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    (…)

    La imposibilidad de escenificar la ilusión, es del mismo tipo que la imposibilidad de rescatar un nivel absoluto de realidad. La ilusión ya no es posible porque la realidad tampoco lo es. Éste es el planteamiento del problema político de la parodia, de la hipersimulación o simulación ofensiva. Toda negatividad política directa, toda estrategia de relación de fuerzas y de oposición, no es más que simulación defensiva y regresiva. (…) La transgresión, la violencia, son menos graves, pues no cuestionan más que el reparto de lo real. La simulación es infinitamente más poderosa ya que permite siempre suponer, más allá de su objeto, que el orden y la ley mismos podrían muy bien no ser otra cosa que simulación (recordar el engaño de Urbino).

    Dentro de esta imposibilidad de aislar el proceso de simulación hay que constatar el peso de un orden que no puede ver ni concebir más que lo real, pues sólo en el seno de lo real puede funcionar. Un delito simulado, si ello puede probarse, será o castigado ligeramente (puesto que no ha tenido consecuencias), o castigado como ofensa al ministerio público (por ejemplo, si se ha hecho actuar a la policía «para nada»), pero nunca será castigado como simulación pues, en tanto que tal, no es posible equivalencia alguna con lo real y, por tanto, tampoco es posible ninguna represión. El desafío de la simulación es inaceptable para el poder, ello se ve aún más claramente al considerar la simulación de virtud: no se castiga y, sin embargo, en tanto que simulación es tan grave como fingir un delito. La parodia, al hacer equivalentes sumisión y transgresión, comete el peor de los crímenes, pues anula la diferencia en que la ley se basa. El orden establecido nada puede en contra de esto, está desarmado ya que la ley es un simulacro de segundo orden mientras que la simulación pertenece al tercer orden, más allá de lo verdadero y de lo falso, más allá de las equivalencias, más allá de las distinciones racionales sobre las que se basa el funcionamiento de todo orden social y de todo poder. Es pues ahí, en la ausencia de lo real, donde hay que enfocar el orden, no en otra parte.

    Por eso el orden escoge siempre lo real. En la duda, prefiere siempre la hipótesis de lo real (en el ejército se prefiere tomar al que finge por verdadero loco), aunque esto se va haciendo cada vez más difícil, pues si resulta prácticamente imposible aislar el proceso de simulación a causa del poder de inercia de lo real que nos rodea, también ocurre lo contrario (y esta reversibilidad forma parte del dispositivo de simulación e impotencia del poder), a saber, que a partir de aquí deviene imposible aislar el proceso de lo real, incluso se hace imposible probar que lo real lo sea.

    (…)

    La única arma absoluta del poder consiste en impregnarlo todo de referentes, en salvar lo real, en persuadirnos de la realidad de lo social, de la gravedad de la economía y de las finalidades de la producción. Para lograrlo se desvive, es lo más claro de su acción, en prodigar crisis y penuria por doquier. «Tomad vuestros deseos por la realidad» puede llegar a entenderse como un eslogan desesperado del poder. En un mundo sin referencias, la referencia del deseo, o incluso la confusión del principio de realidad y del principio de deseo, son menos peligrosas que la contagiosa hiperrealidad. Quedamos entre principios y en esta zona el poder siempre tiene razón. La hiperrealidad y la simulación disuaden de todo principio y de todo fin y vuelven contra el poder mismo la disuasión que él ha utilizado tan hábilmente durante largo tiempo. Pues, en definitiva, el capital es quien primero se alimentó, al filo de su historia, de la desestructuración de todo referente, de todo fin humano, quien primero rompió todas las distinciones ideales entre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, para asentar una ley radical de equivalencias y de intercambios, la ley de cobre de su poder. Él es quien primero ha jugado la baza de la disuasión, de la abstracción, de la desconexión, de la desterritorialización, etc., y si él es quien viene fomentando la realidad, el principio de realidad, él es también quien primero lo liquidó con la exterminación de todo valor de uso, de toda equivalencia real de la producción y la riqueza, con la sensación que tenemos de la irrealidad de las posibilidades y la omnipotencia de la manipulación. Ahora bien, esta lógica misma es la que, al radicalizarse, está liquidando hoy por hoy al poder, el cual no intenta otra cosa que frenar semejante espiral catastrófica secretando realidad a toda costa, alucinando con todos los medios posibles un último brillo de realidad sobre el que fundamentar todavía un brillo de poder (pero no logra otra cosa que multiplicar sus signos y acelerar el papel de la simulación). Mientras la amenaza histórica le vino de lo real, el poder jugó la baza de la disuasión y la simulación desintegrando todas las contradicciones a fuerza de producción de signos equivalentes. Ahora que la amenaza le viene de la simulación (la amenaza de volatilizarse en el juego de los signos), el poder apuesta por lo real, juega la baza de la crisis, se esmera en recrear posturas artificiales, sociales, económicas o políticas. Para él es una cuestión de vida o muerte, pero ya es demasiado tarde.

