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    (…) La tremenda velocidad, los elevados valores de parámetros y el caracter complejo de numerosos procesos de regulación que se presentan en la técnica moderna, presentan al hombre, cada vez más exigencias que se hallan en el límite de sus posibilidades psíquicas. De hecho, en este sentido los ingenieros trabajan casi a ciegas. Construyen un sistema técnico dirigido por el hombre, pero no conocen las peculiaridades ni las posibilidades de su miembro más importante -el hombre que dirige- por lo cual tampoco pueden tomar en cuenta esas peculiaridades. Por ello a veces se obtienen resultados totalmente opuestos a los esperados. El agregado de nuevos aparatos medidores de control así como el de nuevos señalizadores empeora la dirección de la máquina, en lugar de mejorarla, porque la cantidad de las informaciones que parten de los aparatos sobrepasa la “capacidad de tolerancia” de las percepciones humanas y la atención del hombre. La introducción de esquemas e instalaciones mnemónicas obstaculiza al hombre el tomar decisiones correctas en lugar de ayudarle a hacerlo, dado que esos esquemas no se corresponden con el esquema de la apropiación lógica de la información, del cual se sirve el hombre. Resulta así, por ejemplo, contra lo que es dable esperar, que con una determinada reducción del empleo de fuerza en una manipulación de palancas por botones se dificulta la dirección, porque se pierden las sensaciones musculares con cuya ayuda el trabajador juzgaba sobre la reacción del mecanismo a dirigir. Las velocidades y amplitudes, proyectadas intuitiva y a veces también arbitrariamente por los ingenieros, con als cuales una máquina reacciona antes las acciones directrices, dan como resultado siempre, al encontrarse con las velocidades y límites de regulación de estas reacciones propias del hombre, una retroacción demasiado rígida o desvirtuada, una amortiguación demasiado grande de las magnitudes de salida o, por el contrario, oscilaciones, etc. En el efecto final crecen para el obrero encargado de la máquina, en modo notorio e innecesario, las dificultades resultantes del hecho de que debe adecuar sus acciones a las exigencias “inhumanas” de la máquina.
    (…)
    Como ya hemos observado, la comparación del material obtenido por vía experimental acerca de las magnitudes características reales de la actividad directriz humana con el modelo matemático de un regulador adecuado, abre caminos para averiguar determinados rasgos de la propia actividad psicológica del obrero en el proceso laboral. En especial la variación, la desviación o la modificación de tal o cual parámetro en comparación con el ideal sirven como espresión objetiva de los mecanismos y propiedades psíquicas subjetivas que condicionan lo específico de los correspondientes aspectos de la actividad humana a diferencia del autómata, y también, indirectamente, lo específico de la actividad de reflejo y dirección de la psiquis humana.
    (…)

Itelson, L. B., La cibernética y problemas de la psicología laboral. Publicado en Cibernética. Ciencia y práctica, editorial Lautaro, 1964.

Un genio para los excluidos

| June 9th, 2026

    Me hago un minuto entre obligación y obligación, aprovechando la fatiga que siento en el pecho después de tantos días de tristeza, a ver si esta vez sí puedo finalmente leer lo que voy escribiendo.

    Yo soy uno de los vagos, faloperos, borrachos, sucios, ignorantes, inútiles, negros de mierda, indios, que se criaron escuchándote. Yo soy de esos que tenía que interpretar el ruido que hacía a la noche el techo de chapa, que tenía que bancarse el frío ese que llega hasta los huesos durante las madrugadas escarchadas, que veía a su mamá sufriendo para traer un plato de comida a casa y a la familia en discordia por las infinitas angustias que nadie elegía, que veía morir amigos ya de chiquito, que vivía rodeado de malandras y gente desesperada sabiendo que no había ningún futuro en ningún lado para mí. Yo viví con miedo, Indio. Aterrado. Pero cuando te escuchaba a vos, me sentía Batman, Wolverine, alguno de esos a los que no les rompás las pelotas porque te mata ya con la mirada nomás, y al mismo tiempo sentía ser uno más que se iba forjando una vida. Me acompañaste en las muertes, y en los desamores más dolorosos. Me acompañaste todas las veces que se me estaba yendo la mano por razones que muy rápidamente dejaban de importar. Y ahora no sé cuántos días van que no puedo parar de llorarte, no doy más de tanto llorar.

    Ya te dijeron todo: que vos nos escuchaste a los humildes, que sos el dios de los rotos, que sos un padre y un hermano, que no se puede saber cuantas veces nos salvaste la vida mostrándonos un camino que nuestros espíritus sí podían vivir. Pero yo quiero dejar anotado un matíz, apenas un detalle. Con los paisajes de tus discos y canciones -cada una un cuento-, todos imperfectos, todos con algo medio turbio, todos que al mismo tiempo por ahí no se entiende una mierda pero siempre calza en el alma como si más que un poeta lo hubiera escrito algún sastre metafísico o alguna cosa rara que por cuestiontes todavía más inentendibles no se necesita explicar, que nos importa un carajo y nos encojemos de hombros cuando nos preguntan porque sabemos en las tripas que es cierto, que era así como decías vos. Con eso Indio nos develabas un mundo oscurísimo sin subestimarnos ni vendernos humo o espejitos de colores, y hacías que ahí nos sintiéramos en casa: podíamos bailar entre nosotros, sin miedo, y con una alegría que no nos robaba nadie.

    Nos enseñaste a vivir con dignidad en un mundo siniestro.

    Y ahora no puedo imaginar un día donde no te vaya a extrañar.

    Gracias Indio.

24 de Marzo – 2026

| March 24th, 2026


160 imágenes de la jornada.


    (…)

    Se arriba a la ciudad como pasando de las tinieblas a la luz, de la inconsciencia social a la conciencia. Y ello, porque a medida que penetramos en ella tomamos conciencia de un sinnúmero de fines y utilidades, dejando atrás todo lo que no vale para la meta borrosa, pero siempre inteligente, del grupo social. Se produce entonces como un desplazamiento de facultades en uso y hasta se hipoteca la verdad más íntima, en razón de alguna utilidad. (…) La inteligencia se depura en los archivos, en los papeles, en las oficinas, en el dominio de las leyes y de las normas policiales, en la justicia civil, en la educación y alcanza su poderío en el estado. En el terreno de la utilidad al bien común, la ciudad pide la inteligencia ya sea en los quehaceres burocráticos, en la univocidad de los fallos o en el sentido común del pueblo.

