Consideren la siguiente escena. Un señor en un medio masivo de comunicación dice que otro señor es un corrupto. Lo acusa de haberse robado dinero que pertenece a la gente haciendo uso indebido de los poderes de funcionario público. Esto desata una polémica. Gente afín al acusado dice que son obviamente mentiras y que al señor del medio masivo de comunicación habría que echarlo y meterlo preso. Gente contraria al acusado dice que son grandes verdades o hasta obviedades, y que al acusado habría que echarlo y meterlo preso. Ambos se dicen unos a otros que son los otros quienes están ciegos y no ven la realidad. Eso los lleva a reflexionar cómo puede ser: son idiotas, está claro, pero incluso tal vez sean gente incapacitada para entender lo que sucede, ya sea por falta de educación o por algún otro defecto; quizás son enfermos. Esa línea de razonamiento los lleva eventualmente a que, entonces, han de estar haciéndolo a propósito, que no hay otra explicación: son unos miserables que disfrutan destruyendo lo bueno del mundo, y lo que hacen es incuestionablemente indignante. Antes de poder reflexionar ninguna otra cosa, otro señor en otro medio de comunicación dice que otro señor diferente al anterior es un corrupto.

    Esta escena, que fue planteada de manera deliberadamente exagerada, es preocupantemente verosimil. Y no es tanto una cuestión de época como algo que se viene repitiendo desde tiempos inmemoriales. Tal vez la magnitud pueda entenderse como novedad, pero sólo si aceptamos “novedoso” a un mecanismo del que se tienen registros desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX. Hay algo con las mentiras, las verdades a medias, y la retórica, que está muy en boga y está siendo explotado hasta sus últimas consecuencias; y ese algo viene operando desde hace rato.

    Filósofos, historiadores, antropólogos, y muchos otros estudiosos y pensadores de la cultura y del ser humano pueden explicar con precisión los pormenores históricos y detalles importantes detrás de qué cosa pueda estar sucediendo; pueden mostrarnos otros tiempos donde las sociedades se manejaban distinto, pueden hablar de cuándo y cómo las cosas fueron cambiando hacia algo más emparentado a lo que conocemos, pueden esclarecer puntos claves de nuestro desarrollo que hayan modificado sociedades enteras, o pueden incluso contarnos un relato que nos ayude a ver en diferentes perspectivas. Lo concreto es que acá y ahora la corrupción indigna, y parece absolutamente inevitable que una acusación de corrupción, de deshonestidad, de farsa, genere de inmediato un juicio de valor no sólo explosivo sino viralizado. Empiricamente, decir de alguien que está en falta genera alguna forma de desaprobación inmediata, sea contra el acusado o contra el acusador. Y pasan cosas como que el desinterés es entendido como inmoral, y la neutralidad es rigurosamente juzgada como complicidad; y ahí va a parar el último atisbo de presunción de inocencia o cualquier otro constructo ilustrado o moderno que se inventara para salvarnos de la barbarie: existe gente que engaña a los demás, somos susceptibles de ser engañados, y día a día nos vemos obligados a renovar votos de fé para con la sociedad y hasta con nosotros: de un tiempo para acá tenemos hasta prohibido el mentirnos a nosotros mismos. Todos somos potencialmente uno de ellos, un enemigo, y sea lo que sea que está pasando nos lleva a vivir de facto bajo presunción de culpabilidad. Así nuestra realidad se vuelve rápidamente una esquizofrenia epistémica o un pandemonio jurídico, donde cabe la pregunta de cómo puede ser que un mecanismo tan imbécil como un tipo diciendo cosas por televisión nos pueda seguir afectando después de la segunda, tercera, cuarta, quinta vez…

    Fue reflexionando sobre aquella escena de la corrupción y la posverdad que en un momento me hice esta pregunta: ¿y si lo que pasa es que somos demasiado sensibles a la verdad? Entonces busqué algo al respecto en internet, y encontré solamente algunos ensayos de religiosos hablando sobre religión; lo cuál podría servirme, pero no es precisamente el objeto de mi estudio. A mí acá me interesa el fenómeno de que, en la práctica, la mentira duele; y no sólo eso, sino es que capaz de hacer destrozos enormes en las sociedades. Así como duele la mentira, también duele la verdad. Y no es que simplemente estamos engañados: somos una parte activa del supuesto engaño; es otra cosa lo que sucede acá. En esa reflexión, no supe responder sobre la supuesta demasía, pero sí creo poder hablar sobre la sensibilidad.

