por qué no puede haber sitios web que funcionen a diferentes horarios, como cualquier otra operación humana del montón, que precisamente se acota para abaratar costos y respetar condiciones de trabajo sanas? ¿Por qué no podría mi sitio web personal funcionar sólo entre tal y tal horario, que básicamente es cuando yo prendo o apago mi computadora en mi casa? ¿Por qué debería garantizar que alguien desde Hong Kong o Noruega o Emiratos Árabes pueda conectarse a mi sitio web, cuando no podría importarme menos si no lo hacen? ¿Por qué mi sitio web no podría estar disponible sólo a cierta comunidad más inmediata y cercana, teniendo entonces la posibilidad de ir a hostear mi sitio internacional en Amazon o Google si así lo deseara? ¿Y por qué tiene que ser todo rápido? ¿Qué problema hay con que quienes leen esperen 30 segundos o un minuto a que se cargue la página, si lo importante es el contenido y no su velocidad?

    Más ideas: la web está obesa, háganla bajar de peso. ¿Por qué no generar otros lenguajes de hipertexto, que sean más livianos y menos costosos de mantener (para alguien que hace un browser) que HTML? ¿Por qué no lenguajes concentrados más en texto y estilos que en “estructura” o scripting? ¿Por qué no tener como parámetro “que ande bien en hardware del tercer mundo” o “en hardware de hace 15 años”, en lugar de apuntar a la novedad? ¿Qué no hay acaso millones y millones de personas interpeladas por desarrollos como esos, ya que Mozilla busca “datos” o “mercado”?

    Fíjense que son preguntas muy inmediatas, con respuestas muy sencillas, que hacen a diferentes ideas del futuro de la web. Apliquen las mismas preguntas a nuestros servicios de mensajería, a quién recopila qué datos para qué fines, a cómo nos informamos de qué cosas, etc. Sin embargo, Mozilla, uno de los otrora campeones en la defensa y creación de una web para les usuaries, que podría estar trabajando en cosas como esas y de hecho lograr resultados muy rápidamente, hoy pone todos sus esfuerzos en ser como Google, en buena medida porque tiene gastos qué pagar. Pero además de los gastos, también tiene mucho qué ver con la gente que conforma al equipo de Mozilla, y la gente que forma a nuestras comunidades; porque en los últimos 20 años hubo mucho recambio de gente, y se sumó gente más jóven, cuyos anhelos y formación cultural y política son muy diferentes a las generaciones fundacionales de las mismas comunidades. Allí empiezan a operar muchos factores humanos, y allí también aparecen muchos vectores de influencia cultural corporativa. De repente hay millones de personas creyendo que Microsoft “ahora es bueno”, que incrementar la velocidad de las cosas “es una necesidad” (en los múltiples sentidos del término “necesidad”, y aún sin darse cuenta de que eso significa diferentes cosas), encaran la política con un ímpetu frenético que deja muy poco espacio a la reflexión crítica (y ahí entran desde la ultrapolarización hasta fenómenos como la cancelación de Stallman), y que frecuentemente confunde “novedad” con “progreso”.

    El caso Mozilla es representativo y sintomático: está concibiendo a la web como un espacio de mercado antes que como espacio cultural; o, peor todavía, reduciendo la idea de cultura a la de mercado. Cuando uno hace eso, lo que ese sesgo elimina son muchos hechos absolutamente cruciales a la hora de pensar una mejor internet, e incluso una mejor informática en general. Hechos como que muches de nosotres no realizamos nuestras actividades con animos de lucro, y que buena parte de la informática como la conocemos funciona gracias a eso: está lleno de gente en el mundo que está dispuesta a colaborar en miles de iniciativas, si las condiciones fueran las adecuadas, y sin que eso signifique costos importantes para Mozilla; y esa es la lógica del artista o del activista, no la del “empleado” o el “productor”. Hechos como que el rol de internet hace 20 años y ahora es completamente diferente, y hay otros actores involucrados: hoy el acceso a internet es considerado un derecho. ¿Por qué Mozilla no se concentra en trabajar más cerca de los estados nacionales como una fuente de ingresos, llevando adelante iniciativas vinculadas a derechos digitales, y generando otros datos distintos desde esa perspectiva? Apliquen eso a Latinoamérica, y estamos hablando de centenas de millones de personas (para nada un “mercado” chico) que no tienen los mismos problemas que la gente de Estados Unidos (el origen fundamental de “los datos” hoy por hoy), y que también necesitan soluciones. ¿No era que Internet era internacional? ¿Por qué incluso no apuntar hacia la ONU, que ya le presta atención a Internet hace tiempo, y Mozilla tiene un currículum qué presentar? Y esto es una crítica que se aplica perfectamente a todas las organizaciones de software libre en general. Desde este punto de vista, la necesidad real de dinero se parece más a una excusa, y el problema es la línea política que están adoptando mucho antes que el financiamiento.

    Y aquí cabe aclarar también una salvedad importante. Pedirle a Mozilla que venga a arreglar los problemas informáticos de Argentina es absolutamente injusto y fuera de lugar: en todo caso, las organizaciones políticas de Argentina deberían ir a buscar a Mozilla. Pero también es cierto que el ímpetu por “competir con Chrome”, que Teller necesitó terminar aclarando a qué se refería, es una línea política que se aleja mucho de la posibilidad de un diálogo con ningún actor que no sea un leviatán económico: porque contra eso está pretendiendo compararse. Cuando el enemigo era Internet Explorer, si bien es cierto que Firefox funcionaba mejor, esa no era la razón por la que muchos defendíamos a Mozilla, sino su rol de cara al futuro de la web. Hoy, que no me consta que Chrome funcione mejor que Firefox (“mejor” es muy diferente a “se ven más rápidas algunas animaciones”), pareciera que “funcionar mejor” es la única métrica a revisar. Y no es así: eso, de hecho, está mal.

    Lo que sucede con Mozilla, entonces, es para preocuparse, porque me parece lo mismo que le pasa a muchos otros referentes de décadas anteriores. Y esto se resuelve con política antes que con software o dinero. Nuestras comunidades necesitan referentes, que tengan una visión política clara, que determinen las discusiones, y que marquen un rumbo: cualquier financiamiento y evaluación de iniciativas tiene que estar sometido a esa clase de parámetros. Necesitamos a nuestros referentes para poder guiar a las juventudes expectantes de participación en los cambios que les involucran: una guía absolutamente necesaria para que no suceda de nuevo lo que sucedió con Stallman (la brutal tergiversación de sus dichos por parte de medios financiados por enemigos del software libre, sin que haya una rotunda respuesta de referentes en su defensa). No pueden ser tan permeables a la influencia corporativa nuestras organizaciones políticas, y mientras eso siga sucediendo no hay debate sobre ningún software ni ningún dato que pueda protegernos de la próxima operación corporativa en detrimento de nuestros derechos. Necesitamos guías para la organización y la resistencia, mucho antes que financiamientos.