    Por ello se produce un desplazamiento definitivo de las facultades a utilizar. La inteligencia es llevada a la conciencia, dejándose en el inconsciente el resto. Vivir en la ciudad es medir la inteligibilidad de nuestro fin y encontrar una meta demasiado rigurosa para todos nuestros supuestos. No cuenta lo que queremos; sino que vale la traducción de eso que queremos a la inteligencia, a la utilidad. Se traiciona así la integridad de nuestra voluntad y se deja atrás, superado por el olvido, lo que hubiéramos hecho en una situación menos apremiante. De la integridad del individuo depende que reconozca esa otra faceta de su anhelo, ya con ironía o ya como un supuesto angustioso de su tergiversación.

    La solución corriente es la ironía, porque representa una solución ambivalente, dual, por la que el hombre medio participa por una parte de la inteligencia ciudadana sin abandonar, por la otra, todo aquello que debió dejar atrás. Indeciso entre la verdad del suelo y de la ficción, opta por la medianía, el término medio o más bien el factor común de la realidad que lo rodea. Del tiempo, de la sucesión de vivencias y circunstancias saca su fe en lo establecido y cree en la unidad inteligible que mantiene a la sociedad, reforzada por el sentido popular de la ciencia, la educación secundaria o la cultura de revista. Seducido por la inteligencia ciudadana apunta siempre a una ley que simplifique la vida, ya sea física, natural, o estatal y en la búsqueda de su medianía legal siente que su fe se afianza visualmente y ampara su mediocridad. De esta manera se distancia de toda otra solución y no logra optar por ninguna verdad que no sea ficticia.

    El concepto de ley le seduce porque presiente en él un término medio que es defendido por la ciudad. En ella no hay cabida para los extremos, porque todo extremismo resulta perturbador.

    Algo trasuda, sin embargo, a la esfera del espiritu fiscalizado socialmente por el intelectual. Este, tomado desde el punto de vista de su función en la sociedad, siente como una misión la defensa de aquella mediocridad legal, por más que como ciudadano espiritual y culto niegue a la ley misma. Los términos escritor o intelectual ya implican en alguna forma una concesión, un justo medio que concilia los extremos nocivos para la ciudad.

    Del individuo medio al escritor, existe por tanto poca distancia. La claridad meridiana de una pieza oratoria, de un panfleto o de un libro de tesis y hasta el mismo lenguaje mantienen la legalidad en medio del tumulto de emociones y vivencias contradictorias, en la misma forma como la ciudad impone su inteligencia y simplifica toda verdad.

    El escritor fiscaliza, desde el mundo de la ficción legal, la ilegalidad esencial de la vida —en la que creyó al iniciarse en su oficio. Representa, en el continuo juego entre la sin-razón vital y la legalidad social del individuo medio, la apoteosis de este último, su redención y consagración como apóstol de un mundo en que de antemano no cree. Es un monje sin religión, que en el terreno de la palabra estructura, mediante imágenes, la posibilidad de una redención aunque en verdad detiene con el verbo la vida en que cree. Es una circunstancia, un metafisico destronado que carece de energía espiritual para alcanzar el ser que presiente y no puede intentar, en el mundo solidificado por las normas y las instituciones, otro camino que el que le indica el resentimiento.

    Victima de la ciudad, opta por la ficción, olvidando lo ignoto, el reverso de la vida social, que no fue tomado en cuenta y que se pierde en el inconsciente de la vida ciudadana. Con el uso del verbo no alcanza a percibir las tinieblas en su totalidad. Ni él mismo sabe si juega al cielo o si lo es y para salir de dudas verbaliza e ilumina aun más su presentimiento, tratando de pillar la noche en un saco.

    Pero el reverso aquél se venga. Desde la inconsciencia actúan las fuerzas contrarias, el azar, el ex abrupto social, político, científico y cultural, los actos fallidos de la historia que irrumpen en el momento imprevisto para desbaratar al verbo. Son las fuerzas que congestionan el ambiente revolucionario y cargan sobre la angustia vital del ciudadano.

    El revolucionario hereda del escritor este afán de no perder el hilo inteligente dejado por la ciudad, aunque lo toma con más pujanza pero menos consistencia que aquél.

    Sólo por error de perspectiva el revolucionario puede suponer que su actitud responde a la necesidad de imponer un orden mejor de cosas. No comprende que no es más que una fracción infinita en el orden de la sociedad y por ello mismo víctima de ésta. Es por tanto la posibilidad frustrada de antemano, de resolverse en una unidad acabada. Hasta está convencido de ello. La supuesta idea de orden mejor no es más que un mito, un estado de ánimo, el encubrimiento de una oscura necesidad de expansión que la realidad no le permite. Participa del resentimiento y carece propiamente de contenido intelectual. El revolucionario no comprende que en el fondo quiere satisfacer el reverso de su conciencia civilizada, reprimida por el hombre medio. ni tampoco que la ciudad vence en él cuando disfraza su sentimiento natural con ideas y programas de lucha.

    Pero incluso esta satisfacción ideal a que parece apuntar pierde su vigencia. De ello se encarga la política que matiza con la legalidad el impulso irracional de la revolución, pero con el supuesto solapado de que la ley nada significa si no es en su reverso. En la politica recién se revela y se consagra la capacidad del ciudadano de conformar a la ley con su recóndita apetencia de irracionalidad.

