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No es tanto tiempo

| October 26th, 2020

    Querida gente que viene después de mí. Les escribo algunas notas, apenas aprovechando una oportunidad, antes de que la vida me encuentre de nuevo sin el tiempo, ni las energías, ni tal vez la claridad, cuando no directamente la salud. Quería decirles algo desde hace mucho tiempo, para lo que siempre parece que no fuera el momento, que lo que voy a decirles no viene al caso de nada, que ya lo saben. Supongo que lo vamos a averiguar. Y es que la cuestión es, precisamente, acerca del tiempo.

    En este momento estamos atravesando la pandemia. Espero que sea “la” pandemia, y que no suceda lo que hace 100 años atrás pasó con “la gran guerra”; espero que no venga otra después, o incluso cosas peores, y que este evento que vive mi generación sea realmente una cosa excepcional, trascendente, histórica. Pero tengo la triste convicción de que eso no va a ser así, y que ustedes van a pedirnos explicaciones por el mundo de mierda que van a haber heredado; y que cuando eso suceda, mis hermanes, con mucha frustración y vergüenza, van a bajar la vista sin saber qué decirles. O peor aún, van a gritarles, defendiéndose, diciéndoles qué es lo que tienen que hacer y cómo tienen que vivir. O van a mentirles, mintiéndose también a sí mismos, desesperades, aterrades, echando culpas hacia todos lados, aferrándose a la fé lunática de sus ideologías moribundas como salvavidas en pleno naufragio.

    Lo siento mucho. Es lo primero que tengo para decirles. Sinceramente lamento que las cosas sean lo que son para ustedes. Sepan que no se lo merecen: no es su culpa, no es por nada que ustedes hayan hecho o dejado de hacer. Fuimos nosotres, les que vinimos antes. Cúlpennos a nosotres: por favor, déjennos al menos quitarles esa carga, permítannos al menos eso, si es que no podemos hacer nada más.

    Lo segundo que les pido que entiendan es que, se los juro, nosotres no sabemos qué hacer. Estamos improvisando, y no nos está yendo bien. Vemos al mundo destruirse más rápido de lo que llegamos a meterlo en nuestra cabeza, y nos vemos unes a otres sufriendo desconsolados sin saber cómo ayudarnos. No queremos morir, y sólo queremos una vida felíz y en paz, pero así y todo nos matamos unes a otres y a todo lo demás que nos rodea en una sucesión de infinitos accidentes que jamás aprendimos a controlar. La situación nos excede, y francamente nos excedió siempre. Es desesperante. Y les juro que hacemos lo que podemos, lo que nos sale hacer.

    Pero tengo algo más para transmitirles, y les aseguro que esto es mucho más importante para ustedes que unas simples disculpas o un poco de empatía. Tienen que saber esto: mi generación es hija del siglo XX. Y el siglo XX fue un absoluto y completo desastre. Mi generación, como la de ustedes, heredó un mundo que iba a toda velocidad hacia el desastre. En eso les entiendo, y por eso les escribo: porque tengo reflexiones al respecto, y estoy haciendo lo que esté en mis manos para que ustedes no tengan que vivir las mismas cosas que a nosotres nos marcó tan para mal. Ese demente a los gritos, esa señora que se larga a llorar sin saber qué decir, ese viejito que les agarra fuerte el brazo con miedo desesperado a la muerte y a la soledad, alguna vez vivió eso que están viviendo ustedes ahora, y nunca lo resolvió. Sé que es horrible, lo sabemos todes les que heredamos el siglo XX, les que tuvimos la responsabilidad de construir el siglo XXI, y que fracasamos.

    Cuando llegó nuestro momento, el mundo nos dió a elegir: mierda, o mierda. Y ni siquiera eso: la verdad es que no había dos opciones. Yo nací en 1982, y para el 1989 ya había una sola. Yo no le hice dos guerras mundiales a nadie, no tiré ninguna bomba atómica en ningún lado, no llevé adelante ningún Plan Condor ni ninguna proxy war: y sin embargo yo tuve que pagar la cuenta de todas esas cosas. Y no sólo eso: me dijeron todos y cada uno de los días cómo tenía que hacerlo, qué cosas estaba bien y mal elegir, cómo tenía que pensar. Me dijeron que sólo podía elegir al capital: ya sea el de Smith, el de Marx, el de Keynes, o el de Hayek; y cuando dije que no, se burlaron de mí, abusaron de mí, me humillaron frente a todes, e hicieron de todo para doblegar mi cuerpo y mi alma. Me castigaron cuando soñé cosas mejores y distintas. Me respondieron con violencia cuando les dije que creía en mis ideas. Y ni siquiera me ofrecían el exilio: me amenazaban con la prisión o la muerte si no hacía caso, y me decían que no tenía ningún lugar a dónde ir, que el mundo era uno sólo.

    Mi historia es la de todes mis hermanes. Poques la atravesamos con cordura, difícilmente podemos decir si en verdad no estamos loques. Tenemos miedo, a les demás y a nosotres mismes; nos cuesta infiernos distinguir amigues de enemigues, y encima el siglo XX se ocupó también de matarnos la fé. Yo soy un bicho raro al que todavía no lograron quebrar. No sé por qué, no importa mucho; somos algunes, ni de casualidad mayoría en nada. Confío en poder vivir hasta el último día de mi vida con lucidez espiritual plena, pero la verdad es que no puedo asegurarlo. Así que déjenme transmitirles esto último, antes de que tal vez no pueda hacerlo más.

    Sepan esto, gente que viene después de mí: todo este pandemonio tiene un defecto secreto, que no se nota mucho, pero que una vez lo pude ver. El secreto es que no es tanto tiempo.

    Desde la revolución industrial para acá, todo vá más rápido día tras día tras día tras día. Hoy estamos en la era de la información, en la que mi generación puso tantas esperanzas, tan sólo para ser nuevamente sometida y humillada por las mismas fuerzas enfermizas de siempre: hoy internet es nuestro gas mostaza, nuestro bombardero, nuestra bomba atómica; la misma internet que iba a unir y liberar al mundo, y que terminó esclavizándolo y dividiéndolo como nunca antes, tal y como pasó con las maravillas científicas y tecnológicas de todo el siglo XX. Caimos en la misma trampa. Y repetimos el mismo pecado de duplicar y triplicar y cuadruplicar la velocidad de todo. Y les juro que no nos dimos cuenta hasta no tener al mundo en llamas preguntándonos qué carajo fué lo que pasó.

    Y es que no es tanto tiempo. Hace un par de días hablaba con una amiga, y ella me decía preocupada: “la revolución francesa no fué un evento único y rápido; desde el primer evento al último pasaron como setenta años, y esos setenta años fueron de monarquía absoluta, les primeres que se levantaron terminaron todes muertes”. Ella temía un nuevo período oscuro para latinoamérica. Y fue entonces cuando le dije que entre el primer gran gobierno argentino y el siguiente pasaron también básicamente la misma cantidad de años, que no es tanto tiempo. Ayer fué un día histórico en Chile: 80% de les chilenes en todo el mundo votaron que quieren otra constitución, diferente a la que les dejó Pinochet. Chile fue el gran ejemplo de éxito neoliberal para el mundo, y especialmente para latinoamérica: Chile era lo que todes les demás debíamos ser. En Chile, básicamente, la macroeconomía daba siempre positivo, mientras que les chilenes vivían en la más demencial desigualdad. Eventualmente, con la educación y la jubilación privatizadas, mi generación de chilenes se encontró teniendo que mantener a sus hijes y a sus padres, además de a sí mismes, todes sometidos bajo deudas imposibles de pagar. Más de 30 años soportaron eso. Y no es tanto tiempo. Y fue suficiente para que una chispa de treinta centavos saque a la calle 5 millones de personas a protestar en un país de 15 millones. Hace poquitos días el pueblo boliviano votó al MAS, el partido de Evo Morales. A Evo lo echaron a tiros hace un año atrás, en un golpe de estado articulado por la Organización de los Estados Americanos, donde literalmente quisieron matarlo. Evo transformó Bolivia de una manera tan épica que probablemente haya pocos registros históricos comparables; vayan a leer libros sobre lo que hizo Evo. Y hace una semana atrás decían que sus rivales tenían chances, que Evo la tenía difícil; ganó en primera vuelta con el 55% de los votos, con veintipico de puntos de distancia. Parecía que habíamos perdido latinoamérica hace apenas dos años atrás, un año atrás, unos meses atrás; latinoamérica parecía hundida en el peor oscurantismo, y hoy tenemos progresismo y humanismo latiendo en sincronía sobre las reservas más grandes de litio del planeta.

    No es tanto tiempo. Lo que pasa es que nos dicen que estamos apurades, que esta es la última batalla, que es a todo o nada: que todo es vida o muerte. Nos dicen que es acá y ahora, urgente, que nos prendemos o nos lo perdemos. Nos hambrean para que nos lo creamos, para que sea real la amenaza de morir. También nos dicen “revolución”, pidiéndonos que seamos mártires, y nos cagamos encima parados porque de la adrenalina no nos podemos ni sentar. Nos dicen cómo es nuestro tiempo, qué hacer con nuestro tiempo: que no tenemos tiempo. Nos meten miedo con el tiempo, nos obligan a decidir desesperades, y así es como decidimos locuras. Y es que no es tanto tiempo: el que tenemos que aguantar, el que tenemos para dar. Entre el primer y último evento de la revolución francesa pasó una generación; entre el primer y segundo buen peronismo pasó una generación; decile a la gente del 1900 que en una generación íbamos a, no sólo volar, sino directamente caminar por la luna. Imaginate las caras de todes eses cuando les decís “una generación”. Decíselo a la gente del primer peronismo. Decíselo a la gente que llora les muertes de los primeros levantamientos en Francia, a les que se someten al miedo. “Una generación”. Hablale de la luna al que todavía limpia las calles de bosta, y que en poquitos años va a vivir una masacre tan espeluznante e inimaginable que no entra ni en pesadillas. Mirales las caras. ¿Conocés esas caras? Si, es la misma que te ponen mis hermanes cuando les hablás de tus sueños.

    Yo me dí cuenta que no es tanto tiempo. Lo cuál es fácil de decir con la panza llena, está claro. Pero, como imagino que ya debés estar viviendo vos también, la sociedad se las rebusca para que incluso así no puedas sentarte a considerarlo. Y por eso aprovecho el poquito tiempo que tengo para dejarte este mensaje, que un poco es de esperanza, pero fundamentalmente es de cordura: sabé que no es tanto tiempo lo que piden los sueños, apenas una que otra generación haciendo lo suyo.

    Yo voy a hacer lo mío. No creo poder hacer mucho, pero igual lo voy a intentar. ¡Y no te das una idea de los sueños que soy capaz de abrazar!: si supieras te caés de culo. Yo sueño con mundos y galaxias, con gente que vive lo que viven las lunas y los soles, con ser parte de las fuerzas en el cosmos que todavía no tienen nombres. Sueño con cosas super chiquititas que terminan cambiándolo todo para bien. Yo soy futurista, ¡mañana es mejor!, y sueño con mil mundos posibles e imposibles, todos juntos y al mismo tiempo. Así que sé muy bien que no voy a ver nada de mis sueños más allá de en mi propia imaginación. Algunas veces eso se sintió triste. Pero tengo también la intuición de que algo en esos sueños logró que tantos matones y tanta demencia junta en el mundo todavía no logren quebrarme; mis sueños siempre fueron parte integral de mi rebeldía contra un mundo hostil y despiadado, así que les estoy muy íntimamente agradecido. Y la parte más felízmente extraña en eso es que, si lo pensás un poco, en definitiva vos sos parte integral de mis sueños, así que en realidad es a vos a quien le agradezco. Por ahí les humanes somos apenas eso: sueños que sueñan con sueños, que duran lo que duran, y se sienten como si tuvieran sentido aunque si los decís en voz alta suenan como absolutas locuras. Como sea, también por eso te digo que cuando todo se vuelva infernal, le prestes atención a lo que vos soñás, sin importar el tamaño ni el sentido, y que tengas cuidado con cuánto tiempo parecen necesitar.

