(…)
Se arriba a la ciudad como pasando de las tinieblas a la luz, de la inconsciencia social a la conciencia. Y ello, porque a medida que penetramos en ella tomamos conciencia de un sinnúmero de fines y utilidades, dejando atrás todo lo que no vale para la meta borrosa, pero siempre inteligente, del grupo social. Se produce entonces como un desplazamiento de facultades en uso y hasta se hipoteca la verdad más íntima, en razón de alguna utilidad. (…) La inteligencia se depura en los archivos, en los papeles, en las oficinas, en el dominio de las leyes y de las normas policiales, en la justicia civil, en la educación y alcanza su poderío en el estado. En el terreno de la utilidad al bien común, la ciudad pide la inteligencia ya sea en los quehaceres burocráticos, en la univocidad de los fallos o en el sentido común del pueblo.
Por ello se produce un desplazamiento definitivo de las facultades a utilizar. La inteligencia es llevada a la conciencia, dejándose en el inconsciente el resto. Vivir en la ciudad es medir la inteligibilidad de nuestro fin y encontrar una meta demasiado rigurosa para todos nuestros supuestos. No cuenta lo que queremos; sino que vale la traducción de eso que queremos a la inteligencia, a la utilidad. Se traiciona así la integridad de nuestra voluntad y se deja atrás, superado por el olvido, lo que hubiéramos hecho en una situación menos apremiante. De la integridad del individuo depende que reconozca esa otra faceta de su anhelo, ya con ironía o ya como un supuesto angustioso de su tergiversación.
La solución corriente es la ironía, porque representa una solución ambivalente, dual, por la que el hombre medio participa por una parte de la inteligencia ciudadana sin abandonar, por la otra, todo aquello que debió dejar atrás. Indeciso entre la verdad del suelo y de la ficción, opta por la medianía, el término medio o más bien el factor común de la realidad que lo rodea. Del tiempo, de la sucesión de vivencias y circunstancias saca su fe en lo establecido y cree en la unidad inteligible que mantiene a la sociedad, reforzada por el sentido popular de la ciencia, la educación secundaria o la cultura de revista. Seducido por la inteligencia ciudadana apunta siempre a una ley que simplifique la vida, ya sea física, natural, o estatal y en la búsqueda de su medianía legal siente que su fe se afianza visualmente y ampara su mediocridad. De esta manera se distancia de toda otra solución y no logra optar por ninguna verdad que no sea ficticia.
El concepto de ley le seduce porque presiente en él un término medio que es defendido por la ciudad. En ella no hay cabida para los extremos, porque todo extremismo resulta perturbador.
Algo trasuda, sin embargo, a la esfera del espiritu fiscalizado socialmente por el intelectual. Este, tomado desde el punto de vista de su función en la sociedad, siente como una misión la defensa de aquella mediocridad legal, por más que como ciudadano espiritual y culto niegue a la ley misma. Los términos escritor o intelectual ya implican en alguna forma una concesión, un justo medio que concilia los extremos nocivos para la ciudad.
Del individuo medio al escritor, existe por tanto poca distancia. La claridad meridiana de una pieza oratoria, de un panfleto o de un libro de tesis y hasta el mismo lenguaje mantienen la legalidad en medio del tumulto de emociones y vivencias contradictorias, en la misma forma como la ciudad impone su inteligencia y simplifica toda verdad.
El escritor fiscaliza, desde el mundo de la ficción legal, la ilegalidad esencial de la vida —en la que creyó al iniciarse en su oficio. Representa, en el continuo juego entre la sin-razón vital y la legalidad social del individuo medio, la apoteosis de este último, su redención y consagración como apóstol de un mundo en que de antemano no cree. Es un monje sin religión, que en el terreno de la palabra estructura, mediante imágenes, la posibilidad de una redención aunque en verdad detiene con el verbo la vida en que cree. Es una circunstancia, un metafisico destronado que carece de energía espiritual para alcanzar el ser que presiente y no puede intentar, en el mundo solidificado por las normas y las instituciones, otro camino que el que le indica el resentimiento.
Victima de la ciudad, opta por la ficción, olvidando lo ignoto, el reverso de la vida social, que no fue tomado en cuenta y que se pierde en el inconsciente de la vida ciudadana. Con el uso del verbo no alcanza a percibir las tinieblas en su totalidad. Ni él mismo sabe si juega al cielo o si lo es y para salir de dudas verbaliza e ilumina aun más su presentimiento, tratando de pillar la noche en un saco.
Pero el reverso aquél se venga. Desde la inconsciencia actúan las fuerzas contrarias, el azar, el ex abrupto social, político, científico y cultural, los actos fallidos de la historia que irrumpen en el momento imprevisto para desbaratar al verbo. Son las fuerzas que congestionan el ambiente revolucionario y cargan sobre la angustia vital del ciudadano.
El revolucionario hereda del escritor este afán de no perder el hilo inteligente dejado por la ciudad, aunque lo toma con más pujanza pero menos consistencia que aquél.
Sólo por error de perspectiva el revolucionario puede suponer que su actitud responde a la necesidad de imponer un orden mejor de cosas. No comprende que no es más que una fracción infinita en el orden de la sociedad y por ello mismo víctima de ésta. Es por tanto la posibilidad frustrada de antemano, de resolverse en una unidad acabada. Hasta está convencido de ello. La supuesta idea de orden mejor no es más que un mito, un estado de ánimo, el encubrimiento de una oscura necesidad de expansión que la realidad no le permite. Participa del resentimiento y carece propiamente de contenido intelectual. El revolucionario no comprende que en el fondo quiere satisfacer el reverso de su conciencia civilizada, reprimida por el hombre medio. ni tampoco que la ciudad vence en él cuando disfraza su sentimiento natural con ideas y programas de lucha.