    Para cerrar, apenas una observación. Aquel post de Teller lo leí durante mi horario de almuerzo en mi trabajo, e intenté esbozar una respuesta rápida. Cuando intenté responderle en la sección de comentarios, sucedió que el blog utiliza Medium para gestionar comentarios; y si bien tengo una cuenta de medium (que si mal no recuerdo creé exclusivamente para responder a otro post de otros blog de un empleado de Mozilla), no recordaba mi contraseña. De modo que intenté recuperar mi contraseña, y dejé el asunto para otro momento. Dos días después, luego de reiterados intentos, Medium no me enviaba el link para recuperar mi contraseña. Por esta razón decidí utilizar algún login con servicio de terceros. Tengo una cuenta de Twitter, que nunca uso, de modo que elegí esa credencial; pero cuando fuí a loguearme, Twitter me dijo que Medium “necesitaba” acceder a datos privados, que no recuerdo cuales eran, pero que me escandalizaron; cosas como “mis mensajes privados”, o “mi lista de contactos”, o algo por el estilo, que de ninguna manera permití. Entonces probé loguearme con una cuenta de gmail, que tampoco uso salvo raras excepciones: y allí me ofreció dos links con políticas de privacidad y de recopilación de datos, que ya no leí y simplemente resigné. Para cuando hice eso, el post ya tenía edits vinculados a lo que yo iba a observar (aquello de “competir contra chrome”), por lo cuál tuve que modificar mi comentario. Pero como si todo esto fuera poco, cuando luego al otro día fuí a revisar si habían respondido a mi comentario, resulta que no aparece: publiqué mi comentario, pero evidentemente ha de estar shadowbaneado de alguna manera.

    Entonces: si para dialogar con alguien de Mozilla tengo que entrar a un blog hosteado en Github (Microsoft), poner mis datos a disposición de otro tercero (Medium), para encima tener que loguearme con credenciales de otro tercero más (Twitter o Google), y que encima todo eso pareciera haberme censurado… si en todo eso la gente de Mozilla no vé un problema político… en ese caso me temo que debemos preocuparnos por el estado de la política en nuestras organizaciones activistas.

Fucking Normies

| April 25th, 2020

    En casa vivimos con una gata. Se llama “Meli”, pero yo le digo Señora Gatita. Frecuentemente, la Señora Gatita me viene a despertar cuando es hora de levantarme a trabajar. Se sienta al lado mío en la cama, y me dice: “miau”. Si yo no le contesto, me toca en la frente o en el pecho con una patita, y me dice: “miau”. Es siempre el momento exacto en el que me tengo que levantar de la cama. Y entonces me levanto.

    Mi rutina entonces es bañarme, desayunar un café con algo, y salir hacia la oficina (hoy, en días de pandemia, la oficina cambió por el living). Mientras me estoy bañando, la Señora Gatita me espera en la puerta del baño. A veces me pide mimos cuando salgo, a veces no. Entonces ella, luego, espera un minuto a que me termine de vestir, y cuando bajo las escaleras para ir a desayunar ella me acompaña también por las escaleras. Mientras empiezo a tomar mi café, casi en sincronía, a ella se la puede escuchar tomando agua, al lado del mueble desayunador donde apoyo mi taza; a veces también aprovecha para comer algo. Después de eso, vuelve a dormir, acompañando a mi esposa, y yo me voy a trabajar.

    Jamás le enseñé (ni intenté siquiera) nada de eso; fue voluntad propia de la Señora Gatita implementar esa rutina.

    Y es una rutina mayormente felíz, excepto por los días feriados. La Señora Gatita no sabe lo que son los feriados. Y esos días me viene a despertar también. Pero esos días, cuando me dice “miau”, yo le contesto: “no”. Y ahí empiezan los problemas. A la Señora Gatita no le gusta eso. De repente empieza a decir “miau” más frecuentemente. Cambia el tono, dice otros miaus distintos. Me insiste con la patita: “¡Miau!” me dice fuerte, y abre los ojos bien abiertos. Camina por la cama, dá vueltas en el lugar, encorvada, y se la puede apreciar visiblemente estresada. No le gusta ni un poco lo que está pasando, es evidente. De modo que le hago unos mimos para que se tranquilice un poco, y después de un par de minutos se queda más tranquila, ronroneando, como si una crisis hubiera terminado y se diera permiso a descansar.

    Le conté esas cosas una vez a mi mamá. Me dijo que sí, que está al tanto de que los gatos hacen eso, y me contó entonces una historia propia. Hace ya algunos años, mi mamá tenía una gata, que se llamaba Os. Vivió como 20 años esa gata. Y mi mamá me cuenta que en un momento en el que mi abuelo todavía trabajaba, cercano a su jubilación, él se levantaba alrededor de las 4 de la mañana para llegar al trabajo. Y la gata, como en mi caso, lo iba a despertar todos los días a horario.

    Pero a veces mi mamá se despertaba porque escuchaba unos ruidos raros, unos golpes. Era un misterio, después de unos minutos desaparecían. Resulta que un día mi abuelo le hace un pedido a mi mamá: “decile a tu hija que los domingos y los feriados yo no trabajo”. Lo que sucedía, descubrió después mi mamá, era que mi abuelo dormía con la puerta de su habitación cerrada. Y todos los días, Os lo despertaba arañando suavemente la puerta; un ruido liviano fuera de la habitación de mi abuelo. Pero cuando él no atendía, la gata se ponía nerviosa, hasta que finalmente comenzaba a golpear la puerta de la pieza con su cabeza. Nuevamente, esa alteración de la rutina no era nada felíz para la gata, que insistía cada vez con más énfasis.

    Hace poco reflexionaba sobre esto, y sobre algunas cuestiones vinculadas a la identidad, el lenguaje, los sentimientos, y la verdad. Lo de siempre, bah. Y me interesó de estas escenas el siguiente detalle evidente: los gatos no entienden lo que es un feriado. No como nosotros, está claro; se podrán revisar las diferentes deficiones técnicas de “lenguaje” y “lengua”, dentro de las que seguramente alguna califica válida para los comportamientos animales, pero difícilmente estemos hablando de acepciones que lleven a un gato a entender “hoy es día no laboral” como nosotros lo conceptualizamos. Los hechos que yo describo me brindan la siguiente perspectiva: los gatos manejan cierto concepto de normalidad, aún sin nuestro sofisticado aparato conceptual, y no sólo eso sino que además parecen reaccionar con estrés a lo que se escapa de las normas que ellos mismos constituyen como tales (porque ni yo ni mi abuelo le enseñamos ni pretendimos jamás a esos gatos comportarse de esa manera: fueron ellos mismos siendo ellos mismos). ¿Y cómo hacen para llegar a la conclusión de “algo raro pasa”, sin palabras, sin conceptos cognoscibles?