    Pero te decía, yo voy a hacer lo mío. Voy a apostar a ser solidario con mis hermanes, para que la realidad sea un poco menos enferma; al mismo tiempo que voy a intentar construir herramientas para que tu generación tenga más opciones de las que tuvo la mía. No tengo dudas que voy a fracasar, pero mi plan es construirles a ustedes los planos de una nueva ciencia para una nueva y mejor era de la humanidad. Son sueños: ni más, ni menos. Ojalá pudiera darles algo más. Pero sabé que algunes intentamos dejarles un mundo mejor del que recibieron, como pudimos, así como intentaron muches de los que vinieron antes que yo; sépanlo cuando crean que están soles, o loques, o que la historia termina ahí donde están ustedes. Ahora les dejo, que es su tiempo, y el mío terminó.

    Hace un mes atrás, David Teller publicó una entrada en su blog explicando con tranquilidad y en detalle el polémico proceso detrás de la deprecación de XUL+XPCOM, el mecanismo que utilizaba Firefox en su interfaz de usuario hasta su versión 57, de Noviembre del 2017.

    Aquella decisión, decía, fue polémica, porque implicó perder el enorme ecosistema de agregados (“addons”) que tenía Firefox, y que constituía una de las razones principales para usar ese browser en lugar de Google Chrome. Y tan polémica fué que todavía hay gente enojada al respecto, además de gente que directamente dejó de usar Firefox. En mi cámara de eco prácticamente todes vieron a la iniciativa como un tiro en el propio pié de Mozilla. Y las razones detrás de esa iniciativa fueron aquellas a las que ya nos tiene acostumbradas la informática contemporanea: “velocidad”, “seguridad”, y “lo que quieren les usuaries”.

    Eso último quizás sea un poco injusto, porque buena parte de las justificaciones para el cambio estuvieron también sostenidas en las muchas dificultades de Mozilla para continuar sosteniendo Firefox. Pero mi punto es que esas dificultades van a existir elijan el camino que elijan, razón por la cuál las excluí de la lista. Quizás haya otro debate en esto, que no es el que me interesa en este momento, así que lo dejaré apenas en esta mención.

    El post de Teller relata detalles históricos de XUL+XPCOM, cosas que fueron sucediendo alrededor de la web, y los problemas que enfrentó Mozilla a la hora de sostener Firefox, frente a lo cuál se terminó decidiendo migrar hacia otro sistema conceptualmente diferente. El post es excelente, y de lectura recomendada: tanto es así, que se hizo popular y objeto de discusión, llegando a que la sección de comentarios en la entrada fuera todavía más interesante que el post mismo. Y hace varias semanas quiero tomarme el tiempo de escribir acerca de esas discusiones.

    Para no hacer un texto infinito, voy a ir al grano: Teller habló de “competir con Chrome” en su publicación, y diferentes personas aparecieron a discutir contra eso. Tanto es así que eventualmente Teller terminó editando el artículo (con una mención explícita a este hecho como nota al final) para reemplazar “competir con Chrome” por “tan rápido, estable, y seguro, como Chrome”. Y es que, me parece, esa cuestión dá en el punto neurálgico de un problema muy generalizado.

    Se puede observar, por ejemplo, que el primer comentario es de Jeremy Andrews, que se ocupa del mantenimiento de Pale Moon (un fork de Firefox pre-57) para el sistema Solaris. Y, debatiendo con el artículo, y precisamente contra la idea de “competir contra Chrome”, plantea un argumento respondiendo a la pregunta “por qué alguien haría algo como esto”, en el sentido de “por qué alguien haría otra cosa que no sea competir contra chrome”. Y dice lo siguiente:

(…) I’m doing it for the people that have been left behind since about 2007 when the iPhone and Facebook changed the world. The people that still mostly use their desktop PCs and like being able to tweak or customize everything. People who largely feel that they’re being asked to accept that the freedom and choice of the early Internet is being phased out in favor of security, top-down decision making, centralization, and lack of real choices. (…)

    Daniel Eriksson le responde esto otro:

(…) Up until 2010 I was always excited about new technology since it always gave me new possibilities and made it possible to do more in a way that suited me, and then that changed. Now I worry about new releases of software, fearing what useful function or option might have been taken away this time. (…)

    Eso se parece mucho a lo que comenzó a suceder en el ecosistema Windows a finales de los ’90. ¿Quién no comenzó a guardar instaladores de versiones anteriores, o incluso versiones portables de algún programa (que por aquel entonces era simplemente copiarse el directorio de instalación), porque las nuevas versiones eran contraproducentes en muchos sentidos? Todavía debo tener un Winamp 2 en algún CD, configurado como a mí se me antojara, porque las versiones posteriores se colgaban y pedían más recursos. Y esta práctica comenzó a entrar en crisis cuando mil cosas pasaron a tener dependencias online, y entonces los chequeos de versión o los cambios de protocolos hacían que simplemente dejaran de funcionar, dejando ninguna otra opción más que instalar versiones nuevas. Y son cosas que están sucediendo en el mundo del software libre, hoy mismo: Gnome cada día más “user friendly” y con interfases o hasta nombres de programas más y más tontas, dependencias demoníacas inesquivables inyectadas en el corazón de los sistemas más grandes (te estoy mirando a vos systemd), QT volviéndose privado, x86 siendo deprecado por todos lados como si ya no se usara… y, lógico, una web obesa que ya no permite ni leer blogs en una netbook de tanto javascript de notificaciones y trackeo.

    Pero la mención a “competir contra Chrome” suscitó un debate largo, lleno de intercambios, que les recomiendo revisar. A mí me interesa la justificación detrás del “competir contra Chrome”: telemetría. Es el nombre, no sé si técnico o comercial, para “los datos de actividad del usuario”. Descartemos la cuestión de la privacidad, que me parece secundaria para mi planteo (alguien ya dice en los comentarios “ningún power user tiene eso activado”): acá hay un tema político y epistémico.

    Epistémico, porque los criterios para evaluar la realidad están siendo constantemente constrastados con nubes de datos que la reemplazan. Político, porque sospecho que esto está en el corazón de todos los cambios para mal en las comunidades de software en general, y software libre en particular.

    Como programador, y persona de ciencia, entiendo el valor de los datos. Pero como activista, y persona de arte, también entiendo sus límites. Los datos son apenas un ingrediente a la hora de construir un mapa de una realidad. Hay otros, y cualquier proyecto requiere tenerlos en cuenta al menos con la misma prioridad. Hoy, en todo ámbito de la tecnología, e incluso de la ciencia, estamos viendo una tendencia espiralada y recursiva entre el acto de recopilar datos y de generar cualquier idea de futuro mundo posible alrededor de ellos. Y esto es seductor, no sólo por ser un recurso poderoso y una novedad de época, sino porque cura y hasta revive nuestra desvastada búsqueda moderna de objetividad: aquella seguridad en alguna verdad incuestionablemente legítima que pudiera guiarnos en ese océano de incertidumbres que es el futuro. En los datos hay una forma muy particular de verdad, que es especialmente estimulante: la aleteia.

    Pero es un espejismo, que generaciones anteriores ya conocieron, al mismo tiempo que supieron redescubrir cómo los mundos y futuros posibles también pasan por las esperanzas, las éticas, o los principios, que bien pueden tomar distancia de esos datos en lugar de abrazarlos. Ahí es donde la política y el arte tienen lecciones qué enseñar.

    Está el tema del sesgo. Pero, frecuentemente, el sesgo es evaluado como “un defecto”, que tiene como consecuencia “alejarse de la objetividad”; y yo más bien pretendo reivindicarlo. Pero para eso primero hay que comprenderlo. El sesgo existe, y si bien tiene paliativos, eso no se traduce en una objetividad plena ni mucho menos. Cuando a esa situación le sumamos que quienes hacen software no necesariamente hacen ciencia, cabe ciertamente la pregunta de a qué viene la pretensión de objetividad en los datos, o incluso los datos a secas.

    ¿Qué hace Mozilla? Con su software, con sus usuaries, con sus datos. ¿Para qué quiere una “telemetría”? Y mirando aquella situación de “competir contra Chrome” desde esta perspectiva, mucho más que “lo que quieren les usuaries”, lo que se desprende es que las respuestas a las preguntas iniciales de este párrafo se responden con “Mozilla pretende comportarse como Google”. Y esto es muy preocupante. Pero no por “la seguridad de los datos” (el cuco del progretariado informático contemporáneo), sino porque resulta políticamente aberrante para la historia de Mozilla.

    Mozilla se supone que sea una fundación sin fines de lucro, que supo ser campeona de una web libre y empoderadora de usuarios. Mozilla fue quien se levantó y peleó contra Microsoft, logrando el por aquel entonces improbable triunfo que hoy es absolutamente invaluable: hacer que la web no quede centralizada alrededor de Microsoft. Firefox luchó contra Internet Explorer, dando una batalla de resistencia durante una década entera, hasta que la injerencia de Apple y de Google terminaron por enterrar las esperanzas de Microsoft por controlar internet. Y, recordemos, cuando todos debíamos hacer nuestras páginas web compatibles con IE6, cuando nuestros bancos y organismos estatales exigían IE para realizar operaciones, cuando buena parte de internet no funcionaba sin plugins dependientes de Windows, lo cerca que estuvo de suceder ese final tan nefasto, lo lunático que parecía plantear cualquier otro futuro. A Mozilla le debemos nuestra eterna gratitud y respeto por haber dado esa batalla de la manera que lo hizo.

    Al principio (y ese “principio” duró años), Google recomendaba usar Mozilla Firefox en sus sitios web, des-recomendando así internet explorer. Eventualmente surgió Google Chrome, basado en el código de Safari, para después basarse en su propio código algunos años después. Los negocios de Google llevaron a centralizar más y más sus operaciones en el uso de Google Chrome, siendo hoy el nuevo internet explorer de-facto. Pero hoy en día, a diferencia de lo que sucedió con Microsoft, Mozilla parece querer seguir los pasos de Google en lugar de combatirlo: toma a su browser como una referencia en lugar de con una postura crítica. Y en el centro de ese fenómeno se encuentran los datos: algo que en su pelea anterior no existía como hoy lo conocemos.

    Y es que los datos, efectivamente, indican que les usuaries prefieren Google Chrome. Pero eso es así de la misma manera que hace 20 años los datos hubieran indicado lo mismo sobre Internet Explorer. Muy probablemente también hubieran recopilado datos que indicaran a Internet Explorer siendo más rápido en algunas tareas (como el startup, por estar integrado al sistema operativo), o incluso que los infinitos problemas técnicos de Internet Explorer no podrían importarle menos a la gente (ya que lo siguieron utilizando por muchísimo más tiempo del que debió tolerarse, y no precisamente por “la experiencia de usuario”). Seguramente todos tenemos amigues que utilizan internet sin adblocker, y que esa internet la viven como el estado natural de las cosas, del mismo modo que utilizan para ello Google Chrome. Y, claro, eso genera datos.

    Sin embargo, mi problema con esos datos no es que puedan ser sesgados, en el sentido de “interpretados de diferentes maneras”: mi problema es la interpretación actual que hace Mozilla. Porque hace 20 años, Firefox hubiera interpretado “tenemos que hacer algo contra Google Chrome, porque caso contrario va a centralizar la web imponiendo su cultura”, mientras que hoy interpreta “tenemos que ser como Google Chrome”.

    Y aquí es donde tenemos que ver a Mozilla tomando un poco más de distancia. Porque aquella entrada de blog apareció en la misma semana que Mozilla anunciaba cientos de despidos, del mismo modo que esta entrada mía de blog aparece la misma semana que Mozilla anuncia la desactivación de servicios. Y esto, por supuesto, está profundamente relacionado con los costos de desarrollo y mantenimiento que se mencionan en el blog de Teller.