    De ahí la histeria característica de nuestrotiempo: la de la producción y reproducción de lo real. La otra producción, la de valores y mercancías, la de las buenas épocas de la economía política, carece de sentido propio desde hace mucho tiempo. Aquello que toda una sociedad busca al continuar produciendo, y superproduciendo, es resucitar lo real que se le escapa. (…) Y así, el hiperrealismo de la simulación se traduce por doquier en el alucinante parecido de lo real consigo mismo.

    (…)

    De Jean Baudrilliard, Cultura y Simulacro.

Capital artificial

| January 24th, 2019

    (…)

    It is one thing to explain the causal origins of thinking, as science commendably does; it is an entirely different thing to conflate thinking in its formal or rule-governed dimension with its evolutionary genesis. Being conditioned is not the same as being constituted. Such a conflation not only sophistically elides the distinction between the substantive and the formal, it also falls victim to a dogmatic metaphysics that is impulsively blind to its own epistemological and methodological bases qua origins.

    It is this genetic fallacy that sanctions the demotion of general intelli­gence as qualitatively distinct to a mere quantitative account of intelligent behaviours prevalent in nature. It should not come as any surprise that this is exactly the jaded gesture of antihumanism upon whose shoddy pillars today’s discourse of posthumanism supports its case. Talk of thinking forests, rocks, worn shoes, and ethereal beings goes hand in hand with the cult of technological singularity, musings on Skynet or the Market as speculative posthuman intelligence, and computers endowed with intellectual intuition. And again, by now it should have become obvious that, despite the seeming antagonism between these two camps – one promoting the so-called egalitarianism of going beyond human conditions by dispensing with the rational resources of critique, the other advancing the speculative aspects of posthuman supremacy on the grounds of the technological overcoming of the human condition – they both in fact belong to the arsenal of today’s neoliberal capitalism in its full-on assault on any account of intelligence that may remotely insinuate an ambition for collective rationality and imagination.

    (…)

    The opposition between the possibility of a thinking machine and the actuality of the human agent should be exposed as a false dichotomy that can only be precariously maintained within the bounds of an essentialist interpretation of the mind as necessarily attached to a particular local or contingent transcendental structure. To put it more tersely, the source of this false dichotomy lies precisely in mistaking the local and contingent aspects of experience for universal and necessary acts of cognition, the particular conditions of the former for the general conditions of the latter. To reject and break away from this false dichotomy in all its manifestations, it is necessary to fully distinguish and unbind reason (the labour of conception) from subjectivist experience. This is not to dispense with the significance of experience in favour of a contentless abstract account of reason. It is rather the condition necessary for reassessing the extant categories — the general concepts by virtue of which we can have experience in the first place, the structures which render the world and our experience of it intelligible. The unbinding of reason from experience is a required step in order to expand and reshape our experience beyond what is manifestly essential or suppos­edly given to us.

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    What begins as a systematic theoretical inquiry in to the limits and regu­lative regimes of the transcendental structures of the constituted subject evolves into an applied system for the transformation of the subject and the maximization of agency. Thus understood, the critique of transcendental structures is the compass of self-conception and self-transformation.

    (…)

    For the most part, the problem with today’s research on artificial general intelligence is that it is content with ephemeral smart answers to ill-posed questions. Tied up in its local achievements and complying with the demands of the market, the field of artificial intelligence has neither the time nor the ambition to think about what it means to pose the right kinds of questions regarding the nature of mind and the realization of cognitive acts.

    (…)

    De Reza Negarestani, en Intelligence and Spirit.

En contra de la pureza

| December 18th, 2018

    Un amigo me dijo una vez hace años unas palabras que desde entonces hice mías: no existen los estados de pureza. Con esa idea en mente, dejo esta otra nota que descubrí hoy mismo:

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    10. Sin embargo, las críticas cerradas al purismo encarnado en Bertoni no llevan a Gramsci a sostener una posición espontaneísta en torno a las relaciones entre lengua nacional y dialectos. Se trata, en Gramsci, de una concepción de lengua que se aleja, también, de cualquier forma de relativismo, que anula las diferencias y las tensiones políticas entre las variedades dialectales y la lengua nacional.

    Toda lengua es una lengua impura, atravesada por tensiones entre fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas, entre instancias de unificación e instancias de dispersión. Es, también, un territorio complejo, habitado por diferentes temporalidades, que conserva huellas de un pasado lingüístico, muchas veces reprimido, que manifiesta marcas diferenciales desde lo regional, lo etario o lo social y que se encuentra expuesta a la influencia de otros complejos lingüísticos nacionales o internacionales, regionales o cosmopolitas. La heterogeneidad de la lengua es un modo de la heterogeneidad de lo social, que Gramsci expresa con claridad en su concepto teórico de “momento”, como un todo en el que están presentes las huellas del pasado, remanentes, y están en germen desarrollos futuros imprevisibles, no teleológicos.