    Esto me lleva a otra elucubración: la normalidad como sensación, sentimiento, sentido. Del mismo modo que escribí un libro planteando la verdad como sentido, donde especulaba que puede haber muchos otros sentidos poco ortodoxos (o, tal vez, no-canónicos), imagino que la Señora Gatita siente “lo normal”, y siente “lo anormal”, y ambas tienen un impacto importante en su proceso de toma de decisiones. Como sucede con la gente, diferentes contextos constituyen diferentes normalidades: mis horarios no son los mismos que los de mi abuelo, y tanto Os como la Señora Gatita se adecuaron sin dificultades que yo sepa. Y como también sucede con la gente, lo anormal parece ser estresante.

    Quizás sea un buen eje de estudio, para alguna que otra investigación o planteo. Como sea, comencé a tirar de ese hilito uno de estos tantos días en los que renegaba de cómo los cochinos normies están arruinando el mundo, “cómo podía ser”, y qué se podía hacer para lidiar con ellos. Eso, en sintonía con otras reflexiones (en las que reniego de las culturas del cambio constante o la innovación, o bien reivindico la tradición y el conservadurismo), me lleva hacia la intuición de que, tal vez, la normalidad pueda no estar siendo contemplada en todas sus dimensiones humanas.

    2019 was a dark year for Free Software. Its enemies grow stronger every day, the once clear lines that show where are its allies are slowly begin to blur, but more importantly (and tragically), its leaders are falling from grace. And all of this is happening even when GNU/Linux is running everywhere, being used more than ever, and monsters of old like Windows or MS Office are suffering the rapid loss of relevance in the IT world. Their souls somehow manage to flee from their rotting carcasses and into their enemies bodies, and so today we have RedHat as a little software toy for IBM, while Mozilla keeps on losing user base behaving like if it were a for-profit company and Canonical keeps on working closely with Microsoft from years now. That list of fallen champions is long, and techrights is full of data about it. Yet, 2019 marks the year even our institutions are crumbling, with a quiet and polite Trovalds getting older faster than ever, and Stallman socially cancelled and out of its chair: not even the Linux Foundation or the Free Software Foundation are safe places for us anymore.

    Many of us don’t know what to do about it, and so we struggle in uncertainty to find some solid ground where to take a breathe and think calmly for a moment about the future. But it all feels like quicksands everywhere, and standing still feels as dangerous as moving.

    However, if one takes some distance from all the mess, this is actually some kind of worldwide trend about mostly anything you can imagine. The world itself is in crisis, and in every sphere of human praxis we walk between ghosts of the past and shadows of a gloomy future. It doesn’t matter if you’re a physics theorist or a plumber, you most likely gonna deal with the current crappy state of affairs around you: be it financial, sociologial, environmental, or any other kind. Few things are really ok this days.

    There are several reasons why I start by saying all this. The first one that comes to mind: this is pandemic, and not really anybody’s fault (in the sense that is bigger than ANY of us). We’re just people, doing people stuff, and shit happens to us. Nobody of us has all the variables in its mind, or have all the time in the world to think about every move. That’s how life works, and what we do about it is keep on going: as simple and as difficult as that. So, in a way, we also know what to do with our loved movement, with or without the FSF, RMS, or whatever we decide to use tomorrow to mark the path.

    But there’s another, more important reason to bring all that up. Last days, there were two guest articles published in techrights (“Plans that worked“, by figosdev, and “FSM out of the box“, by Jagadees) which I want to add a few things in response. And what I want to add is some political aspects of the Free Software movement for us all to discuss. Yet, I don’t want a point by point response, but a more conceptual one. I would like to give some perspective about the future of Free Software, from a political point of view. And that’s where the rest of the world comes in.

    See, discussions about Free Software usually go over either technical aspects of software, technical aspects of FSF’s four freedoms, or technical aspects of licensing. Obviously those issues are tightly coupled themselves, and so it’s expected to happen. And I believe Jagadees was right when she/he said “we have to think from a user’s rights perspective and mobilise users of Free software”. However, I also believe she/he was wrong about the characterization of users rights, and I’m actually against her/his claim of “no need for new laws or regulations”. It’s important to explain why. And for that I’m gonna take a few detours. But we’ll be back on track later, I promise.

    As said before, there’s crisis everywhere. The world is a mess. The status quo is crumbling no matter where you look at, and so everybody embraces their ideologies of old as lifeguard rafts in the middle of the ocean. So much is like that that even capitalism itself is taking lots of punches lately, and suddenly we have the ghost of socialism floating around the cities of even the most powerful countries in the world, as if the cold war had never truly ended. Some see this ghost as China and Rusia gets stronger and smarter, but others as capitalism grows tiresome day after day for whatever the reason. Seems that having no alternative system is not really helping to get any peace anywhere. And when somebody brings that up, with all the problems it carries, from the left or from the right there’s always some people happy to tell you with a smug and disapproval face: “It’s the economy, stupid”.

    Here’s my answer to that people: “tell that to Chile”. Go on, take a look at what’s happening there, in that capitalist oasis created in the 80’s as example for the world. Their economy is great: at least from the macro indicators. And yet, 1.5 millon people go to the streets in a country of 15 million, because “fuck that, life sucks anyway, we had enough of this”. Leftist people tends to celebrate what’s happening in Chile this days. Then’s when I also say this: “tell that to Bolivia”, where they live the most groundbreaking economical achivements of their history, with non-interrupted growth for more than a decade, and all that under a socialist flag. Yet, no matter how prosperous it may be its economy or social investment, Bolivia falls under a coup like nothing, and hateful people fills the streets in a maniac racist and anticomunist spree. Then all stop smiling, and we can say: take a look at Brazil, what they did with the former presidents and what they have now; the same stuff was done in Paraguay years before. Take a look at Colombia, Nicaragua, Guatemala. Go check it out. Remember Maduro and Venezuela? Remember their imminent fall, with the US and the EU and the UN against them? They’re still there, while others have fallen. Try to explain what’s happening with your old-school economical tricks. Then you may say “well, that’s LATAM, that’s how third world works”. But if you go take a look at France, you find her full of conflict. Take a look at England, with all their brexit crap. Take a look at the extreme right-wing movements growing in France, Italy, Spain, or even the very taboo Germany. Is that the third world? And they’re not even the ones with their ex-reality-show-runner president ruling from Twitter like if the world were some kind of videogame! Have you not seen those videos of the skinny polar bears? Even the artics are a mess. And please, PLEASE, I beg you, let’s just not go to the Middle East or Africa…

    My answer to that people is quite simple: “no, it’s politics, you god damn insensible brute”. It was never about any technical issue: not economical, not ideological, not sociological, not religious. It’s always a mix of it all, and much more than that. It involves everything that has remotely to do with people interacting with each other; which is the very basic definition of “politics”. Unless you’re nomad somehow, you live somewhere, and so even if you fart is a political issue. Hell… you’ll have that problem even if you’re not living anywhere! And that’s how modern life works. Whatever you do, the other is the limit. Which is a VERY problematic limit, as everyone is different; and we already tried all the tricks in the book to try to generalize people, without success.