    Mozilla se está comportando mucho más como un negocio que como organización sin fines de lucro. Mira a los datos de la misma manera que cualquier empresa: buscando réditos económicos. Su sesgo interpretativo se parece tanto al de los privados porque está siguiendo la línea de dónde se puede obtener dinero, y esa lógica siempre apunta a las hegemonías y en detrimento de las periferias (con la notoria excepción de las elites).

    Y es que el problema es real. Este problema del financiamiento, y los costos que surgen una vez alcanzada cierta escala de operación, no son un problema exclusivo de Mozilla. Es el mismo problema que lleva Canonical a hacer tratos con Microsoft, a RedHat a venderse a IBM, y al deplorable estado actual de la Fundación Linux. Todas las comunidades de software libre se encuentran cada vez más asediadas por cuestiones de financiamiento, debido a que creció enormemente su escala de operación. El software libre ha ganado batallas y hasta guerras enteras, y este es el costo de esos triunfos: esta es la lógica de la centralidad en el capitalismo, que las comunidades de software libre en general no parecen querer enfrentar formalmente.

    Sin embargo, de Mozilla espero un poco más que esto, y ahí es donde empiezo a preocuparme en serio. Porque Mozilla es un referente, y claramente no le está encontrando la vuelta al asunto. Permítanme desviarme unos segundos, para dar algunos ejemplos de lo que estoy hablando.

    No conozco a nadie que apague su modem de cable o adsl durante la noche. Es decir que, aunque no se esté utilizando, a diferencia de con el dial-up de antaño, nuestras casas están todo el día conectadas a internet. O sea que son, básicamente, un pequeño datacenter en potencia. ¿Qué nos impide servir contenidos desde nuestras casas? Tecnológicamente es una tontería que requiere muy poco trabajo agregado a las cosas que ya existen; la limitación es enteramente cultural. Y esa cultura nos lleva a que el común de la gente, e incluso usuaries avanzades, hoy no tengan una idea clara de a dónde ir si quisieran levantar un sitio web en algún lado. Del mismo modo, frecuentemente se argumenta que la “internet gratis en realidad no es gratis”, y se habla de todos los costos de infraestructura que tiene la internet que conocemos: rápida, 24/7 online, accesible desde todo el mundo, etc. ¿Y por qué tiene que ser así internet? ¿Por qué no puede haber sitios web que funcionen a diferentes horarios, como cualquier otra operación humana del montón, que precisamente se acota para abaratar costos y respetar condiciones de trabajo sanas? ¿Por qué no podría mi sitio web personal funcionar sólo entre tal y tal horario, que básicamente es cuando yo prendo o apago mi computadora en mi casa? ¿Por qué debería garantizar que alguien desde Hong Kong o Noruega o Emiratos Árabes pueda conectarse a mi sitio web, cuando no podría importarme menos si no lo hacen? ¿Por qué mi sitio web no podría estar disponible sólo a cierta comunidad más inmediata y cercana, teniendo entonces la posibilidad de ir a hostear mi sitio internacional en Amazon o Google si así lo deseara? ¿Y por qué tiene que ser todo rápido? ¿Qué problema hay con que quienes leen esperen 30 segundos o un minuto a que se cargue la página, si lo importante es el contenido y no su velocidad?

    Más ideas: la web está obesa, háganla bajar de peso. ¿Por qué no generar otros lenguajes de hipertexto, que sean más livianos y menos costosos de mantener (para alguien que hace un browser) que HTML? ¿Por qué no lenguajes concentrados más en texto y estilos que en “estructura” o scripting? ¿Por qué no tener como parámetro “que ande bien en hardware del tercer mundo” o “en hardware de hace 15 años”, en lugar de apuntar a la novedad? ¿Qué no hay acaso millones y millones de personas interpeladas por desarrollos como esos, ya que Mozilla busca “datos” o “mercado”?

    Fíjense que son preguntas muy inmediatas, con respuestas muy sencillas, que hacen a diferentes ideas del futuro de la web. Apliquen las mismas preguntas a nuestros servicios de mensajería, a quién recopila qué datos para qué fines, a cómo nos informamos de qué cosas, etc. Sin embargo, Mozilla, uno de los otrora campeones en la defensa y creación de una web para les usuaries, que podría estar trabajando en cosas como esas y de hecho lograr resultados muy rápidamente, hoy pone todos sus esfuerzos en ser como Google, en buena medida porque tiene gastos qué pagar. Pero además de los gastos, también tiene mucho qué ver con la gente que conforma al equipo de Mozilla, y la gente que forma a nuestras comunidades; porque en los últimos 20 años hubo mucho recambio de gente, y se sumó gente más jóven, cuyos anhelos y formación cultural y política son muy diferentes a las generaciones fundacionales de las mismas comunidades. Allí empiezan a operar muchos factores humanos, y allí también aparecen muchos vectores de influencia cultural corporativa. De repente hay millones de personas creyendo que Microsoft “ahora es bueno”, que incrementar la velocidad de las cosas “es una necesidad” (en los múltiples sentidos del término “necesidad”, y aún sin darse cuenta de que eso significa diferentes cosas), encaran la política con un ímpetu frenético que deja muy poco espacio a la reflexión crítica (y ahí entran desde la ultrapolarización hasta fenómenos como la cancelación de Stallman), y que frecuentemente confunde “novedad” con “progreso”.

    El caso Mozilla es representativo y sintomático: está concibiendo a la web como un espacio de mercado antes que como espacio cultural; o, peor todavía, reduciendo la idea de cultura a la de mercado. Cuando uno hace eso, lo que ese sesgo elimina son muchos hechos absolutamente cruciales a la hora de pensar una mejor internet, e incluso una mejor informática en general. Hechos como que muches de nosotres no realizamos nuestras actividades con animos de lucro, y que buena parte de la informática como la conocemos funciona gracias a eso: está lleno de gente en el mundo que está dispuesta a colaborar en miles de iniciativas, si las condiciones fueran las adecuadas, y sin que eso signifique costos importantes para Mozilla; y esa es la lógica del artista o del activista, no la del “empleado” o el “productor”. Hechos como que el rol de internet hace 20 años y ahora es completamente diferente, y hay otros actores involucrados: hoy el acceso a internet es considerado un derecho. ¿Por qué Mozilla no se concentra en trabajar más cerca de los estados nacionales como una fuente de ingresos, llevando adelante iniciativas vinculadas a derechos digitales, y generando otros datos distintos desde esa perspectiva? Apliquen eso a Latinoamérica, y estamos hablando de centenas de millones de personas (para nada un “mercado” chico) que no tienen los mismos problemas que la gente de Estados Unidos (el origen fundamental de “los datos” hoy por hoy), y que también necesitan soluciones. ¿No era que Internet era internacional? ¿Por qué incluso no apuntar hacia la ONU, que ya le presta atención a Internet hace tiempo, y Mozilla tiene un currículum qué presentar? Y esto es una crítica que se aplica perfectamente a todas las organizaciones de software libre en general. Desde este punto de vista, la necesidad real de dinero se parece más a una excusa, y el problema es la línea política que están adoptando mucho antes que el financiamiento.

    Y aquí cabe aclarar también una salvedad importante. Pedirle a Mozilla que venga a arreglar los problemas informáticos de Argentina es absolutamente injusto y fuera de lugar: en todo caso, las organizaciones políticas de Argentina deberían ir a buscar a Mozilla. Pero también es cierto que el ímpetu por “competir con Chrome”, que Teller necesitó terminar aclarando a qué se refería, es una línea política que se aleja mucho de la posibilidad de un diálogo con ningún actor que no sea un leviatán económico: porque contra eso está pretendiendo compararse. Cuando el enemigo era Internet Explorer, si bien es cierto que Firefox funcionaba mejor, esa no era la razón por la que muchos defendíamos a Mozilla, sino su rol de cara al futuro de la web. Hoy, que no me consta que Chrome funcione mejor que Firefox (“mejor” es muy diferente a “se ven más rápidas algunas animaciones”), pareciera que “funcionar mejor” es la única métrica a revisar. Y no es así: eso, de hecho, está mal.

    Lo que sucede con Mozilla, entonces, es para preocuparse, porque me parece lo mismo que le pasa a muchos otros referentes de décadas anteriores. Y esto se resuelve con política antes que con software o dinero. Nuestras comunidades necesitan referentes, que tengan una visión política clara, que determinen las discusiones, y que marquen un rumbo: cualquier financiamiento y evaluación de iniciativas tiene que estar sometido a esa clase de parámetros. Necesitamos a nuestros referentes para poder guiar a las juventudes expectantes de participación en los cambios que les involucran: una guía absolutamente necesaria para que no suceda de nuevo lo que sucedió con Stallman (la brutal tergiversación de sus dichos por parte de medios financiados por enemigos del software libre, sin que haya una rotunda respuesta de referentes en su defensa). No pueden ser tan permeables a la influencia corporativa nuestras organizaciones políticas, y mientras eso siga sucediendo no hay debate sobre ningún software ni ningún dato que pueda protegernos de la próxima operación corporativa en detrimento de nuestros derechos. Necesitamos guías para la organización y la resistencia, mucho antes que financiamientos.

    Para cerrar, apenas una observación. Aquel post de Teller lo leí durante mi horario de almuerzo en mi trabajo, e intenté esbozar una respuesta rápida. Cuando intenté responderle en la sección de comentarios, sucedió que el blog utiliza Medium para gestionar comentarios; y si bien tengo una cuenta de medium (que si mal no recuerdo creé exclusivamente para responder a otro post de otros blog de un empleado de Mozilla), no recordaba mi contraseña. De modo que intenté recuperar mi contraseña, y dejé el asunto para otro momento. Dos días después, luego de reiterados intentos, Medium no me enviaba el link para recuperar mi contraseña. Por esta razón decidí utilizar algún login con servicio de terceros. Tengo una cuenta de Twitter, que nunca uso, de modo que elegí esa credencial; pero cuando fuí a loguearme, Twitter me dijo que Medium “necesitaba” acceder a datos privados, que no recuerdo cuales eran, pero que me escandalizaron; cosas como “mis mensajes privados”, o “mi lista de contactos”, o algo por el estilo, que de ninguna manera permití. Entonces probé loguearme con una cuenta de gmail, que tampoco uso salvo raras excepciones: y allí me ofreció dos links con políticas de privacidad y de recopilación de datos, que ya no leí y simplemente resigné. Para cuando hice eso, el post ya tenía edits vinculados a lo que yo iba a observar (aquello de “competir contra chrome”), por lo cuál tuve que modificar mi comentario. Pero como si todo esto fuera poco, cuando luego al otro día fuí a revisar si habían respondido a mi comentario, resulta que no aparece: publiqué mi comentario, pero evidentemente ha de estar shadowbaneado de alguna manera.

    Entonces: si para dialogar con alguien de Mozilla tengo que entrar a un blog hosteado en Github (Microsoft), poner mis datos a disposición de otro tercero (Medium), para encima tener que loguearme con credenciales de otro tercero más (Twitter o Google), y que encima todo eso pareciera haberme censurado… si en todo eso la gente de Mozilla no vé un problema político… en ese caso me temo que debemos preocuparnos por el estado de la política en nuestras organizaciones activistas.

Día 2 desde el comienzo de órdenes de detención en el que, por lejos, constituye el caso de espionaje más importante de la historia argentina. Ya hay 22 detenidos, incluido el ex-secratario del entonces presidente Macri, y comienzan las indagatorias. Mientras tanto, esto es lo que vemos en Clarín:

“Causa sensible” y “negó espionaje”, en el mismo conjunto de noticias donde se ubican las “denuncias k” (que corresponden a otro caso de importancia institucional central, por el que se le prohibe la salida del país al ex ministro de hacienda Nicolás Dujovne). Pero observen ustedes el lugar que le corresponde a esos temas en la agenda del gran diario argentino:

Como de costumbre, Infobae, con su slogan “hacemos periodismo”, no se queda atrás:

“Información”…

Las otras pandemias

| June 30th, 2020

Medios, servicios de inteligencia, y poder económico.