    La poesía no genera, por sí sola, poesía; las superestructuras no generan superestructura: en las lenguas nada se produce por partogénesis, sino que todo es producto de relaciones y de conflictos. En consecuencia, lo que se produce históricamente no es la lengua como entidad aislada y analizable con instrumentos asépticos, sino una “situación” en la que se manifiesta la contaminación y el conflicto de las lenguas. El problema de la lengua no se distingue, por ello, del problema de la hegemonía, entendida como una fuerza que opera sobre un plano de diferencias y que tiende, en principio, hacia formas contingentes de unificación, que nunca son plenas, que dejan siempre un resto irreductible a lo hegemónico.

    (…)

    De “Un argángel devastador: Gramsci, las lenguas, la hegemonía”, la introducción a Escritos sobre el lenguaje, escrito por Diego Bentivegna.

La importancia de la autopoiesis

| November 27th, 2018

    (…)

    The authors first of all say that an autopoietic system is a homeostat. We already know what that is: a device for holding a critical systemic variable within physiological limits. They go on the definitive point: in the case of autopoietic homeostasis, the critical variable is the system’s own organization. It does not matter, it seems, wether every measurable property of that organizational structure changes utterly in the system’s process of continuing adaptation. It survives.

    This is a very exciting idea to me for two reasons. In the first place, it solves the problem of identity which two thousand years of philosophy hace succeded only in further confounding. The search for the “it” has lead farther and farther away from anything that common sense could call reality. The “it” of scholasticism is a mythological substance in which anything attested by the senses or testable by science inheres a mere accident — its existence is a matter of faith. The “it” of rationalism is unrealistically schizophrenic, because it is uncompromising in its duality — extended substance and thinking substance. The “it” of empiricism is unrealistically insubstancial and ephemeral at the same time — esse est percipi is by no means the veredict of any experiencing human being.

    The “it” of Kant is the trascendental “thing-in-itself” — an untestable inference, an intelectual gewgaw. As to the “it” of science and technology in the twentieth century world of conspicuous consumption… “it” seems to be no more than the collection of the epiphenomena which marks “it” as consumer or consumed. In this way hardhead materialism seems to make “it” as insubstantial as subjective idealism made it at the turn of the seventeenth century. And this, the very latest, the most down-to-earth, interpretation of “it” the authors explicily refute.

    Their “it” is notified precisely by its survival in a real world. You cannot find it by analysis, because its categories may all have changed since you last looked. There is no need to postulate a mystical something which ensures the preservation of identity despite appareances. The very continuation is “it”. At least, that is my understanding of the author’s thesis — and I note with some glee that this means that Bishop Berkeley got the precisely right argument precisely wrong. He contended that something not being observed goes out of existence. Autopoiesis say that something that exists may turn out to be unrecognizable when you next observe it. This brings us back to reality, for that is surely true.

    The second reason why the concept of autopoiesis excites me so much is that it involves the destruction of teleology. When this notion is fully worked out and debated, I suspect it will prove to be as important in the history of the philosophy of science as David Hume’s attack on causality. Hume considered that causation is a mental construct projected onto changing events which have, as we would say today, associated probabilities of mutual occurrence. I myself have for a long time been convinced that purpose is a mental construct imported by the observer to explain what is really an equilibrial phenomenon of polystable systems. The arguments in Chapter II appear to me to justify this view completely, and I leave the reader to engender his own excitement in the discovery of a “purposelessness” that nonetheless makes good sense to a human being — just because he is allowed to keep his identity, which alone is his “purpose”. It is enough.

    (…)

    Stafford Beer, en su introducción al paper “autopoiesis”, en Autopoiesis and cognition, The realization of the living, de Humberto Maturana y Francisco Varela, páginas 66 y 67 (48 del PDF).

 

Feels Theory y Maturana

| October 27th, 2018

    En mi libro Feels Theory, en su último capítulo, propongo interpretar una dinámica recursiva del raciocinio, donde la propia información que generamos se vuelven los datos que más tarde generarán nueva información. En ese contexto situé una teoría de la verdad en tanto que sentimiento, sensación, o bien “sentido“; y comparé a los sentidos humanos con aquellos componentes de la robótica que se utilizan para captar información del entorno. Allí también me animé a borrar un poco la línea entre lo que consideramos inteligencia o razón y aquello que hacen los animales, y hasta me animé a dejar tímidamente anotada a la voluntad como un límite para la infinita recursividad de nuestra sentimentalidad.

    Pero mi texto no es en absoluto exahustivo, sino más bien algo cercano al boceto. Yo no había leido nada similar a mis ideas por aquel entonces, y recién después de plasmarlas fue que comencé a buscar gente que caminara el mismo camino. Así me crucé con Humberto Maturana, que hoy cito nuevamente, explicando ideas y conceptos mucho más rigurosos que los míos, pero mediante los cuales por momentos parecieramos estar hablando de lo mismo:

    (…)

    The cognitive process

    (1) A cognitive system is a system whose organization defined a domain of interactions in which it can act with the relevance of the maintenance of itself, and the process of cognition is the actual (inductive) acting or behaving in this domain. Living systems are cognitive systems, and living as a process is a process of cognition. This statement is valid for all organisms, with and without a nervous system.