    Permítanme traer algunas otras escenas más o menos heterogeneas a colación de esta idea. Siguiendo con los medios, ¿qué está pasando últimamente con la idea del spoiler? Uno puede entrar por internet en cualquier comunidad de seguidores de alguna serie audiovisual. Mientras todavía están emitiendo los episodios semanales, en internet hay gente que por diversas razones tiene acceso al episodio más reciente antes que otras personas. A estos privilegiados súbitamente se les restringen o hasta censuran los mensajes, en virtud de proteger a otros miembros de la comunidad contra los efectos indeseados del spoiler. ¿En qué consiste el spoiler? En enterarse de cualquier posible sorpresa que pudiera deparar el próximo episodio de la serie, antes de efectivamente ver el episodio. Incluso se vive a menudo la situación inversa: ver gente que se “desconecta del mundo” temporalmente hasta no ver la serie, como modo de protegerse a sí misma contra el terrible y amenazador spoiler. Y pareciera ser hasta un hecho chistoso, pero uno puede ver acalorados debates subidos de tono entre gente sumamente apasionada al respecto del tema. No sólo eso, sino que es un fenómeno tan poderoso entre la gente que hasta existe toda una industria multimillonaria del hype alrededor de eso: se generan espectativas, que deben ser protegidas cual inversión riesgosa, y más allá del resultado una y otra y otra vez se va a volver a repetir el ciclo de generar espectativas para luego volver a generarlas y más tarde hacerlo una vez más, sin límite aparente. Esto es algo también sumamente arraigado en el mercado tecnológico, con cada nuevo modelo de teléfono celular. Creo recordar a Henry Miller diciendo a principios del siglo XX: “puedes ir a por la gran novela norteamericana; hay una nueva cada semana, todas la misma”; hoy tenemos grandes blockbusters norteamericanos en los cines de todo el mundo, semana a semana, mes a mes, todos ligeras variaciones los unos de los otros, y todos se proponen grandes eventos cinematográficos, grandes experiencias. ¡Y cuidado con corromperlas con un spoiler!

    Continúo con otro planteo. Hay algunas formas de verdades que no se pueden tocar. No se deben tocar. Estas son las verdades de orden religioso usualmente, aunque también algunas otras cuestiones que con el paso de los años se instalan como tabúes o principios a defender en las sociedades y terminan tomando una forma parecida (como ser los casos de la pedofilia, el aborto, o la pena de muerte). Son verdades dadas, aceptadas en comunidades, y basadas en principios que no se cuestionan; no sin considerable conflictividad. Otra situación: la pasión por el deporte. Algunas de las imágenes más violentas de nuestra sociedad contemporánea las podemos ver en el mundo del fanatismo deportivo (extraño concepto de por sí; como si el deporte estuviera en la misma posición fenomenológica que la religión). Allí, uno sigue a su equipo porque sigue a su equipo porque sigue a su equipo; no existe tal cosa como “cambiarse de equipo”, y perderle interés significa inmediatamente dejar de formar parte de una comunidad de selectos seguidores que se llaman a si mismos “verdaderos hinchas”. Están en las buenas y en las malas, y para ellos cada evento deportivo es una demostración más de la valía del equipo; estos fanáticos eligieron al mejor equipo que existe, por razones cuya cuota metafísica es directamente proporcional a la cantidad de encuentros en los que son derrotados. Siempre, incuestionablemente, son los mejores, y las razones son lo de menos: salvo a la hora de defenderse de todos aquellos que cuestionen al equipo, en cuyo caso es válido hasta el asesinato. Y, nuevamente, esto mueve millones y millones: de personas, de dólares, de megawatts…