Mientras tanto, “nueva etapa”, “bronca y angustia”, “causa sensible”, y “mensajes de los nietos a los abuelos que no pueden abrazar”:

O bien directamente provincias independientes, camioneros borrachos, y actrices porno:

“Información” le dicen algunos a eso.
Algunas otras tapas, para ver quién es quién:

Fucking Normies

| April 25th, 2020

    En casa vivimos con una gata. Se llama “Meli”, pero yo le digo Señora Gatita. Frecuentemente, la Señora Gatita me viene a despertar cuando es hora de levantarme a trabajar. Se sienta al lado mío en la cama, y me dice: “miau”. Si yo no le contesto, me toca en la frente o en el pecho con una patita, y me dice: “miau”. Es siempre el momento exacto en el que me tengo que levantar de la cama. Y entonces me levanto.

    Mi rutina entonces es bañarme, desayunar un café con algo, y salir hacia la oficina (hoy, en días de pandemia, la oficina cambió por el living). Mientras me estoy bañando, la Señora Gatita me espera en la puerta del baño. A veces me pide mimos cuando salgo, a veces no. Entonces ella, luego, espera un minuto a que me termine de vestir, y cuando bajo las escaleras para ir a desayunar ella me acompaña también por las escaleras. Mientras empiezo a tomar mi café, casi en sincronía, a ella se la puede escuchar tomando agua, al lado del mueble desayunador donde apoyo mi taza; a veces también aprovecha para comer algo. Después de eso, vuelve a dormir, acompañando a mi esposa, y yo me voy a trabajar.

    Jamás le enseñé (ni intenté siquiera) nada de eso; fue voluntad propia de la Señora Gatita implementar esa rutina.

    Y es una rutina mayormente felíz, excepto por los días feriados. La Señora Gatita no sabe lo que son los feriados. Y esos días me viene a despertar también. Pero esos días, cuando me dice “miau”, yo le contesto: “no”. Y ahí empiezan los problemas. A la Señora Gatita no le gusta eso. De repente empieza a decir “miau” más frecuentemente. Cambia el tono, dice otros miaus distintos. Me insiste con la patita: “¡Miau!” me dice fuerte, y abre los ojos bien abiertos. Camina por la cama, dá vueltas en el lugar, encorvada, y se la puede apreciar visiblemente estresada. No le gusta ni un poco lo que está pasando, es evidente. De modo que le hago unos mimos para que se tranquilice un poco, y después de un par de minutos se queda más tranquila, ronroneando, como si una crisis hubiera terminado y se diera permiso a descansar.

    Le conté esas cosas una vez a mi mamá. Me dijo que sí, que está al tanto de que los gatos hacen eso, y me contó entonces una historia propia. Hace ya algunos años, mi mamá tenía una gata, que se llamaba Os. Vivió como 20 años esa gata. Y mi mamá me cuenta que en un momento en el que mi abuelo todavía trabajaba, cercano a su jubilación, él se levantaba alrededor de las 4 de la mañana para llegar al trabajo. Y la gata, como en mi caso, lo iba a despertar todos los días a horario.

    Pero a veces mi mamá se despertaba porque escuchaba unos ruidos raros, unos golpes. Era un misterio, después de unos minutos desaparecían. Resulta que un día mi abuelo le hace un pedido a mi mamá: “decile a tu hija que los domingos y los feriados yo no trabajo”. Lo que sucedía, descubrió después mi mamá, era que mi abuelo dormía con la puerta de su habitación cerrada. Y todos los días, Os lo despertaba arañando suavemente la puerta; un ruido liviano fuera de la habitación de mi abuelo. Pero cuando él no atendía, la gata se ponía nerviosa, hasta que finalmente comenzaba a golpear la puerta de la pieza con su cabeza. Nuevamente, esa alteración de la rutina no era nada felíz para la gata, que insistía cada vez con más énfasis.

    Hace poco reflexionaba sobre esto, y sobre algunas cuestiones vinculadas a la identidad, el lenguaje, los sentimientos, y la verdad. Lo de siempre, bah. Y me interesó de estas escenas el siguiente detalle evidente: los gatos no entienden lo que es un feriado. No como nosotros, está claro; se podrán revisar las diferentes deficiones técnicas de “lenguaje” y “lengua”, dentro de las que seguramente alguna califica válida para los comportamientos animales, pero difícilmente estemos hablando de acepciones que lleven a un gato a entender “hoy es día no laboral” como nosotros lo conceptualizamos. Los hechos que yo describo me brindan la siguiente perspectiva: los gatos manejan cierto concepto de normalidad, aún sin nuestro sofisticado aparato conceptual, y no sólo eso sino que además parecen reaccionar con estrés a lo que se escapa de las normas que ellos mismos constituyen como tales (porque ni yo ni mi abuelo le enseñamos ni pretendimos jamás a esos gatos comportarse de esa manera: fueron ellos mismos siendo ellos mismos). ¿Y cómo hacen para llegar a la conclusión de “algo raro pasa”, sin palabras, sin conceptos cognoscibles?

    Esto me lleva a otra elucubración: la normalidad como sensación, sentimiento, sentido. Del mismo modo que escribí un libro planteando la verdad como sentido, donde especulaba que puede haber muchos otros sentidos poco ortodoxos (o, tal vez, no-canónicos), imagino que la Señora Gatita siente “lo normal”, y siente “lo anormal”, y ambas tienen un impacto importante en su proceso de toma de decisiones. Como sucede con la gente, diferentes contextos constituyen diferentes normalidades: mis horarios no son los mismos que los de mi abuelo, y tanto Os como la Señora Gatita se adecuaron sin dificultades que yo sepa. Y como también sucede con la gente, lo anormal parece ser estresante.

    Quizás sea un buen eje de estudio, para alguna que otra investigación o planteo. Como sea, comencé a tirar de ese hilito uno de estos tantos días en los que renegaba de cómo los cochinos normies están arruinando el mundo, “cómo podía ser”, y qué se podía hacer para lidiar con ellos. Eso, en sintonía con otras reflexiones (en las que reniego de las culturas del cambio constante o la innovación, o bien reivindico la tradición y el conservadurismo), me lleva hacia la intuición de que, tal vez, la normalidad pueda no estar siendo contemplada en todas sus dimensiones humanas.

    Odio trabajar. Cada mañana que me levanto para ir a trabajar, desde hace ya muchos años, me siento un esclavo. Y tengo algunas cosas para decir sobre ese sentimiento.

    Lo primero es la necesidad de abrir el paraguas frente algunas situaciones inminentes de una declaración como esa. Sé muy bien que soy un absoluto privilegiado, en muchos sentidos. Mi vida diaria no es la de un trabajador de la zafra, ni mucho menos la de los históricos e icónicos trabajadores negros esclavizados en todo el mundo durante los siglos inmediatamente anteriores al actual. Soy varón, blanco, cis, que tuvo acceso no sólo a la educación sino también incluso a la vivienda, que fue criado con amor por una familia presente, que tiene amigos, y que tiene proyectos (en plural) de vida. Además, como si eso fuera poco (que no lo es), puedo también vivir de mi sueldo, e incluso darme el lujo de que mi esposa no esté obligada a trabajar para poder mantener económicamente nuestro techo. Formo parte de un porcentaje muy bajo de gente acá en Argentina, y encima tuve la suerte de formarme en informática, que es un ámbito laboral con mucho empleo legítimo actualmente en todo el mundo, y sin miras de que eso caiga con el paso del tiempo (sino muy por el contrario, sólo va a crecer). Y no solamente me encuentro con todas esas virtudes en mi vida, sino que además se dan otros detalles que hacen muy culposo afirmar algo como lo que arranqué afirmando en este post: no creo poder encontrar un trabajo mejor que el que tengo ahora. En mi trabajo actual, ya lo dije, me pagan bien; pero es además intelectualmente estimulante, me veo frecuentemente trabajando en proyectos de orden técnico cercanos a las vanguardias tecnológicas del rubro, es además un espacio con mucho futuro, pero por sobre todas las cosas trabajo con gente que no sólo es muy capaz sino que también es muy comprensiva y humana. Básicamente no debería poder quejarme. Y sin embargo, acá estoy.

    “No debería poder quejarme” es de hecho parte importante del problema. Pero creo poder llegar a eso más adelante. Con todas sus virtudes, mi trabajo es también exigente, al punto tal de que mis responsabilidades incluyen guardias pasivas 24/7, y no creo estar haciendo algo que para la sociedad sea TAN importante. De hecho, no lo es para mí. Trabajo de devops, y como ingeniero de live streaming. Me ocupo de que señales online permanezcan online. Y, francamente, no me importa mucho si permanecen o no online. Soy responsable, me ocupo de que lo que me piden se cumpla y que todo funcione bien, no sólo por mi trabajo sino por el de mis compañeres. Pero tanto mi cabeza como mi corazón están en cualquier otro lado. No me importa si alguien está mirando un partido de futbol y de repente tiene un microcorte, o si esta persona se ve en la insoportable necesidad (dios nos guarde) de cambiar de señal para poder seguir viendo el evento. No me importa si esa persona pagó o no por ese servicio, no me parece un acto de suficiente autoridad como para justificar ninguna urgencia real (como sí podrían serlo vidas en juego): hoy hay un partido de futbol, pero mañana hay otro, y después otro, y después otro; y hay repeticiones, y hay comentarios en diferido, y análisis, y gente hablando hasta el infinito sobre el tema, y con todo eso entonces el valor del constante “acá y ahora” es un absoluto fetiche que en definitiva somete a una larga lista de trabajadores vinculados a que todo ese aparato demencial continúe funcionando.

    Es apenas uno de los casos molestos en mi trabajo: los eventos deportivos. Hay muchos otros casos, también todos particulares y aislados. Pero en cualquier otro trabajo de mi gremio me voy a cruzar con las mismas cosas: todo ya, todo urgente, todo más rápido que ayer, porque sí. Las expectativas de mis superiores son lograr aumentar la velocidad con el mismo hardware, para poder subir la escala (o sea, más cantidad y más velocidad) a un precio accesible; combinen eso con la captura y gestión de datos de consumo, y se pueden especular “productos” futuros que se pueden vender a partir de estas tecnologías, y así crear otras tecnologías que sigan el mismo ciclo, y eso al infinito. Mis compañeres de trabajo también, en general, se forman y practican para ser parte de esos ciclos. Y no veo a nadie decir “no, paren, esto está mal”. “Nada de esto es urgente”. “No hace falta más escala”. “No hace falta más barato”. “No hace falta más”.

    En mi gremio, hoy por hoy, las métricas lo son todo. Lo que hace la gente predice lo que hará la gente, y eso determina en qué invertir dinero, y cálculos de dineros futuros, y cosas por el estilo. La clásica lógica empresarial, como siempre condimentada con ciencia para el trabajo y pseudociencia para la gestión, pero ahora con data de los usuarios en tiempo real. Es más fácil que nunca para los directores pegar volantazos con decisiones abruptas que significan el quehacer diario de los trabajadores, los cuales nos vemos zigzagueando todo el día entre mandatos nuevos sumados a las responsabilidades de siempre, para después ir a dormir pensando en los zigzags de mañana. Llegamos a casa cansados, sin energía, preocupados, y tratando de que el tiempo nos alcance para descansar así no nos enfermamos. No podemos dedicarle el tiempo que quisiéramos a nuestra familia, a nuestros amigos, ni mucho menos a nuestros proyectos cualquiera fueran. Y por supuesto que todo esto sólo se vuelve más difícil de sostener a medida que nos hacemos más viejos y nuestros cuerpos se van degradando.