    (2) If a cognitive system enters into a cognitive interaction, its internal state is changed in a manner of relevant to its maintenance, and it enters into a new interaction without loss of its identity. In an organism without a nervous system (or its functional equivalent) interactions are of a chemical or physical nature (a molecule is absorbed, and an enzimatic process is initiated; a photon is captured and a step in photosyntesis is carried out). For such and organism the relations holding between the physical events remain outside its domain of interactions. The nervous system enlarges the domain of interactions of the organism by making its internal states also modifiable in a relevan manner by “pure relations”, not only by physical events; the observer sees that the sensors of an animal (say, a cat) are modified by light, and that the animal (the cat) is modified by a visible entity (say, a bird). The sensors change through physical interactions: the absorption of light quanta; the animal is modified through its interactions with the relations that hold between the activated sensors that absorbed the light quanta at the sensory surface. The nervous system expands the cognitive domain of the living system by making possible interactions with “pure relations”; it does not creates cognition.

    (3) Although the nervous system expands the domain of interactions of the organism by bringing into this domain interactions with “pure relations”, the function of the nervous system is subservient to the necessary circularity of the living organization.

    (4) The nervous system, by expanding the domain of interactions of the organism, has transformed the units of interactions and has subjected acting and interacting in the domain of “pure relations” to the process of evolution. As a consequence, there are organisms that include as a subset of thir possible interactions, interactions with their own internal states (as states resulting from its own internal and external interactions) as if this were independen entities, generating the apparent paradox of including their cognitive domain within their cognitive domain. In us this paradox is resolved by what we call “abstract thinking”, another expansion of the cognitive domain.

    (5) Furthermore, the expansion of the cognitive domain of “pure relations” by means of a nervous system allows for non-physical interactions between organisms such that the interacting organisms orient each other toward interactions within their respective cognitive domains. Herein lies the basis of communication: the orienting behaviour becomes a representation of the interactions toward which it orients, and a unit of interactions in its own terms. But this very process generates another apparent paradox: there are organisms that generate representations of their own interactions by specifying entities with which they interact as if this belonged to an independent domain, while as representations they only map their own interactions. In us this paradox is resolved simultaneously in two ways:

        (a) We become observers through recursively generating representations of our interactions, and by interacting with several representations simultaneously we generate relations with the representations of which we can then interact and repeat this process recursively, thus remaining in a domain of interactions always larger than that of the representations.

        (b) We become self-conscious through self-observation: by making descriptions of ourselves (representations), and by interacting with our descriptions we can describe ourselves describing ourselves, in an endless recursive process.

    (…)

    De Autopoiesis and cognition, The realization of the living, de Humberto Maturana y Francisco Varela, páginas 13 y 14 (21 y 22 del PDF).

    Pero no conforme todo eso, Maturana también pone en un lugar de absoluta centralidad a la idea de verdad, llamando la atención sobre cómo la episteme moderna está condicionada por los propios mecanismos internos de la cognición, con las siguientes observaciones:

    (…)

    The basic claim of science is objectivity. It attempts, through the application of a well defined methodology, to make statements about the universe. At the very root of this claim, however, lies its weakness: the a priori asumption that objective knowledge constitutes a description of that which is known. Such assumption begs the question, “What is it to know?” and “How do we know?“.

    (…)

    (1) Cognition is a biological phenomenon and can only be understood as such; any epistemological insight into the domain of knowledge requires this understanding.
    (2) If such an insight is to be attained, two questions must be considered:
        What is cognition as a function?
        What is cognition as a process?

    (…)

    Hay una cercanía muy fuerte entre mis hipótesis y las de Maturana. El futuro de mi trabajo estará segura y necesariamente sesgado por mis lecturas del suyo. Pero probablemente incluso deba dedicar un texto entero a comparaciones entre lo que yo digo y lo que dice él, porque hay tantas similitudes (al punto tal de no darme el tiempo para escribirlas todas en un post) que se vuelve costoso percibir las divergencias.