    Modern life also had to deal with its own inherited crap from ages before her. The discourse of method is one of those things. See, if you take a look around, everybody seems to be looking for a definitive way to mine some truth from reality that help them keep their sanity. Since Science was invented, everybody wanted a piece of its security and reliability. But that kind of truth is also what gives people faith, hope, and direction in life, so Science is really sexy. And so we HATE SO MUCH lies and being wrong in modern life: it make us feel powerless fools. However, modern life has lots of proven wrong ideas. Science itself has its own share of big bad crimes, and with all our achievements we’re still trying to figure out how to deal with each others. And guess what: there was no ultimate method for anything.

    Ideologies are probably nothing but that: another instance of science ideals taken too far, mixed up with that old need of controlling others. They (the ideologies) are of course part of the problem. Yet their role of explaining how we should behave make them special. Today, we cannot escape to think if this or that is “good for the market”, or “good for the people”, or “good for the nation”, as if those where crucial parameters. And we’re now stuck in that when we think about society.

    But enough random ramblings, let’s take from that and go back to Free Software. I remember once RMS saying that people usually asked him if Free Software movement were about left-wing or right-wing politics. And he answered this: “it actually has things of both”. Which is weird to think about in a polarized world. Yet, he was a weird man with weird ideas. In that same meeting, he explained to all of us present that our country (Argentina) was wrong about using a single unique ID for all of their citizens (“DNI”, “Documento Nacional de Identidad”, “National Identity Document”). It was really weird, as I used my DNI for my whole life, and none of us could imagine a life without it. Then he told us, whithout us asking: “I know for a fact it’s not necessary to have a single unique ID, because I come from a country that doesn’t have such thing: we use many IDs”. He explained us that the DNI was a tool that gave too much power to the state over us, which is a wrong thing in itself.

    And that was unexpected: we were suddenly talking about the power we give to the state, in a meeting where everybody was asking if this or that distro was ok to use, or if this other software was good or bad. It wasn’t unexpected for my friends and I, as we were from an humanistic university and politics is very much what we deal with every day: but for other lots of people it was strange. RMS always knew, and obviously still knows, that Free Software Movement is a political movement before any other characteristic. And yet, even when my friends and I were no stranges to political debate, RMS words were still weird, and even kinda silly: he was trying to address Software Freedoms in the Universal Declaration of Human Rights, which by us was too much and actually ridiculous.

    That was about 2009, maybe 2010. I myself always had all sorts of ridiculous political ideas, so I didn’t cared too much about that. But others did, and finding something ridiculous was important for them: they considered their activism a very serious thing, and so didn’t wanted to be looked at as silly crazy people. That alone caused distance from FSM and other movements there. Can you imagine trying to explain the importance of Free Software to people fighting against local hunger? We’re talking about a target people with barely access to clothes. And even speak to them about Human Rights from Free Software? Trust me, the polite ones just smile a little in disbelief and just walk away.

    A decade later, the world is full of noise. Bad noise. And Stallman “silliness” is no longer funny. And so this decade finds us troubled about the future of FSM and what to do about it. Jagadees tells us to focus in users rights, and I fully agree. But there’s a problem: that “rights” thing… I don’t think that word means what you think it means, Jagadees. See, there are big operational differences between “freedoms” and “rights”: freedoms are practiced, while rights are enforced. And in modern life, the enforcers of rights are the States, and they do that by the body of local and international law. You don’t have any “right” regarding the four freedoms whithout the GPL working as expected; which is by itself also kind of a response to figosdev.

    Rights are not the same as Freedoms. They may look alike, but they’re not the same. Here in LATAM we know the difference very well, as a result of our XX century history. Here, “freedom” means “free market”, and we have learned to hate that word. “Freedom” is written with glowing ink in the banners of neoliberalism militants here. Shitty people use that word here to justify hunger policies. That alone should be enough, but sadly is not all. Freedom’s also the very slogan of the other side of that coin: the guerrilla. All LATAM had their freedom fighters, battling oppression with militaristic tactics. I don’t exaggerate when I say “freedom” here may mean sorrow and despair. For us, the feeling over that word is the same as the one with any other lie in modern life: it makes us feel powerless and fools. And so we also have this tendency to give the state more power, so it can enforce our rights over the freedom of the people much more powerful than us. We don’t want freedoms, we want rights.

    The State is our modern tool for real power. Neoliberalists say that’s the root of all of our problems, and we (as in “me”) anti-neoliberalism say otherwise. Those are two poles of an unsolved worldwide debate. One of several, but a very heated and central one today. And the very concept of “rights” is in the middle of it. But it wasn’t always about neoliberalism. Before it, “rights vs freedom” was in the very core of the cold war, and even before there were just two poles but three: fascism was also an option during WW2, and people discussed the same thing. XX century was a giant struggle about human nature that we’re still dealing with. The Universal Declaration of Human Rights came out of it, but just after two nuclear bombs, and not before. So, the only true certainty we’ve found so far is that any spark can spread a global fire, and so we beter handle politics with care: but other than that we’re kinda left to our instincts.

    There’s a great conceptualization of it all in the videogame Civilization V. There, when you reach modernity, you are forced to choose (sic) one of three ideologies, all of which affect your game. But the ideologies doesn’t have the same name we know for them in the XX century: they’re called “Freedom” (for Capitalism), “Order” (for Socialism/Communism), and “Autocracy” (for Fascism). I’ve found this conceptualization to be amazingly helpful to explain many things on politics history, without having to end on the question of who was right or wrong. And I’ll make a little change to it: instead of “autocracy”, I’ll use the word “autonomy”.

    See, as I’m telling you about our local sensibility to the idea of “freedom”, other cultures have their own sensibilities, and so their different priorities. Today fascism is a bad word, but the idea of having autonomy is not. In the same way, if you say “capitalism” or “communism”, it will most likely trigger somebody: but if you change it for “freedom” or “order”, it reeeeealy make things smoother to talk about.

    As I was telling figosdev in a comment to his article, I believe Free Software Movement is entering the main stage of world politics, as other movements have done before: gender, race, environmentalism, animal rights, etc. And so FSM deals now with this kind of very, very complex issues: they’re, at the same time, historical, political, and philosophical issues, all mixed together. Then add local culture to that and see what happens. That’s where words matters.

    So back to Free Software, the whole systemd debate, for example, calls for an autonomy question, much more than order (as systemd and the distros has their rules of govern and core principles working fine) or freedom (which is the very deal FSF and RMS are failing to address on systemd, given that “is free software, and so is ethical”). Or the old “freedom” issue regarding what can and cannot be done with software: “if I’m forced to share my modified code, how’s that freedom?”; some acceptions of the concept may not be compatible with others, and it has very much to do with your political priorities (market economy over or under social development economy). And ethics is made of those not-so-solid principles.