    Podría decir mucho más, con mucho más detalle, pero prefiero volver al inicio: “no quiero trabajar”. No es que “no quiero trabajar en mi trabajo actual”, sino que no quiero trabajar, a secas, en absoluto. El síntoma más inmediato de mi problema es que al final del día siento que me paso la vida haciendo cosas que no quiero hacer, porque la alternativa es ir a parar a la calle. No quiero depender del trabajo tal y como lo conocemos para comer y tener techo. Siento que toda mi energia física e intelectual está al servicio de mantener y perpetuar un pandemonio kafkiano que tiene como novedad deshumanizante una supervelocidad cada vez más digna de ciencia ficción. La tecnología que todo lo acelera facilita también que eso sea masivo y hasta normal. Y las predicciones que se realizan con la data que yo ayudo a automatizar son para inversiones y ganancias, no para la salud de las personas y de las sociedades en general. La ética no es un problema más allá de la legalidad para todo este aparato, y en él me siento un agente del cinismo y la distopía. Así que no quiero ser un trabajador asalariado, del mismo modo que tampoco quiero ser un empresario. Siento un profundo desprecio por el concepto capitalista y/o contemporáneo de “trabajo”.

    La velocidad es parte del problema que vivo yo y que vive mi sociedad. Vivimos en una era donde el tiempo es el “bien” más escaso que tenemos, pero también eso es así porque el mismo sistema generó semejante situación. Nada objetivo o natural nos obliga a ir tan rápido en la generación de pavadas como el evento deportivo “en vivo”, es todo un constructo de urgencia cultural. Estupideces como esas se dicen que “generan trabajo”, del mismo modo que a mis modificaciones tecnológicas para que todo eso funcione se les dice que “agregan valor”. El capitalismo contemporaneo es básicamente un gigantezco esquema Ponzi, donde la producción tiene mucho menos qué ver con el valor que fenómenos tales como el sentido de pertenencia. Mi amigo Ezequiel Vila incluso afirma: “el capitalismo nunca pasó por la producción, sino por el consumo”. Y hoy, siglo XXI, no parece haber opción a ese sistema. Es que el concepto mismo de “producción” actual es incluso poco serio: una cosa es producir comida y ropa, o hacer casas, o cualquier elemento material que a uno se le ocurra, con diferentes grados de complejidad involucrada; otra cosa es el trabajo intelectual, las relaciones humanas, la generación de información, y demás. Hay niveles diferentes de producción sometidos a diferentes regímenes y dinámicas, y con diferentes fines; pero no manejamos diferentes teorías del valor para casos diferentes. Y eso viene también al hecho de que la economía en rigor se supone que está ligada en su caso de uso más elemental al fenómeno de la escases, cuando nuestras crisis económicas de hoy más bien se vinculan a todo lo contrario: sobreproducción.

    Son muchos los aspectos contemporáneos que nos hacen dudar muy fácilmente del capitalismo en general; no por nada está en crisis de credibilidad en todo el mundo. Pero quiero dejar anotado apenas uno más, vinculado nuevamente a la tecnología: hoy muchas cosas están resueltas, o se resuelven muy fácil, pero de una manera u otra se limita el acceso a todo eso. Desde querer controlar las copias digitales, a que no te atiendan en un hospital, no es un problema de falta de recursos o medios, sino de que el sistema requiera que vivamos necesitados de sus variables y sus dinámicas para poder perpetuarse. Eso no es ni eficiencia, ni productividad, ni mucho menos ética: es un control misántropo y nefasto de las sociedades.

    Todo eso es en general los clásicos problemas de la clase obrera y su relación con la plusvalía, reeditados en la contemporaneidad. Está todo directa o indirectamente en Marx y compañía. Quiero decir: no es nuevo como problema. Lo que es novedoso es la magnitud de algunas cosas. Pero por esto me parece muy sintomático que “no debiera de poder quejarme” porque “hay gente mucho peor que yo”. Hay toda una cultura que defiende esas cosas de las que me quejo, y que censura la crítica, desde la misma gente que la padece, aún cuando está más que claro que las cosas andan mal. Algunos dicen que “no podrías vivir sin trabajar”, otros que “el trabajo dignifica”; otros directamente reaccionan a la defensiva y se ponen a hablar de cómo el comunismo no funciona, que “los paises en serio” cosas, y muchos otros etcéteras. El mismo marxismo frecuentemente sostiene la necesidad de la identidad de clase y la identificación para con el trabajo, dos planteos que también considero parte del problema. Lo que necesitamos es reentender qué significa “trabajo”, y cuál es la relación que eso tiene para con la sociedad en general.

    Observen por ejemplo la siguiente reflexión informal, de hace como diez años atrás:

Lo conté un montón de veces, lo plantié un montón de veces, y lo sigo sosteniendo. A no ser que me traigas alguna forma de conocimiento que se auto-aprende o algo por el estilo, por ósmosis, aprender es el producto de un montón de trabajo. Trabajo que, sí y sólo sí la Universidad tiene alguna función social por fuera de la creación de aristocracias, hoy es no sólo en negro sino directamente no remunerado.

Sí, estoy diciendo que a la gente que estudia hay que pagarle para que estudie; en lugar de, al mismo tiempo, como estamos acostumbrados, obligarles a que en paralelo se rompan el orto también “laburando” y tratando de, al mismo tiempo, tener una vida por fuera de esa trituradora.

    Ya por aquel entonces tenía en claro que estudiar es un trabajo. Todavía el big data era un término apenas para entendidos, y si le querías explicar a los demás que la gente utilizando cosas gratuitas estaba generando información y conocimiento (o sea, estaba haciendo un trabajo), se reían de vos. Hoy el que no sabe eso es considerado un analfabeto para lo que es la política contemporánea.

    Con el trabajo científico y tecnológico hemos logrado maravillas impensadas hace apenas décadas atrás, y hasta logramos que la colaboración en la generación de información sea trivial; pero así y todo seguimos pensando en términos absolutamente obsoletos en relación a lo que es nuestra capacidad real de trabajo, como si todo tuviera qué ver con “generar capital” o “agregar valor”. Hoy, “generar capital” es poco más que “boludear”, porque está directamente determinado por la idea de “consumir”; y las relaciones de sometimiento laboral tienen mucho más que ver con generar una escases inexistente que lleve a una competencia entre pares mucho antes que con una distribución de ningún tiempo ni fuerza de trabajo escasos. Pero así y todo, cuestionar la idea de “trabajo” sigue siendo alienígena cuando no directamente tabú, y lo mejor que se puede esperar al hacer eso en público es que apenas se rían de uno.

    Como sea, mi idea de lo que hacemos cuando “trabajamos” en términos capitalistas es muy diferente a lo que estoy acostumbrado a escuchar en mis pares. La única urgencia real que tiene la humanidad en general es la muerte: es lo único que hace del tiempo un bien escaso en términos objetivos; y en lugar de poner nuestra fuerza de trabajo en resolver ese problema (extendiendo la vida por tiempo indeterminado), lo que hacemos es dedicarnos a generar sedantes (químicos y culturales) para mantener las relaciones de dependencia y sometimiento brutales que ya conocemos, como si la vida fuera eso. Si los mismos modelos actuales de generación de información (no necesito ponerme a pensar ninguna ciencia ficción) los aplicamos a problemas reales, se obtienen soluciones teóricas complejas en tiempos que en otras épocas sólo podrían ser calificados de fantásticos, y sólo resta llevar esas soluciones al laboratorio (tarea que también imagino que puede ser automatizada). Con lo cuál, “trabajar” pasa a ser poco más que dedicarse a pensar e interactuar con los demás, sin urgencias demenciales ni sometimiento deshumanizante. Y sin “capital” qué generar.

    La gente que me conoce sabe que puedo estar todo el día haciendo cosas, de diferente naturaleza: ciencia, arte, tecnología, o incluso compartir ocio, durante todos los días de mi vida. Y aún así, casi todas mis actividades extralaborales podrían calificarse hoy por hoy como “improductivas”, porque son todas sin fines de lucro. Y es que allí hay una de las claves oscuras que nos dejan ver cómo se esclaviza a la gente en el capitalismo: no existe “no hacer nada” en la vida; uno siempre está haciendo algo, esté o no “trabajando”, y el big data es prueba suficiente (y objetiva) de ello. “Algo productivo” es absolutamente contingente a las reglas de cada sociedad, no del capital, y es perfectamente pensable una sociedad donde no sólo no hay que dedicar la vida a generar capital, sino que tampoco hay por qué estar sometido a regímenes de trabajo que deban constituir ni una tortura ni una identidad ni nada de lo que constituyen hoy.

    Pero no quisiera dejar pasar otra reflexión, atacando la cuestión de “trabajo para no ir a parar a la calle”. También desde hace tiempo estoy convencido de que el gran problema con la pobreza en el capitalismo no es la “pobreza” en sí. No es tener pocas cosas, ni que muchas otras sean lejanas e inaccesibles. Yo no tengo problema con vivir en una casa pequeña, con la comida medida, usando la misma ropa hasta que se necesite cambiarla, sin lujos ni privilegios: mi problema con la pobreza es que sin dinero no puedo pagar la casa, ni la salud de mi familia, ni puedo comunicarme con la gente que se comunica utilizando tecnología, ni puedo acceder a un montón de conocimientos que me interesan para los quehaceres que realmente satisfacen mi vida (investigación, desarrollo, y solución de problemas reales). El problema no es la escases, sino el desamparo: el problema es quedarse sólo, sin nadie que a uno lo ayude, sin herramientas ni esperanzas. Y esa es la amenaza de la pobreza. Una amenaza enteramente generada por el capitalismo, para mantenernos pendientes del horario laboral y el consumo hegemónico. Es una forma muy cruel de sometimiento y de tortura.

    Repensando algunas nociones claves de nuestro quehacer diario (siendo el trabajo una de ellas), lo que obtenemos son críticas muy incisivas a muchas ideas instaladas desde hace generaciones. Lo que necesitamos para hacer eso no es ser grandes sabios cultos e iluminados, sino honestidad intelectual y espiritual para dejar de defender los sistemas establecidos e impuestos sobre nosotros. Yo propongo pensarnos todos los días como eslabones entre un pasado que no elegimos y un futuro para con el que somos responsables y sobre el que vamos a tener que dar explicaciones. Ese, me parece, es el camino para construir opciones al capitalismo, que no requieran armar un binarismo con el comunismo, ni que nos lleven a coquetear nuevamente con el fascismo como hoy está sucediendo por todos lados.

    2019 was a dark year for Free Software. Its enemies grow stronger every day, the once clear lines that show where are its allies are slowly begin to blur, but more importantly (and tragically), its leaders are falling from grace. And all of this is happening even when GNU/Linux is running everywhere, being used more than ever, and monsters of old like Windows or MS Office are suffering the rapid loss of relevance in the IT world. Their souls somehow manage to flee from their rotting carcasses and into their enemies bodies, and so today we have RedHat as a little software toy for IBM, while Mozilla keeps on losing user base behaving like if it were a for-profit company and Canonical keeps on working closely with Microsoft from years now. That list of fallen champions is long, and techrights is full of data about it. Yet, 2019 marks the year even our institutions are crumbling, with a quiet and polite Trovalds getting older faster than ever, and Stallman socially cancelled and out of its chair: not even the Linux Foundation or the Free Software Foundation are safe places for us anymore.

    Many of us don’t know what to do about it, and so we struggle in uncertainty to find some solid ground where to take a breathe and think calmly for a moment about the future. But it all feels like quicksands everywhere, and standing still feels as dangerous as moving.