    (…)
    We had to accept that we could recognize living systems when we encountered them, but that we could not yet say what they were.
    (…)

    Yet I obviuosly had some inkling of what the correct answer were, because I rejected the unsatisfactory ones. After several years of this various attempts I realized that the difficulty was both epistemological and linguistic. (…) I had to stop looking at living systems as open systems defined in an environment, and I needed a language that would permit me to describe an autonomous system in a manner that retained autonomy as a feature of the system or entity specified by the description. In other words, any attempt to characterize living systems with notions of purpose or function was doomed to fail because this notions are instrinsically referential and cannot be operationally used to characterize any system as an autonomous entity. Therefore, notions of purpose, goal, use or function, had to be rejected, but initially I did not know how. (…)

    When Jerry Y. Lettvin and I wrote our several articles on frog vision (…), we did it with the implicit assumption that we were handling a clearly defined cognitive situation: there was an objective (absolute) reality, external to the animal, and independent of it (not determined by it), which it would perceive (cognize), and the animal could use the information obtained in its perception to compute a behaviour adequate to the perceived situation. This assumption of ours appeared clearly in our language. We described the various kinds of retinal ganglion cells as feature detectors, and we spoke as detection of prey and enemy. We knew that was not the whole neurophysiological story, as was apparent particularly in the discussion of the article called “Anatomy and Physiology of Vision in the Frog (Rana pipiens)“. But even there the epistemology that guided our thinking and writing was that of an objective reality independent of the observer. Thus, when Samy Frenk and I began to work with pidgeons in 1961, first studying from vision, we aproached that study in the same fundamental view. (…) Yet, when Gabriela Uribe joined us and we in fact began to study color vision in 1964, it soon became apparent to us that that approach leads to deep trouble. Neurophysiologically we did not see anything fundamentally different from what other scholars had already seen. We found the classic types of ganglion cells with sepparate, concentric or overlapping opponent spectral preferences. But we also found: (a) that although the geometry of the receptive fields of the ganglion cells with opponent spectral preferences had nothing to do with the geometry of the visual object, the geometry of the visual objects had to do with the response of those cells; and (b) that we could not account for the manifold chromatic experiences of the observer by mapping the visible colorful world upon the activity of the nervous system, because the nervous system seemed to use geometric relations to specify color distinctions. A different approach and a different epistemology was necessary.

    (…) After we realized that the mapping of the external world was an inadequate approach, we found that the very formulation of the question gave us the clue. What if, instead of attempting to correlate the activity in the retina with the physical stimuli external to the organism, we did otherwise, and tried to correlate the activity in the retina with the color experience of the subject?

    (…) We did this rigorously, and showed that such and approach did indeed permit us to generate the whole color space of the observer. (…) But what was still more fundamental was the discovery that one had to close off the nervous system to account for its operation, and that perception should not be viewed as a grasping of an external reality, but rather as a specification of one, because no distinction was possible between perception and hallucination in the operation of the nervous system as a closed network.

    (…)

    De la introducción de Autopoiesis and cognition, The realization of the living, de Humberto Maturana y Francisco Varela.

La filosofía en el CEAMSE

| September 25th, 2018

    (…)
    Alguna vez Whitehead, el famoso matemático y metafísico inglés de la primera mitad de este siglo, dijo que toda la filosofía occidental no era más que un pie de página de los textos de Platón. De manera mucho menos grandiosa y elegante, lo que yo estoy diciendo es que Platón y Aristóteles se refirieron a problemas que todavía no hemos resuelto y que (como todos los problemas verdaderamente filosóficos) probablemente no tienen solución. En este sentido, la filosofía ha sido caracterizada como la disciplina académica más apta para identificar y definir sus problemas, y al mismo tiempo la más impotente para resolverlos; en la misma vena, también se ha dicho que la filosofía es el basurero de los problemas insolubles del hombre. Siempre he considerado que esta última opinión es muy optimista, porque supone la existencia de otros problemas que el hombre sí puede resolver.
    (…)

De Ruy Perez Tamayo, ¿Existe el método científico?

Teoría y fantasía, parte 2

| August 8th, 2018

    No quedé satisfecho con mi post anterior. Siento que peca de reaccionario, de ignorante, de apurado, y algunas otras faltas menores. Pero lo escribí de una manera u otra, sin filtro, porque también lo siento necesario.

    Dos cosas considero importantes en el acto de escribir (y publicar) de esa manera. El primero, ya lo anoté en mi libro, es la cuestión socioeconómica: tengo la educación que tengo, el tiempo que me queda libre, y mi lugar en la sociedad está bastante acotado y alejado de la reflexión sesuda y superculta. Defiendo hablar de nuestras ideas, y compartirlas, mucho antes que el “tener razón”.

    La segunda, sin embargo, está mucho más determinada por el texto de Meillassoux. Se trata del trabajo intelectual, sus modos, y su rol. Ayer tenía mucho más a mano a Foucault, y por eso lo cité, en esa reflexión sobre la metafísica, que atesoro desde hace años. Pero otra reflexión, que hoy me tomé el tiempo de ubicar, me parece todavía más atinada (y representativa de mi posición frente al tema). Se trata de Rorty, en Contingency, Irony, and Solidarity:

    (…)

    We need to get off this seesaw. Davidson helps us do so. For he does not view language as a medium for either expression or representation. So he is able to set aside the idea that both the self and reality have intrinsic natures, natures which are out there waiting to be known. Davidson’s view of language is neither reductionist nor expansionist. It does not, as analytical philosophers sometimes have, purport to give reductive definitions of semantical notions like “truth” or “intentionality” or “reference.” Nor does it resemble Heidegger’s attempt to make language into a kind of divinity, something of which human beings are mere emanations. As Derrida has warned us, such an apotheosis of language is merely a transposed version of the idealists’ apotheosis of consciousness.