    Voy a ir al grano, para no extenderme demasiado. Todas estas escenas tienen en común una relación muy particular con la verdad y la falsedad. En todos esos casos reaccionamos de manera casi hasta explosiva frente a planteos que nos muestran una verdad. Elegí esos ejemplos precisamente porque no son sutiles: es fácil ver la reacción desmesurada, las consecuencias indeseables, el caracter pasional del juicio involucrado y las pésimas generalizaciones que de él se obtienen. Así y todo, ese juego de reacciones y consecuencias constituye verdades para la gente, que por cuestionables que puedan ser a su vez constituyen empirias: y allí ya se ve en jaque incluso la objetividad misma. Y es que se trata de una relación con la verdad que tiene poco o nada qué ver con la objetividad. Sé que esto es algo muy actual en el planteo de la posverdad, donde se pretenden explicar muchos fenómenos masivos contemporáneos en una sobrevalorización de la experiencia subjetiva por sobre la objetividad; pero yo apunto a otro lado. Mi hipótesis está más emparentada con aquellos planteos críticos de la objetividad que se pudieron ver durante todo el siglo XX; en esa serie, tan sólo vengo a traer un detalle. Yo creo poder dar cuenta de un mecanismo que opera en la gente, en todas las personas en general, vinculado a cómo se percibe lo verdadero y lo falso. Algo entonces del orden de la percepción, que las medicinas y filosofías de la psiquis podrán justificar de muchas maneras. Somos sensibles a la verdad; reaccionamos a la verdad como reaccionamos cuando nos pincha un alfiler, cuando vemos una luz muy brillante, cuando tenemos frío o calor. Tenemos un metasentido de la verdad, una sensibilidad de la verdad. Temo que llamarlo “sentido de la verdad”, darle el caracter pleno de “sentido”, me lleve a problemas como la comparación contra el gusto o el tacto; si bien mi intuición me dice que tal vez estén sumamente emparentados, se trata de un problema que no me interesa: sólo me interesa dar cuenta de que somos sensibles a la verdad en tanto que fenómeno humano (y no como idea, ni como consecuencia lógica, sino algo anterior).

    Cabe aclarar que en adelante en este texto pretendo manejar verdad y falsedad como dos valorizaciones, dos formas de procesar el mismo objeto, la misma percepción: una con valor positivo y otra negativo si se quiere, pero en ambos casos el producto del mismo proceso y el mismo fenómeno, la misma función devolviendo su resultado que más tarde es procesado por algún otro componente del sistema.

    Repasemos un poco aquellas escenas. Volvamos a las acusaciones de corrupción. Podemos imaginar, en cualquier posición del plano político donde nos sintamos más cómodos, cómo es que podemos ser interpelados por algunas de esas situaciones, cómo es que nosotros podemos ser uno de los que nos encontramos defendiendo a un candidato o cuestionando a un periodista. Tal vez no con la virulencia que yo planteara, pero definitivamente con algunos fenómenos similares. Lo más probable que nos encontremos de repente incurriendo en falacias, seguramente ad verecundiam o ad hominem, donde tan sólo el quién dice lo que se dice es suficiente para tomarlo como verdad o falsedad. Ya no podemos volver de eso; a partir de ese punto ya estamos en razonamientos inválidos para cualquier forma de objetividad. Entonces tratamos de recurrir a los hechos, y nos damos cuenta de que no los tenemos: tenemos más discursos; alguien dice que vió algo, hay un testimonio, hay documentos que así y todo están sujetos a interpretación. No tenemos caso, no hay situación concreta de corrupción, sólo hay hipótesis cuanto mucho: pero así y todo no podemos ignorar el asunto, no podemos simplemente borrarlo de nuestra mente. Tiene consecuencias. Vamos a culpar a nuestros rivales políticos de jugar sucio, y vamos a decir que nuestros avatares de la verdad son los más adecuados para interpelar la realidad. Ya mismo, en este punto, cabe una pregunta: ¿Por qué no simplemente nos es indiferente la hipótesis misma, y dejamos que sean los mecanismos institucionales al caso quienes se encarguen de confirmarla o refutarla? ¿A qué viene que nosotros nos enteremos de tales hipótesis? ¿Cómo es que nosotros somos partícipes de esa investigación, de ese juicio?