    However, if one takes some distance from all the mess, this is actually some kind of worldwide trend about mostly anything you can imagine. The world itself is in crisis, and in every sphere of human praxis we walk between ghosts of the past and shadows of a gloomy future. It doesn’t matter if you’re a physics theorist or a plumber, you most likely gonna deal with the current crappy state of affairs around you: be it financial, sociologial, environmental, or any other kind. Few things are really ok this days.

    There are several reasons why I start by saying all this. The first one that comes to mind: this is pandemic, and not really anybody’s fault (in the sense that is bigger than ANY of us). We’re just people, doing people stuff, and shit happens to us. Nobody of us has all the variables in its mind, or have all the time in the world to think about every move. That’s how life works, and what we do about it is keep on going: as simple and as difficult as that. So, in a way, we also know what to do with our loved movement, with or without the FSF, RMS, or whatever we decide to use tomorrow to mark the path.

    But there’s another, more important reason to bring all that up. Last days, there were two guest articles published in techrights (“Plans that worked“, by figosdev, and “FSM out of the box“, by Jagadees) which I want to add a few things in response. And what I want to add is some political aspects of the Free Software movement for us all to discuss. Yet, I don’t want a point by point response, but a more conceptual one. I would like to give some perspective about the future of Free Software, from a political point of view. And that’s where the rest of the world comes in.

    See, discussions about Free Software usually go over either technical aspects of software, technical aspects of FSF’s four freedoms, or technical aspects of licensing. Obviously those issues are tightly coupled themselves, and so it’s expected to happen. And I believe Jagadees was right when she/he said “we have to think from a user’s rights perspective and mobilise users of Free software”. However, I also believe she/he was wrong about the characterization of users rights, and I’m actually against her/his claim of “no need for new laws or regulations”. It’s important to explain why. And for that I’m gonna take a few detours. But we’ll be back on track later, I promise.

    As said before, there’s crisis everywhere. The world is a mess. The status quo is crumbling no matter where you look at, and so everybody embraces their ideologies of old as lifeguard rafts in the middle of the ocean. So much is like that that even capitalism itself is taking lots of punches lately, and suddenly we have the ghost of socialism floating around the cities of even the most powerful countries in the world, as if the cold war had never truly ended. Some see this ghost as China and Rusia gets stronger and smarter, but others as capitalism grows tiresome day after day for whatever the reason. Seems that having no alternative system is not really helping to get any peace anywhere. And when somebody brings that up, with all the problems it carries, from the left or from the right there’s always some people happy to tell you with a smug and disapproval face: “It’s the economy, stupid”.

    Here’s my answer to that people: “tell that to Chile”. Go on, take a look at what’s happening there, in that capitalist oasis created in the 80’s as example for the world. Their economy is great: at least from the macro indicators. And yet, 1.5 millon people go to the streets in a country of 15 million, because “fuck that, life sucks anyway, we had enough of this”. Leftist people tends to celebrate what’s happening in Chile this days. Then’s when I also say this: “tell that to Bolivia”, where they live the most groundbreaking economical achivements of their history, with non-interrupted growth for more than a decade, and all that under a socialist flag. Yet, no matter how prosperous it may be its economy or social investment, Bolivia falls under a coup like nothing, and hateful people fills the streets in a maniac racist and anticomunist spree. Then all stop smiling, and we can say: take a look at Brazil, what they did with the former presidents and what they have now; the same stuff was done in Paraguay years before. Take a look at Colombia, Nicaragua, Guatemala. Go check it out. Remember Maduro and Venezuela? Remember their imminent fall, with the US and the EU and the UN against them? They’re still there, while others have fallen. Try to explain what’s happening with your old-school economical tricks. Then you may say “well, that’s LATAM, that’s how third world works”. But if you go take a look at France, you find her full of conflict. Take a look at England, with all their brexit crap. Take a look at the extreme right-wing movements growing in France, Italy, Spain, or even the very taboo Germany. Is that the third world? And they’re not even the ones with their ex-reality-show-runner president ruling from Twitter like if the world were some kind of videogame! Have you not seen those videos of the skinny polar bears? Even the artics are a mess. And please, PLEASE, I beg you, let’s just not go to the Middle East or Africa…

    My answer to that people is quite simple: “no, it’s politics, you god damn insensible brute”. It was never about any technical issue: not economical, not ideological, not sociological, not religious. It’s always a mix of it all, and much more than that. It involves everything that has remotely to do with people interacting with each other; which is the very basic definition of “politics”. Unless you’re nomad somehow, you live somewhere, and so even if you fart is a political issue. Hell… you’ll have that problem even if you’re not living anywhere! And that’s how modern life works. Whatever you do, the other is the limit. Which is a VERY problematic limit, as everyone is different; and we already tried all the tricks in the book to try to generalize people, without success.

    Modern life also had to deal with its own inherited crap from ages before her. The discourse of method is one of those things. See, if you take a look around, everybody seems to be looking for a definitive way to mine some truth from reality that help them keep their sanity. Since Science was invented, everybody wanted a piece of its security and reliability. But that kind of truth is also what gives people faith, hope, and direction in life, so Science is really sexy. And so we HATE SO MUCH lies and being wrong in modern life: it make us feel powerless fools. However, modern life has lots of proven wrong ideas. Science itself has its own share of big bad crimes, and with all our achievements we’re still trying to figure out how to deal with each others. And guess what: there was no ultimate method for anything.

    Ideologies are probably nothing but that: another instance of science ideals taken too far, mixed up with that old need of controlling others. They (the ideologies) are of course part of the problem. Yet their role of explaining how we should behave make them special. Today, we cannot escape to think if this or that is “good for the market”, or “good for the people”, or “good for the nation”, as if those where crucial parameters. And we’re now stuck in that when we think about society.

    But enough random ramblings, let’s take from that and go back to Free Software. I remember once RMS saying that people usually asked him if Free Software movement were about left-wing or right-wing politics. And he answered this: “it actually has things of both”. Which is weird to think about in a polarized world. Yet, he was a weird man with weird ideas. In that same meeting, he explained to all of us present that our country (Argentina) was wrong about using a single unique ID for all of their citizens (“DNI”, “Documento Nacional de Identidad”, “National Identity Document”). It was really weird, as I used my DNI for my whole life, and none of us could imagine a life without it. Then he told us, whithout us asking: “I know for a fact it’s not necessary to have a single unique ID, because I come from a country that doesn’t have such thing: we use many IDs”. He explained us that the DNI was a tool that gave too much power to the state over us, which is a wrong thing in itself.

    And that was unexpected: we were suddenly talking about the power we give to the state, in a meeting where everybody was asking if this or that distro was ok to use, or if this other software was good or bad. It wasn’t unexpected for my friends and I, as we were from an humanistic university and politics is very much what we deal with every day: but for other lots of people it was strange. RMS always knew, and obviously still knows, that Free Software Movement is a political movement before any other characteristic. And yet, even when my friends and I were no stranges to political debate, RMS words were still weird, and even kinda silly: he was trying to address Software Freedoms in the Universal Declaration of Human Rights, which by us was too much and actually ridiculous.

    That was about 2009, maybe 2010. I myself always had all sorts of ridiculous political ideas, so I didn’t cared too much about that. But others did, and finding something ridiculous was important for them: they considered their activism a very serious thing, and so didn’t wanted to be looked at as silly crazy people. That alone caused distance from FSM and other movements there. Can you imagine trying to explain the importance of Free Software to people fighting against local hunger? We’re talking about a target people with barely access to clothes. And even speak to them about Human Rights from Free Software? Trust me, the polite ones just smile a little in disbelief and just walk away.

    A decade later, the world is full of noise. Bad noise. And Stallman “silliness” is no longer funny. And so this decade finds us troubled about the future of FSM and what to do about it. Jagadees tells us to focus in users rights, and I fully agree. But there’s a problem: that “rights” thing… I don’t think that word means what you think it means, Jagadees. See, there are big operational differences between “freedoms” and “rights”: freedoms are practiced, while rights are enforced. And in modern life, the enforcers of rights are the States, and they do that by the body of local and international law. You don’t have any “right” regarding the four freedoms whithout the GPL working as expected; which is by itself also kind of a response to figosdev.

    Rights are not the same as Freedoms. They may look alike, but they’re not the same. Here in LATAM we know the difference very well, as a result of our XX century history. Here, “freedom” means “free market”, and we have learned to hate that word. “Freedom” is written with glowing ink in the banners of neoliberalism militants here. Shitty people use that word here to justify hunger policies. That alone should be enough, but sadly is not all. Freedom’s also the very slogan of the other side of that coin: the guerrilla. All LATAM had their freedom fighters, battling oppression with militaristic tactics. I don’t exaggerate when I say “freedom” here may mean sorrow and despair. For us, the feeling over that word is the same as the one with any other lie in modern life: it makes us feel powerless and fools. And so we also have this tendency to give the state more power, so it can enforce our rights over the freedom of the people much more powerful than us. We don’t want freedoms, we want rights.

    The State is our modern tool for real power. Neoliberalists say that’s the root of all of our problems, and we (as in “me”) anti-neoliberalism say otherwise. Those are two poles of an unsolved worldwide debate. One of several, but a very heated and central one today. And the very concept of “rights” is in the middle of it. But it wasn’t always about neoliberalism. Before it, “rights vs freedom” was in the very core of the cold war, and even before there were just two poles but three: fascism was also an option during WW2, and people discussed the same thing. XX century was a giant struggle about human nature that we’re still dealing with. The Universal Declaration of Human Rights came out of it, but just after two nuclear bombs, and not before. So, the only true certainty we’ve found so far is that any spark can spread a global fire, and so we beter handle politics with care: but other than that we’re kinda left to our instincts.

    There’s a great conceptualization of it all in the videogame Civilization V. There, when you reach modernity, you are forced to choose (sic) one of three ideologies, all of which affect your game. But the ideologies doesn’t have the same name we know for them in the XX century: they’re called “Freedom” (for Capitalism), “Order” (for Socialism/Communism), and “Autocracy” (for Fascism). I’ve found this conceptualization to be amazingly helpful to explain many things on politics history, without having to end on the question of who was right or wrong. And I’ll make a little change to it: instead of “autocracy”, I’ll use the word “autonomy”.

    See, as I’m telling you about our local sensibility to the idea of “freedom”, other cultures have their own sensibilities, and so their different priorities. Today fascism is a bad word, but the idea of having autonomy is not. In the same way, if you say “capitalism” or “communism”, it will most likely trigger somebody: but if you change it for “freedom” or “order”, it reeeeealy make things smoother to talk about.

    As I was telling figosdev in a comment to his article, I believe Free Software Movement is entering the main stage of world politics, as other movements have done before: gender, race, environmentalism, animal rights, etc. And so FSM deals now with this kind of very, very complex issues: they’re, at the same time, historical, political, and philosophical issues, all mixed together. Then add local culture to that and see what happens. That’s where words matters.

    So back to Free Software, the whole systemd debate, for example, calls for an autonomy question, much more than order (as systemd and the distros has their rules of govern and core principles working fine) or freedom (which is the very deal FSF and RMS are failing to address on systemd, given that “is free software, and so is ethical”). Or the old “freedom” issue regarding what can and cannot be done with software: “if I’m forced to share my modified code, how’s that freedom?”; some acceptions of the concept may not be compatible with others, and it has very much to do with your political priorities (market economy over or under social development economy). And ethics is made of those not-so-solid principles.

    And here we get to the point where it all crosses with science. That “truth method” thing… that’s not how society, and thus politics, works. We’re sick (as in disease) with the idea of knowing the very true concept behind what’s going on, and that’s how we turn everything ethical into ideological. “Systemd is an attack on user freedoms!”, we say. Well… maybe. I personally hate the systemd ecosystem. But if asked politically about it, I would answer the same RMS aswered about “left or right”: “it’s a little bit of both”. It depends of how you look at it.