    Con esto la política adopta una actitud antagónica con respecto a la revolución, por cuanto concilia —con más honestidad que como lo hicieran el individuo medio, el escritor y el revolucionario— la inteligencia con la vida, la conciencia con la inconsciencia social. La política interviene cuando la revolución ya no es más que un recuerdo y ha fracasado en su intento de imponer la idea tomada de la misma conciencia social en que irrumpiera. Obra con la peculiaridad de restituir las cosas a un ámbito irracional y representa el instante en que la ciudad retoma su poderío inteligente pero coneiliado negativamente con su reverso. La prueba está en que entonces crece el aparato burocrático, se anquilosa la razón convirtiéndose en inteligencia, en un mecanismo ínfimo, asediado por el auge de la irracionalidad del político.

    Al fin de cuentas se restituye lo anterior con algunas variantes. En lugar de la ambivalencia elemental del ciudadano europeizado, reina la ambivalencia política que rebasa la ciudad y sume todo el interior, perdiendo en algo su fuerza y poderío. El programa ideal que la fuerza irracional de la revolución habia tomado al azar, se verbaliza y consta en los textos de historia como único y verdadero fin de la revolución. Esta, vencida por la política, triunfa de este modo en la historia en connivencia con la ciudad. La historia registra la parte inteligible, visual, programática de la revolución, dejando el resto en la penumbra. De esto resulta al fin y al cabo una historia de ciudad o, lo que es lo mismo, una historia ficticia, en la que falta la media verdad que ni el ciudadano mediocre, ni el intelectual, ni el revolucionario, ni aun el político han sabido llevar a plena conciencia.

    De esa misma conciencia de la historia, con su implícito afán de perpetuarse a costa del devenir, extrae la ciudad su fe en la continuidad de la idea y su creciente importancia para todo tipo de vida social.

    De la ciudad surge la línea inteligente y normativa en que se respalda el grupo que, a su vez, gana en inteligencia con su crecimiento. El aumento de las fricciones entre los individuos, la división del trabajo despiertan el afán por la técnica o sea por los mecanismos aceleradores de la vida. Se trata de encontrar un sustituto a la vida para que ella participe en forma más directa de las cualidades del mecanismo. La inteligencia llegada al punto máximo de su utilidad, masifica al individuo. La posibilidad de percibir lo irracional se posterga. El mundo se esquematiza y la vida se encajona en el reducto ciudadano, imposible de salvar.

    Se produce entonces una petición angustiosa de la ficción técnica y por ende del ser. Crece asimismo el afán de restituir la idea en todos los órdenes de la vida. El aumento de la carga social ciudadana parece traer consigo la posibilidad creciente de una restitución inmediata de la legalidad y del orden. Con ello la ciudad colma su capacidad y al rebasar invade todo, incluso el interior, através de la ambivalencia política.

    Pero la experiencia irracional de los individuos se suma, aunque veladamente, al conjunto. La posibilidad de esa irracionalidad, adherida a expresiones que la fijan como el carnaval, el juego, el comité político, el baile, entra en tensión con la esencia misma de la ciudad, el verbo. De la tensión puede resultar una apoteosis, como también la gran caída.

    En esta línea el ciudadano pretende secretamente, aunque no se lo confiese una tecnocracia. Con ella conduce su tensión al número, queriendo resolver el fondo inmoral de la tensión con la amoralidad de la máquina. Pero como para ello debe medir linealmente una realidad de infinitos sectores, triunfa sólo en apariencia, en la ficción, con el riesgo de tener que tomar conciencia, en cualquier instante, de su falsa posición.

    En la ciudad europea la tensión se resolvía a medias, por cuanto disminuía con la emigración, el desplazamiento de los desheredados que se llevaban consigo el demonismo social agotándolo por el resto del mundo. La colonia, la conquista imperialista, la penetración pacífica, eran los portadores del inconsciente social hacia afuera del radio de acción del ciudadano.

    El que quedaba, el ciudadano propiamente dicho, se sometía al ser. De éste se liberaba por instantes mientras desviaba al cabaret sartriano un absurdo malentendido, vivia el peso de una historia tejida sin lapsos irracionales en el sentido uniforme que le concede la inteligencia elemental de la ciudad.

    Pero en tierra mestiza, la fe en el absurdo desaparece para quedar aquella conciencia aplastante de orden e inteligibilidad, encarnada en el gringo industrioso, con la singularidad de que la experiencia del ser se convierte en un simple instrumento de perpetuación. Lo que en Europa se impuso pasivamente por una ley interna, en la América mestiza se pretende llevar adelante por voluntad consciente. De ahí a que el hijo del gringo llegue a suponer la ficción de la ciudad no hay más que un paso, con el agravante de que no le queda más remedio que vivir esa ficción.

    En ello intercede la tierra, la distancia que media entre ésta y la ciudad y el gesto peculiar de una fe exasperada en la ficción.

    (…)

Rodolfo Kusch, La seducción de la barbarie, editorial Raigal, 1953.

    (…)

    En la máquina se originan uniones continuadas en forma de cadena; la máquina no puede llevar a cabo transiciones repentinas, por saltos, es decir que no puede modificar los principios originales.

    En cambio, el pensamiento humano realiza sus descubrimientos más significativos sobre la base de la fantasía creadora, la cual representa una ruptura de la continuidad en el proceso del conocimiento.

    Si consideramos, por ejemplo, la situación de la física hacia fines del siglo XIX, podremos decir que la máquina podría haber calculado, con una exactitud de un millonésimo, los datos de la irradiación y de la absorción del llamado corpúsculo negro, pero no habría llegado al importante descubrimiento de Max Planck sobre la discontinuidad del intercambio energético. En el mejor de los casos, la máquina puede comparar, sobre un mismo plano y sobre la base del método de “prueba y error”, las posibilidades, pero el mundo real y las informaciones sobre el mismo son polifacéticos y amplios, y no pueden ser reducidos a un plano. El traslado casual de la máquina a otro plano, a una clase de sucesos no contemplados en el programa, significa una catástrofe, una “psicosis” de la máquina, una “conspiración de las mónadas”, como lo expresara Norbert Wiener, basándose en Leibniz. En el hombre, en cambio, las asociaciones por saltos despiertan ideas inconscientes, que siempre se hallan presentes, en un plano posterior, en el cerebro. Para el hombre, tales saltos son necesarios para pasar de una teoría a otra.