    Un periodista diría una obviedad: que la vida en democracia implica decisiones informadas, que el conocimiento de los actores políticos es clave para una sociedad sana, que ese conocimiento es importante para nosotros, que es necesario que alguien lo difunda, porque se está develando una estafa al pueblo todo, y eso constituye no sólo un acto de justicia sino de amor a la patria. Pero rara vez será hecha esa pregunta, y menos veces lo será con ánimos legítimos de tratar de comprender algo: en casi todos los casos será una pregunta retórica. Y luego de esa pregunta sin responder y sin plantear, nosotros vamos a comportarnos de esa manera que ya venía contando: nosotros los que incluso reflexionamos al respecto de todo esto. No vamos a poder ser neutrales ni aunque hiciéramos el esfuerzo: porque más tarde nos conectamos a internet, o vamos a nuestro trabajo, o salimos a la calle en cualquier lado, y todos nuestros pares no están ejerciendo ninguna forma de neutralidad de nada, y entonces vamos a tener que adecuarnos, en nuestro discurso, en nuestro comportamiento, en las muecas que ponemos frente a diferentes comentarios, y un poco ya teníamos más facilidad para adecuarnos a un lado o al otro, y eso constituye el día a día al que tenemos que adaptarnos para sobrevivir en sociedad: ya no es alguna forma de ficción sobre la verdad, o algún consumo de información para tomar decisiones o pasar el rato, es la vida misma, es el mismo acto de continuar viviendo lo que está mediado por todo este fenómeno. No es trivial para nosotros, es fundamental, es necesario. Y no lo podemos evitar. Luego, con tedio o con bronca, vamos a entregarnos al juego de acomodarnos en el espectro político de turno, vamos a publicar links a notas en las redes sociales cualesquiera de las que participemos, vamos a opinar sobre las cosas que dicen otros, y así vamos a ser parte grupos que nos permitan mantener en cierto grado lo que denominamos cordura.

    Hay algo así como un círculo vicioso operando allí. Hay mecanismos vinculados a la condición social del hombre, mecanismos lingüísticos en el uso de la palabra, uso de posición dominante del discurso y retórica en los medios de comunicación masivos… de todo un poco. Hay, de hecho, un importante popurrí de trabajos que se pueden leer sobre el tema. Mi hipótesis va hacia un inicio de todo eso. En aquellas escenas, lo que me interesa rescatar es la sensación. Afirmo que la razón por la que esas acciones son exitosas en términos de afectar a la gente, es por cómo se sienten. En toda esa escena de la denuncia mediática, la reacción se vive con indignación. Que X diga que Y es corrupto es indignante; ya sea porque Y ofende alguna moral al ser corrupto, o porque Y lo hace al difundir mentiras. La intervención de la moral es clave, pero es algo que me interesa retomar más adelante; aquí quiero ir hacia la indignación en tanto que reacción. Lo que planteo es que hay una reacción sensible mucho antes que una explicación racional: ya estaba la reacción programada, del mismo modo que ya estaba programada la atención misma al tipo y contenido del discurso en cuestión. Ya estábamos predispuestos a que, si alguien dice algo como eso, no sólo le prestamos atención sino que además nos indignamos. No es posible que el tema “no nos interesa”: y en los casos que así fuera, sería visto también como algo indignante, como una forma incorrecta de llevar la vida en sociedad y directamente hasta como una ofensa, porque estaríamos ante la encarnación de un ciudadano irresponsable.