Pero incluso esta satisfacción ideal a que parece apuntar pierde su vigencia. De ello se encarga la política que matiza con la legalidad el impulso irracional de la revolución, pero con el supuesto solapado de que la ley nada significa si no es en su reverso. En la politica recién se revela y se consagra la capacidad del ciudadano de conformar a la ley con su recóndita apetencia de irracionalidad.
Con esto la política adopta una actitud antagónica con respecto a la revolución, por cuanto concilia —con más honestidad que como lo hicieran el individuo medio, el escritor y el revolucionario— la inteligencia con la vida, la conciencia con la inconsciencia social. La política interviene cuando la revolución ya no es más que un recuerdo y ha fracasado en su intento de imponer la idea tomada de la misma conciencia social en que irrumpiera. Obra con la peculiaridad de restituir las cosas a un ámbito irracional y representa el instante en que la ciudad retoma su poderío inteligente pero coneiliado negativamente con su reverso. La prueba está en que entonces crece el aparato burocrático, se anquilosa la razón convirtiéndose en inteligencia, en un mecanismo ínfimo, asediado por el auge de la irracionalidad del político.
Al fin de cuentas se restituye lo anterior con algunas variantes. En lugar de la ambivalencia elemental del ciudadano europeizado, reina la ambivalencia política que rebasa la ciudad y sume todo el interior, perdiendo en algo su fuerza y poderío. El programa ideal que la fuerza irracional de la revolución habia tomado al azar, se verbaliza y consta en los textos de historia como único y verdadero fin de la revolución. Esta, vencida por la política, triunfa de este modo en la historia en connivencia con la ciudad. La historia registra la parte inteligible, visual, programática de la revolución, dejando el resto en la penumbra. De esto resulta al fin y al cabo una historia de ciudad o, lo que es lo mismo, una historia ficticia, en la que falta la media verdad que ni el ciudadano mediocre, ni el intelectual, ni el revolucionario, ni aun el político han sabido llevar a plena conciencia.
De esa misma conciencia de la historia, con su implícito afán de perpetuarse a costa del devenir, extrae la ciudad su fe en la continuidad de la idea y su creciente importancia para todo tipo de vida social.
De la ciudad surge la línea inteligente y normativa en que se respalda el grupo que, a su vez, gana en inteligencia con su crecimiento. El aumento de las fricciones entre los individuos, la división del trabajo despiertan el afán por la técnica o sea por los mecanismos aceleradores de la vida. Se trata de encontrar un sustituto a la vida para que ella participe en forma más directa de las cualidades del mecanismo. La inteligencia llegada al punto máximo de su utilidad, masifica al individuo. La posibilidad de percibir lo irracional se posterga. El mundo se esquematiza y la vida se encajona en el reducto ciudadano, imposible de salvar.
Se produce entonces una petición angustiosa de la ficción técnica y por ende del ser. Crece asimismo el afán de restituir la idea en todos los órdenes de la vida. El aumento de la carga social ciudadana parece traer consigo la posibilidad creciente de una restitución inmediata de la legalidad y del orden. Con ello la ciudad colma su capacidad y al rebasar invade todo, incluso el interior, através de la ambivalencia política.
Pero la experiencia irracional de los individuos se suma, aunque veladamente, al conjunto. La posibilidad de esa irracionalidad, adherida a expresiones que la fijan como el carnaval, el juego, el comité político, el baile, entra en tensión con la esencia misma de la ciudad, el verbo. De la tensión puede resultar una apoteosis, como también la gran caída.
En esta línea el ciudadano pretende secretamente, aunque no se lo confiese una tecnocracia. Con ella conduce su tensión al número, queriendo resolver el fondo inmoral de la tensión con la amoralidad de la máquina. Pero como para ello debe medir linealmente una realidad de infinitos sectores, triunfa sólo en apariencia, en la ficción, con el riesgo de tener que tomar conciencia, en cualquier instante, de su falsa posición.
En la ciudad europea la tensión se resolvía a medias, por cuanto disminuía con la emigración, el desplazamiento de los desheredados que se llevaban consigo el demonismo social agotándolo por el resto del mundo. La colonia, la conquista imperialista, la penetración pacífica, eran los portadores del inconsciente social hacia afuera del radio de acción del ciudadano.
El que quedaba, el ciudadano propiamente dicho, se sometía al ser. De éste se liberaba por instantes mientras desviaba al cabaret sartriano un absurdo malentendido, vivia el peso de una historia tejida sin lapsos irracionales en el sentido uniforme que le concede la inteligencia elemental de la ciudad.
Pero en tierra mestiza, la fe en el absurdo desaparece para quedar aquella conciencia aplastante de orden e inteligibilidad, encarnada en el gringo industrioso, con la singularidad de que la experiencia del ser se convierte en un simple instrumento de perpetuación. Lo que en Europa se impuso pasivamente por una ley interna, en la América mestiza se pretende llevar adelante por voluntad consciente. De ahí a que el hijo del gringo llegue a suponer la ficción de la ciudad no hay más que un paso, con el agravante de que no le queda más remedio que vivir esa ficción.
En ello intercede la tierra, la distancia que media entre ésta y la ciudad y el gesto peculiar de una fe exasperada en la ficción.
(…)
Rodolfo Kusch, La seducción de la barbarie, editorial Raigal, 1953.