    (…)

    En todo caso, todas las investigaciones sobre este problema de la relación entre el hombre y la máquina, deberán partir, en el futuro previsible, del hecho -determinate de toda la evolución posterior de la máquina- que los autómatas han surgido de la actividad espiritual del hombre.

    (…)

    La construcción de autómatas que se reproducen a sí mismos tuvo como consecuencia un progreso fundamental en el desarrollo de las máquinas cibernéticas: éstas logran la capacidad de una cierta autoevolución. Pero aún esta evolución independiente de los autómatas será muy relativa, puesto que la misma tendrá lugar sobre la base del “impulso inicial” dado al sistema autoreproductor por el hombre, el cual da un programa inicial al autómata. Por esta razón, todas las ideas de una “sociedad de máquinas” independiente, la cual incluso podríoa llegar a rebelarse contra el hombre, son utopías reaccionarias y carentes de fundamento. El reino de las máquinas, aún de las autoreproductoras, no puede llegar a ser independiente, autónomo, cerrado en sí mismo, respecto del hombre, en cuanto “primer motor” de las máquinas cibernéticas. En los primeros “autómatas” ajedrecistas se habían escondido hombres, para engañar a los espectadores. Actualmente se “esconde” al hombre, abiertamente, en la máquina cibernética, pero no su cuerpo sino sus informaciones y su despliegue de trabajo, gracias al cual se insufla vida en el metal muerto de las máquinas.

    Las máquinas no poseen -al igual que el satélite de la tierra, la luna- una fuente de luz propia, sino que resplandecen por la luz reflejada del espíritu humano.

    (…)

    El autómata es sólo un eslabón en la cadena cerrada “hombre-naturaleza”. Este eslabón puede hacerse cada vez más complicado y más largo, pero nunca se convertirá en la cadena íntegra. En el cosmos, el autómata no puede ocupar otro lugar que el situado entre el hombre y la naturaleza. La esfera de los autómatas puede ser más amplia, pero nunca podrá llegar a ser otra cosa que una esfera intermedia, y no puede absorber al hombre ni a la naturaleza. La naturaleza se hallará siempre por debajo y el hombre siempre por encima del autómata.

    La relación entre el hombre y la máquina posee carácter histórico y depende de las relaciones sociales.

    En la sociedad antagónica, en la cual todos los vínculos naturales han sido desfigurados, puestos cabeza abajo, los órganos artificiales del hombre, los instrumentos de producción, subyugan al trabajador. Incluso la transmisión de funciones del trabajador a las máquinas lleva en sí un carácter antagónico, llegando hasta el completo desplazamiento del trabajador de la producción, hasta la desocupación.

    En la sociedad que reposa sobre la propiedad privada, no puede haber una relación razonable entre el hombre y la máquina: mientras el hombre trabaja es esclavo de la máquina, se convierte en su apéndice, y cuando no tiene trabajo es aislado por la máquina.

    En la época actual, la máquina, que es un arma de los capitalistas en su lucha contra los trabajadores, se convierte en una herramienta contra el sojuzgamiento cada vez mayor de los creadores espirituales. No es casual que Norbert Wiener plantee una sombría perspectiva y diga que a un hombre de capacidad media pronto no se le ofrecerá nada, en la sociedad capitalista, con lo cual pudiera ganar dinero. En la sociedad burguesa, la inteligencia activa se encuentra entre la Escila del sojuzgamiento por medio de la máquina, de la transformación en un apéndice del sistema cibernético, y la Caribdis del desplazamiento por la máquina.

    La contradicción entre trabajo intelecual y trabajo manual adopta, en la sociedad capitalista actual, un carácter particularmente distorsionado: el trabajo intelectual -al igual que el manual- se deprime al nivel de una subordinación a la máquina. La salida radica en que, en la sociedad burguesa, el intelectual no se refugie en una fantástica “torre de marfil”, sino que se dirija hacia los verdaderos trabajadores. Cuando más estrechamente se una la inteligencia con la clase trabajadora y su partido, tanto más rápidamente será relevada la sociedad del insensible pago al contado.

    En una organización planificada de la sociedad que se funda en la propiedad colectiva, la transmisión de un número cada vez mayor de tareas de la producción del hombre a la máquina, no conduce a contradicciones antagónicas entre ambos. Por el contrario, una liberación tal del hombre, de numerosas operaciones de la producción, es la condición inexcusable para una correlación razonable entre el hombre y la máquina, en la cual se da “a la máquina, lo que es de la máquina” y “al hombre, lo que es del hombre”. Cuanto más se transfieran a las máquinas las tareas de la producción, tanto más flocererá, de acuerdo a una frase de Marx, “lo humano en el hombre”. Esto se alcanza con la ayuda de la automatización, la cuál representa la línea general de la evolución de las fuerzas productivas en el camino hacia el comunismo para prolongar el medio principal, el “tiempo libre” de los obreros. Pero este “tiempo libre” no es, en ningún caso, un tiempo no utilizado, vacío, socialmente insignificante. El “tiempo libre” es un resultado y al mismo tiempo una condición inexcusable del aselanto social. Para mantener las posiciones claves en el proceso de dirección, el hombre debe perfeccionarse para poder aventajar, en todo momento, la evolución de las máquinas. Para este perfeccionamiento tampoco puede renunciar al “tiempo libre”. Pero si el hombre lo emplea jugando al dominó, no acelerará el adelanto social. De acuerdo a nuestro punto de vista, resulta adecuado decir que la “productividad del empleo del tiempo libre” es una condición escencial para la elevación de la productividad en el trabajo.

    (…)

I. B. Novik, Acerca de algunos problemas metodológicos de la cibernética.
Publicado en Cibernética: ciencia y práctica, editorial Lautaro, 1964.

    Siempre se ha intentado inventar máquinas. Pero la cibernética es una reflexión sobre la invención de las máquinas. Ella introduce en éstas el cálculo y la razón, confiando plenamente en el poder de acopio y de memoria del trabajo razonable. Puesto que no se trata más que de aplicaciones prácticas (encontrar la mejor máquina en vistas a un objetivo dado y con la ayuda de medios bien definidos), el razonamiento debería, a la larga, sobrepasar la habilidad, la inspiración y los rasgos del genio.