    Recién esquivaba a la moral. Permítanme mostrar por qué. Volvamos a otras escenas. En este momento me interesa la del deporte. Esta es particularmente productiva porque es la más difícil de defender en términos morales. Dos hinchadas se pelean. Es algo que está mal visto en todo contexto, excepto en el ámbito del fanatismo deportivo; allí es hasta celebrado. Las peleas se entienden como batallas, de las mismas hasta se cantan canciones, y se vive así una forma de épica cuyo único lugar posible en nuestra sociedad es ahí. Incluso los apasionados por el deporte más racionales, aquellos que ven el tema desde cierta distancia y no se prestan a los episodios más explosivos del fanatismo o hasta los critican, también ellos están dispuestos a hacer sacrificios (económicos, sociales) para formar parte de esa épica, o están más que dispuestos a formar parte de sesudas polémicas con discursos mayoritariamente incontrastables con la realidad que en cualquier otro ámbito sería inmediatamente tildado de poco serio. Y así y todo es, sin embargo, uno de los pocos ámbitos donde se puede explícitamente encontrar un perfil de mi tesis: “es un sentimiento”. Es uno de los pocos espacios donde la sensibilidad y la pasión justifican el accionar ya no sólo irracional sino hasta violento, y es algo celebrado por millones; “pasión de multitudes”. Acá, no se explican las cosas, sino que se sienten; y todo lo demás es secundario, es algo adecuado a ese sentimiento. Es así que un comentario, una mueca crítica siquiera, puede desatar una polémica exacerbada o incluso hasta peleas a muerte. Aquí hay verdades que no se cuestionan: tal equipo es el mejor, porque se siente el mejor, y no hay ninguna otra cosa qué entender al respecto. Aventurarse en una aventura crítica constituye la renuncia inmediata a la pertenencia de grupo. El fanatismo deportivo tiene sus morales y sus códigos de ética: correr está mal, tirar piedras está mal, ser amigo de la policía está mal; pero si matás algunos rivales no hay mucho problema qué digamos, más bien es algo para celebrar durante años. Y la información aquí no puede distinguirse del ruido: en las buenas y en las malas, se gane o se pierda, siempre se está alentando al que siempre será el mejor de todos; estamos ante la más absoluta impermeabilidad para con la objetividad.

    Allí, entonces, tenemos una ética que muy difícilmente pueda adecuarse a ningún régimen constitucional republicano de esos que requieren ciudadanos informados para poder tomar decisiones racionales. Y sin embargo tenemos una relación absolutamente pasional con la verdad, del mismo modo que lo teníamos antes, cuando los ad hominems proliferaban más que las preguntas. Veamos otro aspecto más: la gente spoiler. En tiempos de fanfictions, uno podría hablar de crísis de los cánones; pero muy por el contrario nos encontramos con sucesivas reivindicaciones de los mismos. Es cierto que los fanfictions han ganado mucho espacio dentro de la cultura, pero no por ello parecen haberse visto debilitados los mecanismos que sostienen cánones desde hace siglos. Y, convengamos, cualquier hipótesis sobre qué sucede próximamente en nuestra serie favorita es necesariamente una forma del fanfiction. O sea que el fanfiction no es ni más ni menos que el estado natural de las cosas en la ficción, y las conclusiones canónicas son un mero cierre editorial sin más trascendencia que la que se le quiera dar en una comunidad dada. Así y todo, vemos peleas infinitas sobre cuál debería ser tal canon en tal historia; cuál debería ser la verdad. No me interesa tanto la relación entre canon y verdad como la relación entre fanfiction y spoiler. Sucede que necesariamente los fanfictions han de existir, y aparentemente también de manera necesaria han de existir los desenlaces canónicos (algo mucho más cuestionable en mi opinión); pero hay un juego de espectativas por ver cuál es el verdadero final que por momentos se muestra francamente virulento. Gente indignada por la opinión de los demás sobre tal o cuál posibilidad de desenlace, gente agrupada clamando finales para tramas, internet llena de imágenes e historias futuras mostrando finales o hasta reinterpretaciones de eventos pasados, todo mediado por el fantasma del spoiler. Están quienes los aman y quienes los odian, pero aparentemente no se puede ser muy indiferente hacia la idea del spoiler. La experiencia de la revelación debe ser cuidada y medida por los agentes mismos del canon; otras formas de revelación constituyen un acto sucio y hasta ilegal. Luego de la revelación existe un momento de confirmación o no de fanfictions, y de aceptación o no de la verdad revelada, con diferentes impactos emocionales en diferentes personas. Ciertamente no son impactos tan explosivos como los de pueblos divididos en bipartidismos electoralistas o centenas de personas en batallas campales a muertes por banderas deportivas; pero son de una manera u otra un mecanismo de cautivación de espectadores que insiste en ser explotado con una rigurosidad metódica; luego de la enésima serie y el millonésimo plot-twist, uno podría estar más bien acostumbrado a la experiencia, y podría tener una gimnasia tal que opere como paliativo para cualquier forma de sorpresa. Pero no parece ser el caso, sino más bien lo contrario. Al punto tal que estos mecanismos propios de la ficción ya directamente se instalan en otros mercados, como ser el de la tecnología: hoy tenemos presentaciones en directo para todo el mundo de los nuevos productos de Apple, que consisten lisa y llanamente en un teléfono celular, con el cuál uno hace las mismas cosas que haría con otro teléfono celular anterior o posterior a ese: así y todo el evento es una gran revelación. No sólo eso: hay “filtraciones”; aparecen antes de tiempo imágenes que no deberían haber sido publicadas, y constituyen noticia. Entonces, tenemos revelaciones que no son tales, sino casi más bien un trámite burocrático, y spoilers que constituyen diferente grado de ofensa de acuerdo al contexto: a veces hasta ofensas legales. Aprovechando este apartado, me gustaría mencionar que en el mundo de la tecnología acuñaron un concepto maravilloso: “experiencia de usuario”. Es algo absolutamente inmedible que determina absolutamente todos los proyectos actuales de tecnología. Y aquí me gustaría hacer otra comparación: la gente spoiler y los fanáticos deportivos tienen otra cosa en común. Cuando un equipo gana, el hincha dice que él ganó. Cuando un seguidor de una saga confirma una teoría como canónica, lo vive como un triunfo personal. No sé si decirle a eso “experiencia de usuario”, pero ciertamente es una experiencia en tanto que partícipe de algo, y es una experiencia muy emparentada con lo que estoy rastreando. Y todo esto, cabe nuevamente dejar anotado, para que no se me acuse de divagar en cosas sin importancia, es una dinámica de miles de millones de dólares y miles de millones de personas involucradas, en todo el mundo.

