Me hago un minuto entre obligación y obligación, aprovechando la fatiga que siento en el pecho después de tantos días de tristeza, a ver si esta vez sí puedo finalmente leer lo que voy escribiendo.
Yo soy uno de los vagos, faloperos, borrachos, sucios, ignorantes, inútiles, negros de mierda, indios, que se criaron escuchándote. Yo soy de esos que tenía que interpretar el ruido que hacía a la noche el techo de chapa, que tenía que bancarse el frío ese que llega hasta los huesos durante las madrugadas escarchadas, que veía a su mamá sufriendo para traer un plato de comida a casa y a la familia en discordia por las infinitas angustias que nadie elegía, que veía morir amigos ya de chiquito, que vivía rodeado de malandras y gente desesperada sabiendo que no había ningún futuro en ningún lado para mí. Yo viví con miedo, Indio. Aterrado. Pero cuando te escuchaba a vos, me sentía Batman, Wolverine, alguno de esos a los que no les rompás las pelotas porque te mata ya con la mirada nomás, y al mismo tiempo sentía ser uno más que se iba forjando una vida. Me acompañaste en las muertes, y en los desamores más dolorosos. Me acompañaste todas las veces que se me estaba yendo la mano por razones que muy rápidamente dejaban de importar. Y ahora no sé cuántos días van que no puedo parar de llorarte, no doy más de tanto llorar.
Ya te dijeron todo: que vos nos escuchaste a los humildes, que sos el dios de los rotos, que sos un padre y un hermano, que no se puede saber cuantas veces nos salvaste la vida mostrándonos un camino que nuestros espíritus sí podían vivir. Pero yo quiero dejar anotado un matíz, apenas un detalle. Con los paisajes de tus discos y canciones -cada una un cuento-, todos imperfectos, todos con algo medio turbio, todos que al mismo tiempo por ahí no se entiende una mierda pero siempre calza en el alma como si más que un poeta lo hubiera escrito algún sastre metafísico o alguna cosa rara que por cuestiontes todavía más inentendibles no se necesita explicar, que nos importa un carajo y nos encojemos de hombros cuando nos preguntan porque sabemos en las tripas que es cierto, que era así como decías vos. Con eso Indio nos develabas un mundo oscurísimo sin subestimarnos ni vendernos humo o espejitos de colores, y hacías que ahí nos sintiéramos en casa: podíamos bailar entre nosotros, sin miedo, y con una alegría que no nos robaba nadie.
Nos enseñaste a vivir con dignidad en un mundo siniestro.
Y ahora no puedo imaginar un día donde no te vaya a extrañar.
Gracias Indio.