    Pero esta reflexión es extrema y sin otros límites que los -eventuales- del universo. La cibernética representa el último eslabón conocido de la organización de la acción, después del período de los magos y del de los técnicos.

    Los objetivos del mago eran grandiosos: producir oro, correr a la velocidad del pensamiento, obtener a voluntad la lluvia o la inmortalidad. Pero el mago ignoraba la buena disposición de los medios. No sabía utilizar los que tenía a su alrededor y se limitaba a los encantamientos y a los pasos mágicos ineficaces.

    El técnico, por el contrario, se las ha ingeniado para organizar los medios inmediatamente movilizables. De esta manera ha logrado cierto número de objetivos. A esta técnica que no apunta a lo imposible, pero que alcanza los objetivos que se ha propuesto, se le une una especie de modestia: la creencia en la excelencia de las organizaciones naturales y en el peligro de las empresas demasiado ambiciosas y demasiado alejadas del género de vida que hemos sostenido siempre.

    Por fín, el cibernético ha unido a una técnica extremadamente ambiciosa a los objetivos casi ilimitados del mago: cambiar un hombre en una mujer, llegar a la luna, arrancar el secreto de la materia… y muchos otros.

    El cibernético queda encerrado dentro de la técnica. Como el sofista, se limita a ofrecer a los hombres la realización de sus deseos por inverosímiles que sean. Nunca se refiere (en apariencia) a la moral y jamás escoge los objetivos. A él únicamente le interesan los medios. El ingeniero a quien se le pide que realice un objetivo propuesto debe poder responder: es factible; y ofrecer los medios. El ingeniero que, antes de conocer el objetivo propuesto, contesta: probablemente es factible, seguramente será un cibernético que no sólo posee los conocimientos sino también el estado de espíritu cibernético*. Podemos aquí adoptar como divisa de la cibernética la expresión: probablemente es factible.

    (…)

    Al igual que ocurre con ciertas personas de ironía mordaz, que, sin embargo, no nos decidimos a abandonar porque sus pensamientos nos seducen, la cibernética proporciona al mismo tiempo al espíritu un estimulante y una ducha fría que tiene efectos saludables.

    Siempre que sintamos deseos de gritar que lo que vemos es un milagro, de adorar al hombre y de maravillarnos ante las huellas de sus pasos, es conveniente pensar tal situación en el lenguaje de las máquinas. Muchas veces se revelará algún detalle mecanizable, no permitiendo admirar más que lo que realmente era digno de admiración.

    El acceso a esta forma de pensar exige una ascesis en dos tiempos, muy difícil, muy nueva, a la cual estamos tan poco habituados que uno siente la tentación de repetir las palabras de Don Quijote: “Ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar… en fiera y desigual batalla”.

    El primer tiempo consistiría en aceptar el empobrecimiento y la materialización del cuerpo humano, que cada vez nos aparece más como una máquina. El ojo, el oído y la mano han dejado de ser milagrosos. Todo lo más siguen siendo maravillosos (y la maravilla puede tal vez ser más interesante que el milagro). Hay que prever que otras partes de lo que nosotros creíamos ser lo humano se separarán y caerán en el campo de la materia. La vida se retira sobre un pontón cada vez más estrecho, en el cual lucha el humanista con el agua hasta las rodillas.

    Siguiendo la evolución del término humanismo, nos damos cuenta de que actualmente estamos en oposición con los hombres del Renacimiento. Estos acababan de abandonar la gran meditación mística de la Edad Media para ceñirse en una observación más precisa del hombre y de lo que le rodea. Por el contrario, actualmente estamos intentando ampliar nuestra visión del hombre. El humanismo del Renacimiento se abstenía voluntariamente de ciertos aspectos de un inmenso espiritualismo. El humanismo actual quisiera magnificar lo poco que nuestra época acepta tomar en consideración. Pero en esta empresa de salvamento del hombre, en la cual participan los sabios en sus horas libres, los enamorados de lo humano se sitúan muchas veces en una postura peligrosa y no escogen con acierto las armas que deben emplear. ¿Quién fue el que dijo: “Jamás habrá máquinas de traducir”? Pues fue N. Wiener, el fundador de la cibernética (en una carta a Waren Weaver). Como muchos otros sabios, N. Wiener era entonces un humanista imprudente. Lloramos cada vez que debemos ceder una parte del hombre y que nos vemos obligados a reemplazar esa mano humana tan querida por Valéry por algún aparato más perfecto que ella. La afirmación más desacertada y peligrosa, aquella que deberíamos tener más en la frase: “Jamás existirá la máquina de hacer tal o tal otra cosa”. Basta haberlo dicho para que seis meses más tarde alguien invente dicha máquina.

    Es preferible conceder a los mecanicistas lo que es visiblemente mecánico y más todavía, y tomar por este lado todas las precauciones posibles. Esa purificación del hombre (en el sentido químico de la palabra purificación) es necesaria, si queremos creer en el hombre. Creer en el radio consistió para los Curie en quitar primero las toneladas de impurezas que envolvían en la pechblenda algunos miligramos de radio.

    Es necesario lanzar al agua de nosotros mismos esa ganga maquinal del hombre que parece animarse y engaña la buena voluntad. Cuando lo que nosotros queremos salvar deja oir un ruido de engranajes, es probable que no hayamos “sacado del fondo de las aguas” más que una máquina. Como el delfín de La Fontaine, deberíamos volver a echarlo al agua y buscar “algún hombre, a fin de salvarle”.

    (…)

    Pero la materia que procede de los alimentos ha pasado al campo de la vida y lucha junto a ella contra el resto de la materia. Trátese de órganos vivientes o de artículos manufacturados, la materia que les constituye se aparta del curso de la entropía para seguir nuestro camino. Una nueva ternura tal vez nos empujará de nuevo hacia ese cuerpo y hacia nuestros otros útiles materiales (que hemos dejado de amar desde los tiempos de la Roma primitiva). Igual que, después de un día de viaje y de colaboración -si no espiritual, por lo menos corporal, en la acepción más intensa de esta palabra, en el sentido de una presencia, de algo que no es el vacío, que se sostiene y en lo que puede uno tener confianza-, nosotros acariciamos con la mano el coche, o al modo que besamos con la mirada el banco y los árboles de una plaza, amaremos esta materia que no es del todo material. Además, toda materia, incluso no elaborada, extraña y ciega, no es perjudicial ni mala, sino solamente determinada y ciega.