    ¿Qué verdad busca esa gente? ¿Confirmar que su marca de celular es la mejor o su teoría es la única legítima? ¿Cuál es el problema con que le digan otra cosa, o que se lo digan antes de los tiempos canónicos? Aquí es donde se puede involucrar a la verdad religiosa. Todos sabemos que los principios religiosos son incuestionables: son dogma, son verdades a priori y no son objeto de crítica. Cualquier posible análisis es sólo en condición de reafirmar lo que sostienen y ejercitar alguna forma de crecimiento personal, pero nunca de contradecir o criticar. Si así fuera el caso, incluso, el objeto de la crítica sería alguna que otra persona involucrada en algún momento histórico que hubiera alterado con sus interpretaciones o sus actos el correcto camino de la fé en tanto que institución; pero jamás se cuestionaría la fé religiosa. Es que no hay manera: es lo que es, y lo entiende quien lo entiende como lo entiende. ¿A qué viene no-ser, ser-otra-cosa, si la verdad de la fé ante todo es y es todo? Sólo puede venir a colación de la equivocación, o de la mala fé: exactamente las mismas conclusiones a las que llegáramos en la escena de la denuncia mediática. Y aquí pueden entrar otras comparaciones, como la impermeabilidad para con los datos empíricos, la negacion para cualquiera que traiga otra verdad, la apocrificidad de todos los textos no canónicos, las masas inconmensurables de gente congregada en eventos religiosos, la violencia justificada, etc, etc, etc. Este texto ya es suficientemente largo como para necesitar entrar en esos detalles más bien evidentes.