    In avoiding both reductionism and expansionism, Davidson resembles Wittgenstein. Both philosophers treat alternative vocabularies as more like alternative tools than like bits of a jigsaw puzzle. To treat them as pieces of a puzzle is to assume that all vocabularies are dispensable, or reducible to other vocabularies, or capable of being united with all other vocabularies in one grand unified super vocabulary. If we avoid this assumption, we shall not be inclined to ask questions like “What is the place of consciousness in a world of molecules?” “Are colors more mind-dependent than weights?” “What is the place of value in a world of fact?” “What is the place of intentionality in a world of causation?” “What is the relation between the solid table of common sense and the unsolid table of microphysics?” or “What is the relation of language to thought?” We should not try to answer such questions, for doing so leads either to the evident failures of reductionism or to the short-lived successes of expansionism. We should restrict ourselves to questions like “Does our use of these words get in the way of our use of those other words?” This is a question about whether our use of tools is inefficient, not a question about whether our beliefs are contradictory.

    “Merely philosophical” questions, like Eddington’s question about the two tables, are attempts to stir up a factitious theoretical quarrel between vocabularies which have proved capable of peaceful coexistence. The questions I have recited above are all cases in which philosophers have given their subject a bad name by seeing difficulties nobody else sees. But this is not to say that vocabularies never do get in the way of each other. On the contrary, revolutionary achievements in the arts, in the sciences, and in moral and political thought typically occur when somebody realizes that two or more of our vocabularies are interfering with each other, and proceeds to invent a new vocabulary to replace both.

    (…)

    Nuevamente, el énfasis es mío. Rorty nos avisa que la historia está llena de esa clase de debates. Pero lo que afirma no es ocioso; él también nos llama la atención porque, él piensa, y yo comparto, dedicar el pensamiento a esos problemas casi paralelos a los que suceden en la sociedad tiene consecuencias nefastas. Otra cita de otro texto, Truth and Progress: Philosophical Papers, Volume 3, lo deja más claro:


    (…)

    As long as we try to project from the relative and conditioned to the absolute and unconditioned, we shall keep the pendulum swinging between dogmatism and skepticism. The only way to stop this increasingly tiresome pendulum swing is to change our conception of what philosophy is good for. But that is not something which will be accomplished by a few neat arguments. It will be accomplished, if it ever is, by a long, slow process of cultural change – that is to say, of change in common sense, changes in the intuitions available for being pumped up by philosophical arguments.

    (…)

    Cabe destacar, que escribo todo esto a sabiendas de que muy probablemente estoy absolutamente equivocado en mi juicio prematuro y sesgado contra el (apenas primer capítulo del) texto del pobre Meillassoux. Pero qué se le va a hacer…

Teoría y fantasía

| August 7th, 2018

    Como parte de el nuevo taller de Rodrigo Baraglia, estoy leyendo After Finitude de Quentín Meillassoux, uno de los pensadores reconocidos de la contemporanea corriente filosófica llamada realismo especulativo. Y debo decir que francamente me preocupa.

    El trabajo de QM en su texto consiste en denunciar al llamado “correlacionismo”, y marcar sus límites. Al respecto, dice lo siguiente:

    (…)

    Such considerations reveal the extent to which the central notion of modern philosophy since Kant seems to be that of correlation. By ‘correlation’ we mean the idea according to which we only ever have access to the correlation between thinking and being, and never to either term considered apart from the other. We will henceforth call correlationism any current of thought which maintains the unsurpassable character of the correlation so defined. Consequently, it becomes possible to say that every philosophy which disavows naïve realism has become a variant of correlationism.

    (…)

    Básicamente dice que según el correlacionista no podemos acceder a los objetos, sino sólo a cierta relación con ellos. Cuando yo veo la mesa o toco el teclado, esa experiencia (ver, tocar), con todos sus detalles, no es el objeto en cuestión sino, precisamente, mi experiencia. Y lo mismo sucede con toda forma del conocimiento: incluso de mi mismo, porque no puedo más que experimentarme de la misma manera. Eso, planteado por mí más burdamente todavía que en el párrafo de QM, tuvo diferentes grados de complejidad durante los últimos siglos, particularmente desde Kant.

    QM va a renegar de eso, lo va a discutir, y al caso va a traer el concepto de “ancestralidad”. Hace referencia al hecho de que existan fósiles (como los de los dinosaurios), o registros de estrellas de hace millones de años, antes de que existiera cualquier persona (capaz de experimentar ninguno de esos objetos de ninguna manera) o siquiera antes de la aparición misma de la vida. Va a hablar de algunos conceptos menores, como el “archi-fosil”, o el “ser dado” (givenness), y con esa clase de herramientas va a mostrar los límites del correlacionismo.