 

 

* Espíritu cibernético: situación espiritual o actitud mental que considera la posibilidad de los medios ante el fin que se propone. Dicha posibilidad, en virtud de tal espíritu, se convierte en probabilidad efectiva de que los medios existan y sean, al mismo tiempo, los adecuados a la realización del objetivo. También podríamos entender, por nuestra cuenta, dicho espíritu como el sentido de la autorregulación o, quizás, en otra forma, de la regulación adecuada.

Aurel David, La cibernética y lo humano, 1966.

    Algunas notas desde un manual añejo de cibernética, muy pertinentes para nuestra actualidad rodeada de modelos de inteligencia artificial, ciencia tan relativizada como desfinanciada, y un gremio informático en su peor momento de explotación y decadencia.

 


 

    Si estudiamos un sector de la realidad, lo describimos por medio de ciertas sentencias que pertenecen a un lenguaje determinado, al cual denominamos lenguaje-objeto. Si el conjunto de sentencias es suficientemente rico y lógicamente coherente y, además, incluye sentencias que tienen cabalmente validez general, entonces podemos considerar a dicho conjunto de sentencias como una ciencia. Supongamos, por ahora, que solamente a tal conjunto de sentencias es a lo que llamamos ciencia.

    Ahora hagamos caso omiso de ese sector de la realidad que es descrito por la ciencia y concentremos nuestra atención en la ciencia misma. Entonces surgen varias cuestiones: ¿dicha ciencia es consecuente internamente? ¿Es verificable experimentalmente? ¿Cuáles sentencias de esa ciencia se desprenden lógicamente de una sentencia dada? ¿Cuáles sentencias de esa ciencia son lógicamente independientes unas de otras? Contrariamente a las apariencias superficiales, todas estas cuestiones y sus correspondientes respuestas no están formuladas en el lenguaje-objeto, sino en otro lenguaje (que incluye, entre otras cosas, los nombres de las sentencias pertenecientes a la ciencia). Este lenguaje, que sirve al nuevo propósito de describir la ciencia, puede ser llamado metalenguaje. Y las respuestas a las cuestiones que acabamos de plantear pertenecerán a un dominio diferente al de la ciencia, tal como hemos considerado estrechamente aquí. Dichas respuestas pertenecerán a un conjunto de sentencias al que denominaremos metaciencia. De esta manera, la metodología moderna distingue la lógica de la metalógica, a aritmética y la metaaritmética, la geometría y la metageometría.

    Generalmente no nos ocupamos de la metaciencia, antes de habernos ocupado de la ciencia; pero hay una notable excepción, de la cual trataremos después.

    La respuesta al problema de saber cuál es el dominio de una ciencia dada, no es un problema científico, sino metacientífico. Entonces, cuando preguntamos acerca del dominio de una ciencia, antes de habernos familiarizado por lo menos con una de las sentencias pertenecientes a dicha ciencia, nuestra pregunta no es impropia, pero es prematura; ya que nos ocupamos demasiado pronto de la metaciencia. Por eso es que parece más razonable ocuparse primero de una ciencia determinada y sólo después de la metaciencia. Éste es el orden adoptado en este libro y, por tal razón, es que hasta aquí abordamos el problema de saber cuál es el dominio de la cibernética. El siguiente paso también pertenece al nivel de la metaciencia, puesto que consiste en tratar los métodos de investigación de la cibernética.

    (…)

    Parece razonable arriesgarse a hacer la siguiente afirmación:

    

El dominio de la cibernética implica únicamente el estudio de los sistemas relativamente aislados y, en particular, de los sistemas informados, los sistemas informantes y los sistemas de información.

    ¿Semejante afirmación se encuentra de acuerdo con el punto de vista común de que la cibernética es la ciencia general del control y la comunicación? La respuesta es que, más o menos, sí se encuentra de acuerdo. Pero primero deberíamos explicar que el control y la comunicación son prácticamente idénticos, cuando se dan sus significados precisos.

    ¿Qué significa la “comunicación”? Desde luego, la comunicación es transmisión de información. Y, ¿qué significa el “control”? El control también consiste en la transmisión de información con la intención de producir los cambios deseados. Así, todo control es una comunicación. Y, por otra parte, toda comunicación es un control, puesto que toda comunicación consiste en transmitir información con la intención de que se produzcan, por lo menos, aquellos cambios que surgen del hecho mismo de que la información ha sido recibida.

    De esta manera, el punto de vista comúnmente aceptado puede ser sustituido por la siguiente formulación:

    

La cibernética es la ciencia general de la comunicación.

    Pero, para referirnos a la comunicación es necesario hacer referencia, ya sea de manera consciente o de cualquier modo, a los estados distinguibles de las entradas y salidas de información, o al hecho de que la información será sometida a ciertas operaciones dentro de algún sistema relativamente aislado, o bien, a ambas cosas a la vez. Por consiguiente, el punto de vista ampliamente aceptado hasta ahora puede reformularse en estos términos:

    

La cibernética es la ciencia general de los sistemas informados y de los sistemas informantes y, en particular, de los sistemas de información.

    (…)

    En nuestra opinión, el dominio de la cibernética se encuentra limitado estrictamente a los sistemas relativamente aislados. Pero, ciertamente, la cibernética no puede ser definida como la ciencia que se ocupa de los sistemas relativamente aislados; porque tal definición sería demasiado amplia.