    Como dijera antes, busqué algunas pocas escenas más bien cotidianas donde se pudieran ver algunos contrastes claros, pero los mecanismos de los que hablo se pueden ver en diferente grado y constantemente en todas las esferas de la acción humana. Se puede ver que hay una reacción ante manifestaciones de lo verdadero/falso, que usualmente (pero no siempre) toma la forma de una moral, que más tarde se justifica en alguna forma de ética o estética ad-hoc, y que eso está siendo sistemáticamente explotado en diferentes espacios considerados “industrias”. Pero que desde el vamos es algo que arranca siempre por esa reacción, esa percepción de algo que nos genera una respuesta, y no es exactamente “información”. No es lo mismo la información que nos indica que mañana va a llover, que aquella que nos indica que mañana nuevamente va a llover, como viene lloviendo sin parar desde hace dos semanas, y que eso confirma nuestras sospechas de que estamos viviendo un cambio climático a nivel mundial. No es sólo información que procesamos: es una de las funciones por las que la pasamos. Uno de los mecanismos en el sistema de procesamiento de información que poseemos todos tiene como efecto una reacción vinculada a nuestras sospechas, nuestras intuiciones, nuestros deseos, de una verdad ya sea oculta o evidente pero que declaramos nuestra. Es un mecanismo muy primitivo que opera en la frontera de nuestra psiquis y el momento de relacionarnos con los demás. Nos permite distinguir quienes somos, diferenciarnos, agruparnos. Y sí, es algo de orden psicológico, muy probablemente inconsciente, y también es algo muy emparentado con otros mecanismos de la conciencia, la percepción, y la comunicación; pero afirmo que se trata de un mecanismo particular e individualizable. Lo que digo es: al momento de determinar si una información, un conjunto de datos que percibimos, constituye verdad o falsedad, nosotros sentimos algo. Así como podemos sentir con los dedos, por separado aunque al mismo tiempo, temperaturas y texturas, así nosotros, entre todas las cosas que sentimos, sentimos verdad o falsedad en la información; y es algo absolutamente inevitable para nosotros. Esa inevitabilidad es lo que justifica la explotación; esa sensación tan íntima es lo que justifica la instalación exitosa de algo como la posverdad, la famosa “experiencia subjetiva” que tendría prioridad por sobre la verdad objetiva. Y, que yo sepa, no es algo que esté conceptalizado formalmente.

    Decidí llamar “aleteistesia” a este concepto de “sensibilidad por la verdad”. Originalmente lo pensé como “veristesia”, pero me presentó dos problemas. El primero y más inmediato, “veritas” es latín y “estesia” es griego; está simplemente mal usada la terminología culta. Pero el segundo problema es mucho más interesante. Resulta que la palabra en griego para verdad es Aleteia, pero no significa lo mismo que el latín Veritas. Aparentemente Martin Heidegger trabajó esta cuestión y fue central para él: veritas da cuenta de verdades en términos de lo verificable, mientras que aleteia da cuenta de otra cosa. El “a” de aleteia significa “sin”, en el sentido de “desprovisto de”, y “leteia” significa “ocultamiento”. Aleteia es entonces una forma de verdad en tanto que desocultamiento, mostrar algo que antes no se veia, develar, hacer visible lo que está oculto; incluso, lo evidente. Y me parece un concepto mucho más adecuado para lo que trato de conceptualizar rápidamente en este post. Sucede que la sensibilidad, la susceptibilidad exacerbada que se puede percibir siguiendo la línea de aquellas escenas anteriormente mencionadas, está muchísimo más vinculada a una relación con la idea de una verdad evidente, o con una verdad que debe permanecer oculta, antes que con cualquier material empírico o dato contrastable.

    Quedan muchas cosas para decir al respecto, pero serán en todo caso temas para otros posts. Por las dudas, voy dejando algunas notas:

       * Se pueden mencionar muchas cosas sobre el proyecto moderno y sus ideas de verdad al respecto de esto.

       * Hay una relación con las mentiras que a veces opera de manera recursiva. Zizek plantea esto de manera muy clara en uno de sus videos. De allí se pueden articular cosas vinculadas a la aleteistesia.

       * Hay muchos autores, tanto teóricos como de ficción, que critican el impacto de las mentiras difundidas en los medios de comunicación. Se pueden discutir cosas con muchos de ellos.

       * No llegué a hablar sobre la alethephobia y la mythophobia, que son el miedo a la verdad y la mentira, respectivamente. Explorar los miedos puede dar muchas conclusiones sobre cómo opera el sentir de las cosas.