    And here we get to the point where it all crosses with science. That “truth method” thing… that’s not how society, and thus politics, works. We’re sick (as in disease) with the idea of knowing the very true concept behind what’s going on, and that’s how we turn everything ethical into ideological. “Systemd is an attack on user freedoms!”, we say. Well… maybe. I personally hate the systemd ecosystem. But if asked politically about it, I would answer the same RMS aswered about “left or right”: “it’s a little bit of both”. It depends of how you look at it.

    Going on with this ideological “left or right” metaphor, I also look at systemd with the autonomy and order lenses, not just the freedom one. Thus, I hate it, but also can’t blame FSF or RMS for not bashing it, as they’re freedom people. This is important for the figosdev article. She/He also is a freedom person, but she/he hates systemd, and so she/he makes systemd a freedom afair: that makes her/him clash with the FSF, with the question “who’s really protecting freedom”; which in reality means “what does freedom really means”, and it’s the very thing I question in this article.

    Politics works different from idealized science. The latter is supposed to give you the tools to understand the universe and predict it, with the collateral damage of implying that anybody doing absolutely anything other than what’s in the theory is an ignorant fool or just a bad person (even NON-person). That’s clearly a proven idealization, used in practice to turn scientific discourse into political power. Yet, science (as well as other powers, as the one of the state and the one of the market) had to be put eventually on a leash in XX century, and that leash was called Human Rights. Why then there’s still ideological debates working the same way, as if “the true truth” about people were already there and anybody denying it is an enemy? That’s the ideological dynamics, and also what happens with most of our political discussions. That leads to internal struggle and fracture, which our true enemies (and they DO exist) feast on.

    Other movements, like gender or race, have learned to convive with different strategies (and thus different ethics), making a huge heterogeneous movement with real and transforming power. Today we all have to watch our words before talking publicly about gender or race, and feel the constant shift of our race and gender privileges. Knowing that this is an annoying issue for many, let me clarify: I’m not saying that’s neccesary a good thing, but a REAL thing. That’s real political power, which is something FSM needs in order to operate (much more than money, as figosdev’s “show me results” claim), and so we should take a look at how those movements achieved that.

    But then, there’s Jagadees calling for politics perspective in FSM, paying attention to users rights, but also telling us “we don’t need more regulation”. Careful there: there’s hardly any freedom without regulation. Many freedoms are just contextual stuff you can do because nobody’s watching you do it (like copying and cracking privative software), but that’s hardly a right in itself. A software user is subject of rights over that software (and viceversa) just as there are laws and regulation about it (like the licenses). Rights are not about doing it when nobody’s looking at you, but exactly the opposite: rights play a role when anybody can watch you do it (spacially when the state watches it). And many, many rights, as well as freedoms, may and do conflict with each other, so there’s always political struggle around them (that’s for you, figosdev).

    You Jagadees say “the laws of software freedom are already there”, but you’re wrong about that. First of all, there are many new laws constantly appearing because society changes, and you’re wrong if you think current conceptual tools to handle software freedom are going to be all-terrain and forever. That’s one thing. But also, what you have is principles, and laws are a different thing entirely. Scientific laws are absolute explanations of how reality works, unbreakable no matter what you think about them, and may only change when there are proven exceptions to it. Their role is to be the foundation for present and future techonological development. Society laws are what the states can enforce over people, and thus what people can ask the states to enforce. Their role is to be the foundation for present and future social development. None of that is what software freedom has.

    Yet, it’s close to it. It has the GPL, and other licenses, which operates under the social law. It has the four freedoms, which operates as theorical principles for explaining a possible stable relationship with a whole deal of different social and technical software phenomenons. However, if you take a look at figosdev’s article, you can see all those tools are being debated as insufficient or even outdated, in the face of what changing reality and society has to say about software freedom.

    Also, you Jagadees say “they are not building their own ethical energy companies or ethical drug companies or teaching people how to make drugs: they are politically acting for the system to change; that is the human way to do things”. But you’re missing the point that, preciselly, that very political acting changes society by new regulations, and also they actually DO create their own ethical energy companies and drug companies. Here in Argentina we have laws forcing medics to proscribe the generic drug name (and not some laboratory commercial brand name for a drug), so people can access more economic drugs made by local laboratories without having to learn either medicine or chemistry for that. And I myself studied robotics in a public and free (as in “free beer”) institution where they also teach “alternate energy” as a technical field: both things possible because of our public health and education state policies and laws, wich are the proud result of generations of people fighting for their rights against all kind of powers.

    I believe both of you are missing something. You’re both dealing, in your very own way, with how to deal with people’s rights, which ultimately brings core ethical problems about what it means to be human. You’re no fools in this, as (and I believe I’ve said enough about that) the whole world deals with those questions since no less than 150 years ago. You’re both living the right ideas for the right age. But I believe your relationship with the idea of freedom is constantly getting in the way. I feel this because of my experience with RMS, by which I can tell now he didn’t missed it a whole decade ago: the Universal Declaration of Human Rights.

    You see, Human Rights refer to the very human condition. It is so much like that, that even states or the very Science itself are politically forced to lower their eyes and say “yes sir, sorry sir” under the presence of human rights, or they’re otherwise criminals. Rights are about enforcement. But also, about what it means to be human. If you take a look at the UDoHR, you’ll find there many capitalist things like right to commerce, but also many socialist things like right to having a house or education or healthcare. As RMS said about FMS: “a little bit of both”. Because they were exactly about trying to deal with the human condition with something better than nuclear bombs (and please take note: that’s not an exaggeration). The world was in a mess objectively without precedent. And thus everybody agreed the response had to be political, because anything else is worst.

    Human Rights are constantly violated everywhere. But that’s also true with any other social law. It’s not about being unbreakable, but about what you can reclaim to a legit greater power in case of it being broken. And that’s not what the four freedoms do (but maybe the GPL).

    Jagadees calls for users rights. I’ve already argued there’s not such thing other than the licences. In fact, when the case appears, it’s usually stated as CONSUMMER rights, and not “user”. But Human Rights also cover a huge deal of mixed situations the four freedoms can’t address by themselves. For example, the whole systemd debate, as well as many other situations in the IT field, could be very well analized under the lenses of LABOR rights. Think about the consecuences over our day to day labor basis of those constant programmed obsolescence and forced corporate changes in software: we deal with them by constantly being learning in order to be up to date and keep doing our jobs (which we do because we’re workers and not because we can happily choose any other life whenever we like) by using our non-work-related time that then we don’t use to be with our families or for whatever other reasons. That’s close to a form of slavery, and it’s very much pushed through our throats by force. How many changes were the last decade on web development, even when 15 years old tech keeps working fine but newer tech doesn’t work well on older hardware? That’s not “progress”. How is it that some enterprises can push the idea of dropping x86 support because “is old”, yet we have entire countries (like mine) full of x86 hardware working great? We suddenly have to change our working tools, because somebody else and completely out of any regulation says so. Don’t we IT workers have anything to say in those kind of affairs?