    Going on with this ideological “left or right” metaphor, I also look at systemd with the autonomy and order lenses, not just the freedom one. Thus, I hate it, but also can’t blame FSF or RMS for not bashing it, as they’re freedom people. This is important for the figosdev article. She/He also is a freedom person, but she/he hates systemd, and so she/he makes systemd a freedom afair: that makes her/him clash with the FSF, with the question “who’s really protecting freedom”; which in reality means “what does freedom really means”, and it’s the very thing I question in this article.

    Politics works different from idealized science. The latter is supposed to give you the tools to understand the universe and predict it, with the collateral damage of implying that anybody doing absolutely anything other than what’s in the theory is an ignorant fool or just a bad person (even NON-person). That’s clearly a proven idealization, used in practice to turn scientific discourse into political power. Yet, science (as well as other powers, as the one of the state and the one of the market) had to be put eventually on a leash in XX century, and that leash was called Human Rights. Why then there’s still ideological debates working the same way, as if “the true truth” about people were already there and anybody denying it is an enemy? That’s the ideological dynamics, and also what happens with most of our political discussions. That leads to internal struggle and fracture, which our true enemies (and they DO exist) feast on.

    Other movements, like gender or race, have learned to convive with different strategies (and thus different ethics), making a huge heterogeneous movement with real and transforming power. Today we all have to watch our words before talking publicly about gender or race, and feel the constant shift of our race and gender privileges. Knowing that this is an annoying issue for many, let me clarify: I’m not saying that’s neccesary a good thing, but a REAL thing. That’s real political power, which is something FSM needs in order to operate (much more than money, as figosdev’s “show me results” claim), and so we should take a look at how those movements achieved that.

    But then, there’s Jagadees calling for politics perspective in FSM, paying attention to users rights, but also telling us “we don’t need more regulation”. Careful there: there’s hardly any freedom without regulation. Many freedoms are just contextual stuff you can do because nobody’s watching you do it (like copying and cracking privative software), but that’s hardly a right in itself. A software user is subject of rights over that software (and viceversa) just as there are laws and regulation about it (like the licenses). Rights are not about doing it when nobody’s looking at you, but exactly the opposite: rights play a role when anybody can watch you do it (spacially when the state watches it). And many, many rights, as well as freedoms, may and do conflict with each other, so there’s always political struggle around them (that’s for you, figosdev).

    You Jagadees say “the laws of software freedom are already there”, but you’re wrong about that. First of all, there are many new laws constantly appearing because society changes, and you’re wrong if you think current conceptual tools to handle software freedom are going to be all-terrain and forever. That’s one thing. But also, what you have is principles, and laws are a different thing entirely. Scientific laws are absolute explanations of how reality works, unbreakable no matter what you think about them, and may only change when there are proven exceptions to it. Their role is to be the foundation for present and future techonological development. Society laws are what the states can enforce over people, and thus what people can ask the states to enforce. Their role is to be the foundation for present and future social development. None of that is what software freedom has.

    Yet, it’s close to it. It has the GPL, and other licenses, which operates under the social law. It has the four freedoms, which operates as theorical principles for explaining a possible stable relationship with a whole deal of different social and technical software phenomenons. However, if you take a look at figosdev’s article, you can see all those tools are being debated as insufficient or even outdated, in the face of what changing reality and society has to say about software freedom.

    Also, you Jagadees say “they are not building their own ethical energy companies or ethical drug companies or teaching people how to make drugs: they are politically acting for the system to change; that is the human way to do things”. But you’re missing the point that, preciselly, that very political acting changes society by new regulations, and also they actually DO create their own ethical energy companies and drug companies. Here in Argentina we have laws forcing medics to proscribe the generic drug name (and not some laboratory commercial brand name for a drug), so people can access more economic drugs made by local laboratories without having to learn either medicine or chemistry for that. And I myself studied robotics in a public and free (as in “free beer”) institution where they also teach “alternate energy” as a technical field: both things possible because of our public health and education state policies and laws, wich are the proud result of generations of people fighting for their rights against all kind of powers.

    I believe both of you are missing something. You’re both dealing, in your very own way, with how to deal with people’s rights, which ultimately brings core ethical problems about what it means to be human. You’re no fools in this, as (and I believe I’ve said enough about that) the whole world deals with those questions since no less than 150 years ago. You’re both living the right ideas for the right age. But I believe your relationship with the idea of freedom is constantly getting in the way. I feel this because of my experience with RMS, by which I can tell now he didn’t missed it a whole decade ago: the Universal Declaration of Human Rights.

    You see, Human Rights refer to the very human condition. It is so much like that, that even states or the very Science itself are politically forced to lower their eyes and say “yes sir, sorry sir” under the presence of human rights, or they’re otherwise criminals. Rights are about enforcement. But also, about what it means to be human. If you take a look at the UDoHR, you’ll find there many capitalist things like right to commerce, but also many socialist things like right to having a house or education or healthcare. As RMS said about FMS: “a little bit of both”. Because they were exactly about trying to deal with the human condition with something better than nuclear bombs (and please take note: that’s not an exaggeration). The world was in a mess objectively without precedent. And thus everybody agreed the response had to be political, because anything else is worst.

    Human Rights are constantly violated everywhere. But that’s also true with any other social law. It’s not about being unbreakable, but about what you can reclaim to a legit greater power in case of it being broken. And that’s not what the four freedoms do (but maybe the GPL).

    Jagadees calls for users rights. I’ve already argued there’s not such thing other than the licences. In fact, when the case appears, it’s usually stated as CONSUMMER rights, and not “user”. But Human Rights also cover a huge deal of mixed situations the four freedoms can’t address by themselves. For example, the whole systemd debate, as well as many other situations in the IT field, could be very well analized under the lenses of LABOR rights. Think about the consecuences over our day to day labor basis of those constant programmed obsolescence and forced corporate changes in software: we deal with them by constantly being learning in order to be up to date and keep doing our jobs (which we do because we’re workers and not because we can happily choose any other life whenever we like) by using our non-work-related time that then we don’t use to be with our families or for whatever other reasons. That’s close to a form of slavery, and it’s very much pushed through our throats by force. How many changes were the last decade on web development, even when 15 years old tech keeps working fine but newer tech doesn’t work well on older hardware? That’s not “progress”. How is it that some enterprises can push the idea of dropping x86 support because “is old”, yet we have entire countries (like mine) full of x86 hardware working great? We suddenly have to change our working tools, because somebody else and completely out of any regulation says so. Don’t we IT workers have anything to say in those kind of affairs?

    Of course we do. We actually do speak about it. But the legal, ethical, historical, and social context for justifying our words rarely is the UDoHR. The debates usually goes from ideological points of view such as “innovation” vs “legacy”, “conservatism” vs “vanguard”, defenders of X technical principle/dogma versus Y other (which could be stuff like object oriented vs functional), and technical stuff like that. Last time I’ve tried to debate an unnecesary change in software methodology and tools in my work, when I tried to explain the importance of being conservative in the tech we use, a guy with about 15 years less than me tried to argue about the importance of pure functions. That’s just too much distance between the two discourses. Linus ranted about quality, but he also had strong position on backwards compatibility and encapsulation (“we don’t break userspace”), two positions that could very well be called “conservative”. What would happen with linux kernel without that conservatism in place? What could the 4 freedoms do to protect us from the nasty consequences of such scenario, if such consequences are still GPL valid? What would our peers say about the technical change in favor of something newer? Well… labor rights may very well have a lot so say about such scenarios. But labor rights are very rarely related to software freedom in FSM debates I read of, and I find it symptomatic of ideological perspectives.

    We all know about the question over “what software runs this medical device inside my body”. But the question usually goes over “is it hackable?” or something like that. That’s again some technical (important) detail, that FSM rethoric focus on defending the four freedoms (access to code over security by obscurity) instead of health rights. Also, I don’t want to constantly update my peacemaker: I want it to do what it does fine and that’s it, stop screwing around with it. On health rights terms, it could be forced to be auditable by regulated people, and having strict control over its ways of handling security. The four freedoms doesn’t give you that, and even let the door open for “innovation”.

    The right to repair is another common case: if you use non-gpl software, or IP protected hardware, what good are the four freedoms? We need stronger tools than that. Tools that goes beyond the internal structure of free software, and into society itself: something RMS always had in mind.

    So, there are many examples of how Human Rights deal with software, and I believe this article to be long enough already to be speaking about it anymore. I’d like to close this by another political comparison, that I very much fear is happening right now: I don’t like when I see people using their ethical principles as social or objective truths. That’s what I constantly see doing on politics, both from the left or the right, when dealing with social problems. The constant battle between antagonic ideas or interpretations as if they were any other thing than that (ideas and interpretations) are NOT making anything better anywhere. I call for some focus shifts. First, we have to learn what to do with antagonic discourse. On the other side may be pieces of shit like Microsoft, but also sensible people with legit interpretations of legit concerns (like the whole DRM and Mozilla case, which I’ve always found much less worrisome than their incursion in the Apple ecosystem and haven’t seen as much as outcry for that). But we also have to let go the 4 freedoms and the FSF as if they were any other things than good ideas (but a church). We need to build real political power, and that’s messy: it doesn’t means to sell our souls, but it does means to deny any absolute truth and focus more on the situational friend or foe that doesn’t have to be forever in the same place. And, as reality may very well be showing us from some time to now, that should apply even for our greatest ideas, symbols, and champions. So, for starters, I call for a revision of what we’re talking about when we say “freedom” and “rights”.

Lógicas del sentido

| November 25th, 2019

    Por cuestiones de fuerza mayor, me encontré revisando cuadernos de mis cursadas de Letras, hace más de 10 años atrás. Entre las muchas cosas que encontré, me tope con esta página de notas personales, que me puso muy contento el haber releido:

    ¿Hay chances de armar una gramática formal ad-hoc, en tiempo real, por discurso?

    Sería más bien una tecnología del discurso, como producto grágico/material de una serie de procesos analíticos.

    Analizar sintácticamente con múltiples modelos y generar graduaciones relacionales entre planos autónomos de análisis; cada modelo, un plano.
    Este resultado sería estructural siempre, y único en cada discurso.
    Permitiría abarcar la variabilidad del lenguaje.

    Hay, por ejemplo, condiciones funcionales, jerarquías estructurales, efectos posibles, prototipicidades, leyes de-facto, etc; todos esos son elementos de la unidad mínima del significado.

    La unidad es compleja; relacional, multidimensional, funcional, y contingente.
    Esta unidad sería objeto condicional de diferentes procesos.

    No quiero buscar normalidad; necesito trabajar lo posible.


    Ojo al efecto de ver “así algo”; se entiende “algo así” aún antes de leerlo. Se reconocen formas grupales.


    Adecuación de la gramática al sujeto, y no al revés.
    La unidad no se ubica: se construye. No es un investigador, sino un constructor de efectos. La condición es el efecto.

    Desde Rage and Time, de Peter Sloterdijk.

    (…)

    Who could deny that, as usual, the alarmists are almost right? The inhabitants of affluent nations sleepwalk mostly within illusions of apolitical pacifism. They spend their days in gold-plated unhappiness. At the same time, their molesters, their virtual hangmen, immerse themselves at the margins of happiness zones in the manuals of explosive chemistry. These manuals have been checked out of the public libraries of the host country. Once one has listened to the alarm for some time, one feels like one is viewing the opening credits of a disturbing documentary where the naive and its opposite are put into a perfidiously astonishing sequence by directors who know how to create effects: new fathers open up cans of food for their children; working mothers put a pizza in the preheated oven; daughters swarm into the city in order to make use of their awakening femininity; pretty salesgirls step outside during a short break to smoke a cigarette while returning the gaze of those passing by. In the suburbs, petrified foreign students put on belts filled with explosives.