    ¿Buscaremos, acaso, una tesis más atrevida? ¿Por qué no descartamos la reserva “y, en particular, los sistemas informados y los sistemas informantes”, y simplemente afirmamos que la cibernética es una teoría general de los sistemas relativamente aislados? Por ahora, a juzgar por los trabajos que se han realizado en la cibernética, eso implicaría una extensión unilateral de sus fronteras. Además, tal cosa implicaría la ocupación de algo que quizás no es una “tierra de nadie”, puesto que el concepto general de sistema relativamente aislado parece ser necesario no solamente en la cibernética, sino también en dos ramas de la lógica, como son la lógica de la inducción eliminatoria y la lógica de la analogía.

    (…)

    Hemos introducido los conceptos básicos de la cibernética y convenido en cuál es el dominio de esta disciplina; pero todo ello de manera superficial y unilateral. Pues bien, una vez que conocemos más o menos los instrumentos y el material de trabajo, debemos dedicar unas cuantas palabras a la manera en que dichos instrumentos son utilizados (esto es, a los métodos de la cibernética) y a lo que se ha ejecutado con ellos hasta ahora (o sea, a los resultados logrados por la investigación cibernética).

    A primera vista, podría pensarse que ya existe una teoría general de los sistemas relativamente aislados, construida more geometrico, como se decia en otros tiempos, o sea, formulada como un sistema axiomático. Pero lo cierto es que todavía no se formula semejante teoría. Lo cual no es de sorprender, puesto que dicha teoría vendría a ser el fundamento de la cibernética y, como es sabido, solamente en el caso de un edificio es que se construyen primero los fundamentos o cimientos. En lo que respecta a las disciplinas científicas, los fundamentos sólo se pueden establecer en una etapa relativamente avanzada de su desarrollo.

    (…)

    Los resultados más notables no se han orientado hacia la formulación precisa de los fundamentos de la cibernética, sino más bien a ciertas aplicaciones de conceptos básicos no muy precisos. En ese sentido, podemos distinguir tres métodos de aplicación de la cibernética, los cuales son:

    

        

  • 1) el análisis,
  •     

  • 2) la síntesis, y
  •     

  • 3) la construcción de modelos.
  •     

    A continuación describiremos brevemente cada uno de estos métodos.

    

Análisis

    El análisis de los sistemas relativamente aislados existentes (como son los organismos vivos, las máquinas y las organizaciones sociales), consiste en distinguir dentro de un sistema dado sus partes componentes que son, a su vez, sistemas relativamente aislados, y en estudiar así los acoplamientos que explican el hecho de que dichas partes constituyan un objeto único.

    Entendido de esta manera, el análisis no es nada nuevo para el biólogo, el técnico y, tal vez, el sociólogo y el economista. Sin embargo, parece ser que la aplicación de los conceptos básicos de la cibernética puede servir de ayuda al investigador científico, tanto para efectuar análisis como para formular sus resultados con lucidez.

    

Síntesis

    La síntesis se puede representar típicamente, de la manera que sigue:

    

        

  • 1) La tarea consiste en construir un sistema relativamente aislado que satisfaga ciertas condiciones específicas.
  •     

  • 2) Se tiene dado un cierto grupo de sistemas relativamente aislados simples.
  •     

  • 3) El sistema planeado se construye mediante el acoplamiento de sistemas pertenecientes al grupo dado de sistemas simples.
  •     

  • 4) En algunas ocasiones, el problema resulta insoluble. Entonces se busca una solución de compromiso, volviéndose a formular nuevamente la tarea para que sea (probablemente) soluble. Para lograrlo, se hacen menos rigurosas las condiciones iniciales o se amplía el grupo dado de sistemas simples.
  •     

  • 5) Con frecuencia se encuentra más de una solución al problema. En tal caso, generalmente se estudian todas las soluciones y, por último, se selecciona la que sea óptima (ya sea desde el punto de vista del costo de construcción u operación, de la eficiencia, de la rapidez con que se ejecutan las operaciones, etc).
  •     

    En la práctica, tanto los constructores como los organizadores tienen que resolver problemas de síntesis, cosa que frecuentemente hacen de manera inconsciente.

    

Construcción de modelos

    Como el término modelo tiene muchos significados diferentes, parece aconsejable definir el sentido en el cual será usado en este libro.

    Supongamos que tenemos dado un cierto sistema relativamente aislado, al que denominaremos “el original”. (…) Entonces, por “modelo” entendemos un sistema tan poco complicado como sea posible y que funcione de manera análoga al original. Y, por “construcción de un modelo” entenderemos la realización del proyecto o la construcción física de un modelo.

    Como ya lo hemos indicado, la naturaleza del original puede ser sumamente variada. En cambio, cuando se ha pasado de la etapa del proyecto, los modelos se construyen generalmente de materia técnica inanimada.

    Los propósitos que se persiguen al construir los modelos, pueden variar considerablemente. En efecto, se puede construir un modelo con propósitos de enseñanza; lo cual permite advertir un futuro promisorio para la construcción de modelos. También se pueden construir modelos con propósitos de investigación; cuando, por alguna razón, el original no es fácilmente accesible, entonces se estudia en su lugar un modelo. Es obvio que tal estudio puede producir resultados inciertos; pero, en algunos casos, este método de investigación también puede conducir a descubrimientos valiosos. Por último, la construcción de modelos se utiliza algunas veces con propósitos de automatización; puesto que un modelo de trabajo realizado por un obrero, un despachador o un inspector, constituye el primer paso para la construcción de un autómata.

Henryk Greniewski, Cibernética sin matemáticas, 1960. pp 50-66.

    I saw this morning on techrights some news about RMS coming to Buenos Aires.

    But then I saw the context is web3-something, and there’s the Ethereum cryptobro there, so already I don’t like this one bit. In any case, having a figure like RMS near us is a privilege this days, so I played ball. The first thing I saw next is that it requires registration: it’s free –as in gratis–, but you need to register. Which is ironic in the context of all this “PRIVACY IS FREEDOM” ethos, but it’s equally understandable: you can’t just let everyone in because there are space limitations. So I did go to the event registration form.


    Next I see it says “register to see address”. Yet they added the zip code. I don’t know about the rest of the world –or even the rest of Argentina–, but here on Buenos Aires zip codes give you a very precise location to look for.