    Of course we do. We actually do speak about it. But the legal, ethical, historical, and social context for justifying our words rarely is the UDoHR. The debates usually goes from ideological points of view such as “innovation” vs “legacy”, “conservatism” vs “vanguard”, defenders of X technical principle/dogma versus Y other (which could be stuff like object oriented vs functional), and technical stuff like that. Last time I’ve tried to debate an unnecesary change in software methodology and tools in my work, when I tried to explain the importance of being conservative in the tech we use, a guy with about 15 years less than me tried to argue about the importance of pure functions. That’s just too much distance between the two discourses. Linus ranted about quality, but he also had strong position on backwards compatibility and encapsulation (“we don’t break userspace”), two positions that could very well be called “conservative”. What would happen with linux kernel without that conservatism in place? What could the 4 freedoms do to protect us from the nasty consequences of such scenario, if such consequences are still GPL valid? What would our peers say about the technical change in favor of something newer? Well… labor rights may very well have a lot so say about such scenarios. But labor rights are very rarely related to software freedom in FSM debates I read of, and I find it symptomatic of ideological perspectives.

    We all know about the question over “what software runs this medical device inside my body”. But the question usually goes over “is it hackable?” or something like that. That’s again some technical (important) detail, that FSM rethoric focus on defending the four freedoms (access to code over security by obscurity) instead of health rights. Also, I don’t want to constantly update my peacemaker: I want it to do what it does fine and that’s it, stop screwing around with it. On health rights terms, it could be forced to be auditable by regulated people, and having strict control over its ways of handling security. The four freedoms doesn’t give you that, and even let the door open for “innovation”.

    The right to repair is another common case: if you use non-gpl software, or IP protected hardware, what good are the four freedoms? We need stronger tools than that. Tools that goes beyond the internal structure of free software, and into society itself: something RMS always had in mind.

    So, there are many examples of how Human Rights deal with software, and I believe this article to be long enough already to be speaking about it anymore. I’d like to close this by another political comparison, that I very much fear is happening right now: I don’t like when I see people using their ethical principles as social or objective truths. That’s what I constantly see doing on politics, both from the left or the right, when dealing with social problems. The constant battle between antagonic ideas or interpretations as if they were any other thing than that (ideas and interpretations) are NOT making anything better anywhere. I call for some focus shifts. First, we have to learn what to do with antagonic discourse. On the other side may be pieces of shit like Microsoft, but also sensible people with legit interpretations of legit concerns (like the whole DRM and Mozilla case, which I’ve always found much less worrisome than their incursion in the Apple ecosystem and haven’t seen as much as outcry for that). But we also have to let go the 4 freedoms and the FSF as if they were any other things than good ideas (but a church). We need to build real political power, and that’s messy: it doesn’t means to sell our souls, but it does means to deny any absolute truth and focus more on the situational friend or foe that doesn’t have to be forever in the same place. And, as reality may very well be showing us from some time to now, that should apply even for our greatest ideas, symbols, and champions. So, for starters, I call for a revision of what we’re talking about when we say “freedom” and “rights”.

Lógicas del sentido

| November 25th, 2019

    Por cuestiones de fuerza mayor, me encontré revisando cuadernos de mis cursadas de Letras, hace más de 10 años atrás. Entre las muchas cosas que encontré, me tope con esta página de notas personales, que me puso muy contento el haber releido:

    ¿Hay chances de armar una gramática formal ad-hoc, en tiempo real, por discurso?

    Sería más bien una tecnología del discurso, como producto grágico/material de una serie de procesos analíticos.

    Analizar sintácticamente con múltiples modelos y generar graduaciones relacionales entre planos autónomos de análisis; cada modelo, un plano.
    Este resultado sería estructural siempre, y único en cada discurso.
    Permitiría abarcar la variabilidad del lenguaje.

    Hay, por ejemplo, condiciones funcionales, jerarquías estructurales, efectos posibles, prototipicidades, leyes de-facto, etc; todos esos son elementos de la unidad mínima del significado.

    La unidad es compleja; relacional, multidimensional, funcional, y contingente.
    Esta unidad sería objeto condicional de diferentes procesos.

    No quiero buscar normalidad; necesito trabajar lo posible.


    Ojo al efecto de ver “así algo”; se entiende “algo así” aún antes de leerlo. Se reconocen formas grupales.


    Adecuación de la gramática al sujeto, y no al revés.
    La unidad no se ubica: se construye. No es un investigador, sino un constructor de efectos. La condición es el efecto.

Acerca del análisis del poder

| September 24th, 2019

Después de muchas páginas explicando detalles históricos del poder pastoral y los conflictos que se generaron a su alrededor, Foucault explica lo siguiente:

(…)

    Menciono todo esto para decirles que, a mi juicio, en el desarollo de los movimientos de contraconducta a lo largo de la Edad Media, podemos encontrar cinco temas fundamentales, que son el tema de la escatología, el tema de la Escritura, el tema de la mística, el tema de la comunidad, y el tema de la ascesis. Es decir que el cristianismo, en su organización pastoral real, no es una religión ascética, no es una religión de la comunidad, de la mística, de la Escritura, y por supuesto tampoco de la escatología. Es la primera razón por la que me interesaba hablarles de todo eso.

    La segunda es que quería mostrarles, también, que esos temas que fueron los elementos fundamentales en las contraconductas no son en líneas generales, desde luego, exteriores al cristianismo; se tratan de elementos fronterizos, por decirlo así, que no dejaron de ser reutilizados, reimplantados, retomados en uno u otro sentido. La Iglesia misma retomó de manera incesante elementos como, por ejemplo, la mística, la escatología, o la búsqueda de la comunidad. El hecho aparecerá con mucha claridad en los diglos XV y XVI, cuando la Iglesia, amenazada por todos esos movimientos de contraconducta, intente hacerlos suyos y aclimatarlos en su seno, hasta que se produzca la gran separación, la gran división entre las iglesias protestantes que, en el fondo, han de elegir un modo determinado de reinsención de esas contraconductas, y la Iglesia Católica, que por su parte tratará, mediante la contrareforma, de reutilizarlas y reincorporarlas a su sistema. Ése es el segundo punto. La lucha, entonces, no adopta la forma de la exterioridad absoluta, sino de la utilización permanente de elementos tácticos que son pertinentes en el combate antipastoral, toda vez que forman parte, de una manera incluso marginal, del horizonte general del cristianismo.