    The montage of such scenes follows logics that can easily be understood. Many authors who see their vocation as educating the public in matters of politics (among them neoconservative editorial writers, political antiromantics, wrathful exegetes of the reality principle, converted Catholics, and disgusted critics of consumerism) want to reintroduce into a population of overly relaxed citizens the basic concepts of the real. For this purpose they quote the most recent examples of bloody terror. They show how hatred enters standard civil contexts. They do not tire of claiming that under the well-kept facades, amok has already for a long time been running. They constantly have to scream: this is not a drill! Because for quite some time the public has become used to the routine translation of real violence into mere images, into entertaining and terrifying, pleading and informative images. The public experiences the development of opposition as a tasteless regression into a dialect extinct for many years.

    But how is it possible to seriously present rage and its effects, its proclamations and explosions as news? What needed to be intentionally forgotten before the desire could emerge to stare at those who effectively practice revenge against their alleged or real enemies as if they were visitors from distant galaxies? How was it at all possible, after the disappearance of the West-East divide in 1991, for us to come to believe that we had been thrown into a universe in which individuals and collectives could let go of their capacity to have revengeful feelings? Is it not the case that resentment is what is distributed the most around the world, even more so than bon sens?

    (…)

    One understands this eccentric dynamic right away: to the victims of injustice and defeat, consolation through forgetting often appears unreachable. If it appears unreachable, it also appears unwanted, even unacceptable. This means that the fury of resentment begins at the moment the person who is hurt decides to let herself fall into humiliation as if it were the product of choice. To exaggerate pain in order to make it bearable, to transcend one’s depressed suffering, to “sport with his misery” (quoting Thomas Mann’s sensitive and humorous coinage about the primal father Jacob) to extend the feeling of suffered injustice to the size of a mountain in order to be able to stand on its peak full of bitter triumph: these escalating and twisting movements are as old as injustice, itself seemingly as old as the world. Isn’t “world” the name for the place in which human beings necessarily accumulate unhappy memories of injuries, insults, humiliations, and all kinds of episodes for which one wants revenge? Are not all civilizations, either openly or in secret, always archives of collective trauma? Considerations like these allow us to draw the conclusion that measures taken to extinguish or contain smoldering memories of suffering have to belong to the pragmatic rules of every civilization. How would it be possible for citizens to go to bed peacefully if they had not called a couvre-feu for their internal fires?

    Because cultures always also have to provide systems for healing wounds, it is plausible to develop concepts that span the entire spectrum of wounds, visible and invisible. This has been done by modern trauma sciences, which started from the insight that for moral facts it is also useful to apply physiological analogies, if only within certain limits. To use a familiar example, in the case of open bodily wounds, blood comes into contact with air, and as a result of biochemical reactions the process of blood clotting starts. Through it, an admirable process of somatic self-healing comes about, a process that belongs to the animal heritage of the human body. In the case of moral injuries we could say that the soul comes into contact with the cruelty of other agents. In such cases subtle mechanisms for the mental healing of wounds are also available: spontaneous protest, the demand to bring the perpetrator immediately to justice, or, if this is not possible, the intention to take matters into one’s own hands when the time comes. There is also the retreat into oneself, resignation, the reinterpretation of the crime scene, the rejection of the truth of what happened, and, in the end, when only a drastic psychic treatment seems to work, the internalization of the violation as a subconsciously deserved penalty even to the point of the masochistic worship of the aggressor. In addition to this medicine chest for the injured self, Buddhism, Stoicism, and Christianity developed moral exercises to enable the injured psyche to transcend the circle of injuries and revenge as such. As long as history is an endless pendulum of hit and retaliation, wisdom is required to bring the pendulum to a halt.

    It is not only common wisdom and religion that have adopted the moral healing of wounds. Civil society also provides symbolic therapies intended to support the psychic and social reactions to the injuries of individuals and collectives. Since ancient times, conducting trials in front of courts has made certain that the victims of violence and injustice can expect reparation in front of a gathered people. Through such procedures is practiced the always precarious transformation of the desire for revenge into justice. However, just as a festering wound can become both a chronic and general malady, psychic and moral wounds also may not heal, which creates its own corrupt temporality, the infinity of an unanswered complaint. This implies the trial without satisfactory sentence and calls forth the feeling in the prosecutor that the injustice inflicted upon him is rather increased through the trial. What is to be done when the juridical procedure is experienced as an aberration? Can the matter be settled through the sarcastic remark that the world will one day go down because of its official administration — a statement perpetually reinvented as often as citizens experience the indolence of administrative bodies? Isn’t it more plausible to assume that rage itself engages in payback? Isn’t it more plausible to assume that rage, as a selfproclaimed executor, goes so far as to knock on the door of the offended?

    The evidente for this possibility exists in countless exemplary case studies, some more recent and some older. The search for justice has always brought about a second, wild form of the judiciary in which the injured person attempts to be both judge and warden at once. What is noteworthy about these documents, given our present perspective, is that only with the beginning of modernity was the romanticism of self-administered justice invented. Whoever speaks of modern times without acknowledging to what extent it is shaped by a cult of excessive rage suffers from an illusion. This is, even to the present day, the blind spot of cultural history — as if the myth of the “process of civilization” did not aim only to make invisible the release of vulgar manners under conditions of modernity but also to inflate revenge phantasms. While the global dimension of Western civilization aims at the neutralization of heroism, the marginalization of military virtue, and the pedagogical enhancement of peaceful social affects, the mass culture of the age of enlightenment reveals a dramatic recess in which the veneration of vengeful virtues, if we may so call them, reaches new, bizarre extremes.

    Whatever criteria one has in mind when searching the libraries of the Old World, one will come across a large amount of references to the elementary force of rage and the campaigns of vengeful fury. There are traces of a more or less serious game with the romantic fire of rage, though this will become a dominant motive only with the eighteenth century’s emerging culture of civil society. Since then, one great revenger hunts another, accompanied by the sympathy of the audience of the modern imaginary. From the noble robber Karl Moor to the angry veteran John Rambo; Edmond Dantes, the mysterious Count of Monte Christo to Harmonica, the hero of “Once Upon a Time in the West”, who has committed his life to a private nemesis; Judah ben Hur, who exacted revenge against the spirit of imperial Rome with his victory in an ominous chariot race, to the Bride, alias Black Mamba, the protagonist of Kill Bill, who works through her death list. The time of those who live for the “great scene” has come.

    (…)

    Moreover, rage satisfies the popular interest in acts of which the perpetrator can legitimately be proud: such stories focus on the avengers, who by directly paying back for their humiliation release a part of the discontent with judicial civilization. They provide satisfying proof that the modern person does not always have to travel the windy road of resentment and the steep steps of the judiciary process in order to articulate thymotic emotions. In the case of injuries leading to chronic illness, rage is still the best therapy. This feeling constitutes the reason for the pleasure taken in base things.

    (…)

Acerca del análisis del poder

| September 24th, 2019

Después de muchas páginas explicando detalles históricos del poder pastoral y los conflictos que se generaron a su alrededor, Foucault explica lo siguiente:

(…)

    Menciono todo esto para decirles que, a mi juicio, en el desarollo de los movimientos de contraconducta a lo largo de la Edad Media, podemos encontrar cinco temas fundamentales, que son el tema de la escatología, el tema de la Escritura, el tema de la mística, el tema de la comunidad, y el tema de la ascesis. Es decir que el cristianismo, en su organización pastoral real, no es una religión ascética, no es una religión de la comunidad, de la mística, de la Escritura, y por supuesto tampoco de la escatología. Es la primera razón por la que me interesaba hablarles de todo eso.

    La segunda es que quería mostrarles, también, que esos temas que fueron los elementos fundamentales en las contraconductas no son en líneas generales, desde luego, exteriores al cristianismo; se tratan de elementos fronterizos, por decirlo así, que no dejaron de ser reutilizados, reimplantados, retomados en uno u otro sentido. La Iglesia misma retomó de manera incesante elementos como, por ejemplo, la mística, la escatología, o la búsqueda de la comunidad. El hecho aparecerá con mucha claridad en los diglos XV y XVI, cuando la Iglesia, amenazada por todos esos movimientos de contraconducta, intente hacerlos suyos y aclimatarlos en su seno, hasta que se produzca la gran separación, la gran división entre las iglesias protestantes que, en el fondo, han de elegir un modo determinado de reinsención de esas contraconductas, y la Iglesia Católica, que por su parte tratará, mediante la contrareforma, de reutilizarlas y reincorporarlas a su sistema. Ése es el segundo punto. La lucha, entonces, no adopta la forma de la exterioridad absoluta, sino de la utilización permanente de elementos tácticos que son pertinentes en el combate antipastoral, toda vez que forman parte, de una manera incluso marginal, del horizonte general del cristianismo.

    Tercero y último, quería insistir en estos asuntos para procurar mostrarles que, si tomé ese punto de vista del poder pastoral, lo hice, claro está, para intentar recuperar los trasfondos y los segundos planos de la gubernamentalidad que va a desarrollarse a partir del siglo XVI. Y también para mostrarles que el problema no es en modo alguno hacer algo así como la historia endógena de un poder que presuntamente se desarrolla a partir de sí mismo en una especie de locura paraóica y narcisista, y señalar en cambio que el punto de vista del poder es una manera de poner de relieve relaciones inteligibles entre elementos que son exteriores unos a otros. El problema, en el fondo, es saber cómo y por qué problemas políticos o económicos como los que se plantearon en la Edad Media, por ejemplo, los movimientos de rebelión urbana, los movimientos de revuelta campesina, los conflictos entre feudalismo y burguesía mercantil, se tradujeron en una serie de temas, formas religiosas, preocupaciones religiosas, que culminarían en la explosión de la Reforma, la gran crisis religiosa del siglo XVI. Creo que si el problema del pastorado, del poder pastoral, de sus estructuras, no se considera como bisagra de esos diferentes elementos exteriores entre sí — Las crisis económicas por un lado y los temas religiosos por otro –, si no tomamos esto como campo de inteligibilidad, como principio de puesta en relación, como operador de intercambio entre unos y otros, nos veremos obligados a volver a las viejas concepciones de la ideología: decir que las aspiraciones de un grupo, una clase, etc., se traducen, se reflejan, se expresan en una creencia religiosa. El punto de vista del poder pastoral, el punto de vista de todo este análisis de las estructuras del poder, permite, a mi entender, retomar las cosas y analizarlas ya no en forma de reflejo y transcipción, sino de estrategias y tácticas.

    Si insistí en esos elementos tácticos que dieron formas precisas y recurrentes a las insumisiones pastorales, no fue en absoluto para sugerir que se trata de luchas internas, contradicciones endógenas, un poder pastoral que se devora a sí mismo o se tropieza en su funcionamiento con sus límites y barreras. Lo hice para identificar “las entradas”: puntos a través de los cuales procesos, conflictos, transformaciones, que quizás conciernan al estatus de las mujeres, el desarrollo de una economía mercantil, la desconexión entre el desarrollo de la economía urbana y la economía rural, la elevación o la desaparición de la renta feudal, el estatus de los asalariados urbanos, la extensión de la alfabetización, puntos por donde fenómenos como estos pueden entrar al campo del ejercicio del pastorado, no para transcribirse, traducirse, reflejarse en él, sino para efectuar divisiones, valorizaciones, descalificaciones, rehabilitaciones, redistribuciones, de todo tipo. En vez de decir: “cada clase o grupo o fuerza social tiene su ideología que permite traducier en la teoría sus aspiraciones, aspiraciones e ideología de las cuales se deducen reordenamientos institucionales que corresponden a las ideologías y satisfarán las aspiraciones”, habría que decir: “toda transformación que modifica las relaciones de fuerza entre comunidades o grupos, todo conflicto que los enfrenta o los lleva a rivalizar, exige la utilización de tácticas que permitan modificar las relaciones de poder, así como la puesta en juego de elementos teóricos que justifiquen moralmente o funden de manera racional esas tácticas”.

(…)

Michel Foucalut, en Seguridad, territorio, y población, página 259 (129 del PDF).