    (…)

    But for the correlationist, such claims evaporate as soon as one points out the self-contradiction – which she takes to be flagrant – inherent in this definition of the arche-fossil: givenness of a being anterior to givenness. ‘Givenness of a being’ – here is the crux: being is not anterior to givenness, it gives itself as anterior to givenness. This suffices to demonstrate that it is absurd to envisage an existence that is anterior – hence chronological, into the bargain – to givenness itself. For givenness is primary and time itself is only meaningful insofar as it is always-already presupposed in humanity’s relation to the world.

    (…)

    We said above that, since Kant, objectivity is no longer defined with reference to the object in itself (in terms of the statement’s adequation or resemblance to what it designates), but rather with reference to the possible universality of an objective statement. It is the intersubjectivity of the ancestral statement – the fact that it should by right be verifiable by any member of the scientific community – that guarantees its objectivity, and hence its ‘truth’. It cannot be anything else, since its referent, taken literally, is unthinkable. If one refuses to hypostatize the correlation, it is necessary to insist that the physical universe could not really have preceded the existence of humans, or at least of living creatures. A world is meaningful only as given-to-a-living (or thinking)-being. Yet to speak of ‘the emergence of life’ is to evoke the emergence of manifestation amidst a world that pre-existed it. Once we have disqualified this type of statement, we must confine ourselves strictly to what is given to us: not the unthinkable emergence of manifestation within being, but the universalizable given of the present fossil-material: its rate of radioactive decay, the nature of stellar emission, etc. According to the correlationist, an ancestral statement is true insofar as it is founded upon an experiment that is in the present – carried out upon a given fossil-material – and also universalizable (and hence by right verifiable by anyone). It is then possible to maintain that the statement is true, insofar as it has its basis in an experience which is by right reproducible by anyone (universality of the statement), without believing naïvely that its truth derives from its adequation to the effective reality of its referent (a world without a givenness of the world).

    To put it in other words: for the correlationist, in order to grasp the profound meaning of the fossil datum, one should not proceed from the ancestral past, but from the correlational present. This means that we have to carry out a retrojection of the past on the basis of the present. What is given to us, in effect, is not something that is anterior to givenness, but merely something that is given in the present but gives itself as anterior to givenness.

    (…)

    El énfasis es del original.

    Decía que me preocupa porque, francamente, me parece un problema furiosamente imbecil. Me cuesta creer que en el siglo XXI un problema actual de la filosofía sea ese. Y me cuesta creer más todavía esa respuesta al problema: algo así como decir “¡ajá! ¡ustedes dicen que no existían las cosas antes de la vida! ¡tomen eso, creyentes!“, para después ponerse a hablar de la matemática y la física. Si en esa clase de términos nos estamos manejando, entonces, me parece, estamos en problemas.

    Permítanme ser más claro: no existen los correlacionistas. Y si existen, son simplemente unos brutos. Una persona que cree que si pongo un dedo en el fuego no puedo hablar del fuego, ni de mi dedo, sino sólo en todo caso de la experiencia de ser quemado, es un bruto. En el siglo XXI, después de tantos pensadores brillantes y tantos avances científicos, después de tantos artistas que recontrarepensaron todo, después de tanta gloria y calamidad política, un tipo que dice algo como eso y no se da cuenta (o se esfuerza en negar) la inmensa cantidad de cosas agregadas que se pueden decir además de dar cuenta de la experiencia, es un bruto. Con lo cuál, dedicar la filosofía a eso me parece tan doloroso como dedicar internet a consumir y difundir los mismos discursos centralizados que nos tuvimos que comer todo el siglo pasado por televisión y diarios: algo muy cercano a lo criminal.

    Para ser justos con QM, sólo leí el primer capítulo. Voy a continuar con el resto en los próximos días. Pero ya desde el vamos me lleva a llamarle la atención a lo que está haciendo. Me dijeron que tiene buenas intenciones, y que su fín último es de orden político: desarmar tanto “safe space” y tanto “respetá mi opinión”. Ciertamente son dos problemas con los que puedo solidarizarme en su lucha. Pero plantear al correlacionismo, así, de manera tan simplona, tan limitada, como un enemigo tan central e importante, me activa varias alarmas. De modo que, como respuesta a su primer capítulo, yo le contestaría con una cita de Foucault, de su texto Theatrum Philosophicum:

    (…)

    La ilusión es la desventura de la metafísica, no porque esté por sí misma volcada a la ilusión, sino porque, durante demasiado tiempo, ha estado hechizada por ella, y porque el miedo al simulacro la ha colocado en el camino de lo ilusorio. La metafísica no es una ilusión, como una especie dentro de un género; es la ilusión la que es una metafísica que ha marcado su censura entre el simulacro, por un lado, y el original y la buena copia, por el otro. Hubo una crítica cuya función consistía en designar la ilusión metafísica y fundamentar su necesidad; la metafísica de Deleuze emprende la crítica necesaria para desilusionar los fantasmas. Desde ese momento, el camino está libre para que continúe, en su singular zigzag, la serie epicúrea y materialista.