    Tercero y último, quería insistir en estos asuntos para procurar mostrarles que, si tomé ese punto de vista del poder pastoral, lo hice, claro está, para intentar recuperar los trasfondos y los segundos planos de la gubernamentalidad que va a desarrollarse a partir del siglo XVI. Y también para mostrarles que el problema no es en modo alguno hacer algo así como la historia endógena de un poder que presuntamente se desarrolla a partir de sí mismo en una especie de locura paraóica y narcisista, y señalar en cambio que el punto de vista del poder es una manera de poner de relieve relaciones inteligibles entre elementos que son exteriores unos a otros. El problema, en el fondo, es saber cómo y por qué problemas políticos o económicos como los que se plantearon en la Edad Media, por ejemplo, los movimientos de rebelión urbana, los movimientos de revuelta campesina, los conflictos entre feudalismo y burguesía mercantil, se tradujeron en una serie de temas, formas religiosas, preocupaciones religiosas, que culminarían en la explosión de la Reforma, la gran crisis religiosa del siglo XVI. Creo que si el problema del pastorado, del poder pastoral, de sus estructuras, no se considera como bisagra de esos diferentes elementos exteriores entre sí — Las crisis económicas por un lado y los temas religiosos por otro –, si no tomamos esto como campo de inteligibilidad, como principio de puesta en relación, como operador de intercambio entre unos y otros, nos veremos obligados a volver a las viejas concepciones de la ideología: decir que las aspiraciones de un grupo, una clase, etc., se traducen, se reflejan, se expresan en una creencia religiosa. El punto de vista del poder pastoral, el punto de vista de todo este análisis de las estructuras del poder, permite, a mi entender, retomar las cosas y analizarlas ya no en forma de reflejo y transcipción, sino de estrategias y tácticas.

    Si insistí en esos elementos tácticos que dieron formas precisas y recurrentes a las insumisiones pastorales, no fue en absoluto para sugerir que se trata de luchas internas, contradicciones endógenas, un poder pastoral que se devora a sí mismo o se tropieza en su funcionamiento con sus límites y barreras. Lo hice para identificar “las entradas”: puntos a través de los cuales procesos, conflictos, transformaciones, que quizás conciernan al estatus de las mujeres, el desarrollo de una economía mercantil, la desconexión entre el desarrollo de la economía urbana y la economía rural, la elevación o la desaparición de la renta feudal, el estatus de los asalariados urbanos, la extensión de la alfabetización, puntos por donde fenómenos como estos pueden entrar al campo del ejercicio del pastorado, no para transcribirse, traducirse, reflejarse en él, sino para efectuar divisiones, valorizaciones, descalificaciones, rehabilitaciones, redistribuciones, de todo tipo. En vez de decir: “cada clase o grupo o fuerza social tiene su ideología que permite traducier en la teoría sus aspiraciones, aspiraciones e ideología de las cuales se deducen reordenamientos institucionales que corresponden a las ideologías y satisfarán las aspiraciones”, habría que decir: “toda transformación que modifica las relaciones de fuerza entre comunidades o grupos, todo conflicto que los enfrenta o los lleva a rivalizar, exige la utilización de tácticas que permitan modificar las relaciones de poder, así como la puesta en juego de elementos teóricos que justifiquen moralmente o funden de manera racional esas tácticas”.

(…)

Michel Foucalut, en Seguridad, territorio, y población, página 259 (129 del PDF).

La manera de tomar distancia

| September 3rd, 2019

    (…)

    Un método como este consiste en buscar detrás de la institución para tratar de encontrar, no sólo detrás de ella sino en términos más globales, lo que podemos denominar una tecnología de poder. Por eso mismo, este método permite sustituir el análisis genético por filiación por un análisis genealógico — no hay que confundir la génesis y la filiación con la genealogía — que reconstituye toda una red de alianzas, comunicaciones, puntos de apoyo. Por lo tanto, primer método: salir de la institución para sustituirla por el punto de vista global de la tecnología de poder.

    En segundo lugar, segundo desfase, segundo paso al exterior, con respecto a la función. Tomemos, por ejemplo, el caso de la prisión. Es posible, por supuesto, analizarla a partir de las funciones descontadas, las funciones que fueron definidas como ideales de prisión, la manera óptima de ejercerlas — cosa que, a grandes rasgos, hizo Bentham en su Panóptico –, y luego, a partir de allí, ver cuáles fueron las funciones realmente desempeñadas por aquélla y establecer desde una perspectiva histórica un balance funcional de los más y los menos o, en todo caso, de las aspiraciones y los logros concretos. Pero al estudiar la prisión por intermedio de las disciplinas, la cuestión pasaba por saltear o, mejor, pasar al exterior con respecto a ese punto de vista funcional y resituar la prisión en una economía general de poder. Y entonces, de resultas, se advierte que la historia real de la prisión no está, sin duda, gobernada por los éxitos y los fracasos de su funcionalidad, sino que se inscribe, de hecho, en estrategias y tácticas que se apoyan incluso en sus propios déficits funcionales. Por lo tanto: sustituir el punto de vista interior de la función por el punto de vista exterior de las estrategias y tácticas.

    Por último, tercer descentramiento, tercer paso al exterior, el que se da con respecto al objeto. Tomar el punto de vista de las disciplinas significaba negarse a aceptar un objeto prefabricado, se tratase de la enfermedad mental, la delincuencia o la sexualidad. Era negarse a medir las instituciones, las prácticas y los saberes con la vara en la norma de ese objeto dado de antemano. La tarea consistía, por el contrario, en captar el movimiento por el cuál se constituía, a través de esas tecnologías móviles, un campo de verdad con objetos de saber. Puede decirse sin duda que la locura “no existe”, pero eso no quiere decir que no sea nada. Se trataba, en suma, de hacer lo inverso a lo que la fenomenología nos había enseñado a decir y pensar, una fenomenología que en líneas generales decía lo siguiente: la locura existe, lo cuál no quiere decir que sea algo.

    En síntesis, el punto de vista adoptado en todos esos estudios consistía en tratar de extraer las relaciones de poder de la institución, para analizarlas desde la perspectiva de las tecnologías, extraerlas también de la función para retomarlas en un análisis estratégico y liberarlas del privilegio del objeto para intentar resituarlas desde el punto de vista de la constitución de los campos, dominios, y objetos de saber.

    (…)

    Podría ser que la generalidad extra institucional, la generalidad no funcional, la generalidad no objetiva a la cuál llegan los análisis de los que recién les hablaba, nos pusiera en presencia de la institución totalizadora el Estado.

    (…)

Michel Foucalut, en Seguridad, territorio, y población.

    Dr. Roy Schestowitz is the runner of TechRights, one of the sites I have linked in my blog and that I recommend to everyone. I have a very high respect for his work. But this doesn’t means that I always agree with him. Last days there was a few posts regarding Codes of Conduct (CoC) being pushed by corporate people on Free Software activities. A few days ago I was asking in a comment for the CoCs itself, which weren’t in the posts. And today Roy posted this: http://techrights.org/2019/06/15/jeremy-sands-and-imposed-coc/

    So, I don’t like what I’m reading there. And I don’t believe this is good for Free Software. Let me explain myself with a response to that post.