    So much for “privacy”. So I scrolled a little to see who this people was –I’m no familiar with web3 organizations, I actively keep myself as far away from it as possible–, and I can see some old talks published. The first one is some gentleman exposing everyone he’s using Apple hardware to speak about privacy.

    This already looks like people talking about “privacy” but actually refering to “anonimity”, which is a form of “secrecy”. “Privacy” means a lot of things –as well as “freedom”–, and as usual bad actors turn those meanings to whatever they can use for their own benefit. But let’s not get ahead of ourselves with our prejudices: I’ll just register to see what happens. Surely this will not ask for data to track me, right?

    Fortunately I can put there whatever I want, as it always should be. I imagine this will later be part of some list some people check at the event’s front door. And what can be seen next is some extra data, with some options for calendar reminders. Whatsapp, for example. Or google, yahoo, outloop, or “Apple” –I guess they don’t have any fancy name for their own broken email/calendar service, can’t tell because I don’t touch anything from Apple even with a long pole–.

    I guess I was lucky: by “Apple / Outlook” they meant “an ICS file usualy any mail client can read”, and so did Thunderbird and Gnome Calendar. So I didn’t need to add the calendar entry by typing: just importing a file.

    I’m not optimistic of what’s coming here. This looks like a lot of neoliberal cult of anonimity, fantasizing entrepreneurial mindset and distancing from the State will make anything better for everyone. I hope I’m wrong about it and this ends up being interesting, but doesn’t looks like it. This is the left wing politics informatics and tech sectors have since I was a kid, and everything’s worse and worser every year for workers since I was a kid to today. IT workers are fooled by jargons and buzzwords and supposedly great ideas with the concepts of “freedom”, “privacy”, and “innovation” at its core. We have now so much freedom that we can’t sleep: we work infinite hours –and that’s supposed to be a good thing because of “growth” and “opportunities” and “success”–, we have to be part of “on call rotations” as if we were saving lives or something really important –we don’t, we just have no choice if we want to keep having a job and feed our families–, and our skills are always obsolete in front of the new buzzword from competing big business and people who doesn’t actually do tech at all –like business men, product owners, managers, or even HR people, many of them also victims of it all–. Neoliberal mindset is the problem, and both “privacy” and “freedom” are part of it.

    Of course we need and want “freedom”. But that must mean stuff like “having time to do our life our way”, “having enough money to actually live instead of just survive”, “having access to infrastructure”, “being able to be part of a community”. That’s not “fight the state”, but most likely take control of it and make it work our way, with our interests in mind. That’s not “do everything yourself”: I’m not alone and I need help, I need to trust others; there’s not freedom in being alone, that’s called solitude –a very, very serious mental health issue affecting hundreds of millons–. Same goes for “privacy”: I need anonimity in order to not be tracked when I’m a cultural or political dissident –which is actually something quite common, reasonable, and important, from politics to mental health–; but the rest of the time I actually want to be tracked, my data public, the stats of my life part of metrics databases that allow to understand what’s going on with societies and so someone can do something about the myriad of active unsolved problems. I want other people to know where I’m at and what I’m doing: not as some freakish panopticon-like obsessive disorder, but just so we mantain some degree of contact even at distance and we feel safer knowing someone knows about us; ask any woman going to the streets alone by night what do they think about activating some tracking service on their mobile phones. I need “privacy” as in “private ownership” of my home, my tools, my stuff: not “privacy” as in “nobody knows how much money I have”. And what about discussing “what is public”? Missinformation is a dissaster in our societies, yet we still rely on public institutions we’re supposed to take distance from because otherwise it breaks our privacy, and when we do we have qanon and pizzagate lunatics all around us. We rely on public figures –like RMS himself– to point us the horizon, to represent us, to debate in front of other PUBLIC –not PRIVATE– figures representing others worldviews, perspectives, interests, ideologies: when are we going to discuss the systems behind the formation, installation, and mantainance, of such important figures, such important roles for our societies? Because the more we don’t, the more we have morons, lunatics, and actual bad actors, telling our societies to submit to all kind of antihuman behaviours in order to achieve some metaphisical glory, from all kinds of “growth” to actual crypto-progress. Why can’t all of us be a little less private and a little more public? What’s so problematic about it, if not because of “our privacy”? Our lives go away as we work and work and work to survive: when are we going to discuss in public alternatives to that, instead of discussing more and more our privacy? How is this “privacy” mindset not affecting our means to organize, if we all need to distrust others and encapsulate ourselves as individuals?

    We IT people need to discuss as workers: we need to tackle working class issues, not entrepreneurial problems; we’re not entrepreneurs, we are workers, and I believe until we don’t conceptualize that properly this “freedom” and “privacy” conventions will most likely be the enemies of our labor rights proposing stuff that hurt us even more and presenting all of it as a way to a better future. I find it sinister. I hope I’m wrong about it. Maybe someone has anything to say about worker rights there?… … … yeah… … … I better keep my expectations low.

Sobre éticas emocionantes

| July 11th, 2025

    (…) si es peligroso afirmar que existe una analogía con evidencias insuficientes, es igualmente peligroso rechazar una sin pruebas de su falta de congruencia. La honestidad intelectual no es equivalente a la negativa a asumir un riesgo intelectual, e incluso la negativa a considerar que lo nuevo y emocionalmente perturbador carece de mérito ético particular.

    La idea de que la supuesta creación del hombre y los animales por Dios, el engendramiento de los seres vivos de acuerdo con su clase, y la posible reproducción de máquinas, forman parte del mismo orden de fenómenos, es emocionalmente perturbadora, tal como las especulaciones de Darwin acerca de la evolución y el origen del hombre fueron perturbadoras. Si fue una ofensa contra nuestro propio orgullo el que se nos comparase con un simio, ahora ya nos hemos repuesto de ello; y es una ofensa aún mayor ser comparado con una máquina. A cada una de estas sugestiones, en sus respectivas épocas, se vincula una reprobación semejante a la que en épocas anteriores se vinculó a la brujería.

Norbert Wiener, God and Golem Inc., 1964.

24 de Marzo – 2025

| March 24th, 2025


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