    (…)

    Esta vez, el énfasis es mío. QM está dispuesto a embarrarse en el clásico problema de “qué sonido tiene un árbol que cae cuando no hay nadie escuchando”. Yo le contestaría “el sonido que tiene un árbol que cae cuando no hay nadie escuchando”, y dedicaría mi capacidad para la metafísica a tratar de resolver otras cuestiones un tanto más productivas que el correlacionismo.

    Qué se yo… por ahí al final del libro me termina convenciendo…

La verdad biológica

| August 3rd, 2018

    (…)

    Babinski imponía a su enferma desde fuera la influencia de la sugestión y la conducía a un punto tal de alienación, que anulada, sin voz ni movimiento, estaba pronta a aceptar la eficacia de la palabra milagrosa: “Levántate y anda”. Y el médico encontraba el signo de la simulación en el triunfo de su paráfrasis evangélica, puesto que la enferma, siguiendo la prescripción irónicamente profética, realmente se levantaba y realmente caminaba. Pues bien, lo que el médico denunciaba como una ilusión era en verdad un resultado de su práctica médica: esta sugestibilidad era la consecuencia de todas las sugestiones, de todas las dependencias a las que estaba sometido el enfermo. Si las observaciones actuales no ofrecen semejantes milagros, ello no invalida la realidad de los éxitos de Babinski, pero prueba que la figura del histérico tiende a desdibujarse a medida que se atenúan las prácticas de la sugestión que antaño constituían el medio ambiente del enfermo.

    (…)

    Esas son algunas palabras de Michel Foucault, en su obra enfermedad mental y personalidad. Allí, él va a trabajar sobre aspectos de la praxis médica y detalles de lo que podemos considerar enfermedad, particularmente desde la perspectiva de lo que comparten o donde divergen lo biológico y eso otro que llamamos “mental”.

    Lo traigo para abrir este post porque yo también trabajo en ese límite extraño entre lo biológico y lo espiritual, y creo tener en claro el siguiente paso en mi desarrollo de una feels theory: será hablar un poco más en detalle sobre qué es la verdad. Si bien ya la planteé en mi libro y en posts anteriores como un “sentido”, la verdad sigue siendo un tema especial; queda pendiente todavía la cuestión de su centralidad, qué la hace tan particular entre los demás sentidos de los que disponemos.

    Al caso, fui y seguiré dejando pequeñas notas en mi blog, un tanto para compartir con todos y otro tanto como cuaderno propio. Y mi intención es finalmente terminar mezclando varios autores para darle un marco teórico a la verdad, no sólo en mi propia teoría sino también sostenido en otros conceptos que me parecen acertados. Foucault es uno de esos autores.

    Pero ya tengo claro, en líneas generales, qué voy a tratar de sostener sobre la verdad. Voy a continuar vinculando los fenómenos de la verdad a través de la lupa de lo sistemático/informático y lo biológico, y allí existe un autor que lleva décadas trabajando sobre cuestiones similares: Humberto Maturana. Él va a plantear su concepto de Autopoiesis, y yo voy a intentar unir allí mi concepto de Aleteistesia. Por esa vía, intentaré llevar algunos problemas hacia el plano de lo epistemológico, pero en los términos de mi propia episteme.

    Y al caso de esta aventura, quiero dejar una nota más. En su (a mi juicio) cuestionable texto La enfermedad mental crónica como trastorno epistemológico (un título absolutamente afín a mis intereses), entre ejemplos que considero francamente peligrosos, Maturana plantea las siguientes ideas, muy cercanas a las mías propias:

    (…)

    Desde el momento en que buscamos una explicación, estamos en la reflexión, ya que toda explicación es una reformulación del suceder del vivir que se da desde el observador.

    (…)

    Definir como crónico un problema por el cual se consulta en el presente implica confundir la explicación del fenómeno con el fenómeno mismo. Plantea un problema epistemológico en la medida en que la reflexión, poderoso instrumento explicativo, se constituye en la vivencia; deja de ser una explicación de la realidad y se transforma en “la realidad”.

    (…)

    Nótense las cercanías con este otro comentario de Foucault, del mismo texto que mencionara al comienzo:

    (…) La personalidad se convierte así en el elemento en el cual se desarrolla la enfermedad y el criterio que permite juzgarla; es la realidad y la medida de la enfermedad a la vez. (…)

    Me interesa trabajar sobre eso: los detalles que nos constituyen en sujetos, y los fenómenos a los que eso nos expone, tratando de construir una verdad en términos biológicos que nos permita pensar objetividades mejores a las académicas y las mediáticas, sobre las que podamos explicar fenómenos del mundo y construir nuevas teorías como herramientas para transformarlo.