    (…)

    How can I possibly guarantee you one third of anything, gender, color, nationality, religion, whatever shallow collectivist thing you’re fixated on when I select the talks blindly based upon merit.

    (…)

    Well… that’s pretty easy to answer: you change the way you select the talks.

    Is that it? That’s the whole deal? No, really… is it? Is it just conservatism and/or inability to recognize other people’s values and force?

    There is a debate about freedom on imposed CoCs. That’s fair. But that’s very different from “HOW AM I GONNA GUARANTEE YOUR FIXATION IN MY EVENT”. That “fixation” or “shallow collectivist” is pretty much what we do when we go anywhere talking about free software. It’s a very important thing to respect, and if we call it “fixation” or “shallow collectivist” then we’re hypocrites. Other people’s values MUST NOT give us a crap, or we’re hypocrites: because we take our values very seriously. We would walk anywhere, anytime, calling for free software based infraestructure in whatever event we may be called on, and then refuse to participate otherwise. That’s exactly what this guy is dealing with here, but with other values. He doesn’t like it, and that’s ok. So? Much more than “the problem of CoCs“, all I see here is “why the hell is this guy running a political event“.

    I say it again: Free Software is a political movement. Free Software conventions are political events. Those have political problems. And political problems have a great deal of conjunctural issues. Today is women, tomorrow will be another. We’ll be always dealing with that kind of issues, because that’s what we do. We’re technical people, ok: but we talk about technical issues in their relation with Human Rights and ethical principles. Which always bring problems with Human Rights and ethical principles. If you don’t like that, then it’s you who’s claiming for a safe place, and hence a CoC. “Don’t be an asshole” is a CoC, one that very much any person who likes to be an asshole will say a lot of crap about.

     (…)

     For me what was insightful was the one time when the rubber really met the road. when it comes to Codes of Conduct. And there are no winners in this story. There are only losers.

     (…)

    There’s this problem with what this guy’s saying: it’s all about money. The problem were the sponsors, and not the people. So, the problem is where the hell do you get the money for such an event. And guess what: the people with the money has conditions. OH MY GOD, THAT’S SHOCKING!

    We all have that problem. That’s why we go to work in the first time, every day, forcibly, in order to not die. And, yes, that’s corporate power. But then again, where does our money coming from is about being a political movement. We’re not on OSI’s side of the problem, but on FSF’s. If this were about “OSI planet”, nobody would care less about corporate influence, because is a declarated corporate environment created for taking distance from the FSF and doing business.

    Yet again, looking at the SELF website I can see this other thing: https://web.archive.org/web/20190427042315/https://southeastlinuxfest.org/?page_id=774

     The SouthEast LinuxFest is a community event for anyone who wants to learn more about Linux and Open Source Software. It is part educational conference and part social gathering. Like Linux itself, it is shared with attendees of all skill levels to communicate tips and ideas, and to benefit all who use Linux and Open Source Software. SELF is the place to learn, to make new friends, to network with new business partners, and most importantly, to have fun!

    See that? “Linux” and “Open Source Software”. “To network with new business partners”. No FSF, no political agenda, just “having fun!”.

    Is no surprise that, later, he says also this:

     (…)

     JS: Shocking. Somebody who claims to care about others really only cares about themselves. Sounds like they would make a great politician. (…) I felt he was duplicitous in the nature of his actions versus his proclaimed beliefs.

     (…)

    So, this person is picky about other people’s hypocrisy, and calls that “political”, but has no problem in dodging the issue of the political background behind the event itself, the political dynamics of the mixed communities involved (FSF vs OSI, in the current context of gender and women issues prime time), and from where does it gets money from, like this all were some kind of “common sense” and not complicated issues. Later on he says “I never thought about that” when dealing with gender and ethnics issues, but clarifying that he also doesn’t recognize other people’s terminology. He plays a victim role here, when he has plenty of agency: he just refuses to acknowledge it. The problem here is not about CoC, but about politization. It’s even later explicily stated in this:

    (…)

     And I would like to say that I hope this is the first, last, and only time that I have to be political in the context of this event and organizing it.

     (…)

    It’s the old “let’s not get political and have fun” pop culture in action, which does so well between technical circles (and not just IT). It’s overloaded, everywhere, with people trying to escape from politics by focusing on technical aspects of stuff. “This is about X, not politics”. That’s hypocrital crap most of the time, but absolutely out of place when you talk about free software. And I find it a serious problem between my peers. Let’s just ignore for a second the corporate world, which on-purpose install this anti-political agenda; as politics is causing a lot of anxiety and anger around the globe, people try to reach the things they love and make them feel most secure as if those things were not also political, as if those things were an anchor to a better an safer place. Is not new. And is a huge mistake in rationale, that corporate world knows how to exploit.

    Which bring us to this:

     (…)

     Here’s my real life code of conduct conclusions. The rules aren’t nearly as important as the people in charge of enforcing them. Bad behavior is already illegal. Serious transgressions should be met with legal responses. Do the people in charge have the wisdom to avoid being judge and or jury and or executioner.

     (…)

    And I agree. With observations, but I agree. I like the feeling of freedom, of not being policed around, and I want to share that feeling. I encourage catharsis, as I find it constructive and even healing; most of the time, that imply saying not-so-polite things. I found freedom of speech absolutely vital in any modern society, and every force against it is usually my enemy. I want people to be able to say what they think without fear of being treated like a monster, whatever the specific case. And I abhor speech police: I would never want to be it, or be imposed on anybody.

    But all that doesn’t mean that the freedom is absolute and there are no consequences for our actions. I also value caring over merit, and that means putting some limits. I value other persons personal limits too, and that has some deep implications. I voluntarily lower the bar of my possible freedoms in virtue of caring for others, wich may be harm by my words. And those are ethical principles, like the ones behind the Free Software movement.

    I believe all free software spaces should be dealt, in terms of CoC, more or less, as the quoted “real life CoC conclusions”. And I believe that, when someone comes and say “change that or you don’t get my money”, the proper answer is “go fuck yourself”. But I also believe this person justify it on the wrong premises. Because all that “statistical” and “non political” “information” he puts there will be nothing the day that, statistically, a bunch of morons create some drama on some convention and then, also statistically, the money suddenly goes away and then, also statistically, you gotta change those rules in favor of some corporate crap. That day, the rules should be the same: freedom of speech. But because it’s a political statement, on ethical basis, and not some statistical bullshit.

    As a closing note, there are lots of situations where we would like to be more free but that may not be a good idea. Please take a look at this example:

    When you see it, you’ll know what I’m talking about. Or this other fine example, although longer, from about 03:55, and specially from 20:40:

    So, CoCs are a problem, alright. But by no means the solution is being “non political”: that’s just barely over alienation, if at all. It’s always about the relation between one and others. And that is very much the definition of political.